Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 46
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Capítulo 46

Orígenes

Cedric

C on un asentimiento y otro carraspeo, intentando contener un nerviosismo cuyo origen no acababa de entender, Cedric comenzó a hablar:

–Como dijo Elyria, después de la Fractura...

–Ah, no. Te he pedido que empieces por el principio –le interrumpió Nox.

–Ese es el principio: lo que llevó a la creación del Crisol Arcano.

–No me refiero al comienzo del Crisol.

–¿Qué es lo que quieres? ¿Un cuento de la creación? ¿No crees que tenemos cosas mejores que hacer?

–No veo a nadie que pretenda echarnos de aquí... Y tampoco es que tengamos adónde ir ni nada que hacer hasta que el Crisol nos muestre lo que viene después, o hasta que nos volvamos todos locos. Lo que ocurra primero.

Cedric inspiró hondo, tentado de poner los ojos en blanco, pero, por desgracia, Nox no se equivocaba.

En las horas transcurridas desde el enfrentamiento con Evander, el Santuario había mantenido un silencio inquietante.

Hasta que sonara la siguiente campanada o apareciera la puerta brillante, estaban atrapados allí.

–En el principio de los tiempos –comenzó Cedric con tono solemne, y Elyria soltó una risilla que le arrancó una sonrisa–, estaban los Cinco: Solaris, la Diosa del Sol; Lunara, Vigilante del Tiempo; Noctis, Centinela de las Sombras; Gaia, la Madre Tierra, y Aurelia, Guardiana del Equilibrio.

Al oír mencionar a Aurelia, tanto Thraigg como Elyria soltaron un bufido al unísono. Cedric los ignoró.

–Gracias a los celestiales, Arcanis prosperó.

Aunque habían jurado no interferir directamente en los asuntos de los mortales, su benevolencia...

–otro bufido de Elyria– hizo que los pueblos de Arcanis, tanto humanos como arcanios, prosperaran.

Hubo épocas de inestabilidad, sin duda, y disputas entre diferentes especies, pero, en general, todo el mundo vivía su vida en su lado del continente.

Hasta que llegó al poder la reina fae Daephinia y contrajo matrimonio con el rey humano Juno.

Entonces, los reinos se unieron y se fundieron en uno solo.

–Y aquí es donde sospecho que vuestros libros de historia empezarán a diferir de los arcanios –elucubró Nox.

–¿Por qué? –Cedric enarcó una ceja–. ¿Acaso los textos arcanios ocultan el sufrimiento que padeció la humanidad bajo el puño de hierro de la reina Daephinia?

–¿Qué tiene de malo el hierro? A los enanos nos parece muy útil –murmuró Thraigg, al tiempo que Elyria preguntaba:

–¿Qué sufrimiento?

Cedric miró de reojo a Thraigg.

–No hablarás en serio –le dijo, y luego se volvió hacia la desconcertada Elyria con idéntica expresión de confusión–. Ni tú tampoco.

–El reinado de la reina Daephinia y el rey Juno fue bendecido por las estrellas –dijo ella, frunciendo el ceño–. Arcanis prosperó, surgieron ciudades y el nacimiento de la princesa anunció la llegada de muchos otros bebés.

–Bebés mestizos –precisó Thraigg con un gruñido–. Y ya sabemos cómo acabó todo.

Los cuatro se quedaron en silencio durante unos instantes, y Cedric no pudo evitar recordar a aquella mujer humana, embarazada de un niño mestizo, que lloraba como si su vida estuviera llegando a su fin mientras Cedric y sus compañeros caballeros se llevaban al padre fae de la criatura.

De hecho, quizá su vida sí que hubiera terminado ese día...

Puede que se hubiera negado a permitir que le arrebataran a su bebé después de nacer, como ocurría con todos los bebés mestizos.

Quizá hubiera compartido el trágico destino de su hijo.

–Sí, bueno. –Cedric volvió a aclararse la garganta–.

Tampoco esperaba que un arcanio pensara lo contrario.

Pero, aunque hubiera un rey humano gobernando junto a Daephinia, la situación no era precisamente un camino de rosas.

Los humanos superábamos en número a los arcanios, sí; pero con vuestra magia, vuestras ventajas físicas y una reina fae gobernando sobre todos, siempre salíamos perdiendo.

–Aun así, había paz –protestó Elyria.

–La paz era una ilusión –sentenció Cedric, y fue como si un escalofrío recorriera todo el Santuario–. Había muchos conflictos, miseria y dolor.

–Siempre ha habido miseria y dolor –dijo Nox con aire pensativo. Aunque Cedric no discrepara, esa no era la cuestión.

