Epílogo
Leviathan Church
L a luz del fuego danzaba contra el suelo de madera oscura del despacho de Leviathan Church, proyectando largas sombras sobre las estanterías rebosantes de misivas y libros.
El lord estaba sentado tras su robusto escritorio de roble, con los codos apoyados y las manos enlazadas bajo el mentón. Oyó pasos en el corredor, amortiguados por la gruesa puerta, y curvó el labio en una sonrisa satisfecha cuando alguien llamó con los nudillos.
Compuso una expresión neutra antes de abrir la boca, y su voz, cargada de autoridad, llenó la estancia:
–Adelante.
Con un chirrido, sir Cedric Thorne entró.
El parpadeo del fuego proyectaba sombras en sus angulosas facciones.
El caballero vestía de manera informal, sin armadura, con pantalones y jubón sobre una túnica oscura.
Su cabello castaño había crecido en los meses transcurridos desde su regreso de Luminaria, y las puntas rizadas caían sobre sus orejas y enmarcaban su rostro.
Lucía una expresión tan disciplinada como la del lord: estoica, respetuosa, sin el menor signo de irritación o molestia por haber sido convocado con tanta premura.
Sin embargo, Leviathan Church no bajó la guardia. Sabía que Cedric le ocultaba algo desde el día en que había salido del Santuario Celestial. Sin duda, el caballero le había contado gran parte de lo sucedido; un hombre con menos experiencia que Church hubiera pensado que le había contado todo.
Leviathan estaba absolutamente seguro de que no era así.
–Sir Thorne –dijo con voz suave y profunda–, gracias por acudir con tanta prisa.
–Estoy a vuestra disposición, mi señor.
Leviathan señaló una silla de respaldo ancho frente al escritorio.
–Toma asiento, hijo mío.
Los ojos de Cedric se abrieron de par en par ante aquel apelativo inusual, pero obedeció sin vacilar. Durante unos instantes, Leviathan se limitó a observarlo, fijándose en su postura rígida y en el destello de algo que parecía inquietud en sus ojos ribeteados de oro.
–¿Te pongo nervioso, Cedric? –preguntó, peinándose los mechones entrecanos.
Cedric negó con la cabeza.
–Por supuesto que no, mi señor. –Pareció sopesar sus palabras–. Al menos, no en circunstancias normales. Es solo que vuestra llamada ha sido inesperada; el mensajero dio a entender que se trataba de algo muy urgente.
–¿Te he alejado de tus muchas admiradoras? Estoy convencido de que todas las muchachas compiten por la atención del Vencedor de Havensreach –comentó Church con un matiz de diversión, consciente de lo poco que le gustaba a Cedric aquel título.
El caballero soltó un resoplido cercano a una risa.
–En absoluto, mi señor.
Pasó un instante; luego, otro. Leviathan permitió que el silencio se hiciera pesado y después tenso, como si desafiara a Cedric a romperlo.
Quería comprobar si se resquebrajaba su fachada imperturbable, si dejaba entrever lo que le estaba ocultando.
Durante un segundo, creyó ver que crispaba la mano como si quisiera llevarla al amuleto brillante que llevaba al cuello.
Sin embargo, fiel a su papel de honorable caballero, Cedric no dijo ni una palabra. Leviathan Church se sintió casi desilusionado.
–Tengo noticias del rey Callum –dijo por fin el lord–.
El acuerdo está cerrado y sellado con sangre.
–Curvó el labio con desagrado–. Havensreach permitirá que Nyrundelle envíe exploradores a nuestras tierras para buscar a Varyth Malchior y perseguir el Culto de Malakar.
–Tamborileó con los dedos sobre el escritorio–.
Los arcanios tienen permitida oficialmente la entrada en el reino de Havensreach... Nunca creí que llegaría a ver esto.
Cedric perdió la compostura durante un instante, pero se recuperó demasiado rápido para que Leviathan pudiera identificar su reacción.
Sin embargo, había sido intensa, y el caballero se dio cuenta de que su señor lo había notado.
–¿No es una buena noticia, mi señor? –dijo–. A cambio, han cedido parte de las Tierras Medias.
–Sí –asintió Leviathan–. Un trato muy poco ventajoso para ellos, ¿no crees? Renuncian a tierras ricas en maná a cambio del paso de unos cuantos arcanios. ¿Te parece que el rey fae haría ese pacto de buen grado?
Cedric frunció el ceño.
–Pues... De entrada, supongo que no. Pero vos sois consciente del peligro que supone Varyth Malchior; ya os expliqué hasta dónde había llegado y lo que sucederá si se apoderara de la otra mitad de la Corona de la Concordia. Quizá su rey se haya tomado en serio la amenaza.
