Capítulo 48
Una larga caminata
Cedric
C uando Cedric y Elyria cruzaron la puerta, Aurelia había desaparecido.
Cedric apretaba con fuerza la mano de Elyria, sintiéndose expuesto sin el peso de la espada que normalmente llevaba colgada de la cadera.
Aunque no quisiera admitirlo, tenía miedo de lo que podría suceder si soltaba a la fae, como si pudiera desaparecer si rompía el contacto.
Ella le aferraba con la misma fuerza, pero, por más que lo intentara, era incapaz de adivinar qué podía estar pensando.
Avanzaron por un largo corredor. Era de noche, y la luz de la luna se colaba por los ventanales y se mezclaba con el parpadeo de las antorchas de las paredes.
Cedric sintió, por un instante, que aquello ya lo había vivido.
La sensación se hizo más fuerte cuando Elyria comenzó a tararear una suave melodía que parecía seguir la vibración de la magia antigua que palpitaba a su alrededor.
Por un instante, Cedric regresó a un corredor diferente.
Estaba sentando en un banco de piedra, bajo otro rayo de luna, y una canción hipnótica llegaba a sus oídos.
En ese momento, alzaba la vista y solo la veía a ella.
Regresó al presente y miró sus manos entrelazadas. El ruido de sus pasos resonaba contra las murallas de piedra.
–Te debo una disculpa.
Cedric pestañeó y la observó fijamente: tenía el ceño fruncido y crispaba la mandíbula.
–¿Y eso? ¿Por qué?
–Por muchas cosas –dijo ella–. Por haberte reprochado tu indecisión ante el laberinto.
Por haber hecho yo lo mismo y quedarme paralizada, cuando E...
Evander... –Cerró los ojos un instante–.
Tardé demasiado en reaccionar, en hacer lo que tenía que hacer.
Incluso después de que hubiera atacado a Kit, mientras luchaba contra todos vosotros, yo simplemente...
–Lo entiendo –asintió Cedric.
No se le ocurría qué más decir. Porque sí, lo entendía.
Había experimentado esa misma parálisis al descubrir que todo lo que daba por hecho podía ser mentira; que allí dentro nada era tan simple como parecía.
Humanos frente a arcanios, pasado frente al presente...
En el Crisol todo se mezclaba en un confuso remolino: el bien y el mal, los actos y los deseos.
Por eso había dudado cuando Belien y Leona se metieron en el laberinto, incluso después de que Gael hubiera resultado herida.
«Has traicionado a los tuyos. Te has convertido en un renegado. ¿Y todo para qué? ¿Para que te roben la corona cuando llegues al final?».
La voz de Belien resonaba en su mente. Sus últimas palabras eran más inquietantes que nunca, estando tan cerca de terminar aquella prueba. Y la corona era un premio que ya no estaba seguro de querer ganar.
–También tengo que darte las gracias.
Cedric había estado tan absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que Elyria había reducido el paso y tiraba suavemente de él para que se detuviera.
La miró boquiabierto.
–Perdona si suena repetitivo, pero tengo que volver a preguntártelo: ¿por qué?
Ella se mordió el labio.
–Por el mismo motivo: porque no dudaste en defendernos, en defender a Kit. No vacilaste como yo.
Él negó con la cabeza.
–Deja de torturarte pensando que no hiciste nada. Al final actuaste, y fue decisivo. –Suspiró–. Sinceramente, yo debería haber intervenido antes. Supe desde el momento en que apareció que algo iba mal, pero...
–¿Qué?
Abrió la boca y se mordió la lengua al ver el dolor en los ojos de Elyria.
Acababa de verse obligada a matar al amor de su vida, y lo había hecho para salvarlo a él.
¿Cómo iba a explicarle que había ignorado sus sospechas porque estaba celoso?
Todo lo que pudiera haber sentido le parecía mezquino e insignificante en comparación.
