Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 57
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Capítulo 57

El golpe final

Cedric

E l rugido de la multitud era ensordecedor. Vítores y clamores resonaban en la gran sala, envolviendo a Cedric en una nube de euforia.

Elyria, dos pasos por delante de él, parecía congelada por la exaltación del público. Cedric se volvió para mirar a Kit, Thraigg, Nox y Zephyr, que cruzaron detrás, conmocionados.

Aquella celebración le habría parecido fuera de lugar si hubiera tenido lugar en las ruinas de la Ciudad Perdida, el lugar del que habían partido; pero, en realidad, no habían regresado allí.

El castillo de Lumin estaba tan cambiado que ni siquiera lo reconocía.

Habían desaparecido las alfombras polvorientas, los frescos desconchados y las losas quebradas.

En las paredes colgaban banderas con los emblemas de Havensreach y Nyrundelle, bordados en hilo de plata.

El suelo de mármol pulido brillaba bajo los farolillos con tulipas de vidrio.

Aquel no era el lugar ruinoso que Cedric había dejado atrás cuando el Tribunal lo vinculó al Santuario. Lo habían reformado entero, como si la conquista del Crisol hubiera desper tado la antigua gloria de Luminaria. Era como si hubieran retrocedido en el tiempo al cruzar el Portal.

Cedric contempló la sala y la multitud de espectadores –humanos y arcanios entremezclados– que les daban la bienvenida.

La mayoría de los rostros brillaban con lágrimas de felicidad.

Pero algunos parecían... preocupados. Sus barbillas temblaban y sus ojos escrutaban con frenesí más allá de los seis adalides, buscando al suyo.

Solo entonces Cedric se percató de la honda tristeza entretejida entre la alegría desbordante, y se le revolvió el estómago al ver a una mujer fae con el pelo corto de color cobalto sollozando silenciosamente a un lado.

Un estallido de luz brotó detrás de Cedric, y el Portal palpitó con tonos plateados, rosas, púrpuras y verdes.

Una figura vestida de blanco lo atravesó, y el Portal se cerró llevándose su luz.

Aurelia cubría su rostro celestial bajo la gruesa tela blanca de la capucha.

Sus múltiples voces –las del Tribunal, para todos los presentes– resonaron en un coro infinito:

–¡Vuestros adalides han regresado!

Hubo otra oleada de vítores antes de que la multitud se sumiera en un silencio reverente, conteniendo la respiración.

Cedric dio un par de pasos vacilantes para situarse al lado de Elyria y le lanzó una mirada nerviosa.

Pero ella no le estaba mirando: sus ojos estaban clavados en Aurelia.

La celestial continuó hablando y su voz polifónica retumbó en la sala como el tañido de una campana.

–Contemplad a vuestros vencedores, pueblo de Arcanis, forjados en las pruebas del Crisol Arcano. Han luchado, han sufrido, se han sacrificado y han salido victoriosos. Elyria Lightbreaker y Cedric Thorne han conquistado el Crisol.

Un grito de júbilo rompió el silencio. Con el corazón palpitante, Cedric enfocó a un trío de hombres que estaban de pie en el extremo opuesto de la sala.

Hargrave estaba apoyado en una columna, con el pelo oscuro recogido y una sonrisa en su rostro curtido.

A su lado, Thibault se revolvía incómodo, mirando con aprensión a los arcanios que lo rodeaban; pero cuando sus ojos se encontraron con los de Cedric, brillaron de admiración.

Sin embargo, el tercer hombre fue el que atrajo toda su atención. No era el rostro que esperaba ver: el frío y crítico de lord Leviathan Church. Era uno mucho más amistoso; uno que no se había dado cuenta de lo mucho que había echado de menos.

Tristan sonreía de oreja a oreja, arrugando la cicatriz que tenía en la mejilla izquierda. Sus ojos azules centelleaban con un orgullo que Cedric percibió a pesar de la distancia. De pronto, sintió un nudo en la garganta.

Tristan había ido hasta allí, aun sabiendo lo escasas que eran las posibilidades de que Cedric saliera vivo. Había ido.

De inmediato desapareció cualquier decepción que pudiera haber sentido por no haber encontrado a lord Church esperándolo.

De hecho, si era sincero, no estaba muy seguro de sentirse desilusionado.

Algo muy parecido al alivio se extendió por su pecho y se mezcló con el ardor constante que latía en su interior.

No le desagradaba disponer de más tiempo para ordenar sus pensamientos y sus sentimientos antes de informar a su benefactor de todo lo que había ocurrido en el Santuario.

No estaba muy seguro de qué le iba a contar; después de todo, ni siquiera él acababa de entenderse a sí mismo.

Tras dedicarle un cabeceo cargado de gratitud a Tristan, se volvió hacia Aurelia antes de que la opresión que sentía en la garganta se convirtiera en una reacción más embarazosa. Al fin y al cabo, estaba delante de un montón de gente.

–Contemplad a los conquistadores del Crisol Arcano, a los que caminan por la senda de la unidad en lugar de la división –dijo Aurelia–. Aquellos que han demostrado ser dignos de la corona.

