Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 54
91%

Capítulo 54

Una corona de oro

Elyria

P arecía dormido.

De no ser por la sangre, que empezaba a enfriarse contra la piel de Elyria, habría creído que dormía.

Pero estaba empapada de su sangre. Espesa, le cubría las manos, se acumulaba en su regazo, empapaba el vendaje de su brazo. Había tanta... Demasiada.

Sintió cómo la bilis trepaba por su garganta.

Aquello no era real, no podía serlo.

No podía ser así como terminara todo.

Cedric se lo había prometido; le había asegurado que él nunca volvería a ser la causa de su dolor.

Le había mentido.

Se le nubló la vista, y el torbellino de sus pensamientos se detuvo en seco. En silencio, intentó buscar el hilo dorado que la había conducido hasta él una y otra vez. Ya lo había usado antes para traerlo de regreso, y pensaba volver a hacerlo.

Pero no estaba allí.

Apenas podía respirar. Se desplomó de rodillas y sus dedos entumecidos soltaron la túnica de Cedric. Quería llorar, gritar, hacer algo.

Pero no hizo nada. No sentía nada.

Solo el vacío que él había dejado.

Miró la daga clavada en el pecho sin vida de Cedric y vio el vivo resplandor rojo que brotaba de la joya carmesí de la empuñadura. Era como si estuviera pintando su cuerpo con la sangre de todos los que habían llegado hasta allí antes que él, de todas las víctimas del Crisol.

Apenas se dio cuenta de que la aurora comenzaba a ondularse en el cielo. Las cintas de colores se arremolinaron, danzando y condensándose hasta formar un único haz de luz irisada que iluminó el pedestal en el centro del anfiteatro.

Elyria levantó la cabeza cuando la luz se desvaneció. Sus ojos se posaron en lo que había dejado atrás: aquello por lo que Cedric había dado su vida, por lo que habían muerto todos los que se habían enfrentado al Crisol antes que ellos.

La corona.

Solo que no era una corona.

No del todo.

Lo poco que quedaba del corazón roto de Elyria se quebró más todavía cuando se puso en pie y se acercó al pedestal, con los puños chorreantes de sangre.

Lo que descansaba sobre el terciopelo rojo era algo parecido a una corona: un arco dorado, con picos rematados en gemas radiantes...

, que se detenía a media circunferencia, sin llegar a cerrarse.

La corona estaba incompleta.

Era solo la mitad.

–¿Qué es esto? –susurró, levantando un dedo manchado de rojo como para tocarlo.

Dejó caer la mano antes de hacerlo. La sola idea de rozar la mitad de la corona hacía que todo aquello fuera demasiado real.

Todavía esperaba que no lo fuera.

–¿Y esto es todo? –gritó con voz ronca y hueca, segura de que Aurelia la estaba escuchando–. Nos sometes a tus pruebas, contemplas cómo caemos, nos destrozamos y sangramos... ¿Para qué? ¿Para conseguir una corona rota? ¿Para obtener la mitad del premio prometido?

–Lo siento. –La voz de la celestial sonó a su espalda como un coro de susurros llevados por un viento fantasmal.

Elyria giró bruscamente la cabeza, con una risa amarga ardiendo en la garganta.

–¿¡Lo sientes!?

Aurelia llevaba la capucha bajada, y su cabello, surcado por la aurora, brillaba a la luz de las estrellas. Las galaxias de sus ojos mostraron algo parecido a la tristeza al pasar junto al cuerpo de Cedric, y la ira prendió en el pecho de Elyria.

–No me digas que lo sientes –le espetó–. No te atrevas ni a mirarlo.

–No me complace lo que ha ocurrido aquí esta noche, Elyria Lightbreaker –repuso la celestial. Sin embargo, Elyria notó algo extraño en la voz coral: una especie de ligereza, de alivio que antes no existía.

–Tu Crisol ha concluido –dijo Elyria, entrecerrando los ojos–.

Tu premio inútil ha sido reclamado. ¿No eres libre?

