Capítulo 49 #2
–No –susurró él, y ella volvió a abrir los párpados–. Quiero verte. –La miró fijamente a los ojos verdes como gemas, intentando memorizar su tono exacto y el brillo de las motas plateadas. Cuando parpadeó, se le humedecieron las pestañas.
–Cedric, ¿qué...?
–Ojalá tuviéramos más tiempo –dijo él, respirando profundamente para armarse de valor.
–Espera, ¿qué estás...?
Cedric echó a correr hacia el pedestal.
Extendió el brazo hacia la daga y sintió una descarga de poder cuando rozó el rubí de la empuñadura, que desapareció en el acto cuando una mano pálida lo apartó de un golpe.
–No. –Elyria se volvió hacia él con los ojos encendidos.
La daga cayó al suelo entre ambos, con un tintineo que resonó en el anfiteatro, y Cedric se tiró a recuperarla.
De nuevo, Elyria fue más rápida: de una patada, la lanzó por el suelo de piedra hasta las escaleras del otro lado. Cuando Cedric intentó correr para alcanzarla, Elyria le bloqueó el paso y lo empujó con el hombro, obligándole a retroceder.
El caballero lanzó un juramento para sus adentros. Se le había olvidado lo fuerte que era la fae.
Plantó los pies para resistir su empuje y le agarró los brazos y, por un instante, la expresión de la fae se suavizó. Cedric no se permitió pensar: se agachó y le lanzó una patada horizontal a las piernas para desequilibrarla. Elyria trastabilló, pero se agarró al pedestal y consiguió no caer.
Aquello apenas le daba un segundo de ventaja a Cedric, tal vez dos, pero no iba a desperdiciarlos. Echó a correr hacia la daga con una velocidad que no sabía que poseía, la agarró y dirigió la punta a su propio corazón.
Un destello violeta cruzó ante sus ojos antes de que un golpe en la sien le hiciera ver las estrellas.
Ya no tenía la daga en las manos. Con una mueca de dolor, pestañeó para aclarar su visión y distinguir la figura etérea que flotaba ante él.
Las alas de Elyria estaban extendidas en una explosión de tonos púrpuras y verdes.
Saltó hacia ella, la agarró por la cintura y tiró hacia abajo antes de que pudiera escapar volando.
–Tengo que hacerlo –gruñó mientras ella se debatía entre sus brazos, todavía con la daga en la mano–. Sabes que tengo que ser yo.
Ella gruñó y le dio un fuerte codazo en las costillas. Cedric perdió el aliento, pero no la soltó; la arrastró hacia atrás y aprovechó su mayor peso para impedir que volara por más que batiera las alas.
Cayeron al suelo, enredados. Cedric se giró para caer de espaldas y evitar que Elyria se estrellara contra la piedra, y la daga salió despedida una vez más.
–¡Suéltame! –masculló Elyria con desesperación, jadeando por el esfuerzo.
El caballero notó un fogonazo de dolor en la mandíbula; ella le había asestado otro puñetazo.
–¡Para! –Sin soltarle la cintura, logró inmovilizarle ambas muñecas con una mano, haciendo fuerza para impedir que se moviera–. Tienes que dejarme hacerlo.
Elyria lo fulminó con la mirada.
–No voy a permitir que mueras por mí.
Las sombras danzaron al borde del campo de visión de Cedric y se enroscaron en sus brazos y piernas, inmovilizándolo hasta que ella logró liberarse.
–¡Elyria! –gritó, luchando contra las ataduras mientras ella se ponía en pie de un salto y corría hacia la daga.
A este juego podemos jugar los dos , decidió, e invocó la chispa de su pecho, que en esa ocasión se encendió. Las sombras ardieron en un destello de llamas blancas y doradas.
Elyria se detuvo en seco, y su rostro furioso mostró una breve chispa de asombro y algo parecido al orgullo: suficiente distracción para que Cedric la alcanzara rápidamente y la agarrara de la ropa de cuero para impedirle llegar hasta la daga.
Chocaron y él rozó accidentalmente el borde de una de las alas.
Ella jadeó y se quedaron inmóviles un instante, frente a frente, mientras algo indescriptible flotaba en los escasos centímetros que los separaban.
Cedric sintió cómo su corazón desbocado latía con fuerza en el silencio de la noche. De súbito, salió disparado hacia el arma una vez más, pero una cinta de humo negro se adelantó y se la arrebató.
El caballero contempló con impotencia cómo la daga volaba hasta la mano extendida de Elyria, que no dejaba de jadear. Aferró con fuerza la empuñadura, con la mano temblorosa y los ojos brillantes por las lágrimas.
–No vas a hacerlo –dijo–. No te lo permitiré.
