Capítulo 44
Oscuridad forjada
Elyria
E l tiempo se detuvo y pareció hacerse añicos. Cada segundo era más eterno que el anterior.
Elyria lo veía, podía sentirlo: el agua arremolinándose alrededor de Cedric, su cuerpo retorciéndose dentro del orbe. El caballero abría la boca en un grito silencioso y se aferraba la garganta, luchando por encontrar un aliento que no podía alcanzar.
Se le aceleró el pulso. Un grito creció en su pecho. La cabeza le daba vueltas. Estaba entrando en pánico.
Esto no puede estar pasando otra vez , pensó.
Cedric...
–¡Evander, para! –Se lanzó contra el fae y le golpeó el hombro, el pecho, la espalda.
Él no le prestó atención; era como si no sintiera sus puñetazos ni oyera sus gritos.
Ni siquiera se alteró cuando le arrancó los restos podridos de las alas, que cayeron al suelo lentamente.
Se limitó a contemplar al caballero que se ahogaba, con una sonrisa plácida en su rostro surcado de venas negras.
Elyria percibió un movimiento por el rabillo del ojo.
Thraigg se arrastraba con el rostro retorcido por el dolor, apretándose el brazo roto contra el pecho.
Avanzaba hacia la esfera de agua, intentando incorporarse.
Nox también luchaba por levantarse del charco de sangre oscura.
Zephyr gimió, doblándose sobre sí misma.
Los tres estaban intentando moverse. Se resistían a sucumbir al dolor, al agotamiento y a la derrota para salvar a Cedric.
Pero estaban tan maltrechos que Elyria supo que solo ella podía poner fin a su sufrimiento.
Vamos. Haz algo.
Le temblaban las manos. ¿O era el suelo, el mismísimo Santuario, el que temblaba?
Su oscuridad familiar susurraba en sus entrañas, se le escapaban las sombras y serpenteaban por su piel en una suave caricia.
Con el pulso desbocado, miró a Evander. Sus ojos negros brillaban de diversión, como si disfrutara viendo cómo Cedric perdía la vida.
Se ha ido , pensó de pronto Elyria. El pensamiento se abrió paso entre el pánico y la atravesó más profundamente que la hoja de una espada.
Y no estaba pensando en Cedric, que se aferraba a la vida en su prisión acuática, sino en Evander.
Se había ido. Aquel monstruo, ese cascarón corrompido, no era él.
O, al menos, no era así como habría querido acabar.
Fue una revelación dolorosa, como si una bofetada la hubiera despertado de un sueño profundo. Intentaría recordar al hombre que era antes, antes de que el Crisol y Varyth Malchior le arrebataran al mundo la auténtica luz de Evander.
Hazlo ahora.
Se movió sin pensar: alzó las manos y las sombras brotaron de sus dedos como zarcillos de humo.
Evander se volvió hacia ella como si hubiera sentido su magia y entrecerró los ojos hasta convertirlos en ranuras.
–Ni lo intentes, Elyria –siseó–. ¿De qué van a servirte tus sombras cuando yo también tengo las mías?
Tal como lo había hecho antes con el agua, conjuró una cinta de sombra y la hizo bailar entre sus dedos, serpenteando entre sus nudillos.
–Varyth me concedió una semilla de su magia, nacida del propio Malakar –declaró con una sonrisa altanera–. He pasado veinticinco largos años cuidándola, alimentándola, desarrollándola. ¿Cuánto tiempo llevas tú controlando tus sombras? ¿Días? No estamos al mismo nivel.
Crispó los dedos, apenas un ápice, y la cinta de sombra salió despedida contra Elyria, se enroscó en sus muñecas y le ató las manos con las palmas unidas, en postura de oración. Ella soltó un grito frustrado y salvaje, y en su interior, su oscuridad se alzó rugiendo.
–Ahora, quédate ahí y espera como una niña buena –dijo Evander, frunciendo los labios–. Esto terminará enseguida.
Un estremecimiento de cólera recorrió la espalda de Elyria. El agua turbulenta de la esfera le impedía distinguir a Cedric, pero sabía que se le acababa el tiempo. Buscó el hilo dorado en su pecho y se alarmó al encontrarlo flácido, sin vida.
