Capítulo 41 #2
–Sí lo fue.
–Ya te he dicho que dejes de pedir perdón –replicó ella entre dientes–. No es la primera vez que salgo herida ni será la última.
–Lo sé. Pero debería serlo –dijo él con voz tensa–. Y te juro que yo nunca volveré a ser la causa de tu dolor.
Elyria esbozó una sonrisa triste.
–No puedes prometer eso –dijo.
–Puedo y lo haré.
Se lo debía. Le debía más que eso. Aquella herida se la había hecho él, y sintió una punzada ardiente de vergüenza al recordar lo mucho que había odiado a la Revivida. Tenía mucho que compensarle.
De pronto, vio una venda limpia ante sus ojos y parpadeó. La manita verde de Zephyr la sostenía ante su cara. Casi se había olvidado de la silvana.
–Gracias –dijo, envolviendo el brazo de Elyria con cuidado. Zephyr le dio una palmadita en el hombro y, por un segundo, pareció indecisa, como si quisiera decir algo. Sin embargo, se alejó antes de que pudiera preguntarle nada. En todo caso, ya tenía demasiadas cosas en la cabeza en ese momento.
Como si le hubiera leído la mente, Elyria puso la mano sobre la suya. El contacto irradiaba calor, una tibieza distinta a la que estaba acostumbrado a sentir. Más que calor, parecía... luz. La pulsión que sentía en el pecho se intensificó.
Si ella sentía algo similar, no lo demostró. Solo siguió sosteniendo la mano de Cedric.
–Sé lo que es tener un poder dentro de ti que no sabes cómo controlar –le dijo.
–Ni siquiera alcanzo a entender que ese «poder» esté en mi interior, y mucho menos que sea algo que se pueda controlar.
Deberías alejarte de mí –confesó él, aunque algo en su interior se rebelaba ante sus propias palabras.
No tenía fuerza de voluntad para poner distancia entre ambos; de hecho, algo parecía gritarle que hiciera justo lo contrario.
Así que, en lugar de apartarse, giró la mano de Elyria y empezó a acariciar suavemente su palma con las yemas de los dedos.
Ella contuvo una carcajada.
–No te tengo miedo.
Él paró de recorrer las líneas de su palma y alzó la vista para enfrentarse a las brillantes esmeraldas de sus ojos.
–Tal vez deberías.
–Quizá tú deberías dejar de tener miedo de ti mismo –sentenció con una mirada inquebrantable, mientras enlazaba los dedos entre los suyos–. No estás solo en esto. Estamos muy cerca, puedo sentirlo; estamos a punto de llegar al final. Pase lo que pase después, podemos afrontarlo... juntos.
«Juntos».
La palabra resonó como un tañido en sus oídos y terminó de disipar la angustia que le oprimía el corazón. Por primera vez desde que recuperó la conciencia, sintió que podía respirar de verdad.
–Lo siento...
–Cedric, te juro por Solaris, Lunara, Gaia y Noctis que, si repites una vez más esas palabras...
Él apretó los labios.
–Intentaré disculparme menos –dijo con una leve sonrisa–, siempre que me prometas que tú intentarás relajarte siempre que puedas –añadió, recordando lo que ella misma le había dicho antes de la segunda prueba.
Elyria frunció los labios, hinchando los carrillos, y Cedric supo que estaba conteniendo una carcajada. Por suerte para él, perdió la batalla y una sonrisa radiante se extendió por su rostro. Fue como si un rayo de sol atravesara un cielo nublado.
–Yo creo que los dos salimos perdiendo –replicó ella, y la leve sonrisa que se asomaba a las comisuras de Cedric se abrió hasta convertirse en una risa.
Una auténtica carcajada.
Elyria lo miró fijamente, y las motas plateadas de sus ojos titilaron como estrellas en una noche ventosa.
–¡Pero si es capaz de reír! Estoy estupefacta –exclamó con voz burlona, mientras flexionaba el brazo vendado como si estuviera comprobando si había hecho un buen trabajo–. ¿El fuego te ha quemado la melancolía?
Era una broma, un intento de mantener la cercanía que habían alcanzado, y Cedric lo sabía.
Sin embargo, la pregunta fue como un mazazo, un recordatorio de lo mucho que había cambiado desde que había cruzado el Portal.
Todo lo sucedido hacía que se cuestionara cuánto se debía al Crisol y cuánto a sí mismo, y si había algo en su interior que estaba despertando lentamente.
La idea lo torturaba desde el instante en que el fuego había brotado de su cuerpo.
No, desde antes: desde que había salido arrastrándose del lago de fuego y humo, como si hubiera vuelto a nacer.
Quizá desde la primera vez que había sentido aquel calor que se enroscaba en su pecho y aguardaba a que llegara el momento de liberarse.
–¿Qué me pasa? –murmuró con un jadeo entrecortado.
Elyria esbozó una sonrisa.
–Venga ya, la respuesta es muy sencilla. –Se le dulcificó la expresión y se irguió en el asiento, sin soltarle la mano. Sus dedos se entrelazaban sobre el banco de piedra entre sus cuerpos–. No te pasa nada, Cedric.
–Siento que todo lo que ha sucedido es culpa mía –masculló–. Es culpa mía que estés herida. Es culpa mía que Gael haya muerto. Es culpa mía que...
Ella levantó la mano vendada y alzó el índice para detenerlo con expresión pensativa, como si estuviera sopesando cuidadosamente sus palabras.