Capítulo 2. No mires atrás
NO MIRES ATRÁS
Pum, pum, pum...
El corazón le latía frenético, desbocado.
Ya no había vuelta atrás.
Esta vez lo había hecho.
En su cabeza llevaba años planificando ese momento. Lo imaginaba cada noche al meterse en la cama, en silencio, como un asesino que repasa una y otra vez su crimen. Pero nunca había tenido el valor de dar el paso.
Siempre temerosa, con miedo.
La pobre Sara que lo tenía todo y, a la vez, no tenía nada. Era como vivir en una casa sin ventanas: protegida, pero sin aire.
El golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas la devolvió al presente.
El volante vibraba bajo sus manos.
—Tranquila... —susurró.
Respiró hondo y luego soltó el aire despacio.
Había pasado más de tres horas conduciendo por una carretera llena de curvas por la provincia de Huesca. Un viaje demasiado largo, pero no quería arriesgarse a ser grabada por alguna cámara en una autopista de peaje.
Cuanto más invisible, más segura.
Un trueno retumbó sobre su cabeza y, por un segundo, el sonido del motor le recordó otro ruido muy distinto: el de la estación de tren de aquel día.
Cientos de personas se apelotonaban en el andén, todo era un caos y, para cuando consiguió llegar a la Facultad de Economía, la clase estaba casi terminando.
Tuvo que sentarse en el primer sitio libre, justo en primera fila, al lado de Jaime.
Llegó con el abrigo hecho un ovillo bajo el brazo, tropezando con sus propios apuntes y haciendo un ruido que atrajo todas las miradas.
—Perdón.
Se disculpó, justo cuando la carpeta se le resbaló y cayó sobre el pie de Jaime. Él la miró de reojo, molesto, como si lo hubiese hecho a propósito.
El retraso y los problemas con los trenes no fueron cosa de un día. Cuando no era el robo de un cable, era una avería en la catenaria o un fallo informático. Durante todo el semestre lo raro fue que Renfe cumpliera su compromiso de puntualidad.
Así que hubo muchos días en los que volvió a sentarse junto a aquel chico callado, que ocupaba un sitio en la primera fila y desaparecía en cuanto acababan las clases.
Con el paso de las semanas, empezaron a romper el hielo: un comentario sobre el profesor, una queja por la dificultad de la materia...
Y un día, un maldito día, sin saber por qué capricho del destino, se quedaron charlando a la salida.
Hablaron durante horas.
Él ya se había fijado en ella, y ella en él.
Una ráfaga de viento sacudió el coche.
Sara apretó los dientes y agarró con fuerza el volante.
El limpiaparabrisas se movía de un lado a otro con un ritmo hipnótico.
Necesitaba prestar más atención a la carretera, pero los recuerdos se colaban en su mente.
Al principio, Jaime era dulce. Atento. La escuchaba embelesado, aunque solo hablase de tonterías.
Pero pronto empezó a marcar los límites: «¿Por qué sales tanto con tus amigos?». Y a necesitarla de una forma constante. Entonces, ella dejó de salir y no lo vio mal porque estaban enamorados y con eso bastaba.
Pero no hay que confundirse.
El amor no es posesión, ni egoísmo, ni ese impulso de querer controlar a la otra persona. No es disfrazar los celos con palabras protectoras.
Y ella no lo vio venir.
Porque nadie está preparado para distinguir el amor del control hasta que ya lo tiene encima. Hasta que duele. Hasta que callas.
El coche culeó al tomar la curva y su corazón volvió a acelerarse.
—Despacio... —se ordenó a sí misma.
Miró por el retrovisor. Nadie la seguía, pero la sensación de peligro seguía ahí.
Se movió un poco en el asiento para tratar de aliviar el entumecimiento de los músculos y entonces sintió una punzada que se extendía hacia el costado. Se palpó el lateral del abdomen y le pareció que la ropa estaba húmeda.
