Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 55
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Capítulo 55

Absolución

Cedric

A l principio no sintió nada.

Ni el frío agudo, ni el entumecimiento apagado de la muerte, ni el peso de la hoja en su pecho.

Solo un vacío silencioso.

Olvido.

Y entonces, luz.

Un destello, lejano al principio, como una luciérnaga que danzara en la lejanía.

Se acercó, y su brillo se intensificó hasta inundarlo todo.

Lo inundó un ardor abrasador que le calentó la sangre y encendió sus venas...

hasta que sintió que lo arrastraban de regreso a su cuerpo; había una atadura que lo anclaba al mundo.

Cedric tomó aliento y sus pulmones se llenaron de golpe.

No estaba seguro de estar vivo. No era como cuando estuvo flotando en un limbo turbio. No: esta vez, estaba completamente seguro de que había muerto.

Abrió los ojos y pestañeó, herido por la luz cegadora del mundo.

Unas cintas de oro y plata relampagueaban en su campo de visión.

Su corazón latía a un ritmo lento y constante.

Y allí estaba ella, con las manos temblorosas apretadas contra su pecho, mirándolo con los ojos muy abiertos y húmedos por las lágrimas y la incredulidad.

–Elyria. –Su nombre brotó de sus labios como una plegaria.

Ella no se movió. Por un segundo, Cedric se preguntó si aquello sería un sueño, un recuerdo congelado en el tiempo, un último regalo antes de pasar al más allá. Entonces, sin decir ni una palabra, Elyria lo atrajo en un abrazo, le rodeó la cintura y lo estrechó.

Real.

Ella era real.

Cedric había regresado.

Tosió, intentando librarse del rastro de la muerte.

–Deberíamos dejar de vernos así. Algún día tendrás que quitarte la mala costumbre de salvarme –murmuró.

Elyria soltó una risa entrecortada de alivio y levantó la vista lo justo para mirarlo a los ojos.

–No –dijo, con una sonrisa temblorosa–. Creo que no.

Cedric la rodeó con sus brazos, la atrajo hacia él y acunó su cabeza contra su clavícula. Depositó un beso suave en su frente y la estrechó con las pocas fuerzas que le quedaban, sintiendo que Elyria lo mantenía anclado, que anudaba la atadura de su pecho y lo ligaba al mundo.

La última vez que la había tocado así, había sido para despedirse.

Durante un largo instante, ninguno dijo nada.

Simplemente se quedaron allí abrazados, respirando lentamente.

Finalmente, no porque quisiera, sino porque tenía que hacerlo, Cedric apartó la vista y se miró el pecho, el punto donde se había atravesado el corazón con la daga.

Tenía un agujero en la túnica, pero eso era todo.

No había cicatriz. No había sangre. No había dolor.

Lo único que sentía era el ardor de su llama interior, que había cobrado vida desde las brasas y crepitaba.

–¿Cómo es posible? –preguntó él–. Morí. Debería estar muerto. Estaba muerto.

–Lo sé –susurró Elyria–. Lo sentí. –Apartó los brazos de su cintura, y solo entonces Cedric se dio cuenta de que tenía algo en la mano.

Levantó la media corona para mostrársela y él sintió una descarga eléctrica en el punto en que le rozó la túnica con las puntas–.

Supongo que la mitad de una corona forjada por los celestiales bastó para traerte desde la frontera de la muerte.

Estaba mucho más allá de la frontera , pensó Cedric con un estremecimiento, y de pronto se dio cuenta de lo que había dicho Elyria.

–¿La mitad?

Ella se sentó sobre sus talones, con la media corona en el regazo, y Cedric vio que el arco en forma de media luna estaba partido y tenía bordes irregulares y afilados.

–Así es: la mitad. –Un coro de voces resonó a su espalda, y Cedric volvió la cabeza hacia la celestial vestida de blanco que estaba de pie detrás de ellos.

Aurelia miraba fijamente, mientras las galaxias de su piel se revolvían y pulsaban con agitación–.

Aunque me alegre verte respirar de nuevo, Cedric Thorne, he de decir que esto no debería haber sido posible.

–¿A qué te refieres? –preguntó Elyria con tono cauteloso. Parecía aterrada, como si no pudiera soportar la idea de que Aurelia volviera a arrebatarle a Cedric, y él sintió que se le humedecían los ojos al verla así.

La celestial fruncía el ceño sobre sus ojos salpicados de estrellas, en un gesto de perplejidad incongruente con su naturaleza sobrenatural.

–No lo sé –confesó. El coro de voces sonaba tenso, como si le costara admitirlo–. No puedo explicar cómo es posible que estés vivo.

Elyria se puso de pie y ayudó a Cedric a levantarse.

–No es la primera vez que la corona hace algo así –afirmó.

Las pupilas de Cedric fueron del rostro de Elyria a la media corona, sintiendo un leve zumbido de poder que lo atraía hacia ambas por igual. Tardó un instante en asimilar lo que acababa de oír. ¿A quién más había devuelto a la vida?

–Aquello fue un milagro nunca visto antes y jamás repetido –afirmó Aurelia–.