Si Cedric hubiera podido retroceder en el tiempo y matar a Evander antes de que atacara a Kit, lo habría hecho.
Debería haberlo atacado en el momento en que apareció en la sala.
Elyria lo habría odiado, sin duda; tal vez lo hubiera matado en el acto como represalia.
Pero hubiera valido la pena, con tal de evitar que viera en qué monstruo se había convertido el hombre al que amaba.
Ella se acercó más a él, sin soltarle la mano, y el hilo que sentía Cedric en lo más profundo de su pecho latió. Era como un haz de luz en medio del fuego que ardía en su interior.
–Debería haber intervenido antes –repitió él. Intentó darse la vuelta y ponerse en marcha, pero ella lo detuvo agarrándole la muñeca con su mano vendada.
–No huyas de mí –dijo Elyria con una curva irónica en los labios, repitiendo las palabras que él le había dirigido.
La luz del pecho de Cedric volvió a latir, y el recuerdo de lo que había estado a punto de suceder en otro corredor iluminado por la luna afloró de nuevo. De modo que Elyria también lo recordaba...
–Me salvaste una vez más –murmuró–. No sé ni qué decir a estas alturas, Elyria. Supongo que ya debería estar acostumbrado.
Dejándose llevar por un impulso, levantó sus manos unidas y posó los labios en el dorso de la de ella.
–Gracias –susurró contra sus nudillos.
Ella separó los labios y arqueó las cejas con sorpresa. Cedric esperó a que protestara, que se apartara..., incluso que le abofeteara. Pero lo único que hizo Elyria fue tragar saliva. Cedric no pudo evitar seguir con la mirada el suave movimiento de su garganta.
–No tienes por qué dármelas –replicó ella con voz trémula–. Simplemente..., no podía permitir que volviera a suceder.
Cedric bajó la mano sin soltarle los dedos.
–Lo sé –dijo–. Aun así, gracias.
–Empiezo a pensar que este pasillo es el más largo de toda Arcanis –bufó Elyria, apartándose un mechón de pelo violeta de los ojos–. Parece que llevamos una hora caminando.
–Dos –precisó Cedric, aunque, sinceramente, se le había hecho corto.
Aunque habían ido callados la mayor parte del tiempo, se había tratado de un silencio extrañamente natural, casi agradable.
–¿No te parece extraño que la prueba de la Concordia consista en un agradable paseo? –preguntó ella.
–No lo sé. De momento, concuerdo con tu comentario –respondió con una sonrisa–. Así que un agradable paseo, ¿eh? ¿Es tu forma de decirme que te lo estás pasando bien?
–Te encantaría, ¿verdad? –Le mostró los dientes en una mueca burlona al tiempo que le apretaba la mano–. Lo que quería decir es que la prueba de la Concordia tiene que consistir en algo más que esto.
–Supongo que estamos a punto de descubrirlo –dijo Cedric. Señaló hacia delante, donde el sinuoso pasillo finalmente se volvía recto y revelaba una gran puerta de madera al final.
Elyria se detuvo.
–¿Qué crees que habrá al otro lado?
Él se encogió de hombros.
–¿Para qué especular? Si hemos superado las pruebas anteriores, no creo que tengamos problemas con esta.
Elyria abrió la boca para protestar, pero la cerró al ver la amplia sonrisa de Cedric.
–Noctis, llévame –dijo, soltándole la mano y haciendo un gesto exagerado de sorpresa–. ¡El caballero lleva varias horas de buen humor! ¿Quién sois vos, sir Cedric Thorne? ¿Qué le diré a vuestro lord cuando me pregunte qué os ha sucedido?
El semblante de Cedric se ensombreció al pensar en lord Church. Cedric había cambiado mucho, había llegado muy lejos desde que había atravesado el Portal como «gran adalid». Y, sin embargo, no creía que aquel cambio fuera a agradar a su mentor.
Bajó la vista y se miró la túnica negra que cubría su torso desprotegido, sin armadura, y sus antebrazos desnudos.