–Tengo que ser yo –repitió Cedric en voz baja, con tono suplicante. Dio un paso hacia ella..., hacia la daga–. Tengo que ser yo el que muera por la corona, porque tú debes ser quien esgrima su poder. Es lo que acordamos. Usarás el poder de la corona para cerrar las Simas y luego la destruirás.
–¡No me importa! ¡Me dan igual las Simas! ¡Que otro se encargue de arreglar eso, que encuentre otra forma! No vale la pena que pierdas la vida, Cedric. Mereces... –Se le quebró la voz–. Mereces vivir. ¡Ya lo has dado todo por este lugar!
–¿Y sí vale la pena que la pierdas tú? –Una oleada de ira avivó la llama en su pecho.
¿Cómo se atrevía a pensar que ella no era importante, que no merecía sobrevivir?
Acortó la distancia entre los dos y Elyria ocultó la daga a su espalda.
Pero, en vez de intentar arrebatársela, le agarró la mano libre con suavidad, con una ternura reverente, y la ira ardiente que sentía se calmó en el instante en que sintió su contacto.
Se llevó la palma de Elyria hacia su propio corazón.
–¿Crees que permitiría que murieras por esto, Elyria? ¿Por mí? ¿Crees que podría vivir con eso en la conciencia?
–Aprenderás a hacerlo... Tendrás que hacerlo –replicó ella con la voz quebrada, pero no se apartó–. A él no pude salvarlo, pero aún puedo salvarte a ti.
–¿Es que no lo entiendes? –gimió con desesperación–.
Solo hay una razón por la que he sobrevivido tanto tiempo.
Debería haber muerto cinco veces aquí dentro, en lo más profundo de mi ser, en mi alma, sé que este es el motivo.
Estoy vivo gracias a ti. Déjame hacerlo; solo así podrás salir de aquí, salvar a Kit, salvar a todos.
–Ni hablar.
–Elyria...
–¡He dicho que no, maldita sea! No te he salvado la vida una y otra vez para que la tires por la borda –estalló, intentando apartarse de Cedric–. No tienes derecho a tomar esta decisión.
–No hay otra posible –replicó él–. ¿Cuál es la alternativa?
¿Consumirnos aquí eternamente? ¿Que mueran Kit, Thraigg, Nox y Zephyr?
Peor aún, ¿que te pase lo mismo que a Evander?
Prefiero morir antes que ver eso. –Hizo acopio de valor–.
Creo que siempre he sabido que estaba destinado a acabar así.
–Cada palabra que pronunciaba, cada latido de su corazón, destilaban una tristeza infinita–.
Y si con ello puedo salvarte y asegurarme de que la corona no caiga en manos de quien no debe... , merecerá la pena.
Ella negó con la cabeza, con el cabello revuelto tras la pelea. Le apretó la mano.
–Yo ya he vivido suficiente. Acepté mi destino en el momento en que decidí seguir a Kit a través del Portal. Pero tú... Tú te mereces un después.
–Para mí, ese después no era más que un sueño. Para ti no tiene por qué serlo.
Se quedaron inmóviles, aplastados por el peso de una elección imposible.
–Es mi destino –dijo Cedric–. Es lo único que tiene sentido.
Elyria dejó escapar un gemido entrecortado y Cedric supo que había ganado. Se preguntó si ella oiría cómo se le partía el corazón.
–Te equivocas –susurró ella–. Nada de esto tiene sentido sin ti.
Las palabras resonaron en su sangre como una plegaria terrible. Si seguía así, flaquearía. Vacilaría. Fracasarían.
Una última mirada , pensó, contemplando sus ardientes ojos verdes y el fuego que chispeaba en sus pupilas, tan distinto al que ardía en el pecho de él. Observó cómo la aurora iluminaba su cabello con colores iridiscentes que bañaban cada mechón en ondas de púrpura, plateado, verde y dorado.
La miró y la vio. No a la guerrera ni a la Revivida; tampoco a la amiga, la aliada, la hermana o la antigua amante superada por el duelo. Solo la veía a ella. Y supo que todo lo que había creído, todo lo que le habían enseñado y el odio que cargaba desde que era niño, era falso.
Aquello. Aquello sí era real.
Lord Church se había equivocado tanto acerca de ella, de todos... Y si no tenía razón en eso, ¿en qué más habría fallado?
Le acarició la trenza deshecha con las yemas, y su aroma a almendras lo abrumó como un puñetazo en el estómago. Desde el primer momento en que había posado los ojos en ella, desde el instante en que percibió ese perfume dulce y venenoso, había sabido que ella sería su perdición.
Solo que no de la forma que había imaginado.
Una última mirada , se había dicho. No era suficiente; nunca sería suficiente. Pero si no lo hacía en ese momento, ¿cuándo?
Así que, sin permitirse dudar, acobardarse ni pensarlo un segundo más, Cedric se inclinó hacia delante y la besó.