Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 58
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Capítulo 58

Resolución

Elyria

Ocho semanas después

A erithia siempre había sido demasiado pulcra para los gustos de Elyria.

Desde el balcón de su habitación en la mansión Ravenswing, contemplaba la ciudad mientras la fría brisa marina le azotaba el cabello.

Recorrió con la mirada las calles de piedra blanca, los puentes arqueados y las cúpulas doradas de la capital de Nyrundelle, brillantes bajo el cielo lavanda del crepúsculo.

Todo parecía demasiado cuidado y perfecto, demasiado diferente al resto del reino.

Durante los años que había vivido allí junto a Evander y Kit, nunca había sentido que encajara.

Incluso en ese momento, aunque hubiera un aire de optimismo cauteloso palpable por las calles y rumores en cada esquina sobre una frágil tregua entre el rey Lachlandris y el rey Callum tras la finalización del Crisol, Elyria seguía arrastrando esa sensación de estar fuera de lugar.

Fiel a su palabra, Cedric parecía haberle contado a su lord toda la verdad de lo ocurrido en el Santuario y de lo que habían descubierto: que el Crisol solo les había entregado una mitad de la Corona de la Concordia, y que Varyth Malchior llevaba demasiado tiempo ejerciendo su oscura influencia.

Que la princesa Selenae no solo había escapado a la ira de Malakar, sino que aún podía estar en alguna parte, con la otra mitad de la corona.

Lord Church se lo contó al rey humano, quien, sorprendentemente, le creyó.

Ambos reyes lo hicieron, de hecho. Elyria se enteró por la madre de Kit –la duquesa– de que Nyrundelle había sido la primera en ofrecer una tregua a los humanos, cediendo parte de las Tierras Medias a cambio de acceso a las costas de Havensreach para poder buscar a Varyth y al Culto de Malakar.

Las tensiones seguían siendo fuertes y el pueblo parecía esperar que en cualquier momento se torciera la situación, pero las cosas estaban...

cambiando. Cada vez había menos informes de escaramuzas entre arcanios y humanos en las Tierras Medias, y las que había parecían los últimos coletazos de una tormenta que llegaba a su fin.

Los reinos habían realizado el primer intercambio de prisioneros desde la Fractura.

Y, aunque la paz en Nyrundelle no fuera más que un barniz aplicado con torpeza, parecía que el llamamiento de Aurelia al valor de la unidad había tenido, de hecho, efecto.

Elyria, siempre pragmática, sospechaba que ambas partes tenían sus propias razones, específicas y opuestas, para llegar a un acuerdo.

Sin duda, ambos reyes pretendían hacerse con las dos mitades de la corona; quién sabía cuánto duraría aquella frágil paz una vez se descubriera su ubicación.

Sin embargo, eso solo era una razón más para asegurarse de ser ella quien la encontrara.

Su objetivo final no había cambiado: el poder celestial no debía estar en manos mortales. Uniría la corona, cerraría las Simas de una forma u otra, y después encontraría la forma de destruirla. Encontraría a Zephyr o a Varyth Malchior. Con suerte, a ambos.

Y haría que pagaran por todo lo que habían hecho.

Habían pasado semanas desde su regreso de Luminaria junto a Kit, tiempo de sobra para dar vueltas a cada uno de sus encuentros con Zephyr, cada una de las veces que la había defendido.

Recordó la bronca que le había echado a Cedric después de la primera prueba y sintió náuseas: la silvana a la que había protegido, por la que se había preocupado, trabajaba para el hombre que había destruido a Evander, el culpable de que Kit hubiera estado a punto de morir.

Ni siquiera había sido capaz de seguir usando el ungüento que le había regalado para sus cicatrices, a pesar de lo bien que funcionaba.

Las marcas se habían atenuado un poco: las cicatrices de piel tirante y rosada siempre se notarían, pero ya no eran un espectáculo grotesco. Lo consideraba suficiente. Elyria las llevaba como una medalla, un testimonio de todo lo que había superado.

–¿Ellie? –Kit cruzó las puertas del balcón, fijando en ella sus brillantes ojos mientras la brisa le revolvía el cabello plateado–. Otra vez pensativa, ¿eh?

–Solo me preguntaba si no le vendría bien un toque de color a la ciudad para alegrar un poco esas calles tan grises –dijo Elyria encogiéndose de hombros–. ¿Crees que tu tío estaría dispuesto?

Kit soltó una carcajada.

–Si quieres, se lo comento a mi madre para que se lo sugiera, pero, sinceramente, puedes esperar sentada. El rey tiene unos gustos muy específicos.

–Como todos –musitó Elyria, pero, a juzgar por la mirada cómplice de Kit, su amiga la había oído perfectamente.

La nostalgia de estar de regreso en la mansión de los Ravens­wing se mezclaba con una inquietud constante.

La recupera ción de su amiga había sido mucho más lenta de lo que le habría gustado a Elyria, ya fuera por la oscuridad que había penetrado en su carne a través del acero negro de Evander o... porque tenía heridas más profundas.

