CAPÍTULO 7 – CALEB
No debería ni siquiera estar pensando en plantarme delante de ella.
Es lo primero que pienso cuando la veo en la librería.
Está de espaldas a la puerta, al fondo de la tienda recorriendo con las yemas de los dedos los lomos de los libros y deslizando las páginas de papel con delicadeza, como si realmente le interesara alguno.
Niego con la cabeza pensando en que, cree que, leyendo una historia ajena, podrá escapar de la suya propia.
Me quedo junto a la puerta durante unos minutos, respirando el aroma que desprende el lugar y la observo con detenimiento. Ha cambiado, no demasiado, pero sí lo suficiente para que en mi mente retorcida empiecen a surgir nuevos planes exquisitos.
Ya no tiene aquella seguridad arrogante de la adolescente que caminaba por Ravensdale convencida de que el mundo le pertenecía por ser una Blackwell.
Ahora hay algo distinto en sus movimientos, una rigidez defensiva, una tensión contenida que intenta esconder incluso cuando cree que nadie la está mirando.
Camino hacia ella sin hacer ruido, las personas que me reconocen bajan la cabeza y salen de la tienda como si de verdad tuvieran frente a ellos al mismísimo demonio y, tal vez, así sea.
Se gira de golpe hacia mí, cuando una señora junto a ella suelta un grito ridículo cuando me ve.
Nuestros ojos se encuentran y, durante varios segundos, el aire entre los dos se vuelve pesado, imposible de respirar.
Ella palidece, el tono sonrosado que le cubre las mejillas se le escurre del rostro hasta dejarle los labios secos.