Capítulo 45
Mucho retraso
Elyria
E lyria le había dicho una vez a Evander que él le daba buena suerte. Cuando él se rio y le preguntó a qué se refería, ella sonrió.
Tus ojos , le confesó, con las mejillas encendidas. Son como dos pozos de suerte líquida. Me da la sensación de que podría sumergirme en sus profundidades doradas y no volver a salir nunca. No querría hacerlo. Me basta con mirarlos para sentirme la fae más afortunada de todo Nyrundelle.
En ese momento, aquellos ojos estaban vacíos: su fulgor dorado se había extinguido. Elyria posó dos dedos trémulos en los párpados de Evander y los cerró para siempre.
Prolongó el contacto, mientras la sangre negra que manchaba sus dedos corría por el rostro de su antiguo amor en regueros. Lo que acababa de hacer la torturaba, le atenazaba las entrañas, la sofocaba. No podía respirar. El aire sabía a cenizas amargas.
Evander era el único motivo por el que Elyria estaba allí. Kit había entrado en el Crisol y se había vinculado al Santua rio por él. Ninguna de las dos sabía que las horribles visiones que habían tenido sobre él –corrompido, surcado de venas negras– eran reales.
Elyria las había tomado por pesadillas. Kit las había interpretado como una llamada. Pensaba que debía ir allí y triunfar sobre el Crisol para darle paz a su hermano.
¿Era eso lo que Elyria le había dado?
Con su último aliento, Evander había regresado.
Por un instante, había vuelto a ser el hombre que Elyria conocía, en el que había confiado, el que había amado.
Y le había dado las gracias. Quizá llevara años deseando liberarse de la corrupción de Varyth Malchior y de la magia oscura que lo ataba a ese lugar.
Elyria deseó con todas sus fuerzas que fuera así.
Cerca de allí, Cedric tosía, aún recuperándose.
Elyria respiró algo más tranquila. El caballero tenía los labios azulados y le temblaban las extremidades, por no mencionar que estaba empapado, pero parecía prácticamente ileso.
Estaba consciente y lúcido y, aunque tiritaba sin cesar, mantenía la espalda recta mientras tosía.
Thraigg se desplomó a su lado y le dio una palmada en la espalda con la mano que no tenía rota, como si aquello pudiera ayudarle a expulsar el agua de los pulmones.
Zephyr, con la piel de un tono verdoso enfermizo, ayudó a Nox a sentarse en una silla antes de pasar las manos brillantes sobre la herida de su abdomen. Elyria no pudo evitar fijarse en lo débil que era el resplandor de su magia.
Al otro lado de la habitación, Kit seguía inconsciente. Su pecho subía y bajaba a un ritmo constante, pero con una debilidad que hizo que a Elyria se le encogiera el corazón. Iba a acercarse a su amiga cuando la detuvo un súbito destello luminoso.
Con los ojos muy abiertos, observó cómo el cuerpo sin vida de Evander se iluminaba desde dentro, y una marca celestial –la misma que el Tribunal había creado en la frente de todos y cada uno de los adalides antes de que entraran en el Santuario– aparecía entre sus cejas.
Las sombras salieron serpenteando de la herida de su pecho y se desvanecieron en el aire.
Su cuerpo estalló en llamas azules, idénticas a las que habían devorado el cuerpo de Brandon Cormac.
La sala tembló y las paredes resonaron como si el Santuario también estuviera explotando. O tal vez fuera la magia que Evander había atrapado dentro de sus muros; quizá la retorcida maniobra que había empleado para interferir en la tercera prueba se estuviera liberando en ese instante.
Con una última llamarada, el cuerpo de Evander desapareció. El fuego consumió incluso el charco de sangre corrupta en el que estaba tendido; no quedó nada más que el hueco en el corazón de Elyria y las manchas de sangre en su ropa y su piel.
Aunque con mucho retraso, el Crisol finalmente se lo había llevado.
–¿Algún cambio?
Zephyr negó con la cabeza mientras revisaba el vendaje empapado de sangre del pecho de Kit, murmuró unas palabras en un idioma que Elyria no conocía y agitó la mano. La mancha roja se evaporó de la tela, dejando una venda nueva y limpia de color carne.
A Elyria le podría haber impresionado si no hubiera sido la cuarta o quinta vez que veía ese truco en las últimas horas.
A pesar de los intentos de Zephyr por cerrar la herida de Kit, lo único que habían conseguido era detener un poco la hemorra gia.
No se estaba curando como debería. Gracias a las estrellas, sangraba menos, pero continuaba haciéndolo.
Peor aún, todavía no había recuperado la conciencia y había empezado a subirle la fiebre.
Elyria creía estar familiarizada con la sensación de impotencia; pero al ver las gotas de sudor en la frente de Kit, se dio cuenta de que hasta ese momento nunca la había experimentado.
Aquello no podía seguir así.
Se levantó tan bruscamente que Zephyr soltó un grito de sorpresa y avanzó a zancadas hacia la mesa donde comían Cedric, Thraigg y Nox.
No entendía cómo podían hacerlo, e intentó ocultar su repugnancia.
Estaba segura de que el queso, las uvas y las tortas le sabrían a veneno agrio si las probaba, pero no podía reprocharles que repusieran fuerzas. Sin duda, las iban a necesitar.
Fuera cual fuera la manipulación mágica de Evander, no había afectado a la parte más hospitalaria del Crisol.
La comida y la bebida continuaban apareciendo en el Santuario, como siempre.
Aun así, continuaban sin tener ninguna señal de lo que les esperaba.
Ni una sola palabra sobre la siguiente –¿última? – prueba.
–¿A qué creéis que se refería cuando habló del Tribunal? –preguntó, apoyando las manos en la mesa y mirando fijamente a los tres adalides.