Y, además, irrelevante. Ni mis hermanos ni yo previmos lo que sucedería cuando el poder de Daephinia dividiera la corona, pero la Fractura sucedió hace tiempo.

Y con solo la mitad de su poder, no entiendo cómo esto ha sido posible. –Señaló a Cedric.

Él se aclaró la garganta, incómodo de que hablaran de él como si no estuviera presente.

–Han pasado casi dos siglos desde que creasteis el Crisol Arcano y guardasteis el fragmento de la corona en vuestro Santuario.

Ya has admitido dos veces que hay cosas que escapan al conocimiento incluso de tu familia celestial.

¿Te parece tan imposible que la corona, o su mitad, como dices, se haya visto alterada por este lugar?

–Tiene toda la razón –asintió Elyria.

–Muchas gracias –respondió Cedric, y hubo un destello de humor en aquellos ojos verdes.

–Le veo cierto sentido, ¿no crees, celestial? La Corona está integrada en un juego que ha reclamado la vida de muchos paladines –Elyria miró a Cedric, con la mandíbula tensa y los ojos apagados–. ¿Existe la posibilidad de que haya absorbido la magia de todos los caídos?

Aurelia frunció los labios salpicados de estrellas en un gesto reflexivo.

–Es... posible –admitió al cabo de unos instantes–. Lo consultaría con mis hermanos, pero, por desgracia, sigo sin poder hacerlo.

–No estaría mal contar con algunas respuestas –consideró Elyria, inspeccionando el fragmento de corona que tenía en las manos como si fuera la primera vez que lo veía de verdad–. Pero, sea como sea, me da la impresión de que la magia que pudiera contener se ha agotado. Parece... vacía. Lo siento.

Lanzó la corona al aire y la atrapó al vuelo entre sus ágiles dedos. Cedric habría jurado que Aurelia se estremecía, pero a Elyria no pareció importarle los más mínimo. El caballero sintió que se encendía en su pecho un sentimiento de orgullo totalmente fuera de lugar.

–Un segundo. ¿Por qué no puedes hablar con tus hermanos? –preguntó de pronto.

–Anda, claro. No te has enterado porque estabas muerto –dijo Elyria, con una ligereza desmentida por la solemnidad de sus ojos–.

Evidentemente, a pesar de haber conquistado el Crisol, nuestro querido Tribunal aún no es libre.

Aurelia necesita que la corona se complete para poder escapar de este lugar.

Aurelia asintió.

–«La corona rota y el mundo herido quedarán uni...».

–Ya, ya, lo hemos pillado –la interrumpió Elyria, que, para alegría de Cedric, estaba recobrando a pasos agigantados sus maneras habituales–. «Reclamarán la Corona Verdadera», bla, bla, bla. Tú no eres libre y nosotros no podemos cerrar las Simas. Ya lo sabemos.

–Bueno –dijo Cedric, reprimiendo una carcajada–. Si esto no es más que la mitad de la corona, ¿se puede preguntar dónde está la otra?

Aurelia abrió los brazos con un suspiro.

–Ojalá lo supiera... La recibió la princesa mestiza.

Cedric frunció el ceño.

–¿La princesa Selenae? Pero si la hija de Daephinia murió cuando mataron al rey... Tienes que estar equivocada.

–No lo estoy. –El coro de voces adquirió un matiz siniestro–. No te confundas: que haya admitido que no soy omnisciente no significa que ignore las verdades de este mundo, muchacho.

La vergüenza le abrasó las mejillas y pensó que tal vez se le estaba contagiando la osadía de Elyria.

Había olvidado que, a pesar de todos sus defectos y sus errores, aunque hubiera perdido parte de su poder, seguía estando en presencia de una celestial: la Guardiana del Equilibrio, una de los Cinco, la diosa de la luz estelar y las catástrofes.

–Pero si Selenae hubiera sobrevivido, la reina no habría destrozado el reino –protestó Elyria; estaba claro que no tenía ningún reparo en faltarle al respeto a la diosa–. No lo comprendo.

Aurelia entrecerró los ojos.

–La reina creía que habían matado a su hija, sí.

–La mirada cósmica se suavizó y hubo un breve destello de algo parecido al arrepentimiento en su rostro iluminado por las estrellas–.

El propósito de Malakar con la Gran Traición era acabar con la familia real para hacerse con el control de la corona.

Atacó al rey rápida y brutalmente y, en el caos reinante, la princesa se extravió.

La destrucción fue enorme; era sencillo suponer que Selenae, que no contaba más de dieciocho años...

–Vamos, una cría –le susurró Elyria a Cedric al oído, y él contuvo un escalofrío ante su cercanía.

Sabía poco de los mestizos, pero era consciente de que su desarrollo estaba en un punto medio entre sus dos linajes.

Selene tendría, entonces, una edad humana entre los seis y los dieciséis años, depen diendo de cuánto se pareciera a su madre. Una niña, en cualquier caso , pensó.

–... había perecido junto a su padre –terminó Aurelia–.