¿No te han levantado la condena? ¿No han liberado ya tu espíritu?

Pues adelante: dime cómo puedo volver con Kit y los demás y cómo podemos salir de aquí.

Quédate con tu corona destrozada. No la quiero.

El suspiro con el que respondió Aurelia fue una sinfonía de emociones: anhelo, determinación y, de forma incompren sible, irritación.

Pero no dijo nada, y su negativa a responder hizo que la sombra interior de Elyria se crispara.

Estaba harta de aquello, del Crisol y de los juegos de los celestiales.

Harta de respuestas crípticas y de medias verdades.

–Vamos –insistió–. Dame tu última instrucción y lárgate. No quiero verte más.

–Hasta que se reclame la Única Corona Verdadera, seguiré atada a este plano –respondió Aurelia.

–Vale, pues la reclamo. ¿Contenta? –Elyria extendió la mano para agarrar la mitad de la corona y, en el instante en que cerró los dedos en torno a una de las puntas, su sangre comenzó a cantar y se encendieron sus terminaciones nerviosas.

Jadeó y la dejó caer en el cojín.

–¿Cómo? –siseó–. ¿Qué es...?

Se llevó la mano al pecho, alarmada por el extraño hormigueo de sus dedos.

Cuando bajó la vista, vio que ya no estaban manchados de sangre.

Tampoco ella: sus pantalones, su blusa y su chaleco, antes oscuros y resbaladizos, estaban impecables, como si el simple hecho de tocar la corona hubiera borrado el sacrificio de Cedric.

Parpadeó y se quitó la venda del brazo: su herida estaba completamente curada, sin rastro de las quemaduras que se había hecho al apaciguar a Cedric cuando estalló en llamas. Se sintió hueca. ¿Acaso había desaparecido toda huella del paso de Cedric por el mundo?

Se mareó al comprender el poder inconcebible que le había otorgado aquel ligero contacto con la corona rota.

–Ahora entiendes por qué solo alguien verdaderamente digno puede tener este privilegio –dijo Aurelia.

Elyria agachó la cabeza. Una voluta de humo negro se enroscaba alrededor de sus pies, y los zarcillos de noche viva serpenteaban por su cuerpo.

–¿Privilegio? ¿Qué privilegio? ¿Ver morir a las personas que me importan?

Dices que he llegado hasta aquí porque era digna, pero él lo era mucho más.

–Se volvió hacia el cuerpo de Cedric, que seguía tendido en el frío suelo del anfiteatro–.

Él pagó el precio más alto y, al final, no sirvió de nada.

Puede que consiga salir de este lugar, pero no será con el premio que todos buscábamos.

Se le rompió la voz y la invadió una oleada de angustia al pensar en Cedric, Evander, Gael, Cyren..., incluso en Leona y Belien, Paelin, Alden y Brandon, todos los adalides que habían perdido la vida en aquel cruel lugar en busca de un premio que no existía.

El destello de poder celestial que había sentido era solo eso: un destello. Una muestra. Un fragmento. No era algo completo, íntegro. Sus sombras la rodearon, envolviéndola en un capullo oscuro como si intentaran protegerla de la realidad. Elyria no podía cerrar las Simas con media corona.

Parpadeando para contener las lágrimas, preguntó:

–¿Qué sentido tenía todo esto? ¿Por qué nos dijiste que nos esperaba la corona cuando sabías que esto era todo?

–La corona aguarda –dijo Aurelia, con los ojos vidriosos–. «La corona rota y el mundo herido quedarán unidos».

Elyria apretó la mandíbula y se clavó las uñas en las palmas de las manos hasta hacerse daño.

–Basta –gruñó–. ¡No quiero volver a oír esa maldita profecía en mi vida!

Aurelia no pareció oírla... o hizo caso omiso.

–«Y solo al unirse se salvará de lo oscuro...».

–He dicho que pares. No quiero oírlo.

–«... el pueblo escindido» –continuó la celestial–. «Reclamarán la Corona Verdadera para blandir su poder temi...».

