CAPÍTULO 6 — ZOEY
Despierto en el suelo, no sé cuánto tiempo llevo aquí tirada.
Lo primero que siento es el frío de la madera atravesándome la poca ropa que me queda y congelándome la piel.
Después llega el dolor lacerante que se ha instalado en cada uno de mis músculos.
Tengo las piernas encogidas contra el pecho y los brazos rodeándolas con tanta fuerza que me duelen los hombros.
La herida del muslo tira por la fina cicatriz que se está formando, y el resto de los pequeños arañazos me escuecen.
Durante unos segundos no recuerdo dónde estoy. La mente me flota en una neblina pesada, entonces levanto la mirada hacia la entrada de la casa. La puerta sigue cerrada, las ventanas también, la casa permanece en un silencio claustrofóbico y todo vuelve de golpe.
El bosque, la cacería, la máscara y el peso aplastante de su mano entre mis piernas.
La humillación de sentirme paralizada, traicionada por mi propio cuerpo mientras me arrancaba el control.
Cierro los ojos con fuerza y me llevo una mano a la boca para contener el sollozo que amenaza con escaparse de mi garganta.
No quiero pensar ni recordar. No quiero volver a sentir aquella mezcla abrumadora de miedo, vulnerabilidad y esa punzada de deseo aberrante que todavía parece pegado a mi piel como una marca a fuego.
Me incorporo muy despacio. Las piernas me tiemblan como si fueran gelatina cuando intento ponerme en pie, y tengo que apoyar ambas palmas contra la pared para evitar derrumbarme, un mareo enorme me obliga a fijar la vista al frente, y veo la hora en el reloj de cuco.
Son las cuatro y diecisiete de la madrugada.