Capítulo 58 #2
Pero no podía hacerlo, aún no. Si se lanzaba, provocaría la ira del rey por desbaratar sus esfuerzos diplomáticos.
Ya había dejado bien claro su deseo cuando informó al rey Lachlandris de lo sucedido durante el Crisol Arcano: le había prometido que encontraría la corona para él –que la recuperaría para Nyrundelle–, siempre y cuando le permitiera formar parte de la partida de búsqueda.
En resumen, le había mentido.
Funcionó. El rey aceptó. Y después vino la parte más difícil, lo que peor se le daba: esperar.
Elyria nunca había sido una mujer paciente.
No llevaba bien el aburrimiento. Desgraciadamente, las formas de matar el tiempo a las que había recurrido antes de entrar en el Santuario ya no le atraían: no quería pasarse las noches bebiendo, cantando ni acostándose con desconocidos.
Y, desde luego, no tenía ganas de pensar por qué le interesaba tan poco hacer eso.
Así que paseaba por las calles de piedra blanca.
Caminaba de un lado a otro.
Siempre esperaba a las horas más tranquilas de la noche, cuando había menos gente y era menos probable que la reconocieran. Por desgracia, incluso con las alas ocultas y una capucha ceñida sobre su cabello del color de la vincapervinca, siempre había alguien que terminaba por fijarse en ella.
Nunca le había gustado ser el centro de atención: las miradas nada disimuladas, las conversaciones que se interrumpían en cuanto doblaba la esquina...
Aunque era cierto que ahora la sensación era diferente: como Revivida, inspiraba aprensión y pavor; como Vencedora de Nyrundelle, despertaba adoración. Veneración.
Detestaba ambas cosas por igual.
La hacían sentirse igual de sola.
Se concentró en su interior y, aunque sabía que no era buena idea, buscó el hilo dorado.
No lo encontró.
Con la muerte de Cedric, el hilo se había roto. Elyria había sentido cómo se aflojaba y desaparecía al tiempo que él exhalaba su último aliento. Y aquel vestigio de luz que le había quedado, esa brasa titilante que había usado para devolverle la vida, no creía que estuviera vinculada a ella.
Ya no.
¿Lo estuvo alguna vez? , se preguntó.
No sabía de dónde había surgido ni por qué Cedric y ella se habían sentido atraídos desde el instante en que pisaron el Santuario por primera vez. No entendía qué significaba el vacío desolado que sentía ahora en su interior.
O tal vez sí lo sabía, pero no quería pensar en ello.
Apenas empezaban a asomar los pálidos rayos del sol cuando regresó a la mansión. Estaba tan ensimismada en sus pensamientos, tan ocupada rebuscando entre los recovecos sombríos de su interior, que ni siquiera se percató de las dos personas que acechaban en el umbral hasta que casi las tuvo encima.
Una era de una altura imposible, con una expresión plácida en su rostro índigo. La luz gris del amanecer destacaba los cuernos retorcidos de su cabeza.
La otra, ancha y achaparrada, apenas le llegaba al pecho a Elyria. A su lado, apoyado en la pared, descansaba un colosal martillo.
–¿Qué estáis haciendo aquí? –preguntó ella, sorprendida.
–No está nada mal el refugio que te has agenciado, Revivida –dijo Thraigg con aquella voz ronca, familiar y cálida.
–Un poco ostentoso, pero, para gustos, los colores –añadió Nox.
Elyria arqueó una ceja.
–Eh... ¿Gracias?
Nox sonrió mostrando la punta de un colmillo.
–No es que no esté... –Elyria hizo una pausa para escoger sus palabras–. No es que no me alegre de veros, pero, repito, ¿qué hacéis aquí?
No sabía por qué estaba susurrando.
Thraigg levantó el martillo y se lo echó al hombro.
–Pensaba que querrías hacer algo con respecto a la corona, y también con respecto a...
–Elyria no necesitaba ser mentalista para adivinar que le estaba costando pronunciar el nombre de Zephyr.
Era difícil para todos asimilar lo que había hecho; se sentían heridos y traicionados, pero Thraigg parecía habérselo tomado de forma aún más personal que los demás.
Nox asintió.
–Kit nos llamó.
La otra ceja de Elyria se disparó hacia arriba hasta alcanzar a la primera, que ya estaba enarcada.
–¿Cómo? ¿Por qué?
–Esta misma mañana ha habido noticias del rey –dijo Kit en tono impaciente. Saltó por la ventana y bajó revoloteando hasta aterrizar con precisión entre Thraigg y Nox–. No estabas de humor para oírlas.
La sorpresa hizo que Elyria se tragara la respuesta que tenía en la punta de la lengua. Después gruñó:
–Mentirosa. Estaba de un humor estupendo.
Los ojos de Kit centellearon mientras plegaba sus alas doradas y plateadas.
–Vale... A lo mejor es que me apetecía ver cómo reaccionabas ante el reencuentro. Últimamente la vida es muy aburrida, por si no te habías dado cuenta.
Elyria estuvo a punto de ahogarse al contener la carcajada. Se quedó mirando a los tres antiguos adalides durante largo rato. Finalmente, se volvió hacia Nox y Thraigg.
–¿Y por qué habéis venido? ¿Queréis ayudar? ¿En qué?
–Por todas las estrellas, muchacha. –Thraigg sacudió la cabeza, haciendo tintinear los abalorios de la barba–. Empiezo a dudar que te alegres de vernos, la verdad. ¿Es que no tenemos asuntos pendientes igual que tú?
Nox se encogió de hombros con un gesto relajado que parecía fuera de lugar en su figura.
–No podemos permitir que Malchior se haga con el poder celestial, y sabemos que tú eres la única que puede recuperarlo.
En realidad, Elyria no sabía si era la única capaz de hacerlo, pero estaba dispuesta a intentarlo. La opresión de su pecho se aminoró al sentir, una vez más, que tenía un propósito por el que vivir.
Nox sonrió como si se hubiera percatado del cambio que se había operado en su interior.
–Bueno –dijo, extendiendo su sonrisa felina–, ¿adónde quieres que vayamos, Revivida?
Elyria sintió que su sombra interior se revolvía.
–Vamos de caza.