Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 47
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Capítulo 47

Por todos nosotros

Elyria

S u piel era como el cielo.

Era imposible que fuera una criatura tangible, de carne y hueso.

La inmensidad de la noche se extendía en lo que debería ser su piel, las constelaciones brillaban en el puente de su nariz y las nebulosas se arremolinaban en sus ojos.

Pero Elyria recordaba perfectamente la presión firme de la mano que ocultaba su túnica ondulante cuando el Tribunal –Aurelia– la agarró en el castillo de Lumin.

Era real.

Y estaba allí.

Su cabello –si se le podía llamar así– onduló en cascada cuando la celestial inclinó la cabeza ante los adalides en un saludo de reconocimiento. Fluyeron oleadas de color –violeta, verde, rosa, azul pálido– en mechones etéreos que brillaban como si estuvieran tejidos con luz hilada.

Los ojos de Aurelia relampaguearon con un estallido en el centro de sus iris: el resplandor blanco de las estrellas moribundas. Su mirada recorrió a los adalides antes de detenerse en Elyria, que sintió que se le cortaba el aliento.

–Percibo sorpresa –dijo. Su voz polifónica sonaba más dulce y melodiosa que antes, y a Elyria la desconcertó ver aquellos labios moverse en sincronía con una voz caleidoscópica que solo esperaba oír mentalmente–. Percibo aprensión. Miedo. Culpa. Dolor.

–¿Y acaso te sorprende, después de todo lo que nos has hecho pasar? –le espetó Elyria.

Thraigg, Zephyr y Cedric dieron un respingo al mismo tiempo, y solo en ese momento se dio cuenta de que se habían hincado de rodillas y bajaban la cabeza con veneración ante la divinidad estelar desterrada.

Nox, sin embargo, había subido los pies a la mesa y no parecía dar mucha importancia al ser primigenio que tenían delante. Observaba la escena con aire de diversión, como si gozara de un asiento de primera fila para contemplar un espectáculo entretenido.

Elyria no se mordió la lengua; al fin y al cabo, ya estaba pisando arenas movedizas.

–¿Cómo que lo percibes? ¿No deberías saberlo? Eres una celestial. –No pudo evitar la amargura. Se sentía traicionada, utilizada, como si la elección de entrar en el Crisol no hubiera sido de ella. Al fin y al cabo, un ser todopoderoso estaba moviendo los hilos.

Aurelia esbozó una sonrisa apagada; en las comisuras de sus labios iluminados por las estrellas latía un aura de pesar.

–Lo soy, sí..., o lo era. Estoy debilitada, y lo estaré mientras mi presencia y mis poderes sigan ligados a este lugar.

Su tono sombrío le dejó claro a Elyria que no iba a obtener más respuestas. Lo entendía; acababa de hablarle en un tono bastante rudo, casi blasfemo. Pero, después de tres pruebas y de una semana que se le había hecho tan larga como veinticinco años, se le habían agotado los miramientos.

–¿Y ahora qué se supone que tenemos que hacer? –preguntó.

La celestial sonrió a Cedric, Zephyr y Thraigg, que seguían arrodillados ante ella.

–Por favor, levantaos.

El enano se incorporó pesadamente, apoyándose en el martillo con el brazo bueno como si fuera una muleta, y Elyria deseó seguir contando con su báculo para hacer lo mismo. Le echó a Aurelia una mirada que cualquier devoto habría considerado herética.

–¿Y bien? Nos tienes en ascuas.

–Ahora os enfrentaréis a la prueba de la Concordia. –Aurelia se dio la vuelta en redondo, con un revoloteo de su túnica, y señaló la fila de puertas. La del centro comenzó a brillar con una luz plateada demasiado familiar–. Debéis terminar esto.

Thraigg y Zephyr intercambiaron una mirada nerviosa. La silvana miró de soslayo a Kit, febril e inconsciente, y Elyria sintió que se le helaba la sangre.

–¿Ahora? ¿Y qué pasa con ella? –Señaló a Kit–. ¿Y con los demás? –añadió, haciendo un ademán que abarcó a los tres adalides heridos.

Zephyr palideció; Thraigg se revolvió como si intentara ocultar el cabestrillo, y Nox, por mucho que adoptara una actitud despreocupada, tenía el vendaje empapado de sangre y la oscura piel brillante por el sudor.

–No están en condiciones de afrontar otra prueba –sentenció Elyria–.

Hemos agotado nuestra magia, necesitan curarse.

¿Es que ya no se nos va a permitir un respiro, como en las anteriores pruebas?

¿Qué ha pasado con aquello de descansar, recuperarnos y reponernos?