«En cuanto llegue a un área de descanso, me cambiaré —pensó—. Este mal tiempo no va a parar y estoy empapada».
La lluvia torrencial golpeaba el coche con fuerza, resultaba agobiante. Los limpiaparabrisas apenas despejaban el agua del cristal y la visibilidad era mínima. La conducción se había vuelto lenta: la carretera era un río; las curvas, cerradas y traicioneras.
Tenía que controlar cada movimiento: si giraba demasiado rápido, el coche se le iba. Ya había tenido un par de sustos. Solo debía mantener la calma y la concentración para llegar a salvo a su nuevo destino.
—Me han propuesto dirigir un nuevo departamento en la sede que tienen en Barcelona —le dijo Jaime una mañana, sonriendo—. Buscaremos una casa y será un nuevo comienzo.
El nuevo comienzo fue una jaula más grande.
Primero vino la boda, después el traslado y luego la soledad.
Sara intentó hablar.
—Voy a buscar trabajo —le dijo cuando ya llevaban un tiempo instalados—. Sí, ya sé que no lo necesitamos, pero me siento tan sola.
Él dejó la taza sobre la mesa, con un golpe seco.
—No. No hace falta que trabajes. Además, ya hemos hablado de tener hijos. Un trabajo sería un estorbo.
Y ella volvió a ceder.
Pero algo, dentro de sí, empezó a gritarle que ese no era el camino.
Un trueno la sacó del pensamiento.
—¡Qué manera de llover! —exclamó Sara.
Empezaba a acusar el cansancio de tantas horas al volante por carreteras secundarias.
Viajaba hacia el norte, a algún lugar cercano a la frontera entre España y Francia.
Allí, entre los turistas, pasaría desapercibida; si las cosas se complicaban, cruzar al otro lado haría más difícil que Jaime la encontrara.
Había pensado trabajar en un bar o en un restaurante de la zona.
—Siempre se necesitan camareras, sobre todo con experiencia —reflexionó con una mueca de desilusión—. Aunque algo tengo: trabajé un par de meses en el chiringuito de la piscina del pueblo cuando tenía dieciocho años. Eso cuenta, ¿no?
Y, si era necesario, «engordaría» un poco el currículum. No era mentir. Todo el mundo lo hacía.
Era noche cerrada y apenas se había cruzado con un par de conductores.
La carretera, con un trazado sinuoso, discurría por un puerto de montaña, entre enormes hileras de árboles cuyas copas formaban un túnel oscuro.
Pasó junto a varios miradores e imaginó que, a plena luz del día, podrían contemplarse los Pirineos en toda su magnitud.
El paisaje debía de ser espectacular, un lugar para detenerse y recorrerlo con calma.
Pero no ahora.
Tenía que seguir manteniendo la vista al frente, aunque la tentación de mirar fuese intensa.
Apretó el volante con fuerza, concentrada.
A lo lejos, los faros del Mercedes iluminaron una señal de curva peligrosa.
Redujo la velocidad.
Sara tomó el trazado con cuidado, la carretera era una pista resbaladiza con charcos de agua acumulados en el arcén. El asfalto mojado reflejaba la luz de forma extraña.
Aceleró despacio para salir de la curva.
—Solo un poco más —se animó—. En cuanto llegue a la próxima salida, descanso. Prometido.
Pero la curva siguiente llegó de forma repentina hacia el lado contrario. Sara dio un volantazo para intentar corregir la trayectoria, pero fue demasiado tarde: el coche empezó a hacer eses, perdiendo el control.
Los neumáticos chirriaron.
El vehículo perdió todo el contacto con el suelo y se precipitó hacia la cuneta.
El impacto fue seco, brutal.
El metal crujió.
Los cristales estallaron en mil pedazos.
El coche se paró de golpe, con las luces encendidas y el motor humeante.
Y luego, nada.
Solo el silencio.
La lluvia seguía cayendo.