–O tal vez sepa algo sobre el poder de Malchior y crea que nosotros lo ignoramos. Podría estar intentando conseguir ambas partes de la corona para obtener su poder antes que nosotros.
–Quizá –asintió Cedric–. Pero... ¿acaso nosotros no estamos haciendo lo mismo? –añadió con cierta vacilación.
Leviathan se inclinó hacia delante con los ojos entrecerrados.
–¿Y tú?
–¿Yo qué, mi señor?
Leviathan dejó que la acusación tácita flotara en el aire. Cedric apretó los dientes y adoptó una postura aún más rígida.
–¿No te intriga este giro de los acontecimientos? ¿Esta inminente... paz? –La sola palabra le supo a hiel al pronunciarla.
–¿Debería intrigarme, mi señor?
–Solo me interesa saber lo que opinas del asunto. Los arcanios van a enviar una delegación a Kingshelm. ¿No sientes la más mínima curiosidad por saber a quién envían?
–Claro que siento curiosidad, mi señor, pero no más que cualquier súbdito.
Leviathan torció el labio.
–Por supuesto.
Hubo otro tenso silencio, que finalmente rompió el lord.
–¿Cómo van tus progresos? ¿La búsqueda ha tenido algún resultado? ¿Hay nueva información sobre la otra mitad de la corona?
–Nada importante, me temo, mi señor. Continúo siguiendo las pistas que encuentro, pero necesitaré tiempo. Sir Hale cree que deberíamos consultar a los maestros de Paideus. Iba a pediros permiso para ir allí la semana que viene.
Leviathan arrugó la frente en un calculado gesto de reflexión.
–Muy bien –concedió–. Continúa investigando y descubre lo que puedas.
Pero recuerda: el tiempo es un lujo que no podemos permitirnos.
Debemos ser estratégicos; solo Aurelia sabe lo que estarán haciendo Varyth Malchior y sus malditos cultistas.
Ignoramos cuánto durará realmente esta...
tregua. –Reprimió un escalofrío al pronunciar la última palabra.
–Sí, mi señor. –Cedric inclinó la cabeza–. Entiendo lo que está en juego.
–Puedes retirarte –repuso Leviathan sin más.
Contempló cómo el caballero se levantaba y salía: hombros rígidos, movimientos precisos. No había ninguna duda de que había cambiado en el Santuario.
En realidad, Leviathan no esperaba que regresara; fue una agradable sorpresa para él volver a ver a Cedric... o a quienquiera que fuera, porque estaba claro que ya no se trataba del mismo pupilo dócil y obediente caballero que había formado lord Church.
Era alguien distinto.
Cuando la puerta se cerró con un crujido y Leviathan Church volvió a estar solo, se levantó y cruzó el despacho con pasos lentos.
Se detuvo frente a un ornamentado espejo dorado con los bordes empañados por el paso del tiempo, se llevó una mano al talismán del cuello y movió la muñeca.
En su mano libre apareció una daga de acero oscuro con la que se hizo un tajo preciso en el brazo.
La sangre manó, oscura y abundante, y la extendió por la superficie del espejo. Unos símbolos carmesíes aparecieron sobre su reflejo y el espejo se deslizó hacia un lado con un chirrido, revelando un compartimento oculto.
Leviathan contempló los estantes rebosantes de objetos: bolsas de cuero llenas de monedas de oro, talismanes que palpitaban colmados de maná, joyas de oro resplandecientes, un arsenal de pequeñas armas de acero oscuro...
Y en el centro, sobre un cojín de terciopelo negro, entre un anillo de ónice y un pesado medallón de oro, se encontraba la pieza.
Picos de oro aguzados, con gemas engarzadas en el metal. Bordes quebrados en el punto donde había impactado la maldita flecha de Daephinia.
La Corona de la Concordia.
O, al menos, la mitad.
Leviathan curvó lentamente los labios en una sonrisa mientras acariciaba los delicados bordes de la corona robada. Permanecía silenciosa, inmóvil. No sentía su poder, pero estaba ahí.
Sabía que no continuaría latente durante mucho tiempo. Solo tenía que mantenerse alerta y esperar.
Estaba muy cerca.
Después de tanto esfuerzo, de todo lo que había sacrificado, estaba tan cerca...
Se limpió la sangre del brazo con un pañuelo y cambió el talismán que llevaba al cuello por otro recién cargado. Con un gesto, el espejo se deslizó de vuelta, el compartimento se selló y no quedó ni una gota de sangre en la brillante superficie.
Pronto , pensó.
Pronto, toda Arcanis lo sabría, lo recordaría, caería ante él. La idea le produjo una alegría tan siniestra que, por un instante, su máscara serena e imperturbable se rompió en pedazos y asomó la ambición despiadada que latía debajo.
–Pronto –repitió en la habitación vacía. Y quien habló no era Leviathan Church.
Era Varyth Malchior.