Capítulo 56
El precio de la victoria
Elyria
A urelia condujo a Elyria y Cedric de regreso al sinuoso corredor de piedra y luego desapareció, dejándolos solos.
El viaje de regreso a la sala del Santuario no les llevó tanto tiempo como antes, en parte porque Elyria hizo casi todo el trayecto a la carrera.
No soportaba la idea de regresar dando un paseo tranquilo, cuando estaban tan cerca de poder huir de allí y ni siquiera sabía cómo se encontraba Kit.
Se atrevió a echar un rápido vistazo por encima del hombro y vio que Cedric corría detrás de ella. Su rostro era la viva encarnación de la imperturbabilidad, y Elyria detestó no saber lo que podía estar pensando.
Era una auténtica hipócrita. Allí estaba ella, haciendo todo lo posible para no darle vueltas a lo ocurrido durante la prueba final: la elección imposible a la que se habían visto enfrentados, la desgarradora decisión que había tomado el caballero, el alivio vertiginoso de tenerlo de vuelta...
y, por supuesto, aquel beso. Y, sin embargo, no podía dejar de pensar en cómo se sentiría él.
¿Se arrepentirá? , se preguntó. Cedric sabía que estaba a punto de morir, no podía culparlo por haberla besado.
Tal vez tan solo se estuviera aferrando a la vida en sus últimos momentos; pero la idea de que lo hubiera hecho exclusivamente por ese motivo hizo que a Elyria se le retorciera el estómago.
Céntrate, Elyria. Primero, Kit. Luego, salir de aquí. Eso era lo importante, lo realmente esencial..., dejando a un lado que aún debían averiguar qué hacer para recobrar la otra mitad de la corona, estuviera donde estuviera.
Casi se le doblaron las rodillas de puro alivio en cuanto puso un pie en la sala.
Kit estaba erguida y consciente, y mantenía una conversación bastante animada con Thraigg.
Elyria distinguió los bordes del vendaje manchado de sangre bajo su vaporosa blusa, y se percató del color ceniciento de su rostro y del sudor que aún le humedecía la frente.
Pero estaba despierta y viva, y verla así le quitó a Elyria casi toda la carga que había soportado durante veinticinco años.
–¡Habéis vuelto! –Zephyr se levantó bruscamente de otra mesa, con expresión de asombro.
Su rostro verdoso estaba pálido y tenía el ceño fruncido de ansiedad.
La silvana parecía enferma por los nervios, y Elyria sintió una oleada de culpa; no podía ni imaginarse el esfuerzo que habría supuesto para Zephyr curar a los demás adalides.
Elyria miró el fragmento de corona que tenía en la mano. Ya casi había terminado todo. Por fin Zephyr podría disfrutar del descanso que se había ganado..., que se habían ganado todos.
La silvana se acercó a ellos retorciéndose las manos.
Sus ojos verde bosque fueron de Elyria a Cedric y luego enfocaron la puerta por la que habían entrado, que se cerró con un golpe seco y concluyente en cuanto el caballero la cruzó.
La silvana abrió los ojos de par en par al fijarse en lo que Elyria llevaba en la mano.
–¿Eso es...?
–Sí –dijo Elyria, ocultando sus alas con un chispazo de magia–. La Corona de la Concordia, a tu servicio. Bueno, la mitad, al menos.
–¿La mitad? –repitió Zephyr, con voz temblorosa–. ¿Solo la mitad?
Elyria puso mala cara.
–Por desgracia, sí. La otra mitad está en alguna parte, y habrá que recuperarla para que su poder sea completo. Pero la buena noticia es que con esto... –agitó la corona en el aire– nos basta para salir de aquí, o eso se supone.
–¿De verdad? –La voz normalmente jovial de Kit sonó apagada mientras se estiraba para verla mejor, pero oírla de nuevo era como música para los oídos de Elyria.
–Es lo que dijo el Tribunal... o, mejor dicho, Aurelia. –Elyria se acercó a Kit y le apretó el hombro con suavidad–. Creía que te había perdido –susurró.
–Aquí sigo –respondió Kit. Recorrió a su amiga con la mirada y suspiró con alivio al comprobar que no tenía heridas visibles. Después, su expresión se tornó melancólica, y Elyria comprendió que se había enterado de todo lo ocurrido.
Por supuesto que lo sabía. ¿Qué esperaba, que nadie le contara a Kit lo que le había pasado? ¿Lo que le había ocurrido a su hermano? ¿Lo que había hecho Elyria?
Como si pudiera leerle la mente, Kit musitó:
–Gracias, Ellie.
Elyria apartó la mano, sin fuerzas.
–No me des las gracias.
–Me has salvado la vida. Nos has salvado a todos.
–Lo maté. –La verdad fue como una cuchilla que le atravesó los pulmones y la dejó sin aliento. Evander podía haberse convertido en un monstruo, pero seguía siendo el hermano de Kit. Si Kit hubiera podido presenciarlo, ¿estaría tan dispuesta a perdonarla?
Kit aspiró hondo.
–Ya estaba perdido; me lo dijiste en el campamento y no quise oírlo. –Alzó la vista y una lágrima brilló en uno de sus ojos, en el verde–. No quería verlo. Me negaba a admitir la verdad.