–¿Pero de quién es la corona? –gritó una voz entre la multitud. Cedric no supo de dónde venía, pero fue la primera de una oleada de muchas.

–¿Quién ha ganado?

–¡Es imposible que sean los dos!

–¿El poder lo reclama Havensreach o Nyrundelle?

El fervor del público sacó finalmente a Elyria de su parálisis. Miró fijamente la corona que tenía en la mano, con una expresión extraña, y la apretó con más fuerza. Los demás adalides se apiñaron en torno a ella, como si esperasen que la multitud los embistiera y quisieran prepararse para ello.

No fue necesario: Aurelia levantó ambas manos y un pulso de poder se extendió entre la multitud, que guardó silencio, obligada a escuchar.

–La corona no pertenece a nadie –declaró.

Algunos de los espectadores intercambiaron miradas de reojo, Hargrave y Thibault entre ellos, pero no hablaron.

–Aún no –continuó Aurelia–. El Crisol ha sido conquistado, pero el poder de la Corona de la Concordia aún no se ha reclamado. Y así seguirá siendo hasta que...

Entonces ocurrieron varias cosas a la vez.

Una mancha de color verde bosque cruzó por delante de Cedric.

Un jadeo colectivo resonó en la sala.

Elyria soltó un grito agudo y cayó hacia atrás, chocando con Nox. Se apretó la mano; su palma vacía estaba manchada de sangre.

Y Zephyr se encontraba varios pasos por delante de Cedric, con la misma daga que había usado para salvarle la vida en una mano y la corona en la otra.

La angustia se reflejó en cada rasgo de su delicado rostro mientras miraba a Cedric con ojos verdes suplicantes.

–Lo siento –dijo con voz temblorosa–. Lo siento muchísimo.

Dio un paso atrás al mismo tiempo que Cedric avanzaba hacia ella.

–¿Por qué? –preguntó él, con la voz quebrada.

–La corona sí pertenece a alguien –afirmó la silvana–, y no tengo más remedio que llevársela. No me ha dado elección.

Cedric intentó alcanzar a Zephyr, pero era rápida, muy rápida. No estaba débil ni agotada, como él creía. Aquella palidez cenicienta y la inquietud que la había invadido en el Santuario no se debían a que su magia hubiera menguado: eran fruto de la culpa.

–¡No! –gritó Aurelia, con su voz coral cargada de poder antiguo. Sacó la mano de la túnica y un remolino de colores brilló en su piel mientras formaba un orbe de magia: un golpe divino destinado a impedir que la silvana huyera con la media corona.

Pero Zephyr fue más veloz. Con un destello, su cuerpo comenzó a cambiar, a encogerse, a transformarse.

Brotaron alas de su espalda. Su piel verde como la salvia se llenó de plumas de un intenso color esmeralda y, de pronto, no era una silvana la que estaba frente a Cedric, sino un águila que se alejaba volando con la mitad de la corona en sus garras.

Era una cambiaformas.

Podía transformarse.

La explosión de poder de Aurelia pasó rozando sus plumas, rebotó en la pared del fondo y se dispersó entre los espectadores con tal fuerza que derribó a la mayoría.

Zephyr sobrevoló a la atónita multitud, soltó un chillido de rapaz al atravesar las puertas del castillo y desapareció en la lejanía.

«No me ha dado elección», había dicho.

¿Quién? ¿Varyth Malchior? Los recuerdos empezaron a mezclarse en caleidoscopio en la mente de Cedric a medida que repasaba cada uno de los encuentros con la silvana, desde el momento en que la había salvado de los gnarlings, examinándolos a la luz de su traición.

Vaciló, confuso. ¿Aquello también habría sido fingido?

Sus gritos de terror, la herida de su pierna...

Cedric clavó la mirada en el punto por el que había desaparecido el águila, y un recuerdo repentino lo atormentó: el pellejo verdoso de la bestia que había matado a Dissidua Pyr a zarpazos.

En aquel momento había pensado que era un reflejo de la luz, el brillo de la aurora.

Pero ahora, de pronto, todo encajaba: la bestia había soltado un aullido de dolor cuando le clavó la espada en la pata...

, en el mismo sitio donde Zephyr tenía la herida.

Era ella.

Zephyr había jugado con Cedric desde el instante en que entró en el Crisol.

Se había dedicado a observarlo y aguardar.

Había sido ella quien mató a Dissidua, y usó la herida que le había provocado el propio Cedric para manipularlo y despertar su compasión.

Y él había picado. Creyó cada una de sus tímidas sonrisas, le afectó el dolor que había fingido la silvana cuando el caballero intentó aliarse con los demás adalides humanos.

Cada una de sus miradas ansiosas, la forma en que se retorcía las manos...

Cedric lo había interpretado como una muestra de que se preocupaba por su bienestar, por él. De que eran aliados.

Peor aún, que eran amigos.

«Sacrificio y amistad traicionada», decía el verso de la profecía renovada.