Capítulo 1. Corre
CORRE
A hora tenía la certeza de que no había escogido un buen día. Aunque, si lo pensaba bien, ningún día lo habría sido.
Llevaba demasiado tiempo retrasando ese momento. Demasiados años.
La tormenta se acercaba poco a poco, tiñendo el cielo de un gris plomizo tan espeso que parecía poder tocarse con los dedos.
El viento soplaba con fuerza, inclinando las copas de los árboles y arrancando las hojas de cuajo, que formaban montones junto a la acera.
La temperatura descendía con rapidez. Aún no llovía, pero el aire ya olía a humedad.
Una ráfaga helada se coló en la casa cuando Sara abrió la puerta. La corriente golpeó la hoja contra la pared y la figura sobre el estante vibró sin llegar a caer.
Cargaba un bolso Louis Vuitton, regalo de Jaime tras un viaje de negocios a París.
No era grande, pero bastaba para guardar los últimos cinco años de su vida.
Así de sencillo. Su existencia había sido tan simple y vacía que todo cabía en un bolso que apenas llegaba a los cuarenta y cinco centímetros.
Lo apoyó en una esquina de la cocina y fue a buscar su cartera.
Tenía que darse prisa. Había repasado de forma milimétrica, casi enfermiza, cada detalle en su cabeza, pero no había previsto que una tormenta pudiera arruinarlo todo. Intentó no pensar en ello y centrarse en lo esencial: salir antes de que Jaime sospechara.
Él estaba en el aeropuerto esperando su vuelo a Ámsterdam.
Tenía una reunión con un grupo empresarial interesado en ficharlo para abrir una filial en Barcelona.
Un cargo directivo, un equipo bajo su mando, un futuro prometedor.
Sara ya sabía lo que eso significaba: más estrés, más tensión, más irascibilidad.
En una palabra: problemas.
Abrió el maletero del Mercedes y arrojó una caja de cartón con algunos de sus recuerdos más preciados: los libros que se había traído de su piso de soltera, el pisapapeles de su viaje de estudios a Roma, cuando aún era una adolescente ingenua, y algunas fotos antiguas.
¡Qué ironía! Todo lo que se llevaba eran cosas de antes de conocer a Jaime, cosas sin su huella.
Abrió la puerta del conductor y pulsó el botón de Start/Stop , pero un mensaje apareció en pantalla:
«Llave no detectada».
—¡Mierda! —exclamó golpeando el volante con el puño—. ¿Dónde he dejado las llaves?
Sara salió corriendo hacia la casa. Era un chalet moderno e independiente, en una lujosa urbanización a las afueras de Barcelona, con calles limpias y cuidadas, y farolas donde no verías una bombilla fundida.
En la entrada había una garita con un guardia de seguridad que controlaba el paso de vehículos y Sara pensó que aquel hombre sería testigo involuntario de su huida y la primera persona que Jaime interrogaría.
Comenzaba a llover y el aire se volvía cada vez más frío.
Entró por la puerta trasera del jardín, la que daba directamente a la cocina.
Al pasar junto a la encimera, vio el móvil.
No pensaba llevárselo. Había visto en muchos reportajes que, cuando buscan a alguien, lo primero que hacen es rastrear la señal del teléfono.
No iba a ser tan tonta de caer en ese error.
De pronto, el iPhone comenzó a sonar.
—Jaime —susurró al ver la pantalla iluminada con su imagen.
El teléfono dejó de sonar al cabo de unos segundos. Tenía varias llamadas perdidas. Sara se quedó paralizada y por unos momentos no supo reaccionar.
—¿Qué querrá ahora?
En este preciso momento, él debería estar en un avión rumbo a la reunión de su vida. No podía estar llamándola.
Cogió el móvil, dudando en devolver la llamada, pero enseguida lo arrojó de nuevo sobre la encimera.
—¿Qué estoy haciendo? ¿Voy a caer en el mismo error?
Mientras revolvía los cajones buscando la llave del coche, percibió un sutil sonido metálico que la hizo parar para prestar más atención.
Por un instante, Sara creyó escuchar el motor de un coche apagarse frente a la entrada, casi imperceptible, pero lo suficiente para cortarle la respiración.
Sacudió la cabeza, convencida de que había sido la tormenta.
No se percató de que alguien venía hasta que oyó cómo gritaban su nombre desde el salón. La voz, tan familiar, la atravesó como una corriente fría.
—¿Sara?
Un hombre alto, moreno y de presencia impecable, con un traje oscuro hecho a medida, irrumpió en la cocina. No hacía falta que hablara: su mirada bastaba para llenar la estancia.
Su corazón empezó a latir tan fuerte que por un momento creyó que sufriría un infarto. Intentó hablar, pero las palabras se deshicieron antes de salir.
