Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 42
75%

Capítulo 42

Reencuentro imposible

Elyria

E ra imposible.

Más que imposible.

Cada célula del cuerpo de Elyria estaba en suspenso, congelada. Apenas podía respirar. Pero allí estaba él, casi exactamente como lo recordaba.

Cabello oscuro. Piel bronceada. Alas iridiscentes en negro y oro.

Kit contuvo un grito cuando Evander salió de las sombras.

Después, se desplomó en el suelo de piedra del Santuario, con los ojos desparejados clavados en su hermano. Unas gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas morenas.

–¿Có...? ¿Cómo es posible?

–Empezaba a preocuparme que te hubieras rendido, Kitty Kat –dijo Evander, con un tono de sorna dulce que Elyria conocía a la perfección... y que amaba.

El corazón le martilleaba en el pecho y atronaba en sus oídos. Se sentía como si estuviera sumergida bajo el agua, suspendida en el tiempo y el espacio. El deseo de correr hacia él y de tocarlo luchaba con el instinto que le susurraba una advertencia urgente.

No lo entendía, no podía entenderlo.

Y no era la única.

–¿Quién eres? –La voz de Nox no sonó exactamente acusatoria, pero tenía un matiz de aprensión.

–¿Qué es esto? –preguntó Cedric casi al mismo tiempo, y la voz del caballero rasgó la bruma embotada de la mente de Elyria como un látigo de cristal.

–Ya conocéis a mi hermana –dijo Evander, arrodillándose junto a Kit y rodeándole los hombros mientras ella rompía a sollozar con más fuerza.

Elyria seguía sin moverse ni un centímetro. Notó el calor que desprendía el cuerpo de Cedric cuando el caballero se acercó a ella, tenso y suspicaz. Le temblaban los dedos, como si ansiara empuñar su espada.

Los ojos dorados de Evander se posaron en Elyria, y sintió que se le paraba el corazón.

–Y también conocéis a mi amor –dijo–. Me llamo Evander Ravenswing y llevo mucho tiempo esperando a que vinierais.

–Explícamelo otra vez –exigió Elyria con voz temblorosa.

Evander, arrellanado con las piernas abiertas a su izquierda, se lamía el pulgar para limpiar el jugo de la fresa que se acababa de comer.

–Ya te he contado todo lo que recuerdo –respondió.

–Por eso he dicho «otra vez».

Evander esbozó una sonrisa, y a Elyria se le hizo un nudo en el estómago.

Le habían salido exactamente las mismas arruguitas alrededor de los ojos.

El hoyuelo que le asomaba al son reír –solo en el lado izquierdo, no en el derecho– había aparecido exactamente en el mismo lugar.

Y Elyria quería creer que era real. Lo deseaba con todas sus fuerzas.

Pero no podía. Era incapaz de confiar en su expresión medida y sus reacciones perfectamente controladas, como si hubiera ensayado para la ocasión.

No podía dejarse llevar por la abrumadora sensación de alivio que pugnaba por abrirse paso en su interior.

Se negaba a permitírselo. Era imposible que aquello no fuera una nueva trampa especialmente cruel, otra ilusión del Crisol.

Kit no sentía esos reparos; era evidente por la forma en que miraba a su hermano, como si fuera la encarnación de todo lo que siempre había deseado, la realización de todos sus sueños.

Evander suspiró alegremente sin perder la sonrisa, como si estuviera ligeramente exasperado, pero dispuesto a seguirle el juego.

Era un suspiro que Elyria recordaba bien, pero en ese momento percibió un filo justo debajo de la superficie.

Como si aquella reacción, réplica del pasado, fuera... demasiado perfecta.

–Mis compañeros adalides cayeron uno por uno en las pruebas –dijo Evander–. Al final, cuando superamos la prueba de la Magia, solo quedábamos yo... y él.

–Varyth Malchior –dijo Nox, sacudiendo la cabeza como si intentara espantar una idea tan ridícula.

Elyria entendía su reacción; ella misma casi había soltado una carcajada la primera vez que Evander lo mencionó. A esas alturas, el líder del temible Culto de Malakar ya no parecía una persona real, sino el villano de un cuento infantil.