–Elyria le echó un vistazo a Cedric como si esperara descubrir alguna lesión en la que no hubiera reparado, pero, aunque hubiera pasado por un autén tico infierno esos días, él era el único que parecía ileso, además de Elyria.

–Lamento las pérdidas que habéis sufrido y las heridas recibidas, pero me temo que queda muy poco tiempo. Lo que ha ocurrido... –El rostro de la celestial reflejó pesar–. Es evidente que hay fuerzas en juego que no habíamos previsto.

Cedric carraspeó.

–Con el debido respeto, ¿eso significa que no sabíais que Varyth Malchior había escapado del último Crisol, y que había dejado a alguien atrás para manipular los acontecimientos y llevar a cabo sus propios designios? ¿Cómo es posible?

La celestial permaneció en silencio durante varios segundos. Cuando volvió a hablar, su voz polifónica sonó más baja.

–Incluso antes de mi destierro, en el apogeo de mi poder, nunca fui omnisciente.

Los celestiales no podemos saber con precisión lo que sienten los mortales, lo que piensan, lo que han hecho ni lo que harán en un momento dado.

A veces podemos observar con mayor detenimiento a alguna persona de especial interés, dejar señales proféticas...

Pero nuestro papel siempre ha sido proporcionar los medios para...

–Entonces, ¿para qué servís? –exclamó Elyria, sin hacer ningún caso de la exclamación horrorizada de Zephyr–.

¿Cómo es posible que tengáis poder para todo esto y os puedan pillar desprevenidos?

–Hizo un aspaviento a su alrededor–. ¿No teníais ni idea de que la magia se había infiltrado en un juego que vosotros mismos habéis creado?

Aurelia tuvo la decencia de parecer avergonzada.

–No te equivoques: esto no es ningún juego. Cuando la corona se rompió, supe que había cometido un error muy grave. No me arrepiento de haber intentado restaurar el equilibrio: me arrepiento de cómo lo hice, del poder que concedí.

–¿Por culpa de Malakar? –preguntó Cedric.

Aurelia asintió y su rostro estrellado adoptó una expresión solemne.

–Sí. Ojalá hubiera poseído el don de la clarividencia. Si hubiera sabido lo que iba a suceder, lo que le costaría a Arcanis mi intento de alcanzar el equilibro...

–Si eso era lo que querías, ¿por qué creaste a los pueblos de Arcanis con tal desequilibrio de poder, para empezar?

Nox se inclinó hacia delante en su silla.

–¿Quién dice que fue ella quien los creó?

Los ojos de Aurelia relampaguearon.

–El Crisol fue diseñado para reparar los errores de un siste­­ma que ya era defectuoso, y sus problemas se hicieron más graves por culpa de mi intervención.

Mis hermanos decidieron ayudar­­me a restaurar la gloria de Arcanis de forma que solo la persona más digna y fuerte pudiera ejercer el poder, alguien que reinara con la verdad y la justicia y que fuera capaz de resistir las tentaciones más oscuras.

Alguien que trajera la luz del día renacido.

Cedric inhaló bruscamente y sus ojos se volvieron vidriosos. La profecía.

Aurelia asintió.

–La profecía se transmitió tanto a oráculos arcanios como a videntes humanos, con la esperanza de que algún día acudiera una persona digna y de que su senda, forjada a través de la adversidad y la unidad, la llevara hasta la corona.

Elyria se mordió el labio, tratando de recordar los versos de la profecía. Por más que la celestial asegurara que era incapaz de leerle la mente, le dio la impresión de que Aurelia sabía lo que estaba pensando, porque comenzó a recitar con sus múltiples voces al unísono, suaves como la seda:

Tras la luz del fin de Arcanis, en el crepúsculo del conflicto, las visiones rasgarán el tiempo entretejido para revelar el plan de las estrellas y su designio.

La corona rota y el mundo herido quedarán unidos, y solo al unirse se salvará de lo oscuro el pueblo escindido.

De la sombra y el fuego se forjarán adalides en el Crisol del destino.

Fuerza, espíritu, magia y concordia determinarán su sino.

De rivales feroces a corazones rotos, dos sangres hallarán el camino: con sacrificio y amistad traicionada será el día renacido.

Reclamarán la Corona Verdadera para blandir su poder temido y habrán de elegir: sanar el reino o arrojarlo a la noche del olvido.

La celestial exhaló un suspiro que parecía contener siglos, y al terminar de pronunciar las palabras fue como si se liberara de un peso terrible.

Elyria agachó la cabeza como si la profecía le hubiera arrancado el aire de los pulmones.

Thraigg miraba al suelo con aire reverente, y los ojos cerrados de Zephyr tenían un brillo de humedad en las pestañas.

Hasta Tenebris había abandonado el sarcasmo y adoptaba una expresión solemne.

