Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 40
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Capítulo 40

Humo

Elyria

C edric era fuego encarnado.

No era el mismo resplandor rojo anaranjado que había cubierto a Gael de la punta del ala a los pies.

Unas llamas de color blanco dorado danzaban sobre su piel y se ondulaban en una marea de fuego que corría por su pecho, sus brazos y su rostro.

El aire centelleaba creando una bruma distorsionada, y los almohadones que tenía a los pies crepitaron hasta convertirse en montoncitos de ceniza grisácea.

El filo dorado de sus cálidos iris marrones se dilató y sus ojos brillaron como el mag­­ma, abiertos de par en par, ausentes.

Elyria no podía moverse. Apenas era capaz de respirar. Solo podía mirarlo conmocionada, intentando encajar todo lo que creía saber con lo que estaba viendo.

Siempre había habido algo diferente en el caballero humano; tenía que haber un motivo que explicara el extraño tirón que la atraía hacia él, algo que se había ido haciendo más evidente según avanzaban las pruebas.

Cuando lo vio caer en el magma... Aún sentía cómo se le había partido el corazón en mil pedazos al verlo hundirse en el lago de fuego.

Pero allí estaba.

Y era como si hubiera traído todo el fuego del lago consigo.

De repente, el cuerpo de Elyria volvió a moverse, y el tirón trémulo que sentía en su pecho la impulsó hacia delante. Se dejó llevar, sin pensar ni por un momento en resistirse.

Cedric trastabilló hacia atrás, jadeante. Se tensó, cerró con fuerza los ojos incandescentes y apretó los puños. El fuego que lamía su cuerpo creció, saltando como si intentara repeler un ataque.

Era un faro llameante en medio del vacío, una efigie celestial.

El asombro y el terror se apoderaron del pecho de Elyria, pero dio otro paso hacia él.

–Cedric –susurró.

Él no respondió. No reaccionó. Quizá ni siquiera la oyera entre el rugido del fuego.

Aun así, Elyria siguió repitiendo su nombre sin apartar los ojos de él, sin prestar atención a los gritos de advertencia de los demás.

Kit avanzó con las manos en alto y el agua fluyó por el aire, envolviendo a Cedric, solo para evaporarse en una ola de vapor.

Zephyr permanecía clavada en el sitio, con los labios verdosos entreabiertos por la sorpresa. Thraigg tenía la mandíbula desencajada.

–Va a consumirse –dijo Nox con tono neutro, como si no le preocupara en exceso, pero considerase que alguien debía saberlo.

–Cedric –repitió Elyria–. Cedric. ¡Cedric!

Seguía sin responder. Temblaba, con los puños apretados.

Ese fuego, esa llama –su llama–, fuera lo que fuera, viniera de donde viniera, iba a devorarlo.

Al recordar los dedos carbonizados de Gael y su piel desmoronándose calcinada, Elyria tragó saliva para contener la bilis que subía por su garganta.

No podía permitir que Cedric muriera así.

El Crisol no iba a llevárselo también a él.

Se acercó a él, como una marioneta movida por aquel hilo dorado, y un dolor agónico la invadió.

Las llamas blancas y doradas le mordieron la carne y, por un fugaz instante, dejó de encontrarse allí.

Estaba inmovilizada sobre una mesa en una taberna destrozada, y el repugnante contacto ígneo de Raefe le quemaba las piernas.

No.

No estaba en ese momento.

Cedric no era Raefe.

Y necesitaba ayuda.

La necesitaba a ella.

Con un aullido, metió la mano derecha en las llamas y la cerró alrededor del antebrazo de Cedric. El dolor se hizo insoportable mientras las llamas le mordían la piel. Se mordió con fuerza el labio y saboreó la sangre, intentando distraerse de aquella agonía.

No lo soltó. Le clavó los dedos mientras él intentaba apartarse y forcejeaba para liberarse de ella. Elyria tomó aire e invocó sus sombras, que fluyeron de su mano en volutas de humo y se enroscaron alrededor de Cedric.

Las sombras se retorcieron sobre el fuego y lo envolvieron en un manto de oscuridad fría. Elyria no habría sabido decir cuánto tiempo pasaron Cedric y ella entrelazados.

Fuego y naturaleza, sombra y sol.

Poco a poco, el incendio se consumió hasta que solo quedaron brasas humeantes que titilaban débilmente bajo la piel de Cedric.

Lentamente, las sombras –sus sombras– sofocaron las llamas.

Elyria sintió que se le doblaban las piernas y su poder se disipó en la nada. Cedric se derrumbó junto a ella, con los brazos enlazados. Se desplomaron juntos, yertos, vacíos.

Durante un minuto se quedaron en medio de la sala, con el pecho agitado y los ojos muy abiertos por la sorpresa. Cedric estaba pálido como un fantasma, con la ropa hecha jirones. Le temblaba todo el cuerpo.

Todavía sacudida por la impresión, Elyria ignoró el ardor de su brazo derecho y le agarró la mano.

–Estás a salvo. Estoy contigo –dijo, sintiendo que aquello ya lo había vivido antes.

Con gran esfuerzo, como si requiriera toda su concentración, Cedric asintió con la cabeza. Se pusieron en pie, apoyándose el uno en el otro, y avanzaron con dificultad hasta uno de los bancos de la sala. Zephyr y Kit daban vueltas con nerviosismo a su alrededor, sin saber muy bien cómo ayudarlos.

Elyria solo quería que todos se apartaran, que se alejaran. Cedric necesitaba un minuto para él. Solo uno.

La voz del caballero sonó ronca y áspera cuando preguntó, con la cabeza gacha:

–¿Qué soy?

Elyria no supo qué responderle. Ella se estaba haciendo la misma pregunta.