Cedric parpadeó.
–Hola a ti también.
Elyria puso los ojos en blanco.
–Hola. Buenos días, tardes o noches. –La comisura derecha de la boca de Cedric se crispó hasta la cicatriz–. Una vez terminados los saludos, ¿qué creéis que quería decir?
–Deberías ser un poco más específica, muchacha. –Thraigg se revolvió y jugueteó con la férula improvisada que le había puesto Zephyr.
–Deja de toquetearte el brazo –le regañó Nox, dándole un golpe en la mano buena.
–Es que me pica.
–Y seguirá picando mientras se cura; Zephyr te lo advirtió claramente –dijo la criatura nocterrian con tono seco–. Más te vale acostumbrarte.
–No eres quién para hablar; te dedicas a manosearte el estómago cada dos por tres. Deja en paz la venda o volverá a sangrar, pedazo de cabezota.
–No me gusta predicar con el ejemplo –replicó Nox, encogiéndose de hombros con una ligera mueca como si el leve movimiento tirara de su herida.
Thraigg emitió una especie de gruñido mezclado con un quejido, pero obedeció y dejó la mano quieta sobre la mesa.
–Bueno, a lo que iba –continuó el enano–. Quizá deberías repetir lo que dijo, en vista de que nosotros estábamos lamiéndonos las heridas...
–Las heridas en el ego, diría yo –concretó Nox.
–... mientras ese maniaco soltaba su monólogo. –Thraigg tamborileó con los dedos sobre la mesa y miró a Nox con fastidio.
Elyria se quedó momentáneamente sin palabras.
Esa familiaridad parecía propia de hermanos, y no creía que Nox y Thraigg hubieran intercambiado ni tres palabras en todo aquel tiempo.
Sin embargo, quizá no debería sorprenderla: si había alguna experiencia que pudiera unir a las personas, sería aquella.
Tal vez no se hubiera dado cuenta de que iba creciendo su camaradería porque estaba preocupada por... otras cosas. Sus ojos se posaron en Cedric antes de volver rápidamente al rostro curtido y lleno de cicatrices del enano.
–Dijo que él era el responsable de que no hubiéramos tenido noticias del Tribunal antes de la prueba de la Magia –explicó–. Y, cuando le pregunté qué había hecho con el Tribunal, respondió...
–Que no podía hacerle nada a «una celestial», ¿no? –concluyó Cedric por ella.
Elyria asintió.
–¿A qué crees que se refería?
–Me da lo mismo; ese bastardo no tenía ni idea de lo que decía –gruñó Thraigg–. Se supone que el Tribunal es el portavoz de los celestiales. Los metió a todos en el mismo saco porque estaba enfermo y trastornado.
–«Una» celestial, dijo. En femenino –recalcó Elyria.
–Yo también me di cuenta de ese detalle –asintió Cedric.
Elyria sintió que sus cálidos ojos marrones se posaban en su rostro, pero parecían perplejos.
–Yo tampoco entiendo a qué se refería –añadió.
–De todas formas, si Evander fue quien ahuyentó al Tribunal, ¿no deberíamos haber tenido noticias de él, de ella o de lo que sea, a estas alturas? –preguntó Elyria.
Nox se acarició un cuerno con un largo dedo índigo.
–Curioso...
–¿Curioso por qué? –preguntó Cedric.
Nox tardó varios segundos en responder.
–¿Qué sabes de la historia del Crisol?
–Todo –declaró Cedric con orgullo.
Nox enarcó una ceja.
–¿En serio?
Elyria no supo identificar si su tono era burlón o sincero. Tampoco importaba, en realidad.
Cedric apretó la mandíbula.
–Era y es mi deber como adalid representante del reino de Havensreach saberlo todo sobre el Crisol Arcano, por supuesto.
–Por supuesto –repitió Nox y, de nuevo, Elyria no supo si era una ironía.
–¿Por qué lo preguntas? –interrumpió ella con ansiedad.
–Dime lo que sabes sobre los orígenes del Crisol –le pidió Nox a Cedric, ignorando a Elyria. Tanto ella como el caballero fruncieron el ceño.
–Yo... Seguro que no necesitas que te dé una lección de historia –protestó Cedric, aclarándose la garganta como si se hubiera puesto nervioso.
–Solo tengo curiosidad por saber si la versión humana de los acontecimientos coincide con lo que yo he llegado a deducir después de mi estancia aquí.
–¿Y qué es lo que has deducido? –preguntó Elyria.
De nuevo, Nox la ignoró, y Elyria sintió que se congestionaba. Si Nox quería una lección de historia, se la daría con mucho gusto, aunque solo fuera para reconducir la conversación.
–Después de que la reina Daephinia dividiera el reino en tres y la Fractura se llevara de este mundo tanto a la reina como al hechicero oscuro Malakar –comenzó–, los celestiales...
–Tú no –la cortó Nox, dirigiendo sus ojos carmesíes hacia Cedric–. Que responda él.
–¿Por qué? –se quejó Elyria con brusquedad.
Finalmente, Nox se dignó a contestarla.
–Porque tengo un presentimiento y querría comprobar si estoy en lo cierto. Siéntate y escucha, Revivida. Quizá tú también aprendas algo.
Elyria gruñó, pero se dejó caer en una silla junto a Thraigg, subió una rodilla y la rodeó con los brazos. Miró expectante a Cedric y Nox, con la barbilla levantada y la cabeza torcida en un gesto de impaciencia.
Cedric suspiró y se frotó la cara.
–De acuerdo. ¿Por dónde quieres que empiece?
Nox sonrió y sus dientes brillaron a la luz parpadeante de los candelabros.
–Por donde deben empezar todas las historias –dijo–. Por el principio.