Y sí, solo era una niña. Con la mezcla de la sangre fae de su madre y la humanidad de su padre, estaba destinada a encarnar la unión de los pueblos de Arcanis y a gobernar una Arcanis unida.

–Hizo una pausa–. Una Arcanis equilibrada.

Pero ese sueño murió cuando lo hizo su padre, y quedó sepultado, como tantas cosas, bajo el peso del dolor de la reina Daephinia.

Cedric, con un nudo de culpa en el estómago, trató de no pensar en lo que les ocurría a los niños mestizos en Havensreach.

Elyria tomó aire.

–Entonces, si Selenae no murió junto al rey...

–Alguien la sacó del castillo: una persona bienintencionada que quiso salvarla de sufrir el mismo destino de su padre. ¿Quién sabía hasta dónde llegaría Malakar para acabar con la heredera de la corona? Era mejor que creyera que estaba muerta, que todos lo creyeran. Pero...

–Pero el dolor de la reina fue terrible –concluyó Elyria–, y sus actos, demasiado severos. Antes de saber lo que había ocurrido de verdad, Daephinia ya había destrozado Arcanis.

–Pero no lo entiendo –intervino Cedric–. La persona que salvó a la princesa conocía la verdad. ¿Por qué no se la reveló a la reina? –pregunto perplejo. Pensar que todo aquello podría haberse evitado si Daephinia lo hubiera sabido...

–Probablemente pensara que era necesario guardar el secreto para mantener a salvo a la princesa; habría sido una catástrofe que cayera en las garras del enemigo.

–Aurelia respiró lentamente–. Tal vez pretendiera llevarla junto a su madre tras la derrota de Malakar...

No supo darse cuenta de que el dolor enloquecería a Daephinia.

Elyria crispó la mandíbula.

–Un segundo. Entonces, todo esto, la guerra, la ruptura del mundo, las Simas..., ¿fue por culpa de una sola persona a la que se le ocurrió esconder a la princesa para protegerla?

–Nada es tan simple que pueda reducirse a una única decisión, y menos un acontecimiento tan colosal que todavía resuena en los anales de la historia. Una persona decidió esconder a la princesa; Malakar eligió ejecutar su malvado plan; Daephinia escogió desatar su terrible dolor.

Elyria resopló y apretó el fragmento de corona con rabia.

–Su dolor... Como si eso fuera una excusa para arrasar un reino entero. Todos sufrimos dolor.

Cedric creyó que a Elyria se le iban los ojos hacia él, pero el gesto fue demasiado rápido como para que estuviera seguro.

–Tú deberías saber mejor que nadie que el dolor puede convertirnos a todos en monstruos –replicó Aurelia, de nuevo con una chispa de humanidad y tristeza en su rostro.

Se hizo un silencio pesado que terminó por romper Cedric.

–Entonces, ¿Selenae tenía la otra mitad de la corona? –preguntó, y Aurelia asintió de nuevo–. ¿Y dónde está? ¿Por qué no ha aparecido nunca? ¿Por qué no se ha sabido nada de ella en todos estos años?

–Haces las preguntas correctas, pero me temo que no tengo las respuestas.

Elyria cambió el peso de un pie a otro, irguió los hombros y miró de soslayo las escaleras del anfiteatro como si buscara la salida.

–Si hay otra parte de la corona por ahí, ¿cómo sabemos que Varyth Malchior no la tiene ya? ¿Cuánta gente sabe esto?

–Nadie, que yo sepa –contestó Aurelia.

–Maravilloso. De lo más tranquilizador –se burló Elyria–. Vamos a ver, aunque fuera así, ¿cómo ibas a enterarte? Llevas atrapada aquí un montón de tiempo.

Cedric esperó que algún tipo de castigo cósmico cayera sobre Elyria por su actitud blasfema, pero Aurelia se limitó a suspirar. La celestial parecía... fatigada.

–La princesa estaba bien escondida –respondió–. No creo que nadie hubiera podido...

–¿Y esperas que encontremos nosotros la otra mitad de la corona? ¿Que hagamos que la corona rota y el mundo herido queden unidos? ¿Que traigamos el puñetero día renacido? –­gruñó Elyria, silabeando con rabia las últimas palabras.

Otro suspiro coral rasgó el aire, y Cedric le puso una mano en la espalda a Elyria para tranquilizarla. Esperaba que ella la apartara de un manotazo, pero se limitó a recostarse contra él dejando escapar el aliento, como si llevara conteniéndolo muchísimo tiempo.

–Una pieza os llevará a la otra –dijo Aurelia, de nuevo plácida y serena, lanzando una mirada significativa al fragmento de corona que Elyria sostenía.

Las estrellas que se arremolinaban en la piel de la celestial parecieron apaciguarse, como si, al disiparse la ira de Elyria, la celestial también se hubiera calmado–.

Os sugiero que vayáis paso a paso y que empecéis por abandonar este lugar.

Se dio media vuelta y su túnica ondeó a su espalda mientras echaba a caminar.

–Acompañadme, vencedores –indicó–. Aunque yo aún no puedo abandonar el Santuario, vosotros os habéis ganado la libertad. Los demás os esperan: es hora de que regreséis a casa.