—Jaime..., ¿qué haces aquí? ¿Tu avión?
Tragó saliva y cogió aire despacio. Tenía que calmarse, pensar con claridad o cualquier palabra mal dicha podría delatarla.
—¿Qué ha pasado con tu viaje? —preguntó pasándose un mechón de pelo detrás de la oreja, intentando disimular los nervios.
—Han cancelado el vuelo —respondió él, seco—. ¿No has visto que te he llamado una infinidad de veces? —añadió elevando la voz.
Se acercó a ella y le sujetó la muñeca con fuerza. Apenas pudo contener un gesto de dolor.
—¡Estaba preocupadísimo! Sabes que detesto estar sin noticias tuyas.
La voz de Jaime no era un grito, pero tenía ese filo cortante que Sara conocía bien.
Bajó la cabeza y trató de hacerse más pequeña.
—Lo siento... No lo escuché. Debo de tener el móvil en silencio.
—¿En silencio? Te he dicho mil veces que no lo tengas en silencio. ¡No soporto llamarte y que no contestes!
La voz de Jaime rebotó en las paredes, con un ligero temblor en la mandíbula. Sara se revolvió para intentar zafarse de esa garra que le aprisionaba la muñeca. Cuando las cosas se ponían feas, lo mejor era mantener la distancia.
Jaime la miró en silencio y luego exhaló con fuerza antes de soltarla. Ella, aliviada, sintió cómo la presión desaparecía y la sangre volvía a circular por la mano.
—Debí ponerlo en silencio por descuido. Ya sabes que siempre estoy localizable y... —murmuró buscando un tono conciliador.
Jaime no respondió. Cogió el teléfono y lo desbloqueó porque, por supuesto, conocía la contraseña. Ella no tenía secretos para él; o, mejor dicho, no se le permitía tenerlos.
Sin mediar palabra, pulsó el botón lateral. La barra de volumen apareció al máximo.
—¿Y bien? —preguntó girando el teléfono hacia ella, mostrándole la pantalla—. ¿Qué me vas a contar ahora? ¿Otra de tus excusas?
Jaime respiraba con fuerza, se pasó las manos por el cabello, ofuscado por algo que no comprendía.
Entonces lo vio.
El bolso. El mismo que le había traído de París, con aquellas flores de cerezo que a él le parecieron «tan alegres».
—¿Y esto? —preguntó señalándolo—. ¿Dónde te ibas?
—No..., no me voy. Solo estaba ordenando el armario —titubeó.
Sabía que mentirle era inútil, pero no tenía otra salida.
El rostro de Jaime se tensó al abrir el bolso y ver su contenido. Empezó a sacar la ropa, arrojándola al suelo, examinando cada prenda, como si buscara pruebas. Sara en un rincón apenas se movía.
—¿Qué estás tramando? —preguntó con la voz rasgada, como si olfateara una traición.
—Nada —murmuró ella negando con la cabeza.
No la creyó.
Dio un paso, luego otro.
Sara retrocedió hasta chocar con el mueble de la cocina.
—¿Nada? —rugió tan cerca que el aire caliente de sus palabras le rozó la mejilla.
Sara ladeó la cabeza y cerró los ojos.
—No quiero seguir aquí —se atrevió a decir por fin—. Ya no puedo más.
Las piernas le fallaron y cayó de rodillas.
Jaime la miró desde arriba y soltó una carcajada.
—Eres una puta ingenua. ¿Crees que puedes irte así de fácil? ¿Qué puedes hacer la maleta y largarte como si nada?
Las venas de sus sienes palpitaban. La ira que intentaba retener se le escapaba con cada gesto, con cada respiración, y entonces ya no pudo contenerse más.
La sujetó del cuello y la obligó a ponerse en pie. La tenía frente a frente, tan cerca que podía respirar su aliento.
Sara intentó gritar, pero el sonido se quedó atascado en su garganta. Las manos de él se aferraban a su cuello con una facilidad pasmosa.
—¡No vas a ir a ningún sitio!
Luchó, arañó, pataleó. Pero Jaime era más fuerte.
Tenía la cara roja por la ira, como una olla a presión a punto de estallar.
Y los ojos... ¡Dios, esos ojos! ¡Se le salían de las órbitas!
Apretaba los dientes con tal fuerza que podía oírlos rechinar y, mientras, los insultos y amenazas salían como murmullos distorsionados que no lograba entender.
—¿Cómo puedes hacerme esto a mí? —chilló—. ¡No te falta de nada! ¡Vives como una reina! ¡La gente mataría por tener lo que tú tienes y no lo valoras!
La lanzó contra el suelo. Sara cayó, se levantó y trató de llegar a la puerta, pero él la alcanzó antes de que diera dos pasos, agarrándola del pelo.
—¡Suéltame, cabrón!
—¡No me provoques más!
