Capítulo 41 #3
–Sé lo que es cargar con el peso constante de la culpa, sentir que hay algo mal en tu interior y permitir que te consuma hasta que no queda de ti más que humo y cicatrices.
Yo estuve huyendo de mi poder durante años, huyendo de mí misma.
Después de la muerte de Evander, me sentía culpable por no ser lo bastante fuerte, por ser incapaz de controlarlo.
Pensaba que, de haber sido más fuerte, de no haber tenido tanto miedo de lo que podía hacer, él continuaría aquí.
–Se encontró con la mirada de Kit, que parecía desconcertada–.
Solo lo hizo para ayudarme, ¿sabes? Entró en el último Crisol porque creía que, con el poder de la corona, podría liberarme de esto.
–Abrió la mano libre y una voluta de sombra bailó sobre el vendaje de su palma–.
Creía que, finalmente, podría darme... paz.
Se le quebró la voz al pronunciar la última palabra. Cedric no supo qué responder. Tampoco creía que ella necesitara una respuesta. Aquella confesión era importante, y no solo estaba destinada a él, sino también a sí misma. Se limitó a escucharla, acariciando el dorso de su mano con el pulgar.
–Durante veinticinco años, dondequiera que mirara solo veía lugares en los que no estaba él.
Cada vez que entraba en una habitación, cuando doblaba una esquina, se me iban los ojos a los sitios en los que esperaba encontrarlo: sentado en su sillón favorito, leyendo en su lado de la cama, llenando una palangana para el ama de llaves con un chasquido de dedos...
Pensaba incluso en las cosas de las que antes me quejaba.
–Con un suspiro, Elyria cerró la mano y la voluta de magia se esfumó–.
Ahora daría cualquier cosa por que siguiera haciéndolas, aunque me estuviera ignorando. En ese caso, todavía estaría aquí.
–Evander nunca hubiera querido que dejaras de vivir, Ellie –murmuró Kit, acercándose a ella para arrodillarse a su lado–. Ojalá hubiera sabido que cargaste con esto durante todos estos años.
Una sola lágrima rodó por la pálida mejilla de Elyria, y Cedric resistió el impulso de secársela.
–Ya podrías haber arriesgado la vida antes; habríamos tenido mucho más tiempo para disfrutar –repuso Elyria con una risa ahogada.
Kit le dio un golpecito en el hombro.
–Después de esto, tendremos muchas oportunidades para recuperar el tiempo perdido –dijo.
Elyria soltó la mano de Cedric y agarró la de su amiga.
–Después –repitió, y a Cedric se le encogió el corazón.
Quería hablar con ella, decirle algo, reconocer que había una especie de vínculo extraño, un hilo entre ellos. Quería preguntarle si ella también lo sentía.
Tenía que sentirlo.
Pero, antes de que pudiera decir nada, Kit se levantó y ayudó a Elyria a ponerse de pie.
–En fin, lo primero es lo primero –dijo Kit.
–¿Te refieres a salir de aquí? –preguntó Elyria.
Kit asintió, se volvió y se dirigió a todos los demás:
–¿Alguien sabe qué se supone que debemos hacer ahora?
Nox emitió un murmullo pensativo mientras se levantaba y se acercaba.
–Encuentro muy curioso que el Tribunal no haya vuelto a comunicarse con nosotros, ¿no creéis?
–¿Curioso? Es jodidamente desconcertante –gruñó Thraigg.
–Desde luego –convino Kit–. ¿Dónde está la felicitación por haber sobrevivido a otra prueba? ¿Y las indicaciones ominosas de lo que nos espera en la última?
–¿Qué te hace pensar que solo queda una? –preguntó Cedric.
–Ah, ¿aún no te ha contado su teoría? –preguntó Elyria, y el caballero negó con la cabeza–. Verás, Kit está convencida de que, cuando el Tribunal se presentó en el castillo de Lumin, nos dio pistas de lo que nos esperaba.
–¿Y me equivoco? –Kit parecía ofendida–. Nos dijo que las pruebas exigirían fuerza y poder, y que pondrían a prueba nuestra determinación y nuestro espíritu. Prueba de la fuerza, hecha. Prueba del espíritu, hecha.
–¿Prueba de la magia?
–Poder, magia –le dirigió a su amiga una mirada furibunda–. Detalles.
Elyria chasqueó la lengua.
–Y eso significa que nos queda... ¿la prueba de la determinación, quizá? No le veo ningún sentido.
–¿La prueba consiste en ver cuánto tiempo estamos dispuestos a esperar aquí como idiotas? –refunfuñó Thraigg.
–Quizá las palabras del Tribunal no coincidan exactamente con lo que hemos pasado –dijo Cedric–. Pero la profecía sí concuerda.
–¿La profecía? –repitió Elyria.
Cedric carraspeó y empezó a recitar:
–«De la sombra y el fuego se forjarán adalides en el Crisol del destino. Fuerza, espíritu, magia y concordia determinarán su sino».
Vio que Elyria sonreía con sorna, y se puso tan nervioso que no continuó con los dos últimos versos. Sin embargo, nadie más pareció darse cuenta.
–Entonces, no sería una prueba de determinación, sino de concordia –aventuró Kit, frunciendo el ceño.
Una oleada de frío llenó la sala y cubrió a los adalides como un sudario.
Cedric no entendía nada. No comprendía por qué Elyria se había quedado repentinamente rígida, con el aliento entrecortado y la mirada fija en un punto detrás de la cabeza plateada como la luna de Kit.
No entendía la expresión de absoluta incredulidad de su rostro.
Ni siquiera cuando una voz –grave, masculina y suave, que Cedric estaba seguro de no haber oído nunca– cortó el silencio como un cuchillo:
–Siempre supe que eras la más lista.