El siguiente suspiro de Evander fue mucho menos afable.

–Sí. Ya lo había dicho.

–Tendréis que disculpar nuestro escepticismo, lord Ravens­wing –dijo Cedric con corrección, y Elyria se atragantó con el vino al oír el tratamiento honorífico.

Evander se volvió hacia Elyria.

–Tu humano es muy educado –dijo, con una sonrisa burlona en sus labios carnosos.

Ella dio un pequeño sorbo para evitar poner mala cara. Cedric, por su parte, ignoró la ironía.

–Es comprensible que nos cueste asimilarlo –insistió–. Creer que Varyth Malchior no solo entró en el último Crisol, sino que, supuestamente, salió de él cuando nadie lo ha conseguido nunca...

–Sí, bueno, ¿qué más se puede esperar de un descendiente del mismísimo hechicero oscuro?

–Evander recorrió a Cedric con sus ojos dorados, como si lo estuviera evaluando, y Elyria sintió una punzada en el pecho–.

Soy consciente de cómo suena. Sé cómo reaccionaría yo si estuviera en vuestro lugar, pero creedme: ese hombre es real, y os aseguro que no ha estado atrapado aquí conmigo todo este tiempo.

–Está ahí fuera –musitó Zephyr.

–Sin embargo, no reclamó la corona, ¿no? –preguntó Thraigg con voz ronca.

Evander asintió.

–No porque no lo intentara, créeme. Pero parece que, cuan­­do los celestiales crearon el Crisol, ya sabían lo oscura que podía ser la magia de Malakar.

Cedric arqueó las cejas.

–¿Qué significa eso?

–Significa que no le permitieron reclamar la corona ni siquiera después de que llegáramos a la prueba final.

–¿La prueba de la Concordia? –preguntó Kit con entusiasmo.

–Sí. La última barrera entre el adalid y la corona.

–Evander le dio un golpecito en la nariz con el dedo, y ella sonrió–.

Malchior no pudo superarla y yo me negué a ayudarle, pero mani puló algunas partes del Crisol con su magia maligna y logró romper el vínculo con el Santuario. Escapó y me dejó aquí.

–¿Y has estado prisionero en el Crisol todo este tiempo? –preguntó Cedric, casi a coro con Elyria, que dijo:

–¿Has estado solo todos estos años?

–Sí.

Ella sintió que la invadía la vergüenza, como un veneno que corriera por sus venas. Veinticinco años... Evander había pasado veinticinco años atrapado en esa prisión, mientras ella ahogaba sus penas en alcohol y acostándose con cualquiera que le llamara la atención.

–¿Y no...? –comenzó a decir, pero se mordió la lengua.

–Di lo que piensas, amor –la animó Evander, inclinándose hacia ella–. Espero que no empecemos ahora a guardarnos secretos.

Cedric se tensó visiblemente.

–¿No...? ¿No te has vuelto loco? –preguntó Elyria.

–Siempre supe que, si esperaba lo suficiente, alguien vendría a buscarme. Recé a los celestiales todos los días por ello. Recé para que fueras tú.

El corazón de Elyria se partió en mil pedazos.

–¿Y por qué no te habíamos visto hasta ahora? –preguntó Nox, de nuevo con ese mismo tono de curiosidad..., con un matiz afilado.

–¿Quién soy yo para comprender los designios de los celestiales? –repuso Evander con una risita–. Simplemente, hasta ahora no podíais verme.

Vaya, qué conveniente , pensó Elyria sin poder evitarlo. Se le agolpaban miles de preguntas en la mente; pero antes de que pudiera formular ninguna, Evander continuó hablando:

–Sin embargo, yo sí te veía. Te he estado observando y esperando –dijo Evander.

Elyria notó que se le calentaban las mejillas. No quería saber si había sido testigo de lo que casi había sucedido con Cedric a la luz de la luna, ni de los muchos momentos compartidos. Le costó encontrar las palabras; se resistían a salir de sus labios.

–Yo... No tenía ni idea. Pensaba que te había perdido.

Evander apoyó la mano sobre la de ella, y se quedó paralizada.