A veces, Elyria la sorprendía mirando al vacío, con una mirada inexpresiva en sus preciosos ojos desparejados y la mano pegada al pecho, como si estuviera recordando la sensación de la hoja atravesando su carne y el dolor agudo de aquella traición.

Era una sensación que Elyria conocía bien. Estaba claro que el Crisol les había dejado a todos cicatrices que nunca de­saparecerían.

–Podría intentar alegrar el ambiente –dijo, deseosa de dejar de pensar en lo cerca que había estado Kit de la muerte.

Se llevó la mano a la barbilla y fingió meditar–.

Es mejor pedir perdón que pedir permiso, y me siento...

artística. –Sonrió–. ¿Qué opinas? Creas unas cuantas esferas de agua, yo les echo pintura y nos ponemos manos a la obra. ¿Qué nos va a hacer el rey?

Kit negó con la cabeza, con una expresión a medio camino entre la diversión y la exasperación.

–Puede que tú te sientas libre para combatir el aburrimiento haciendo pintadas clandestinas, pero no todos podemos permitirnos ese lujo.

No creo que el rey esté dispuesto a meter en la cárcel a la Vencedora de Nyrundelle –replicó, y Elyria se estremeció al recordar su nuevo apodo, como si no tuviera ya bastantes–, pero ese privilegio no se extiende a mí.

–Eres su sobrina –precisó Elyria–. ¿Qué va a hacerte, a ver?

Kit se adelantó y apoyó una mano en la blanca barandilla. La soltura de sus movimientos le quitó un poco de peso de los hombros a Elyria: estaba claro que su recuperación era casi completa.

–La familia es complicada, tú lo sabes mejor que nadie –­afirmó Kit–.

Además, no creo que hayas olvidado cómo se las gasta la duquesa Laeliana Ravenswing.

La gratitud de mi madre hacia ti por haberme rescatado tiene un límite, y es tan sobreprotectora que no creo que le haga mucha gracia que enfades al rey.

–Eres una aguafiestas. –Elyria reprimió el impulso de sacarle la lengua–. ¿Has venido a decirme algo, además de frustrar todas mis esperanzas de diversión?

–Te ha llegado otra carta –respondió Kit, entregándole un rollo de pergamino.

Elyria esbozó una débil sonrisa y se lo guardó en el bolsillo.

–¿Otra vez Artie? –Hacía tiempo que había perdido la estúpida esperanza de recibir algún mensaje de Havensreach. Odiaba haber albergado esa esperanza.

La comunicación entre los reinos estaba reservada a los reyes y sus consejos, punto.

Y, aunque Cedric hubiera encontrado una manera de enviarle una misiva, ¿por qué iba a hacerlo?

Se habían despedido antes de abandonar el Santuario Celestial.

De hecho, Elyria se había preparado para ello incluso antes de cruzar el Portal de regreso al castillo: había agarrado todos sus sentimientos sobre lo sucedido durante la prueba de la Concordia –durante el Crisol entero, en realidad– y los había guardado en una cajita que había enterrado en lo más profundo de su ser, aún más hondo que el nudo de sombras que se enroscaba en su pecho.

Un nudo que no se había aflojado desde su marcha de la Ciudad Perdida.

Kit asintió.

–Parece que tus aventuras en el Santuario han provocado que Tartanis tenga todavía más ganas de hablar contigo.

Sus hombres han visitado El Verraco Achicharrado varias veces.

No han montado follón, pero Artie te recomienda que te mantengas apartada de Coralith por ahora.

–Sonrió–. También te envía sus sinceras condolencias porque tendrás que estar bebiendo, cito, «esa bazofia de la capital», y dice que intentará mandarte un barril de sidra entero en cuanto pueda.

Elyria formó una o perfecta con los labios.

–¿Qué me estás contando, Katerina? ¿Has leído mi carta?

–No es culpa mía; se abrió sola. Dile al enano que compre un lacre mejor.

Y casi me alegro, qué quieres que te diga...

Así, al menos, alguien lee los mensajes que te mandan.

–Echó una mirada elocuente a la pequeña pila de cartas sin abrir que había sobre una mesa de la habitación.

Luego, encogiéndose de hombros con una mirada que decía más de lo que Elyria quería escuchar, se marchó tranquilamente.

Elyria deambulaba por las calles de la ciudad sin rumbo fijo, como la mayoría de las noches.

Desde que Kit se había recuperado, deseaba con todas sus fuerzas volver a tener un propósito.

Estaba inquieta, desorientada; incluso la magia que latía en sus venas y se anudaba en su pecho le resultaba extraña.

Sus sombras tiraban de ella, nerviosas, como si se vieran atraídas por algo que estuviera fuera de su vista y de su alcance.

Tenía ganas de sobrevolar las dos Simas sin hacer una sola pausa y rebuscar en los rincones de todas las tabernas de mala muerte de Havensreach hasta encontrar alguna pista sobre el paradero de Varyth Malchior.

Quería dar caza a los miembros del Culto de Malakar y poner en práctica sus infrautilizadas dotes para sonsacar a la gente.

Quería irrumpir en Verdentia y exigir que los silvanos la ayudaran a averiguar adónde había ido Zephyr.