Capítulo 39
Hombre en llamas
Cedric
N o puedo respirar.
El fuego me asfixia.
Está por todas partes. Trepa por mis brazos y piernas, ruge en mis oídos, me abrasa la garganta y los pulmones. Veo borroso. Los muros del Santuario se curvan y retuercen como si se deformaran por el calor.
Bajo la vista y veo llamas blancas y doradas que lamen mis miembros y me chamuscan la ropa. ¿Se están fundiendo con mi cuerpo? ¿Me estoy calcinando?
No. Mi piel no se llena de ampollas. Mi carne no chisporrotea ni se desprende de mis huesos.
El calor abrasador y opresivo lo envuelve todo y, sin embargo, sigo sintiendo...
Frío.
Entonces descubro que el fuego no solo me rodea.
Está dentro de mí.
Siento cómo irradia desde mi pecho, cómo pulsa por mis extremidades a cada latido errático de mi corazón. Se expande, crece. Intenta liberarse.
Y lo está consiguiendo.
Me aprieto el pecho con las manos. Ahí es donde las llamas arden con mayor intensidad. Y, como chispas que prendieran leña seca, los recuerdos se encienden, uno tras otro.
Huellas carbonizadas en un poste de entrenamiento de madera.
La hipnótica llamada de la magia de Gael.
Un torbellino de fuego salvaje abrasando a los asesinos de mis padres, carbonizando su ropa y su carne mientras se quemaba la casa.
Todas las veces que he sentido esa chispa encendida en mi pe cho, ese ardor en las manos, ese hormigueo candente en mi cuello.
Siempre había pensado que era la manifestación física de mis emociones: el ardor de la cólera, la forma en que me afectaba la rabia.
Ahora lo veo.
No sentía que estaba ardiendo: es que lo hacía. Ardía.
Igual que ahora.
«¿Qué te pasa, mi pequeño fénix?».
El recuerdo de la voz de mi madre es un bálsamo contra el fuego que me envuelve y me devora. Su pequeño fénix...
Ella lo sabía.
¿Lo sabía?
Retrocedo tambaleante, jadeando. El calor se intensifica, las llamas que bailan contra mi piel se vuelven caóticas y brincan desde mi cuerpo trazando amplios arcos.
Esto no está bien. Todo está mal.
Yo estoy mal.
Cierro los ojos y aprieto los puños, intentando impedir que el fuego se propague.
No sé cómo.
Me invade el pánico.
Soy un monstruo.
Siempre he sido un monstruo.
Debería haberlo sabido. Debería haber...
Noto una presión, algo que acaricia mi conciencia. Una som bra se cierne sobre mí y me envuelve como una manta. Siento su susurro calmante. Es algo distinto.
Alguien distinto.
Una mano me rodea el brazo, con suavidad pero con firmeza.
«Para», quiero decirle.
No me toques.
Te haré daño. Te quemaré...
Me sacudo, me debato, me retuerzo. Intento librarme del contacto.
La mano me aprieta más, me sujeta con fuerza. Noto que ha empezado a temblar, pero no me suelta. Oigo un siseo de dolor, después un grito. Sigue sin soltarme.
Así que me aferro a esa sombra serena y fresca. Es un ancla en medio de la tormenta de fuego.
Me aferro... a ella.
Y lenta, muy lentamente, el infierno que arde en mi interior comienza a apagarse.