–Es una pena. Esperaba que supieras que no hay nada, ni en este mundo ni en el siguiente, que pueda alejarme de ti para siempre.

Pasaron varios segundos de silencio sepulcral.

El corazón de Elyria latía demasiado rápido.

Se quedó mirando las manos unidas: la de Evander, grande y pesada, sobre la suya.

Él observó sus hombros, como si estuviera buscando las alas que ella ni siquiera había considerado revelar.

Imposible. No mientras la familiaridad y la extrañeza libraran una guerra en su corazón.

Quería aferrarse a su mano y no soltarla jamás. Quería apartarla de un manotazo. Su cuerpo resolvió la contradicción poniéndose tan rígido que creyó que iba a quebrarse. No sabía cómo asimilar la presencia de Evander, su reaparición, sumada a todo lo demás.

En ese momento, Cedric le rozó el brazo y Elyria sintió una calma repentina, como si el contacto con el caballero la ayudara a mantenerse con los pies en la tierra.

Sus sombras vibraron, y el tirón de su pecho se tensó un poco, atrayéndola, aunque Cedric estuviera paseando la mirada de Evander a ella y a sus manos entrelazadas.

–Y ahora, ¿qué? –preguntó de pronto Thraigg, y Elyria agradeció que interrumpiera la vorágine de sus pensamientos–. ¿Qué hacemos ahora?

Evander torció la cabeza.

–¿Qué quieres decir?

–Pues que no sabemos cómo se supone que debemos continuar –explicó Kit, sacudiendo la cabeza–. El Tribunal no nos ha dado ninguna instrucción y no tenemos ni idea de lo que implica la prueba de la Concordia.

Evander hizo una pausa.

–Entiendo –dijo simplemente, pero hubo algo en aquellas palabras que hizo que Elyria se pusiera en guardia.

–Pero no te preocupes, hermano –dijo Kit, poniéndose en pie de un salto–. Estamos aquí, estamos juntos y no pararemos hasta salir de este lugar. Al cuerno con la corona: si Varyth Malchior fue capaz de escapar sin reclamarla, nosotros también podremos. Sinceramente, yo no vine aquí por ella.

–Hum... –murmuró Evander, pensativo, antes de soltar la mano de Elyria. Se puso de pie y cruzó las manos con naturalidad tras la nuca.

En el instante en que él rompió el contacto, Elyria se llevó la mano al pecho, como si quisiera alejarla de él por instinto. Pero no. Lo que realmente le pedía el cuerpo, lo que exigía su sombra, era que agarrara la mano de Cedric en su lugar.

Evander apretó los labios en una línea mientras la observaba, como si lo supiera. Buscando desesperadamente una distracción, Elyria se apresuró a seguir hablando:

–Tú conoces este sitio – Desde hace veinticinco años , añadió su culpable vocecilla interior–. ¿Sabes qué hacer?

Evander frunció el ceño.

–Me temo que sí. –Empezó a pasearse detrás de Kit y Elyria, como si estuviera reflexionando. Pero, bajo aquel aire pensativo, el gesto concentrado y los labios apretados, había una elegancia depredadora en sus movimientos que le provocó escalofríos a Elyria.

–¿Lo temes? ¿A qué te refieres? ¿Qué se supone que tiene que pasar?

Él la taladró con sus ojos dorados y Elyria sintió que el mundo entero daba un vuelco. No había nada cálido, jovial ni amable en esos ojos, nada familiar. Solo frialdad, cálculo y una determinación gélida.

Se quedó helada. Sus piernas no respondían; era incapaz de hablar. Evander se detuvo justo detrás de Kit y dijo:

–Alguien tiene que morir.

Y entonces sucedió. Fue todo demasiado rápido. Sin previo aviso.

Un destello de acero oscuro.

Un suspiro roto.

El tiempo se detuvo.

Y se volvió a poner en marcha entre gritos, golpes, voces y alaridos, ninguno más desgarrador que el de Elyria mientras miraba la mancha carmesí que se extendía por el pecho de Kit... y la hoja ensangrentada de la espada que Evander acababa de clavar en la espalda de su hermana.