–Tienes razón –dijo, agarrando ese hilo con todo el poder que fue capaz de reunir. Su magia latió y ascendió a la superficie mientras Evander la observaba atentamente, con el ceño fruncido–. No estamos al mismo nivel.
Sus sombras la envolvieron en un denso manto de niebla, como lo habían hecho con Cedric cuando estaba ardiendo.
Y del mismo modo en que Evander había eliminado la sombra de Nox, Elyria disolvió la cinta que le apresaba las muñecas con un pensamiento.
Avanzó hacia él, como un espectro enviado por Noctis en persona. Elyria no solo manipulaba la sombra: era sombra.
Y estaba furiosa.
–Puede que Varyth Malchior sea descendiente de Malakar –dijo, mientras la oscuridad la cubría como una segunda piel–. Puede que la magia del hechicero oscuro haya ido pasando a través de las generaciones y le haya otorgado un poder que compartió generosamente contigo. Pero yo...
Alzó una mano, cerró los dedos y las sombras se solidificaron en una forma afilada: algo nuevo, forjado con su dolor y con su amor, hecho de la misma oscuridad que había estado a punto de consumirla.
–Yo obtuve mi poder directamente de la fuente –remachó.
Empuñó la espada forjada de sombra, embistió veloz contra Evander y hundió la hoja en su corazón.
Por un momento, todo quedó en silencio. Evander desorbitó los ojos de sorpresa y abrió la boca como si quisiera decir algo.
No salió ninguna palabra de sus labios.
La sangre negra y caliente salpicó el rostro de Elyria cuando retiró la oscura espada de su pecho, y sus sombras se disiparon.
Evander se desplomó de rodillas. Aquel rostro repugnante y corrompido solo mostraba desconcierto. Era un rostro que Elyria había cubierto de besos y caricias, un rostro que había estado convencida de que amaría eternamente.
La esfera de agua estalló en una riada repentina y Cedric cayó al suelo, inmóvil. Hubo un momento de expectación, terrible y desgarrador, antes de que vomitara el agua que había tragado y comenzara a jadear, tomando aire entrecortadamente.
Era el sonido más bello que Elyria había oído jamás.
Inmediatamente después, oyó el más espantoso.
De la boca de Evander brotó un gemido largo, áspero, desgarrador, que partía el alma. Los restos de sus alas se convirtieron en cenizas; cayó yerto en el suelo, y la sangre negra y espesa que manaba de su herida se extendió a su alrededor en una aureola oscura.
Elyria se arrodilló a su lado y la sangre le manchó las piernas. Mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, apoyó una mano temblorosa sobre su corazón, justo donde le había apuñalado.
No era un intento de contener la hemorragia –en todo caso, hubiera sido imposible–. Era un homenaje al corazón que había latido allí en el pasado.
–Esto no es lo que yo quería –jadeó Evander, alzando una mano para acariciarle la cara.
Elyria no lo impidió; no se apartó–. Me dijo tantas cosas, me hizo tantas promesas...
Y yo no... Pensé que nosotros... –Entonces pareció comprender lo que había hecho, y su rostro reflejó auténtico arrepentimiento y tristeza.
Parecía abrumado, superado. Era un último vestigio del auténtico Evander.
Elyria jamás hubiera creído que se le podría romper tantas veces el corazón.
–Kit –gimió Evander, intentando girarse hacia su hermana–. Lo siento –barbotó con la boca llena de sangre–. Lo siento mucho.
–Lo sé –dijo Elyria.
Los ojos de Evander se encontraron con los de ella mientras tomaba una bocanada de aire, y Elyria fue consciente de que aquel era su último aliento.
–Dile que lo... –musitó.
–Lo haré.
–Y, Elle... –Su nombre sonó como un susurro húmedo. Las venas oscuras desaparecieron de su piel y sus ojos recuperaron el brillante color dorado.
Se le hizo un nudo en la garganta.
–Sí, Ev.
–Gracias.
Fue lo último que dijo.