En un estallido de cólera la empujó contra la pared. El golpe fue tan fuerte que el impacto la devolvió de nuevo hacia él.
Ella intentó hacerle retroceder, pero era como chocar contra un tren de mercancías. Cada movimiento parecía inútil. Un nuevo empujón la estampó contra la vitrina donde se guardaba la vajilla y la cristalería.
El mueble tembló. Las copas tintinearon, tambaleándose como si dudaran en caer, hasta que el cristal cedió con un estallido seco. Todo se vino abajo: platos, copas, y luego fragmentos de vidrio por todas partes.
Sara parpadeó, aturdida, mirando de reojo el desastre. Todo el suelo estaba cubierto de cristales que reflejaban la luz. El decantador de vino yacía entre los restos, con la parte superior hecha añicos, con bordes afilados e irregulares. Lo tenía a un paso.
Se arrojó sobre él, pero Jaime fue más rápido y, como si hubiera leído sus pensamientos, lo agarró con fuerza.
—¿Quieres matarme? —preguntó bajando el tono—. ¿Eso es lo que realmente deseas?
El silencio que siguió fue insoportable.
Sara no contestó. Respiraba con dificultad, temblando, con la vista fija en el cristal que él sostenía. Una parte de ella le decía que parase, que pidiese perdón; pero la otra, la que quería marcharse, le gritó: «Basta».
Jaime la observó un segundo más y la furia de antes comenzó a resquebrajarse, dando paso a la desesperación.
—No voy a dejar que te vayas —murmuró bloqueándole el paso con su cuerpo.
Eso era algo que ella tenía muy claro.
—Quítate —suplicó.
—No.
Movida por un impulso instintivo, Sara se lanzó hacia un lado buscando por dónde escapar.
Pasó junto a él, y los dos cuerpos chocaron en un golpe seco, brusco. Sara notó una presión aguda bajo la camisa: algo frío y cortante que le abría la carne, como un cristal rajando el lateral de su abdomen. Pero él, la agarró del brazo, impidiéndole llegar a la puerta.
Fue entonces cuando lo vio.
Ahí estaba, esperándola, como si hubiese estado llamándola en silencio durante toda esa escena de pánico y, por fin, un foco lo iluminara como a un actor en el escenario.
Justo ahí, sobre la repisa, descansaba el imponente mortero de mármol de Macael.
«¡El mejor mortero del mundo, fabricado de manera artesanal!», rezaba el anuncio cuando lo compró.
Esta vez no dudó. Lo agarró con tanta fuerza que los dedos se le pusieron blancos, giró sobre sus talones y arremetió contra él.
Falló.
Jaime, furioso, seguía empuñando el decantador de cristal, que había convertido en un arma improvisada, y la respuesta lo sacó de quicio.
Echó el brazo hacia atrás y lo alzó dispuesto a golpearla.
Sara esquivó el movimiento y, al ver el cristal venir hacia su rostro, levantó el mortero con ambas manos.
El golpe del decantador rozó su hombro.
Ella, jadeando, contraatacó. Ambos forcejearon y entonces se puso de puntillas y, con un certero golpe, dejó caer la pesada piedra sobre la sien de Jaime. Él cayó desplomado al suelo, sin un gemido.
Sara se agachó, asustada, temiendo que el impacto hubiese sido demasiado fuerte.
¿Y si lo había matado?
Apoyó la oreja sobre su pecho y, aliviada, comprobó que el corazón le latía con fuerza.
Ahora ya no tenía más opción que huir de aquella casa.
—¡Mierda, el bolso! —Se detuvo súbitamente—. ¡El dichoso bolso!
Dio media vuelta, recogió la ropa que Jaime había dejado tirada y volvió a salir a toda prisa.
La lluvia le golpeó la cara al cruzar el umbral, obligándola a entrecerrar los ojos por un instante. Lejos de resultarle molesta, actuó como un bálsamo purificador.
El viento, que soplaba con intensidad, le alborotó el pelo y, al inhalar una bocanada de aire helado, sintió cómo la adrenalina que aún le corría por las venas comenzaba a disiparse.
No se dio cuenta de que temblaba.
Intentó abrocharse el cinturón de seguridad, pero los dedos le fallaron varias veces antes de conseguir encajarlo. Luego apretó el acelerador con tanta fuerza que el pedal hizo tope contra el fondo y el coche se puso en marcha dando tirones bruscos.
Salió sin mirar por el retrovisor. Ni siquiera se detuvo a pulsar el mando para cerrar la puerta corredera del jardín.
Las ruedas, por un instante, dejaron de tocar el suelo al tomar la última curva, la que conducía a la salida.
A lo lejos, un relámpago iluminó el cielo y un trueno estalló sobre su cabeza, como un mal presagio.
Y entonces comenzó a llover con fuerza.