Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 49
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Capítulo 49

La prueba final

Cedric

E l aire era fresco y limpio. Cedric levantó la vista y se empapó de la noche infinita. No había aurora que iluminara su camino; solo mil diamantes esparcidos en un océano de tinta negra.

El suelo bajo sus pies se iluminó, como si la luz de las estrellas se hubiera acumulado en la tierra creando un camino luminoso.

No serpenteaba ni se desviaba: se extendía en línea recta hacia un anfiteatro excavado en la piedra, rodeado de empinadas escaleras y filas de gradas vacías, como si hubiera un público fantasmal esperando para presenciar la última prueba.

La prueba de la Concordia.

En el centro del escenario se alzaba una silueta familiar vestida de blanco. Cedric apoyó la mano en la espalda de Elyria mientras bajaban las escaleras, sintiendo cómo la determinación crecía en su interior con cada paso que daba.

En cierto momento, le ciñó la cintura como si quisiera sujetarla, y ella resopló, molesta porque el caballero pensara que podía perder el equilibrio al bajar unas simples escaleras.

Inclu­­so llegó a desplegar las alas, abriéndolas para dejárselo claro: podía volar. No necesitaba su ayuda para caminar.

Su reacción le arrancó una leve sonrisa a Cedric, pero no se apartó.

En realidad, su gesto no respondía al instinto de protegerla.

Se había acostumbrado demasiado a su contacto, a que le mantuviera los pies en la tierra, anclado a la realidad.

Elyria apaciguaba el fuego del interior de su pecho, hacía que floreciera su luz.

Necesitaba tocarla. Necesitaba sentir el pulso de su sangre y la magia bajo su piel. Cada latido era como un recordatorio:

Ella es real.

Esto es real.

Hemos llegado al final del Crisol y vamos a salir de aquí.

El escenario vacío desprendía una austeridad severa. Solo había un pedestal solitario en el centro y la celestial vestida de blanco a su lado.

Aurelia se cubría tan solo el cabello con la capucha, dejando su rostro al descubierto.

A Cedric se le erizó el vello de la nuca al ver el cojín que había sobre el pedestal: confeccionado con un terciopelo de un rojo intenso, lucía gemas en lugar de botones en el centro de cada pliegue.

Era el tipo de cojín destinado a sostener algo valioso, algo majestuoso. Algo digno de un monarca.

Pero no había ninguna corona sobre él.

Solo había una daga de plata, con grabados ornamentales en la hoja que ascendían también por la empuñadura. En el pomo había engastado un rubí.

Aurelia taladró a Cedric con sus ojos salpicados de estrellas, provocándole un escalofrío que corrió por su espalda. Elyria se tensó a su lado, le buscó la mano y le apretó los dedos. Plegó las alas cuando se detuvieron, y los dos contuvieron el aliento cuando la celestial comenzó a hablar.

Su voz polifónica resonó en el aire:

–Lo habéis hecho bien, adalides. Llegar hasta aquí es un logro extraordinario. Supera mis mejores expectativas.

Elyria cambió el peso de un pie a otro, dejando entrever una inquietud que rompía su máscara impertérrita, lo cual puso todavía más nervioso a Cedric.

–Habéis luchado, habéis aprendido y habéis demostrado tanto vuestro poder como vuestra misericordia.

Y, sobre todo, lo habéis hecho juntos. A través de la oscuridad y la duda, el fuego y la sombra, la vida y la muerte, habéis forjado un vínculo verdadero, tan difícil de crear como de romper.

Habéis sido puestos a prueba en el fuego de la confianza y ligados por algo más profundo que la ambición.

Y habéis triunfado: ambos adalides, ambos vencedores.

La voz de Aurelia resonó en las gradas desiertas, y Cedric reprimió la inquietante sensación de que aquello se parecía mucho más a un espectáculo que a una prueba.

–¿Y la corona? –preguntó, con un nudo en el estómago.

–La corona os está esperando –respondió Aurelia, con un brillo vidrioso en los ojos estelares–. Pero, aunque ese vínculo de confianza os haya traído aquí, aunque os haya impulsado hasta llegar a este punto...

Era imposible ignorar el súbito pesar que se había apoderado de ella, y a Cedric se le heló la sangre cuando sus ojos nebulosos se posaron en la daga que reposaba sobre el pedestal.

–... solo uno se llevará la corona. Solo uno podrá esgrimir su poder, mayor de lo que pueda concebir ninguna mente mortal.

Elyria se quedó paralizada, estupefacta. Todo rastro de nerviosismo desapareció de su rostro.

–¿Qué significa eso?

Aurelia tardó unos instantes en responder.

–Llevar la corona es cargar con el peso de su pasado.

Cada juramento roto, cada buena intención arruinada, cada compa ñero caído, cada remordimiento enterrado...

Los gobernantes no se forjan con coronas y títulos, sino en el crisol del sacrificio.

Los que no están dispuestos a arder no merecen el trono.

Cedric miró fijamente al celestial.

–Sacrificio –repitió.

–¿Quién ha hablado de gobernar? –exclamó Elyria con voz aguda y cortante–. Al cuerno con el trono y con la corona. Solo la queremos porque es la clave para salir de aquí.

