Capítulo 41
Cicatrices
Cedric
S entado en el banco de piedra, Cedric se frotaba la cara, con los codos apoyados en las rodillas.
Sentía a Elyria a su lado. Un silencio pesado se extendía entre ellos, y el caballero sabía que la incomodidad de la fae, normalmente tan descarada, se debía a él.
Estaba más tensa que la cuerda de un arco.
Conocía bien esa sensación.
Todavía le dolía el pecho, pero no por las llamas.
Se habían extinguido hacía rato; habían desaparecido mientras permanecía allí sentado, callado e inmóvil, tras su...
combustión. Sin embargo, aún le dolía el recuerdo del calor que lo había consumido por dentro, que había brotado de él de forma tan incontrolable que, si Elyria no lo hubiera detenido, habría quemado el Santuario entero.
Se llevó la mano al torso y aferró la tela negra de su túnica. Distraídamente, pensó que sería una lástima destrozar otra prenda más.
Un ruido resonó en la sala, y Cedric levantó la vista hacia los demás adalides.
Kit y Zephyr se habían alejado cuando Elyria, harta de que revolotearan a su alrededor después de curarla, las echó con una mirada tan afilada que podría haberles cortado la cabeza de un tajo.
Se habían sentado con Thraigg, que parecía estar contando alguna historia bastante animada, a juzgar por cómo gesticulaba con su martillo.
Nox se sentaba a unos pasos de ellos, entre las sombras, bebiendo de una copa de bronce. Sus ojos intrigados iban de Cedric a Elyria, como si ambos fueran piezas de un rompecabezas que intentaba armar.
La historia que Thraigg estaba contando debía de haber terminado, porque todo lo que se oía ahora era el suave murmullo de la magia mezclado con los susurros apagados de Zephyr y Kit.
–¿Cedric está bien? –preguntó Kit en voz más alta.
Él respiró hondo; en realidad, era él quien debía contestar esa pregunta. ¿Pero qué iba a decir? ¿Que estaba bien? ¿Que no lo estaba? Las dos respuestas se quedaron atascadas en su garganta.
–Hay diferentes tipos de heridas –dijo Zephyr tras un silencio, con una emoción extraña en la voz–. No todas se curan fácilmente. Algunas dejan cicatrices mucho después de que hayan desaparecido todas las marcas.
Volvieron a quedarse en silencio.
Cedric apartó las manos de la cara y se miró las palmas abiertas.
Parecían tan normales... Flexionó los dedos, esperando a medias que brotara fuego de sus yemas, pero no ocurrió nada.
Solo sentía un cosquilleo bajo la piel, las brasas humeantes de una magia que, de alguna manera, vivía dentro de él: un horno que no tenía ni idea de cómo apagar.
¿Qué había sido eso?
¿Qué era él?
Apretó y aflojó los puños, deseando que las respuestas aparecieran escritas en las líneas de sus palmas. Pero no había nada, ni carne quemada ni cicatrices. Al menos, visibles.
Se recostó contra la pared y apoyó la cabeza en la fría piedra.
Con el movimiento, rozó el hombro de Elyria, pero ella no dijo nada.
Cedric se volvió ligeramente y atisbó el extenso vendaje que cubría su mano y ascendía por su brazo.
Le invadió una oleada de culpa. Detestaba que hubiera salido herida, haberle hecho daño una vez más.
–Lo siento –soltó de repente, rompiendo el tenso silencio.
–No pasa nada –respondió ella secamente, con el cuerpo rígido como si estuviera enfadada. No lo miraba, pero tampoco se había apartado.
No entendía por qué. Al fin y al cabo, el Santuario no le impedía abandonar esa sala. Maldición, incluso podía elegir dormitorio: había más puertas de las que podían ocupar los seis adalides que quedaban. La idea hizo que Cedric hundiera los hombros con abatimiento.
Habían entrado catorce adalides en el Crisol Arcano... o, para ser exactos, quince. Solo quedaban seis.
Volvió a fijarse en Elyria; despedía una tensión latente que parecía emanar en oleadas. Su mano ilesa estaba cerrada en un puño sobre el regazo, y exhalaba rápidamente por la nariz. Sí, definitivamente estaba enfadada. Indignada. Furiosa, incluso. Y tenía todo el derecho a estarlo.
Una vez más, había tenido que rescatarlo. De nuevo Cedric demostraba que era el eslabón más débil. Otra vez se habían visto obligados a esperarle a él.
Aunque... eso no era del todo cierto.
Habían pasado varias horas desde que Cedric despertara en el Santuario, y no se había producido una sola señal de lo que les esperaba después.
El Tribunal no los había elogiado ni felicitado.
No brillaba ninguna puerta. Cedric sospechaba que parte de la evidente frustración de Elyria se debía a que ninguno de los adalides sabía qué debían hacer a continuación.
–Entiendo que estés enfadada conmigo –dijo, tosiendo para aclararse la garganta. Continuaba teniendo la sensación de que sus pulmones estaban llenos de humo–. Y sé...
Ella se volvió.
–Pues claro que estoy enfadada –siseó, sin mirarle a los ojos–. Es más, estoy furiosa.
–Podías haberme dejado arder –replicó, con un susurro áspero que se quebró de forma patética.
Elyria se envaró, pero no respondió de inmediato. De hecho, se quedó callada tanto rato que Cedric se preguntó si lo habría oído.