No sabía cómo sería el reencuentro con lord Church una vez que todo terminara; ni siquiera estaba seguro de si el lord lo reconocería.
Desnudo, sin armadura, sin máscara, con el poder silencioso y vibrante de unas brasas ardientes en el interior del pecho...
Aun cuando quisiera, ¿sería capaz de recomponer las antiguas partes de sí mismo?
No creía que pudiera volver a ser aquel caballero obediente y servil.
Elyria debió notar el cambio en el estado de ánimo de Cedric, porque se apresuró a añadir:
–Solo era una broma, sir Taciturno. –Él asintió distraídamente, y ella frunció el ceño–. ¿Qué harás con la corona cuando la tengamos?
Cedric se dio cuenta de que era un torpe intento de cambiar de tema, pero la pregunta lo tomó tan desprevenido que tropezó con sus propios pies.
–¿Por qué hablas en singular?
–Bueno, yo no la quiero, te lo aseguro. Lo único que quiero es que termine todo para llevar a Kit al primer santo que encuentre.
–Hizo una pausa, como si estuviera sopesando si sería buena idea decir en voz alta lo que pensaba–.
Además, no puedo negar que el «desequilibrio» entre nuestros pueblos seguramente se haría más fuerte si le entregara la corona al rey Lachlandris.
Es un gobernante bastante justo, pero sigue siendo un rey.
Si tuviera el poder celestial en sus manos, estoy segura de que la situación en Havensreach empeoraría.
Cedric la miró fijamente, y la luz de su pecho comenzó a latir al ritmo de su corazón.
–¿Han bastado unos días en el Crisol conmigo para convertirte en una aliada de los humanos?
Ella se rio entre dientes.
–Podría decir lo mismo de ti, ¿no? No creas que no me di cuenta de la mirada asesina que me echaste cuando nos conocimos en el castillo de Lumin, caballero.
Su tono era burlón, pero Cedric sintió que se le encendían las mejillas al recordar la rabia visceral que lo había invadido cuando descubrió que era la Revivida.
No entendía por qué había creído durante tanto tiempo –por qué le habían hecho creer– que ella era la culpable de la sangre y el fuego que marcaban su pasado.
Respiró hondo para calmarse.
–Sabiendo lo que sabemos ahora –repuso–, no estoy seguro de que nadie deba manejar un poder como este.
–¿Ni siquiera tu lord o tu rey?
Traidor. Renegado.
Tragó saliva. Si Elyria estaba siendo sincera, él también debería serlo.
–Quizá ellos menos que nadie. Después de ver lo que un poder así puede hacerle a un hombre, lo que puede provocar incluso el mero deseo de ejercerlo... Estoy seguro de que Varyth Malchior convenció a Evander con un montón de palabras bonitas.
La mención de Evander tensó a Elyria, pero su reacción no fue tan fuerte como esperaba Cedric. Era como si la larga caminata por el corredor la hubiera apaciguado, como si la hubiera ayudado a superar parte del dolor.
–Me aterra pensar en lo que pasaría si la corona cayera en manos de Malchior –añadió Cedric, y Elyria se mordió el labio.
–¿Y qué pasará con las Simas?
–No lo sé. Sin acceso a las Tierras Medias, la situación en Havensreach se deteriorará, eso es seguro; somos demasiados y hay poco maná. Pero el riesgo... Ojalá hubiera una forma de usar la corona para reparar el desgarro y, al mismo tiempo, asegurarse de que nunca caiga en manos equivocadas.
Elyria lo miró pensativa, frunciendo los labios, y Cedric sintió una repentina calidez en su interior.
–¿Y si hubiera una manera?
–¿Cuál?
–Cuando fusionamos nuestros poderes fuera del laberinto, hubo un momento en el que pensé que podría haber logrado... cualquier cosa.