–A decir verdad, no me sorprende que la historia arcania no refleje cómo era la vida antes de la Fractura –masculló, incapaz de ocultar su amargura–. Después de todo, no erais vosotros los perjudicados.

Elyria apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea, y se hizo un tenso silencio.

–De todas formas –dijo finalmente la fae–, ¿qué tiene que ver todo esto con el Crisol, con el Tribunal, con Ev...? ¿En qué infiernos afecta a nuestra situación?

Cedric se percató de que Elyria se había mordido la lengua antes de pronunciar el nombre de Evander en voz alta. No lo había vuelto a mencionar ni una sola vez desde que el Crisol se había llevado su cuerpo.

–Estábamos a punto de llegar a esa cuestión, ¿no es así, sir Thorne? –dijo Nox–. Estabas hablando de la Fractura.

Cedric hizo una mueca.

–Sí. Bueno, el caso es que los humanos estaban descontentos.

El reino estaba unido, en teoría, pero en realidad se encontraba tan fragmentado como ahora.

Y los celestiales, a pesar de sus intenciones originales de crear una Arcanis feliz, próspera y sin divisiones, hicieron la vista gorda ante el sufrimiento de más de la mitad de su pueblo. Todos... menos una.

–Aurelia –susurró Elyria.

–Sí. La Guardiana del Equilibrio no hacía oídos sordos a las injusticias del mundo ni al evidente desequilibrio de los pueblos. Así que rompió su juramento. Interfirió.

Elyria entrecerró los ojos.

–Poniéndose de vuestro lado.

–Quería ayudar a la humanidad, darle un punto de apoyo –replicó Cedric con vehemencia–. Nos otorgó el conocimiento de cómo manejar el maná de la tierra.

–Cómo extraerlo, querrás decir –refunfuñó Elyria.

Cedric puso los ojos en blanco y abrió la boca para responder, pero Nox se le adelantó:

–De ese modo, se ganó la devoción de la humanidad. Si la naturaleza no bendecía a los humanos con magia, la obtendrían por su cuenta.

–Sí –asintió Cedric–. Y funcionó. Las cosas mejoraron...

durante un tiempo. –Se mordió el labio, sintiendo una oleada de algo parecido a la vergüenza–.

Pero, aunque Aurelia buscaba el equilibrio, al final algunos...

Uno, realmente, se aprovechó de su don. Lo empleó en su propio beneficio porque no perseguía el equilibrio, sino el poder.

–Malakar.

El tono con el que Elyria había pronunciado ese nombre le provocó un escalofrío en la nuca a Cedric. No era reverencia ni miedo, sino una rabia silenciosa, algo muy semejante al deseo de venganza.

Sin embargo, la fae adoptó de inmediato una expresión gélida e impenetrable.

De nuevo se había puesto la máscara que había abandonado antes de la tercera prueba.

Aquella fachada inexpugnable hizo que Cedric sintiera un frío súbito en la médula.

Era como si incluso la chispa de calor que ardía en lo más profundo de su pecho se viera consumida por su aparente indiferencia.

Respiró hondo antes de continuar.

–Sí: Malakar, consejero de confianza del rey, podía manejar el maná como ningún otro humano. Era más que un hechicero, más que un sabedor: era como si el maná corriera por sus venas. Y, con el tiempo, pasó a manejar lo que corría por sus venas como si fuera maná.

–Magia de sangre –dijo Thraigg, y Cedric se frotó sin querer el punto donde le había alcanzado Belien.

Nox se acarició el cuerno con un dedo índigo y asintió despacio.

–Lo corrompió –continuó Cedric–. Pero, por poderoso que se hubiera vuelto y fuertes que fueran sus seguidores, no le bastaba.

La mayoría de los humanos estaban resentidos con los arcanios por su magia innata, pero ninguno los odiaba más que Malakar.

Consideraba al rey Juno un traidor por haberse casado con Daephinia y pensaba que la existencia de su hija mestiza era una burla a nuestro sufrimiento. Así que planeó su caída.

–Y así comenzó la guerra –dijo Elyria con tono neutro, sin mostrar emoción alguna.

Aquel desapego hizo que a Cedric le ardieran las mejillas de vergüenza. Ella había luchado en la guerra; había matado a muchos a causa de la guerra; se había convertido en la Revivida por culpa de la guerra.

Y era la Revivida quien hablaba en ese momento; de eso Cedric estaba seguro.

Tragó saliva con dificultad, decidido a terminar el relato a pesar del nudo que tenía en el estómago.

–Técnicamente, la guerra vino después. Malakar conspiró contra la corona y asesinó al rey y a la joven princesa. Desesperada por el dolor, la reina Daephinia se dejó llevar por la ira y dividió el reino en tres. Ese fue el comienzo de la guerra de los Dos Reinos.