Cedric, sin embargo, frunció el ceño y curvó el labio superior como si estuviera oliendo algo desagradable.

Elyria contuvo el deseo de sonreír.

–¿Qué pasa?

Aurelia ladeó la cabeza, como si también sintiera curiosidad por su reacción.

–Es un poco diferente de la versión que me enseñaron a mí –murmuró, sin mirar a los ojos a la celestial.

Elyria resopló.

–Yo ni siquiera me acordaba de la mitad, así que estamos empatados, sir Angustias.

–Es comprensible que se hayan alterado o perdido algunas partes –dijo Aurelia.

Pero, cuando Elyria recordó la versión del caballero y la comparó con la otra, toda su diversión se desvaneció. Había unas palabras que la llevaban preocupando días.

«Sacrificio y amistad traicionada...».

–Bueno –valoró–, no creo que quede ninguna duda sobre la veracidad de esta versión, sir Erudito.

Lo que tú me recitaste creo que no hablaba de «amistad traicionada» y, sin embargo...

–Miró fijamente a Kit, que seguía inconsciente, y luego pensó en el verso anterior: «De rivales feroces a corazones rotos, dos sangres hallarán el camino».

Evander había roto el corazón de Kit –y el de Elyria– con su traición.

Tal vez, con suerte, eso significara que iban por el buen camino y que se cumpliría el final de esa maldita profecía.

A Elyria le importaban muy poco la «Corona Verdadera» y su «poder temido»: lo único que quería era largarse con Kit de ese Santuario dejado de la mano de las estrellas.

Que los demás se preocuparan por sanar el reino; a ella lo único que le importaba era sanar a su amiga, su hermana.

Al menos, eso era lo que se decía a sí misma.

Se encaró con la celestial.

–¿Estarán seguros aquí? –preguntó mirando a Kit, Zephyr, Thraigg y Nox.

Después de todo lo que habían soportado en el Crisol, había algo bastante claro según la profecía: se necesitaban dos sangres –dos personas– para obtener la corona.

Tal vez por ese motivo el Tribunal... o, más bien, Aurelia hubiera insistido en la unidad desde el principio.

Dos debían ser considerados dignos, al menos.

«Eres la única digna entre todos ellos».

A pesar de lo que le había dicho Evander, o quizá precisamente por ese motivo, Elyria no estaba convencida de serlo. Sin embargo, no podía permitir que eso la detuviera.

–No sufrirán ningún otro daño –respondió Aurelia, aunando todas sus voces con solemnidad–. Lo juro.

Elyria se mordió el labio inferior, aún indecisa.

–Tenéis que ser vosotros dos, Elle –musitó Zephyr. Extendió su manita verde, le tomó la mano sin vendar y después agarró la de Cedric–. Llegad hasta el final. Hacedlo por todos nosotros.

–Sí –asintió Thraigg con evidente agotamiento, apoyándose pesadamente en su martillo–. Nosotros vigilaremos a Kit; vosotros centraos en hacer vuestra magia como hasta ahora, ¿vale?

–Reclama la corona, Revivida –añadió Nox, mostrando un destello de colmillos blancos–. Después de todo, ya has atravesado tres cuartas partes del infierno. ¿Qué importa una más?

A Elyria le escocieron los ojos cuando Zephyr juntó la mano de Cedric con la suya antes de dar un paso atrás. Una corriente cálida fluyó desde el punto en que se estaban tocando, y sintió que nacía una fuerte determinación en su interior.

El tirón de su pecho palpitó con fuerza.

Le apretó la mano.

Él le devolvió el apretón y miró sus manos enlazadas, con una expresión que oscilaba entre la sorpresa y el afecto. Y tal vez fueran imaginaciones de Elyria, pero creyó percibir algo más.

La fae carraspeó y adoptó una máscara orgullosa y auto­ritaria.

–Bueno, esta feroz rival –dijo, señalándose– está harta de lidiar con corazones rotos, y preferiría mil veces pasar a la parte del día renacido. –Miró a Cedric; en sus ojos castaños ardía el fino borde dorado–. ¿Crees que nuestras dos sangres servirán, Ric?

Él abrió un poco los ojos al oír el diminutivo, pero se limitó a gruñir un asentimiento. Iba a empuñar su espada cuando Aurelia lo detuvo con un murmullo.

–No la necesitarás –dijo antes de señalar la puerta resplandeciente.

Elyria miró a la celestial con curiosidad, pero no protestó y se deshizo de las dagas que había empezado a ceñirse a los muslos.

La voz de Aurelia resonó en la sala como una docena de susurros fundidos en una suave brisa:

–Adelante, adalides. La corona os espera.