–Ninguno de nosotros lo vio venir –añadió Thraigg, inclinándose sobre la mesa para darle una palmada reconfortante a Kit–. Nadie tiene nada que reprocharse, muchacha.
Elyria negó con la cabeza. Por supuesto que hay alguien a quien reprochárselo , pensó, pero no está aquí .
Le escoció la garganta por el esfuerzo de contener la sarta de imprecaciones que quería lanzar contra Varyth Malchior.
Él estaba detrás de tantas cosas... Por culpa suya habían muerto Leona y Belien, y Kit había estado a punto de morir.
Todos lo habían estado, de hecho: si su magia oscura no hubiera infectado a Evander, ni Kit ni Elyria habrían tenido esas visiones horrendas y no habrían intentado participar en el Crisol. Elyria todavía estaría...
... ahogando sus penas bajo la mirada reprobatoria de Artie. Seguiría pasando los días entre canciones y las noches junto a desconocidos. Continuaría distanciada de Kit, nunca habría cerrado aquel triste capítulo de su vida y jamás habría conocido a...
Sus ojos se encontraron con los de Cedric.
Zephyr daba vueltas a su alrededor, nerviosa, comprobando si tenía alguna herida.
Se fijó en el agujero de la túnica donde se había clavado la daga, y su rostro mostró una extraña mezcla de culpa y alivio que Elyria no acababa de entender.
Tal vez se sintiera culpable por haberlos animado a enfrentarse ellos solos a la prueba final.
Quizá esa fuera la forma de demostrar que le importaban.
Cedric parecía ajeno a la preocupación de Zephyr.
Sus ojos dorados se encontraron con los de Elyria, y la intensidad de su mirada hizo que a ella se le cortara la respiración.
Era como si pudiera adivinar todas las emociones encontradas que sentía: alivio, rabia, euforia y desasosiego, todo mezclado, compitiendo por imponerse.
Kit le agarró la mano y devolvió a Elyria al presente. Sintió una punzada de remordimiento al darse cuenta de que Kit había seguido hablando sin que ella le prestara atención.
–Pero ahora sí te estoy escuchando. –Kit entrelazó los dedos con los de Elyria, como hacían antes–.
Y te doy las gracias. Al final, le diste la paz.
–Respiró hondo–. Nunca te agradecí que me acompañaras hasta aquí, para empezar, y he estado a punto de no poder hacerlo, así que déjame que te lo diga ahora: gracias.
Gracias a ti hemos sobrevivido todos. –Inclinó la cabeza hacia la corona–.
Y gracias a ti vamos a poder salir de aquí.
Elyria tragó saliva con dificultad, resistiendo el impulso de volver a mirar a Cedric.
Él había tomado la decisión de sacrificarse, había estado dispuesto a pagar el precio de la libertad de todos los demás.
Pero no sabía ni cómo explicárselo a Kit, así que se limitó a asentir con una sonrisa forzada.
–Entonces... La prueba de la Concordia... –dijo Kit tras unos instantes de silencio incómodo, desenredando sus deditos–. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo acabasteis con media corona? ¿En qué consistió la prueba final? –Extendió un largo dedo moreno para rozar uno de los picos dorados de la corona.
Elyria la observó absorta, preguntándose si su amiga sentiría una chispa del tremendo poder que la había invadido a ella cuando la tocó por primera vez.
Sin embargo, Kit apenas mostró ninguna reacción.
Quizá curvara ligeramente hacia abajo las comisuras, pero nada más.
La corona parecía... no inútil, exactamente; más bien, latente.
Era como si el poder celestial que había traído de regreso a Cedric se hubiera esfumado, dejando atrás un simple fragmento de una hermosa joya.
–Es una historia bastante larga –intervino Cedric, dándole a Zephyr un afectuoso apretón en el hombro antes de rodearla–; creo que sería mejor dejarla para más adelante.
Me parece que todos estamos deseando abandonar este lugar.
Kit, no te lo tomes a mal, pero creo que necesitas visitar a un santo con urgencia.
Kit resopló con una mezcla de diversión y enfado, pero no protestó.
Continuaba pálida, débil, como si el mero hecho de mantener aquella conversación le hubiera requerido un enorme esfuerzo.
Elyria se revolvió, inquieta. ¿A qué estaban esperando?
Tenían que irse ya, no podían esperar ni un minuto más.
–Respecto a eso... –dijo la voz de Nox, surgiendo de una sombra a su izquierda. El tono era melifluo y sereno, pero Elyria dio un respingo: ni siquiera había advertido su ausencia–. ¿Aurelia os ha explicado cómo podemos salir de aquí?
–Ah, claro que sí. –Elyria puso los brazos en jarras–. Nos dio instrucciones numeradas por escrito. Fue absolutamente cristalina, nada críptica ni ambigua.
Nox no mostró la menor diversión ante la ironía.
–Entonces, ¿cómo sabes que esto realmente ha terminado? –replicó–. Lo esperable hubiera sido que la conquista final del Crisol Arcano terminara con algo de pompa y fanfarria. Un trozo de corona y la declaración de «hemos ganado» no inspiran demasiada confianza.
Elyria alzó la mitad de la corona.
–Fue bastante clara. Nos dijo que habíamos ganado nuestra libertad, que podíamos salir del Santuario y volver a casa.