Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 57 #2
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Capítulo 57 #2

Pero Cedric no se había planteado ni una sola vez que Zephyr lo estuviera usando como medio para alcanzar un fin, que lo empujara a triunfar en el Crisol para poderle robar la corona.

¿Sabría cuál era el precio que había que pagar para conseguirla cuando le pidió que participara en la última prueba?

¿La silvana era consciente de que Elyria o él tendrían que morir para reclamar el premio final?

«Tenéis que ser vosotros dos... Llegad hasta el final. Hacedlo por todos nosotros», les había dicho.

Pero sí, por supuesto que lo sabía. Si estaba a las órdenes de Varyth, habría sabido exactamente qué esperar todo el tiempo. Recordó entonces su conmoción cuando aparecieron los dos juntos tras la última prueba, su total incredulidad.

Zephyr no había parado de curar a Kit, Thraigg y Nox tras la batalla con Evander porque su magia se hubiera agotado: lo había hecho para mantenerlos débiles y evitar que le plantaran cara cuando atacase, cuando mostrara sus cartas.

Cedric se giró hacia los demás adalides y avanzó hacia ellos, sintiendo que el fuego de su interior se avivaba con cada paso que daba.

Thraigg seguía sosteniendo a la débil Kit, ambos con idénticas expresiones de asombro horrorizado.

Incluso el rostro normalmente impasible de Nox estaba alterado, como si no entendiera lo que acababa de pasar.

Elyria se apretaba con fuerza la mano herida, presionando el dobladillo de su blusa para detener la hemorragia. Cedric sintió una oleada de rabia al ver el tajo, aunque no era demasiado profundo.

Seguramente su mirada pétrea podría convencer a los demás de que se encontraba perfectamente; de que solo era una herida superficial, un rasguño. Pero el dolor de sus ojos lo desmentía. Reflejaban una sensación de traición tan profunda como la que Cedric intuía que transmitían los suyos.

–¡Tenemos que ir tras ella! –dijo Elyria, alzando la voz para hacerse oír sobre el murmullo creciente de la multitud:

–¿Qué es esto?

–¡Traidores arcanios! ¡Han robado la corona!

–Habéis visto cómo hablaba con el vencedor humano. ¡Trabaja para ellos!

Otra onda del poder celestial de Aurelia hizo que enmudecieran, aunque los más beligerantes parecían rabiosos.

Cedric percibía la inquietud y la duda en sus miradas recelosas.

La celebración había terminado. Muchos espectadores dieron media vuelta y abandonaron la sala ante la mirada preocupada de Cedric.

Quién sabía qué historias y calumnias se inventarían a partir de lo que habían visto...

–Me temo que ha logrado escapar –dijo Aurelia, con una rabia latente en sus muchas voces que hizo que a Cedric se le erizara el vello de la nuca. Entendía que estuviera furiosa: sin la mitad de la corona no podrían encontrar la otra pieza. Y pronto, muy pronto, Varyth Malchior las uniría.

Notó un nudo en la garganta.

–¿Y ahora qué hacemos? –preguntó con voz sorda.

–No podemos dejar que se salga con la suya –gimió Kit débilmente. A Cedric le ardió la sangre; estaba tan débil... Saber que Zephyr la había dejado sufrir a propósito echó aún más leña a las llamas que ardían en su interior.

–Es un maldito pájaro –gruñó Thraigg, cambiando la postura para sostener mejor a Kit–. Y, por desgracia, nosotros no somos los que tenemos alas, muchacha.

–Pero tú tampoco estás en condiciones de hacerlo –observó Nox, y Kit asintió con resignación.

–Ve tú, Ellie –le pidió–. Búscala. Recupérala. Sin ella, no podemos...

Elyria negó con la cabeza.

–Necesitas un santo. Yo me quedo contigo.

–Pero...

–He dicho que me quedo contigo –zanjó con voz firme, los dientes apretados y los músculos tensos.

Cedric supo que no cambiaría de opinión, y entendió lo que debía de estar pensando: ya había dejado en manos de otros la recuperación de Kit. Había confiado en Zephyr, y su amiga estaba al borde de la muerte por culpa de aquella traidora. No, Elyria no volvería a abandonar a Kit.

–¿No hay nada que puedas hacer tú? –le espetó Elyria a Aurelia, que seguía de pie a unos pasos de los adalides–. ¿No puedes encontrar la corona, usar tu poder para rastrearla?

