Capítulo 50
Caída
Elyria
M e está besando.
Sus labios contra los míos, aprisionándome, inmovilizándome. Al principio suaves, tímidos, tiernos.
Después, urgentes, necesitados. Una explosión de ira, tristeza, arrepentimiento y deseo.
Tanto deseo...
Llevo veinticinco años huyendo del deseo, del deseo auténtico, y desde mucho antes vivía refugiada tras un muro impenetrable.
Luego les abrí una puerta a Evander, a Kit.
Dejé que se formaran entradas en mi muro para permitir el paso a mi familia elegida, pero era mi decisión mantenerlas abiertas o cerradas con llave.
Debería haber supuesto que él derribaría la muralla entera.
Entreabro los labios y su aroma a sándalo quemado me envuelve. Enredo los dedos en su pelo y lo atraigo hacia mí. Sabe a fuego, a poder y a luz. Es cálido y me hace sentir segura.
Me rodea la cintura con un brazo y...
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo, desde los dedos de los pies hasta la punta de las alas, cuyos bordes acaricia suavemente.
Es la primera vez que alguien me toca las alas desde que Evander entró en el Crisol Arcano.
Pensaba que me horrorizaría, que el contacto de otra mano me haría entrar en pánico.
Y no es así.
Nunca fue así con él.
Es como si el calor fluyera desde sus dedos, como si su fuego iluminara mis alas. No me abrasa. No me quema.
Me ilumina.
No es una pira: es el fuego del hogar.
Él es mi hogar.
Él es mío.
–Elle –susurra, y vuelvo a estremecerme. Mi nombre en su boca me afecta. Lo odio. Lo amo. Lo ansío.
Con una delicadeza infinita, sujeta mi ala entre los dedos y roza el borde con la yema del pulgar mientras sus labios se acercan a mi oreja, a mi cuello. Y ese calor se desplaza a otro lugar.
El ardor crece en el centro de mi vientre, justo debajo de mi ombligo, y si no estuviera segura de que Aurelia observa cada uno de nuestros movimientos, esperando a que tomemos esta decisión imposible, si creyera que estamos solos...
, lo arrojaría al suelo al instante. Me quitaría la ropa, estas prendas demasiado ajustadas y opresivas, y se la arrancaría a él.
Lo aprisionaría entre mis muslos y me aseguraría de que entendiera lo que realmente significa vivir.
Se lo mostraría todo.
Le doy otro beso tierno en los labios antes de separarme para contemplar el fuego de sus ojos. Me fijo en el fino borde de oro de sus iris, la línea de su mandíbula y la cicatriz de su labio superior, el recuerdo de un pasado desgarrador.
Me sonríe, y la aurora pinta una puesta de sol en su hermosa piel dorada.
Le devuelvo la sonrisa.
Y entonces, se queda tan quieto que pienso que el tiempo se ha detenido.
Salvo por la forma en que desorbita los ojos.
Por el leve jadeo que se escapa de sus labios.
Y deja de estar quieto.
Se desliza, aparta el brazo de mi cintura.
No entiendo nada...
Hasta que bajo la vista y lo veo desplomado de rodillas, con una mano crispada contra el pecho.
Entre sus dedos está la empuñadura de la daga. No me di cuenta de que me la había quitado.
La daga que acaba de usar para atravesarse el corazón.
Es como si la hubiera clavado en el mío.
Ojalá el tiempo se hubiera detenido...
Ojalá hubiéramos tenido más.
Me agacho y lo atraigo hacia mi pecho. Desprende un calor dife rente, demasiado ardiente, demasiado húmedo, demasiado espeso.
Quiero llorar, gritar, chillar, golpear algo.
No se me escapan las lágrimas. ¿O sí?
Entre sus labios apretados se dibuja una línea oscura de san gre. Una gota crece en la comisura y resbala por la piel como una lágrima solitaria.
Me acaricia la cara y me enjuga la humedad de la mejilla.
–Haz que merezca la pena, Elle –susurra.
Cierra los ojos.
Y Cedric Thorne muere con una sonrisa en los labios.