Capítulo 56 #2
Sintió un calor repentino cuando Cedric se acercó a ella y le rozó la mano.
–Así es. ¿Alguna idea, Elle? –le preguntó, y ella frunció el ceño, porque había notado mariposas en el estómago al oír que la llamaba por aquel nombre cariñoso con tanta naturalidad.
Sin embargo, el enfado contra la reacción traicionera de su cuerpo se disipó de inmediato, sustituido por el abatimiento.
«Haz que merezca la pena, Elle»: aquello fue lo último que le había dicho antes de morir.
¿Pero había merecido la pena? Si no encontraban la otra mitad de la corona, si no lograban cerrar las Simas y unir a los pueblos de Arcanis, ¿tendría algún valor?
Estando Malchior libre para maquinar y conspirar a su antojo, ¿importaría algo lo que habían hecho?
Pensó en Gael, en Cyren, en Paelin y en todos los demás. Pensó en Evander. Pensó en el milagro que era Cedric, en lo fácil que habría sido contarlo entre aquellos que habían perdido la vida y los sueños en aquel lugar terrible.
Se mordió el labio con demasiada fuerza, esperando que el dolor la ayudara a concentrarse. Para que todo aquello mereciera la pena, tenían que salir de allí. Y, por supuesto, no era tan sencillo. Aurelia no les había dado la menor indicación de cómo hacerlo.
Recorrió la sala para observar las mesas y bancos dispersos, los cojines y las jarras.
Con la corona todavía en la mano, se acercó a la pared donde estaban las puertas y probó algunos picaportes.
Ninguna brillaba. Ninguna llevaba a una dimensión distinta de la del Santuario: todas daban paso a dormitorios y cuartos de baño, como ocurría siempre entre una prueba y otra.
Finalmente, se quedó mirando el muro vacío frente a las puertas, donde había estado el arco por el que habían entrado después de la primera prueba.
Había algo extraño en aquel muro desnudo.
De entrada, no se veía ningún indicio de que allí hubiera habido nunca una abertura; pero, a medida que Elyria se acercaba con la corona en la mano, se sintió atraída, como si algo la empujara en esa dirección.
Cuando estaba a unos pasos, la piedra empezó a brillar con una luz plateada demasiado familiar... que formó un arco resplandeciente.
El Portal.
La salida.
Al otro lado, Elyria atisbó el contorno difuso de la gran sala del castillo de Lumin.
Y, lo que era más importante, podía distinguir la cacofonía de vítores y cánticos estridentes que resonaban en la cavernosa estancia.
Las voces sonaban apagadas por la magia del Portal, que mantenía el Santuario separado del mundo real, pero estaban allí.
–¿No querías fanfarria? –le preguntó a Nox por encima del hombro–. Pues prepárate.
Tenebris emitió un sonido parecido a un carraspeo ofendido, pero no dijo nada. Elyria oyó movimiento detrás de ella: arrastre de sillas, palabras de ánimo... Thraigg estaba ayudando a Kit a ponerse en pie.
–Siguen todos ahí –murmuró Cedric, acercándose a Elyria.
Así era. A pesar de la distorsión del Portal, se veían muchos espectadores pegados a las paredes de la sala.
Ya fuera gracias a alguna magia antigua entretejida en las reglas de aquel tedioso certamen o debido a Aurelia, la gente se había enterado de su triunfo en el Crisol.
Debían de estar convencidos de que alguien había obtenido la corona.
Elyria no estaba muy segura de lo que implicaría eso, teniendo en cuenta lo que les faltaba por hacer.
–Bueno, sir Victorioso, te esperan tus legiones de admiradores –le dijo a Cedric, agarrándole la mano para tenderle la corona.
–Nuestras legiones de admiradores –corrigió él con una sonrisa, entrelazando los dedos con los de ella de forma que los dos sostuvieran la media corona.
Elyria se tensó cuando una chispa corrió por su brazo, y las sombras de su pecho se agitaron. Era justo lo que quería hacer: salir de aquel lugar fabuloso y cruel agarrada de su mano.
«Habéis sido puestos a prueba en el fuego de la confianza y ligados por algo más profundo que la ambición. Y habéis triunfado: ambos adalides, ambos vencedores».
