CAPÍTULO 5 – EL MONSTRUO
Verla avanzar por el sendero hacia el bosque es casi ridículo.
Camina sobre esos tacones absurdos, con el top y la falda marcando cada uno de sus movimientos.
Cree que tiene el control, que puede venir hasta aquí, desafiar a la sombra que la acosa y provocarme como si todo esto fuera a salirle bien.
No tiene la menor idea del monstruo al que ha ido a buscar.
Cuando llega al claro comienza a gritar hacia la oscuridad:
—¡Ya me tienes aquí! —vocifera al vacío, rompiendo el silencio de la noche—. ¡Dijiste que me querías entera! ¡Venga, sal de una puta vez de las sombras y da la cara! ¿O es que solo te atreves a tocarme cuando estoy indefensa y muerta de miedo dentro de mi casa?
El viento se detiene de golpe. No puedo evitar que una risa seca se me forme en la garganta.
Salgo de la penumbra de los árboles y la rodeo hasta acorralarla contra el tronco rugoso de un pino.
Y, cuando la tengo a pocos centímetros, cierro la mano sobre su cuello.
Siente el calor de mi cuerpo y lo veo en sus ojos: el pánico la atraviesa bajo esa coraza de falsa valentía que se ha puesto esta noche.
La seguridad que mostraba se desmorona en un segundo. Se da cuenta del error abismal que ha cometido, porque no he venido aquí a darle placer ni a jugar a ser su amante oscuro. He venido a romperla, a verla suplicar, a alimentarme de sus lágrimas.
Empujo su cuerpo con brusquedad hasta que su espalda choca con la madera, y me inclino sobre su rostro con el mío cubierto por la máscara de demonio.