Aurelia la ignoró. No se detuvo, no vaciló ni titubeó. Continuó hablando:

–La corona no se puede obtener solo mediante la fuerza, la voluntad o la magia.

Esta es la prueba final del Crisol Arcano y del vínculo que habéis forjado, porque uno de vosotros debe renunciar a su derecho y entregar su vida voluntariamente por el bien del otro.

–Hizo una pausa–. Aquí es donde todos los demás han fracasado.

–Una vida por otra –comprendió Cedric. Sus pensamientos giraban en un torbellino y las palabras de Evander se repetían una y otra vez en su mente, clavándosele como cristales rotos.

No era de extrañar que Varyth Malchior hubiera sido incapaz de superar el Crisol...

Aunque hubiera llegado hasta allí junto a Evander y hubiera escuchado esas mismas palabras, su vínculo con el fae no podía ser auténtico; la sola idea le parecía ridícula.

Cedric se preguntó si ya habrían sellado su infame pacto a esas alturas, o si Malchior habría comenzado a seducir a Evander con sus oscuras promesas cuando descubrió que no podía conseguir la corona. Realmente, no importaba demasiado.

–Una vida por todas las vidas –corrigió Aurelia–. Hay que confiar lo bastante para darlo todo, y también para recibirlo. Solo así se mantiene el equilibrio.

–¿El equilibrio? –siseó Elyria–. ¿Qué equilibro puede exigir una muerte sin motivo?

–El poder exige sacrificio. Atravesasteis el Portal con dudas en el corazón y enemigos a vuestra espalda. Los superasteis, reparasteis vínculos y forjasteis otros nuevos. Me enorgullece que hayáis demostrado ser dignos de la recompensa. Ha llegado el momento de reclamarla.

–Estás loca –le espetó Elyria, temblorosa.

Las sombras comenzaron a brotar de su piel y se extendieron en volutas de humo negro–.

¿Este...? ¿Este era el objetivo desde el principio?

¿Obligarnos a crear alianzas, forzarnos a trabajar juntos, hacer que llegáramos a apreciarnos, sabiendo que uno de los dos terminaría sacrificado como un cordero?

Aurelia se quedó callada.

–¡Todo esto es culpa tuya por haber intervenido!

¡Porque tu plan perfecto fracasó miserablemente!

–estalló Elyria. Respiraba demasiado rápido, y sus sombras surgían en oleadas incesantes–.

Tú tienes la culpa de que Malakar llegara al poder, tú eres el motivo por el que el mundo se dividió en tres.

¿Dónde está tu sacrificio? ¿Y tu pérdida?

Las estrellas del firmamento parecieron arder con mayor intensidad cuando la celestial perdió la compostura por fin.

–¿Acaso crees que disfruto con esto, fae? ¿Piensas que me alegra la cantidad de vidas perdidas en el Santuario? ¿Crees que esto es lo que quería? ¡No lo es, te lo aseguro! Estoy atada a este maldito lugar igual que vosotros. Quiero que esto termine tanto como vosotros.

–¡Entonces, danos la corona!

–No puedo.

Elyria rugió de frustración, y Cedric deseo estrecharla entre sus brazos, consolarla, asegurarle que encontrarían una solución, que habría otra manera. Sin embargo, le bastó con echar un vistazo a la expresión torturada de la celestial para comprender que era imposible.

Aurelia suspiró, y su voz coral resonó con solemnidad. Una a una, las estrellas que moteaban su piel se fueron apagando hasta confundirse con el cielo contra el que se recortaba.

–Ambos sois adalides dignos. La decisión final es vuestra.

Y, sin más, desapareció en un estallido de deslumbrante luz estelar. Momentos después, el cielo nocturno se llenó de colores gloriosos –verde, violeta, escarlata y dorado– y la aurora se encendió sobre sus cabezas.

Elyria ni siquiera se fijó.

–Ha sido un error venir aquí. Todo el maldito Crisol ha sido un monumental error. –Se retorció las manos y empezó a pasear en círculos, mientras las sombras se arremolinaban entre sus dedos y el suelo empezaba a retumbar bajo sus pies. Estaba perdiendo el control.

Cedric sabía en qué estaba pensando: si no reclamaban la corona, no solo morirían ellos, sino también Kit, Zephyr, Thraigg y Nox. Todos quedarían atrapados en el Santuario hasta que la muerte o la locura –probablemente ambas– acabaran con ellos. Pero, para obtener la corona...

Se volvió hacia la daga, que brillaba a la luz de la luna como un faro maligno. Su corazón empezó a latir con fuerza mientras lo invadía una resolución gélida.

–Tranquila, Elyria –dijo, agarrándole las manos para obligarla a detenerse.

Estudió su rostro: la punta de sus orejas, la peca de su mejilla izquierda, el mechón de cabello malva como la vincapervinca que siempre caía sobre su ceja como si fuera incapaz de mantenerse en su sitio...

Le alzó la barbilla suavemente, acarició la curva de su mandíbula y le rozó el labio inferior con las yemas de los dedos.

Ella exhaló un suspiro tembloroso y cerró los ojos, inclinándose hacia su contacto.