Era extraño estar allí junto a él, en el umbral de la libertad, en aquel nuevo precipicio.
En cierto modo, sentía como si aquella fuera la auténtica prueba de su vínculo.
Porque habían luchado contra bestias armadas con dientes y garras, habían ardido, sangrado, perdido... y lo habían hecho juntos.
–¿Estás lista? –preguntó Cedric.
No lo estaba. En el momento en que atravesaran el Portal y regresaran al mundo real, aquello –lo que quiera que fuera– se acabaría.
Aún ignoraban tantas cosas, tenían tantas preguntas...
No estaba preparada para que cada uno regresara a su parte del continente ni para que sus pueblos volvieran a estar enfrentados.
¿Qué significaría para sus pueblos respectivos aquello de «ambos adalides, ambos vencedores»? ¿Respetaría el rey arcanio aquel desenlace? ¿Lo harían ambos reyes? ¿Les creerían, siquiera?
No habían conseguido el poder que prometía la corona. Ninguna de las partes podría apoderarse de ese poder celestial y esgrimirlo contra la otra: Elyria se aseguraría de ello. ¿Podría eso marcar el comienzo de algo parecido a... la paz?
Sacudió la cabeza. Por más que Cedric y ella hubieran hablado de cerrar las Simas y de sanar la tierra para dar inicio a una era de paz, no sabían cómo llevarlo a cabo. En aquel momento les había parecido sencillo; sin embargo, cuanto más miraba Elyria el Portal, más imposible le parecía.
Tendrían que encontrar la otra mitad de la corona, asegurándose de que Varyth Malchior estuviera lo más lejos posible. Necesitarían planear estrategias, y para ello tendrían que pasar tiempo juntos.
Juntos.
Vaciló solo con pensar aquella palabra, y la esperanza que había ido creciendo en su interior empezó a desmoronarse. Una vez abandonaran el Santuario, no habría un «juntos». A Cedric y a ella les esperaban dos vidas completamente distintas.
Se le encendieron las mejillas por haberse permitido la estupidez de anhelar otra cosa. Intentó organizar el embrollo de emociones que se agitaban en su pecho, les hizo un nudo y cavó un agujero en lo más profundo de su ser para enterrarlas.
Al sentir un suave apretón en la mano, Elyria se giró y descubrió que Cedric la miraba fijamente. Había algo parecido a la determinación, y tal vez incluso una pizca de anhelo, en la firmeza de su ceño, en la tensión de su mandíbula.
–Encuentra la otra mitad –le pidió, soltándole la mano y dejando la mitad de la corona en su palma.
Elyria echó de menos inmediatamente su calor. Aquella despedida tenía el sabor de algo... definitivo.
–Une la corona, cierra las Simas –insistió él–. Termina lo que hemos empezado.
–¿Y tú? –Elyria luchó por contener el temblor que sentía en el pecho y mantener la voz firme–. ¿Qué vas a hacer tú?
–Yo me aseguraré de que Varyth Malchior jamás le ponga las manos encima y de que pague por todo lo que hizo –declaró él con convicción.
A Elyria se le encogió el corazón y, al mismo tiempo, sintió que se le esponjaba. Una sensación agridulce se extendió por su interior. No sabía cómo esperaba conseguirlo Cedric; pero si alguien podía dar caza a un hechicero loco en el reino humano, era él.
Él sonrió. Fue una sonrisa leve y triste, pero con un atisbo de esperanza, como si tal vez –solo tal vez– aquello no fuera un adiós para siempre.
Elyria quería creerlo.
Necesitaba creerlo aunque, en el fondo, supiera que era algo definitivo. Cedric y ella siempre habían jugado en lados opuestos del tablero, y nada de lo que pudiera haber entre los dos importaba fuera de los confines del Santuario.
Cavó aún más hondo para enterrar sus sentimientos.
Kit se acercó a ella, apoyada en Thraigg. Zephyr avanzó arrastrando los pies hasta situarse al otro lado de Cedric, y Nox se quedó unos pasos por detrás de sus compañeros. Ya no eran solo adalides: eran supervivientes y vencedores, al menos a los ojos de Elyria.
Aferró la mitad de la corona entre los dedos.
Y atravesó el Portal.