Los hombros de la celestial se hundieron bajo su túnica blanca.

–Mi dominio es el Santuario, no el mundo exterior –respondió. Su voz polifónica sonaba distante, como si su concentración e incluso su presencia se estuvieran desvaneciendo una vez completado el Crisol–. No puedo perseguirla.

–Entonces, dinos qué hacer –exigió Cedric, sin poder controlar el temblor de su voz.

La sala estaba casi vacía; solo quedaban un puñado de curiosos, pero Tristán, Hargrave y Thibault continuaban allí.

Se percataron de la mirada de Cedric, quizá de su desesperación, y se acercaron–.

No sabemos adónde va ni dónde está Varyth Malchior. ¡Tienes que saber algo!

Kit gimió, cada vez más pálida. Necesitaba un santo en ese mismo instante.

Cedric se volvió hacia Elyria.

–Ve con ella –le dijo–. Volveré a Havensreach. Tendré que explicar todo lo que ha pasado a lord Church y a... al rey. Tal vez ellos sepan algo de Varyth Malchior; puede que dispongan de información útil para seguirle la pista. No permitiré que se salga con la suya –añadió con tono solemne.

Era una promesa, un compromiso.

Elyria tragó saliva. Cada mota plateada de sus ojos reflejaba su reticencia, pero terminó por asentir.

–Procura que no te maten mientras yo no esté ahí para salvarte el culo, ¿me oyes? –dijo con voz ronca, y Cedric soltó una carcajada.

–Faltaría más.

Durante un momento permanecieron callados, compartiendo un entendimiento tácito: una despedida que ninguno pronunció en voz alta.

Cedric quiso extender la mano hacia ella para sentir por última vez aquel contacto que le hacía sentirse completo.

Tenían tanto que decirse... Tanto que nunca se dirían, porque, al instante siguiente, Elyria se había echado el brazo de Kit al hombro y, tras un último encuentro de miradas –verde esmeralda contra castaño dorado–, se marchó.

–Me da la impresión de que tienes mucho que contarme, Ric –comentó Tristan con una jovialidad teñida de cautela. Atrajo a Cedric a un abrazo rápido y le dio tres fuertes golpes en la espalda.

Cuando lo soltó, el caballero se sorprendió al notar que le picaban los ojos.

–Yo diría que eso es quedarse muy corto –dijo Hargrave, dándole una palmada en el hombro.

–El viaje a casa será entretenido –añadió Thibault, un poco alejado. Cedric se dio cuenta de que Aurelia y Nox seguían cerca de ellos.

–¿Qué vas a hacer? –le preguntó a Nox, que seguía con la mirada a Elyria, Kit y Thraigg mientras se alejaban. No respondió hasta que cruzaron el umbral y desaparecieron de su vista.

–Me temo que me toca volver a las sombras –dijo y, sin más explicaciones, tras echarle una mirada a la figura traslúcida de Aurelia, dio un paso hacia la penumbra y desapareció.

La celestial prácticamente se había desvanecido. Su túnica blanca dejaba entrever al otro lado el Portal, que ya no brillaba. Estaba sellado para siempre.

Demos gracias a las estrellas , pensó Cedric.

–Esto no ha terminado –dijo ella, y, una vez más, Cedric puso en duda que la diosa no fuera omnisciente. Cada una de sus múltiples voces estaba impregnada de dolor–. Me temo que no ha hecho más que empezar. Aún queda mucha oscuridad por delante antes presenciar un nuevo amanecer.

Cedric tomó aire profundamente.

–Y entonces vendrá el día renacido –respondió, citando la profecía.

Pero Aurelia ya se había disuelto en la nada, arrastrada de nuevo a su prisión.

Tristán, Thibault y Hargrave rodearon a Cedric y echaron a andar sorteando a los pocos espectadores que quedaban, sin dejar de atosigarlo con preguntas, peticiones y exigencias.

Cedric se esforzó por seguirles el paso, haciendo todo lo que podía para responder y tranquilizarlos.

Hasta que no atravesó las puertas de la Ciudad Perdida –ya no tan perdida–, no se atrevió a buscar en lo más profundo de su ser la luz al final de la atadura que sentía anclada tras sus costillas.

Los campamentos de viajeros arcanios y humanos seguían adornando la llanura cuando abandonaron Luminaria. Cedric los contempló por un instante antes de alzar la vista hacia el horizonte. Una promesa tácita brotaba de él y se extendía en la distancia como un brillo dorado.