Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Una mano surcada de venas oscuras agarró la muñeca del enano, y las uñas negras se curvaron en torno a ella.

A Cedric se le retorcieron las tripas con una mezcla de repugnancia y alarma.

De pronto, se oyó un horrible crujido: el fae había retorcido el brazo de Thraigg en un ángulo antinatural.

El mar tillo cayó al suelo con un estruendo metálico, y un aullido de dolor resonó en la estancia mientras el enano caía de rodillas, agarrándose el brazo destrozado.

Zephyr lanzó un grito de furia y se lanzó hacia delante con gracilidad.

Cedric quiso advertirle que se mantuviera alejada, consciente de que, aunque hubiera estabilizado a Kit, la amenaza estaba lejos de haber terminado.

No podían arriesgarse a que su mejor sanadora se metiera en la refriega.

Sin embargo, no le dio tiempo ni siquiera a abrir la boca: Evander alzó una mano y le arrojó a la silvana una ola de agua, que se estrelló contra la muralla de piedra con un crujido húmedo.

–¡Zephyr! –gritó Cedric, descargando una lluvia de golpes frenéticos contra Evander.

Tajo, giro, estocada, choque... Las mesas y sillas caían derribadas a su paso mientras avanzaban y retrocedían por la estancia.

Cada vez que chocaban los aceros, saltaban chispas.

A su alrededor reinaba el caos, un torbellino de sangre, gritos y dolor.

Mientras luchaba, Evander se reía con unas carcajadas huecas que parecían brotar de las propias paredes del Santuario, como si estuviera disfrutando cada segundo de aquella carnicería.

Cedric empezó a jadear y a moverse más despacio.

Todos sus músculos protestaron por el esfuerzo cuando alzó la espada para bloquear un nuevo ataque de Evander.

Se concentró en su interior e intentó avivar aquel fuego misterioso de su interior.

Si tenía que arder, aquel era el momento perfecto para hacerlo y llevarse consigo a esa oscura criatura antes de que los destruyera a todos.

Como si hubiera intuido su determinación, Evander lo taladró con aquellos ojos enteramente negros. Los dos se mantuvieron la mirada, enzarzados en un bloqueo feroz, mientras sus aceros chirriaban. El aire estaba cargado del olor a magia y a sangre.

–¿De verdad crees que puedes detenerme, pequeño caballero? –se burló Evander–. No tienes ni idea de lo que me propongo hacer.

–No me importa –dijo Cedric–. Pretendas lo que pretendas, va a causar una lluvia de sangre. Se acabó.

El fae soltó una risa fría, calculada.

–Ah, qué ironía. Cuántas veces le dije que esto sería inútil... –Tomó impulso hacia atrás y descargó su hoja negra contra Cedric, que a duras penas la detuvo con su espada. Retrocedió, apuntando con su hoja al pecho de Evander.

–¿De quién hablas? –masculló.

–Ya le advertí que no tenía sentido retenerme aquí sin un plan para triunfar en el siguiente Crisol, sin que hubiera un adalid auténtico que pudiera hacerse con la corona. No permitirá que la reclame cualquiera, ¿sabes? Tiene que ser digno.

–¿Acaso no es ese el objetivo del Crisol? –preguntó Cedric, tratando de aparentar una fuerza que no tenía–. Que solo el más digno salga victorioso...

Evander lo ignoró.

–Pero él no dejó de insistir... Me aseguró que valdría la pena, que sabía adónde debía ir y qué necesitaba.

–Entrecerró los ojos, sin apartar la vista de Cedric–.

A quién necesitaba, más bien. Así que, finalmente, acepté: le permití que me utilizara para liberarse de las ataduras del Crisol y dejé que plantara una semilla de su poder en mi interior antes de marcharse.

–¿Qué...? ¿Qué estás diciendo? –tartamudeó Elyria, reaccionando al fin–. ¿Tú...? ¿Tú elegiste quedarte aquí? ¿Elegiste convertirte en esto?

Evander apartó la vista de Cedric y se volvió hacia su antiguo amor. Curvó los dedos ennegrecidos y conjuró un pequeño chorro de agua que danzó en su mano.

–Cuando te ves atrapado en la marea, ¿es realmente una elección dejarse arrastrar?

–Sí –dijo ella–. Lo es.

–¿Incluso cuando la alternativa es nadar a contracorriente hasta que te venza el agotamiento, hasta que te hundas, hasta que te ahogues?

–Siempre hay una opción.

–Humm. Una postura demasiado noble, mi amor, especialmente viniendo de ti. Y pensar que yo creía que precisamente tú me entenderías...

Ella negó con la cabeza.

–Este no eres tú –dijo con voz ronca. Le temblaban las manos–. Sé que sigues estando ahí dentro. Tu verdadero yo continúa ahí. Déjame ayudarte.

Por un momento, Evander dudó. Cedric creyó ver un destello de ternura en sus ojos oscuros, y las venas que los rodeaban retrocedieron ligeramente.

–¿Ayudarme? –Su voz sonó más suave–. No puedes ayudarme, amor. Ya no. Varyth se aseguró de eso.

Elyria dio otro paso hacia él y Cedric la siguió, como si estuviera atado a ella. Estaba llorando, y Cedric sintió el deseo de soltar la espada para enjugarle las lágrimas. Sin embargo, mantuvo la hoja apuntando a Evander, aunque este parecía haberse olvidado por completo de él.

–Cuéntame qué pasó –suplicó ella.

La expresión de Evander se volvió impenetrable: de ella desapareció todo rastro de emoción.

–Cambiamos una vida por otra –respondió con naturalidad–.

Ese fue el precio. Varyth escapó usando mi vínculo con el Crisol para romper el suyo; solo que, en lugar de matarme directamente, su magia oscura me mantuvo con vida.

Atado a este lugar –añadió con desagrado, haciendo un aspaviento amplio que abarcaba la estancia–, pero vivo.

Yo era su pequeño secreto, su perro guardián que esperaba en las sombras.

Debía mantenerme oculto del Tribunal, sin que me viera, hasta que comenzara el siguiente Crisol y apareciera alguien lo bastante digno como para liberarnos a todos.

Comenzó a pasearse, volteando su espada oscura como si fuera un juguete en lugar de un arma mortal. Apenas les dedicó una mirada a los otros adalides, que seguían desplomados o encogidos por la sala. Thraigg gruñó cuando Evander se acercó, pero no logró ponerse de pie.

–Pero, ay, esperar es tan agotador... –continuó Evander–.

Y puede que Varyth necesitara a alguien digno para obtener la corona, pero sus promesas han ido perdiendo fuerza con el paso de los años.

Ya no me conformaba con sentarme y esperar.

Me cansé de observar. El Tribunal es demasiado lento, así que pensé que sería mejor echarle una mano.

Elyria aspiró con un siseo agudo.

–¿Qué...? ¿Qué le has hecho al Tribunal?

–Nada –replicó con un bufido–. Ojalá pudiera «hacerle» algo...

Por desgracia, no existe ningún poder en este plano capaz de afectar a una celestial.

Pero sí pude impedir que se pusiera en contacto con vosotros.

¿Es tan terrible que me apeteciera ver cómo os las apañabais en la tercera prueba sin su guía?