–¡Vete al cuarto infierno y llévate tu maldita profecía! –explotó Elyria, interrumpiendo el recitado de Aurelia.

Sus sombras se dispararon en todas direcciones, derribando el pedestal, y la corona rebotó en el suelo con estrépito, rodó por la piedra y se detuvo cerca del cuerpo de Cedric.

Verla tan cerca de él, con sus picos incompletos y su brillo burlón, como un recordatorio visceral de que su sacrificio había sido en vano, la impulsó a moverse.

De un salto, se arrodilló junto a él, con una mano apoyada en su pecho, y se dispuso a agarrar la corona para lanzarla lo más lejos posible.

Pero en cuanto rozó su superficie dorada, el poder la atravesó como un rayo: crudo, puro, abrumador. Sus dedos se crisparon y soltó un grito ahogado al darse cuenta de que no podía soltarla; era como si el metal se hubiera fundido con su carne.

Tampoco podía apartar la otra mano del cuerpo de Cedric. Estaba pegada a su pecho, y el poder fluía a través de ella como si fuera un conducto.

La magia hervía en su sangre, latía bajo su piel. Dejó escapar un gemido cuando la daga se alzó del pecho de Cedric, liberada por la fuerza sobrenatural de la media corona.

La vida retumbaba en sus venas. Nunca había sentido nada parecido, nada que se acercara a aquello, ni siquiera cuando la sangre de los demás adalides había rugido por su corriente sanguínea antes de entrar en el laberinto.

En ese momento se había sentido viva, poderosa, como si tuviera cada uno de los hilos de la magia en sus dedos y pudiera someterla a su voluntad.

El contacto con la corona era diferente. Elyria no podía controlar esa magia.

Ella era esa magia.

Era el nacimiento y la muerte de cada estrella, la oscuridad nacida en la sombra.

Era la vida y era la luz.

Conocía esa luz.

Sintió el aguijoneo de un recuerdo que tenía enterrado en lo más profundo de la mente: una luz blanca cegadora que había estallado en un campo de batalla, una marea de energía que había arrasado cuerpos y edificios.

Y entonces lo sintió.

En lo más profundo de su pecho, envuelto en sus sombras, enterrado en su dolor. Un pequeño y frágil destello.

Un tirón.

Elyria contuvo el aliento y aferró con más fuerza la corona.

Su contacto era a la vez gélido y abrasador, la quemaba y la entumecía.

Sus sombras se extendieron y cubrieron el cuerpo de Cedric con zarcillos oscuros que serpenteaban a su alrededor, extendiéndose, buscando.

No intentaban encontrar el filamento dorado –ese vínculo se había roto cuando Cedric murió–, sino una atadura entretejida desde lo más oscuro del interior de Elyria, un suspiro de luz.

Estaba allí. Tenía que estarlo.

Su corazón latía desbocado mientras se inclinaba hacia él, temblando bajo el poder celestial que rugía en sus venas.

–Por favor –suplicó–. Por favor.

Entonces lo notó: ese destello, la última brasa, el eco de la luz de Cedric, enterrado en lo más profundo. Elyria lo aferró con todas sus fuerzas, con todo su ser, y tiró de él.

Pensó vagamente que tal vez Aurelia estuviera hablando, gritando o maldiciendo. No la oyó. Sentía cómo la magia empezaba a desvanecerse y un agotamiento helado se extendía por su cuerpo, como si el poder estelar de la corona estuviera consumiendo sus fuerzas en un solo destello cegador.

No le importó. Solo podía pensar en cómo sus sombras culebreaban alrededor de ambos y envolvían el pedazo de la Corona de la Concordia en cintas negras, rodeando aquel pequeño y frágil destello del interior de Cedric para protegerlo, nutrirlo, sacarlo a la superficie...

Y justo cuando Elyria sentía que aquel frío estaba a punto de vencerla..., lo percibió.

No era un destello, sino una chispa.

Un pulso de calor.

Un tirón dorado.

Un suspiro de vida.

Y un corazón que latía.