Finalmente, la fae exhaló un suspiro largo y tembloroso y lo miró a los ojos.
–Eso, precisamente eso, es lo que me cabrea.
Él parpadeó, sorprendido.
–Todas las estupideces que soltaste antes de prenderte como una maldita antorcha... –continuó ella.
Al instante, todos los miedos que había expresado con palabras regresaron a su mente en un aluvión de destellos.
«No debería haber sobrevivido a la prueba».
«¿Cuántas veces debería haber muerto?».
«Ni siquiera habría superado la primera maldita prueba sin tu ayuda».
«Fíjate con qué facilidad fueron cayendo mis compañeros humanos. ¿Acaso tuvimos alguna oportunidad?».
«Debería estar muerto».
Los verdes ojos de Elyria ardían con tal fervor y crudeza que le resultó imposible apartar la vista. No habría podido hacerlo aunque hubiera querido.
Y no quería hacerlo.
–¿Crees que eres tan prescindible que no mereces ser salvado?
Mira, pues yo no estoy de acuerdo. Y, sinceramente, pre feriría que dejaras de lamentarte sin parar y de hablar de esas mierdas de sacrificarse –le espetó con voz ronca.
Sus palabras eran tan corrosivas como el ácido–.
¿Se te ha pasado por la imaginación que a lo mejor yo no quería que murieras?
Cedric tragó saliva. ¿Qué se suponía que debía responder a eso?
–Lo... Lo siento...
–¡Por las condenadas estrellas...! –Alzó las manos con impotencia mientras se ponía de pie, y el vendaje de su brazo se deslizó un poco–. ¡Deja de disculparte por estar vivo, Cedric!
Fue como una bofetada, pero las palabras de Elyria no eran un ataque. Sonaban a súplica, a exigencia, como si siguiera esperando a que él despertase.
¿Y acaso no se había prometido a sí mismo no obligar a nadie más a esperar por él?
Con un suspiro, Elyria se apartó de él e hizo amago de alejarse, pero Cedric le agarró la muñeca que no tenía vendada.
Fue un contacto suave, ligero como una pluma.
En el instante en que se rozaron, el caballero sintió un alivio abrumador en el pecho: el dolor se desvanecía como el vapor en el aire templado.
Tiró ligeramente de ella, con delicadeza, atrayéndola, y no se resistió. Volvió a sentarse de nuevo en el banco, con un gesto de aprensión en sus rasgos perfectos.
Parecía tan perdida como él.
–Tengo que revisar tu vendaje –susurró Zephyr entonces. La silvana, de pie delante de ellos, se revolvía incómoda, cambiando el peso de un pie a otro.
–Claro –dijo Elyria, impasible, levantando el brazo herido como si no hubiera ocurrido nada extraño en aquella sala.
Zephyr se puso a hurgar en su cinturón y Elyria retiró el brazo rápidamente, entrecerrando los ojos al fijarse en la latita que tenía en las manos.
–¿Eso a qué huele?
La silvana contuvo una risilla.
–Me temo que ya lo sabes –respondió–. Es el mismo ungüento que te di para los muslos.
Cedric no pudo evitar que se le fueran los ojos a las piernas de Elyria al pensar en las quemaduras que ocultaba su ropa de cuero.
Elyria soltó un gemido melodramático.
–Vale, pero solo porque sé que funciona. –Se pellizcó las fosas nasales y cerró los ojos con fuerza, poniendo una cara que parecía más propia de una niña consentida que de una guerrera fae centenaria. A Cedric se le aceleró el corazón.
–Permíteme –dijo él, tomando la lata de Zephyr con una mano y levantando con ternura el brazo vendado de Elyria con la otra.
Ella abrió los ojos de par en par y retiró el brazo de forma instintiva.
–No, no hace falta...
–Por favor –suplicó él, mirándola a los ojos–. Déjame hacerlo.
Ella vaciló, con una expresión indescifrable, y se inclinó un poco hacia él.
Fue un movimiento sutil, mínimo y, de no ser por la tirantez espesa que flotaba entre ambos, Cedric hubiera pensado que lo había imaginado.
Pero el aire estaba cargado de expectación; había una tensión palpable que parecía presagiar un choque... del tipo que fuera.
Sin embargo, Elyria terminó soltando un largo suspiro y le permitió que le manipulara el brazo.
A Cedric se le cortó la respiración al deshacer el vendaje y descubrir la quemadura de un rojo intenso.
Era peor de lo que había imaginado: la piel inmaculada estaba agrietada, en carne viva y con ampollas desde la palma de la mano hasta el codo, a pesar de que Zephyr ya le había hecho las primeras curas.
Había algunas zonas en las que asomaba piel nueva, brillante y rosada, pero la mayor parte del brazo estaba carbonizado, pelado y oscuro.
Tragó saliva y hundió dos dedos en el bálsamo –que, en efecto, apestaba–.
Lo aplicó con cuidado en la quemadura y Elyria soltó un leve gemido cuando rozó una zona especialmente dañada.
A Cedric le costó horrores no venirse abajo.
Se quedó petrificado, tentado de apartarse, pero retrasar la cura solo lo empeoraría.
–Lo siento –dijo–. Sabes que nunca fue mi intención...
–Lo sé –le interrumpió ella, con algo que parecía lástima–. No fue culpa tuya.
Él apretó la mandíbula.