CAPÍTULO 2 – ZOEY
Es mi tercer día en Ravensdale.
Los dos primeros pasaron con una tranquilidad tan absoluta que me convencí de que la caja con la muñeca había sido una broma pesada de mal gusto para darme la bienvenida al pueblo. Durante esas cuarenta y ocho horas no hubo más notas, ni mensajes, ni nada extraño.
Aproveché el tiempo para poner orden: limpié la casa de arriba abajo, deshice las maletas, salí a pasear por el centro y me reuní de nuevo con Emma y Mía para tomar café en la terraza.
Todo transcurrió con total normalidad, con el pueblo inmerso en los preparativos festivos y la vida girando a su ritmo habitual.
Hasta ahora.
Al caer la tarde, la tormenta de octubre se desata con fuerza sobre la montaña. Después de cenar algo rápido en la cocina, me sirvo una copa de vino tinto para relajarme y disfrutar del calor del hogar.
Camino hacia el ventanal del salón con la copa en la mano.
Y entonces, a través del cristal empañado, lo veo.
A apenas ocho metros de la casa, oculto entre los árboles del bosque, hay una figura humana.
Es un hombre absurdamente alto, de hombros anchos y postura rígida como un bloque de granito.
Lleva una chaqueta oscura mojada y una gorra calada que le oculta completamente la mitad superior del rostro en sombras espesas.
No puedo verle los ojos, pero sé con absoluta certeza que me está mirando fijamente a través del cristal.
Él no se oculta, no intenta esquivar la luz. Simplemente está allí inmóvil, bajo la lluvia, respirando el aire frío.