–Una guerra que perdisteis –declaró Elyria, de nuevo con una voz distante, carente de emoción. No lo dijo con orgullo ni altivez; no estaba alardeando.

Cedric casi hubiera preferido que lo hiciera.

Forzó una carcajada, en un intento desesperado de provocar alguna reacción, una réplica aguda, una respuesta ingeniosa.

–Bueno, yo no perdí nada, claro. Ni siquiera mis abuelos estaban vivos por aquel entonces.

Ella lo miró con un parpadeo y él le sostuvo la mirada.

La tensión era tan fuerte que Cedric casi deseó volver a estallar en llamas, solo por desviar la atención.

Fue Thraigg quien finalmente rompió el hielo con voz grave y ronca:

–Pues yo sigo sin entender a qué viene todo esto.

Nox sonrió: fue una sonrisa afilada, felina.

–Nos estamos acercando a la cuestión, pero, si lo prefieres, resumiré.

–Por los melones de Gaia, sí. Por favor.

–Bien. A medida que el poder de Malakar aumentaba, Aurelia se dio cuenta de su error; su generosidad había provocado aquello, así que trató de arreglarlo.

Por segunda vez, desafió a sus compañeros celestiales e intervino...

en favor del otro bando –explicó Nox, y Cedric aguzó el oído; no estaba familiarizado con esa parte de la historia–.

Como símbolo final del equilibrio, creó un artefacto, fusionándolo con su propio poder y con la energía obtenida tanto de los arcanios como de los humanos.

Nox hizo una pausa, como para crear un efecto dramático, y a Cedric le costó un esfuerzo sobrehumano no poner los ojos en blanco.

Miró a Elyria, esperando encontrar una impaciencia similar en su rostro, pero ella se limitaba a observar a Nox; parecía expectante, pero tranquila. Cedric frunció el ceño.

–La Corona de la Concordia –dijo Nox finalmente–.

Un artefacto diseñado para una sola persona, la prueba corpórea de que podía reinar la armonía entre los pueblos de Arcanis.

–Otra pausa–. Era un regalo para la princesa mestiza, Selenae, destinada a traer el equilibrio eterno y la verdadera paz a la tierra.

–¿La corona es un artefacto forjado por los celestiales? –Cedric apretó los dientes para evitar que se le descolgara la mandíbula.

–Así es. Pero eso solo se descubrió en la batalla final entre Daephinia y Malakar, cuando el sacrificio de la reina reveló su verdadera naturaleza.

–Los ojos carmesíes de Nox se posaron en Elyria, evaluándola–.

Tú estabas allí, ¿no es así? Deberías saber mejor que nadie que el poder que brotó de la corona cuando se rompió era de origen celestial.

Elyria permaneció inmóvil como una estatua.

Nox continuó hablando, rascándose distraídamente el cuerno:

–¿Por qué crees que los demás celestiales expulsaron a Aurelia? ¿Qué los enfureció tanto?

Cedric tamborileó con los dedos sobre la mesa.

–Pensaba que la habían desterrado por ponerse del lado de los humanos –respondió pensativo.

No expresó la docena de ideas que le rondaban la mente sobre lo que harían sus compañeros y él –lo que podrían hacer los humanos o los arcanios– si conseguían la corona. ¿Que podría suceder si cualquiera de los dos bandos contara con poder celestial? ¿Y si caía en malas manos?

Nox se encogió de hombros.

–¿Cómo has descubierto todo eso? –preguntó Elyria. Su voz de nuevo sonaba más expresiva y natural, para alivio de Cedric.

–¿Cómo descubre la gente las cosas? –replicó Nox.

–Eso no es una respuesta –refunfuñó Cedric.

Elyria se puso de pie.

–En fin, muchas gracias por la lección de historia, Tenebris, pero sigo sin encontrarle ninguna relación con nuestra situación.

–¿En serio no lo ves? –Nox parecía estar divirtiéndose.

–Sorpréndeme.

–¿Adónde crees que fue desterrada Aurelia, exactamente?

–No tengo ni la menor...

–Creo que era una pregunta retórica –respondió un coro de voces al unísono.

Cedric casi saltó de su asiento. Aquellas voces no estaban resonando en su mente: las estaba oyendo de veras. Sonaban en la misma sala.

Se volvió hacia su origen: una figura vestida con una túnica blanca que estaba de pie delante de las puertas, con el rostro al descubierto.

–Saludos, adalides –dijo el Tribunal con cierta tristeza.

Zephyr contuvo una exclamación. Thraigg se quedó boquiabierto. Elyria, paralizada.

Tenebris Nox sonrió.

–Saludos, Aurelia.