Cedric recordó el aspecto de Elyria en ese momento y sintió que la calidez palpitaba en su interior: la forma en que había deshecho la barrera de espinas con un simple gesto, el poder que emanaba en oleadas de su figura, su resplandor de otro mundo, la luz que pulsaba en su pecho, como si estuviera hecha de fuego estelar...
Carraspeó, sintiendo cómo el calor ascendía por su cuello. Por suerte, ella no pareció darse cuenta.
–Lo recuerdo.
–Ahora, imagina que esa magia se multiplicara por diez, por cien. Con el poder de la corona..., creo que podría cerrar las Simas y unir los reinos. –Aspiró hondo–. Pero después tendríamos que deshacernos de ella: esconderla, enterrarla, destruirla... Lo que sea. O todo a la vez, mejor.
–Para que nadie pueda abusar de su poder –asintió Cedric, abrumado por una sensación de asombro, de respeto y de algo más que no hubiera sabido describir.
–Eso es. ¿Te parece una locura?
–No –repuso él, con los ojos muy abiertos–. No me parece ninguna locura. Después de todo, la reina Daephinia partió la tierra con la corona, ¿no?
Elyria se quedó callada. Su silencio fue tan largo que Cedric sintió que el hilo de luz de su pecho se tensaba y lo empujaba hacia ella, impulsándolo a acercarse, a asegurarse de que se encontraba bien, a salvo, de que era real.
Sin embargo, resistió el deseo; sabía que, si la tocaba, perdería el control que tanto le estaba costando mantener.
Por las estrellas, cómo deseaba perderlo...
–¿Confiarías en mí? –preguntó ella en voz baja e insegura, como si temiera su respuesta.
Cedric, con el corazón roto, rememoró la segunda prueba y el pozo oscuro del que Elyria le había sacado.
¿Cómo puedo estar seguro de que eres real?
No lo sé. A veces, ni siquiera yo sé si soy real. Pero, aunque tuviera una respuesta..., no creo que haya nada que pueda decir para convencerte. Solo puedes confiar.
¿Confiar en ti?
En ti mismo. Y sí, a ser posible, ya de paso también en mí.
No sé cómo hacerlo.
Empecemos por algo pequeño. Una verdad sencilla.
Cedric parpadeó.
Por primera vez en lo que le parecía toda una vida, albergaba una esperanza real: la de que se marcharían de ese lugar y podrían solucionar algo. La esperanza de que su presencia allí no fuera un error de cálculo.
Él ya no era un caballero enviado a luchar en una guerra que no entendía.
No era el adalid de lord Church, entrenado para ganar un desafío para el que nunca había estado realmente preparado.
Tampoco era ya un niño asustado que veía cómo todo su mundo ardía hasta convertirse en cenizas.
En ese momento, era un hombre que sabía, sin ninguna duda, que la mujer que tenía al lado estaba destinada a cumplir aquella misión, y que él estaba destinado a ayudarla.
Elyria sabía lo que era conquistar la oscuridad, resistir su tentación, usar su poder para el bien. Sabía lo que era salvar, ayudar y amar sin límites.
«Eres la única digna entre todos ellos», había dicho Evander.
Y en eso tenía razón.
–Una verdad sencilla... Si ya no crees en absolutamente nada, Elyria Lightbreaker, confía ciegamente en lo que te voy a decir –dijo Cedric con voz ronca, y Elyria desorbitó los ojos al reconocer sus propias palabras–. Eres la única persona en quien confiaría para llevarlo a cabo.
Entonces, ella sonrió. Fue una sonrisa radiante que tiñó el marfil de sus mejillas, y Cedric hubiera jurado que se le paraba el corazón al verla.
El hilo dorado que los conectaba brilló, cerrando las grietas abiertas del alma de Cedric, y supo entonces que algo había cambiado, algo se había consolidado entre los dos.
–Muy bien –asintió Elyria, dirigiéndose hacia la puerta del final del pasillo con decisión–. En ese caso, terminemos con esto.