Capítulo 43 #3
¿Una celestial? , pensó Cedric. ¿Una? ¿Qué significa eso...?
Un gemido gutural de Nox se filtró entre sus pensamientos turbulentos.
–La magia en las paredes del laberinto fue cosa tuya –murmuró Nox en un susurro, y Evander sonrió mientras pasaba a su lado.
Elyria contuvo una exclamación ahogada.
–Las paredes... y el abismo que se abrió en la caverna. ¿Fuiste tú?
Evander chasqueó la lengua.
–No podía permitir que esa bruja humana os matara a todos, ¿no?
–Casi matas también a Elyria –masculló Cedric entre dientes, recordando todo lo que le había contado Zephyr. Elyria había estado a punto de correr la misma suerte que Leona.
Como si le hubiera leído el pensamiento a Cedric, Elyria preguntó:
–¿Y nuestra incapacidad para volar?
–Me temo que eso no es cosa mía –dijo Evander–.
Eso fue simplemente obra del Crisol: un inútil intento de mantener igualdad de oportunidades y esas estupideces.
–Se detuvo junto a Elyria, a poco más de un brazo de distancia–.
Por cierto, lo hiciste muy bien durante las pruebas.
Te enfrentaste a tu oscuridad interior; siempre supe que podías hacerlo.
Y mírate... Estoy muy orgulloso de ti, mi amor.
¿Ya te lo había dicho? Si no lo he hecho, te pido perdón.
Ella resopló, incrédula, y echó un vistazo a la figura postrada de Kit, incapaz de comprender que Evander se estuviera disculpando por su falta de modales cuando acababa de atentar contra la vida de su propia hermana.
Él siguió su mirada y chasqueó la lengua de nuevo.
–Ah, sí. Por desgracia, la actuación de Katerina ha sido menos admirable.
Elyria se puso rígida.
–Kit entró aquí por ti –masculló, fulminándole con sus ojos esmeraldas.
Su reacción alivió el nudo que Cedric sentía en el estómago; había temido que el serpentino cumplido de Evander la hubiera afectado, pero estaba claro que ese ser oscuro no era el hombre que Elyria conocía, por más palabras bonitas que le dedicara.
Evander inclinó la cabeza a un lado.
–Lo sé –repuso, y Cedric creyó distinguir un destello de tristeza auténtica en su voz grave–.
Y su sacrificio no será en vano: su muerte despeja el camino hacia mi libertad.
Tú y yo podemos irnos juntos. Solo tienes que elegir a uno.
–Señaló con un gesto indolente a los adalides heridos que se esparcían por la sala–.
Con solo acabar con uno de ellos, tú puedes conseguir lo mismo.
Cuanto más fuerte sea la conexión emocional que tengáis, mayor será la magia, pero sirve cualquiera. Y podremos salir de aquí.
Elyria lo contempló horrorizada, y Cedric notó que se apagaba la última ascua de esperanza de que el verdadero Evander –su Evander– continuara existiendo.
–Estás loco –replicó, sacudiendo la cabeza como si quisiera espantar aquella espantosa sugerencia.
Evander avanzó y ella reculó, manteniendo la distancia. Cedric se acercó de inmediato y le rozó la espalda con el brazo, poniéndose codo con codo.
–Yo jamás haría una cosa así –declaró Elyria con la espalda bien erguida, y Cedric sintió una oleada de orgullo–.
Y olvidas que Kit no está muerta. Has fracasado.
Afrontaremos cualquier desafío final que nos depare el Crisol, uno de nosotros conseguirá la corona y después nos marcharemos.
Lo único que espero es que, cuando ganemos el Crisol, tu alma pueda encontrar la paz.
Los ojos de Evander refulgieron de malignidad y Cedric se tensó.
–Me estás obligando a hacerlo, Elle –dijo, de nuevo con una falsa tristeza impregnando sus palabras.
Ella escupió a sus pies.
–No me llames así.
–Eres la única digna entre todos ellos, diga lo que diga Varyth. –Evander contempló el punto en que Cedric y Elyria se rozaban antes de alzar la vista–. Si tú no eliges, yo escogeré por ti.
–¡No! –gritó Elyria, pero antes de que Cedric pudiera siquiera alzar su espada, el agua comenzó a girar en torbellino desde las yemas de los dedos de Evander.
Una enorme esfera de líquido turbulento rodeó a Cedric, que se debatió con todas sus fuerzas hasta que, irremediablemente, la magia lo arrastró.
Agua, agua por todas partes. Ya no había arriba ni abajo. Cedric daba vueltas sin parar mientras el líquido gélido inundaba sus fosas nasales y descendía por su garganta.
Tenía un sabor sorprendentemente luminoso.
Manoteó y pataleó, intentando nadar, avanzar, retroceder, subir o bajar, luchando desesperadamente por alcanzar la superficie, el aire, la vida, el exterior.
Pero no tenía ningún punto de apoyo. No tenía noción de qué estaba arriba o abajo, a la izquierda o a la derecha. No podía avanzar ni un centímetro en ninguna dirección: el agua turbulenta no cesaba de hacerlo girar.
Se le empezó a oscurecer la visión. Se arañó la garganta y se golpeó el pecho, intentando sacar el agua de sus pulmones. Rogó a la chispa de su interior que se encendiera, que lo quemara todo, pero se había extinguido junto con su voluntad.
Se estaba ahogando.
Se estaba muriendo.
Cuando un destello malva atravesó las paredes opacas de su prisión acuática, no pudo evitar lamentarlo.