Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

Pensamientos monstruosos

Cedric

L os párpados de Cedric temblaron antes de abrirse y, por un momento, lo único que vio fue oscuridad.

Una negrura espesa y sofocante se aferraba a su mente, pegajosa como el almíbar. Movió los dedos de las manos y los pies, esperando un latigazo de dolor.

Pero no sintió nada.

Nada, excepto una extraña frialdad en el interior del pecho.

Sigo vivo , pensó.

Exhaló un suspiro tembloroso y el peso de la revelación lo aplastó.

Los recuerdos inundaron su mente en ráfagas fragmentadas: el rugido triple del wyrm resucitado, las llamas bailando sobre el lago, la explosión de poder que lo iluminó, la sensación de haber salido despedido...

y luego, el calor rodeándolo, consumiéndolo, corroyéndolo.

Sin embargo, allí estaba. Entero. Intacto. Presente.

Cuando no debería estarlo.

Intentó incorporarse, pero su cuerpo se resistió. Una mano le presionó con firmeza el hombro, haciendo que volviera a recostarse en la cama. No, no era una cama.

Pestañeó y la neblina se aclaró lentamente, dando paso a una luz tenue y familiar.

Distinguió un techo de piedra con intrincados grabados que se enroscaban en espiral hacia las esquinas.

Le daba la sensación de que alguien –algo– lo vigilaba mientras yacía sobre un montón de almohadas en medio de una sala.

Reconocía aquel lugar.

Había vuelto al Santuario Celestial.

Al mirar a su alrededor, distinguió a Zephyr arrodillada a su lado. Su alivio era tan intenso que parecía palpable.

–Bienvenido –dijo en voz baja–. Llevas inconsciente bastante tiempo.

–¿Cuánto? –La voz de Cedric sonó áspera y forzada. Le ardía la garganta como si hubiera tragado humo.

Ella se mordió el labio verdoso.

–Casi un día entero –admitió.

Sorprendido, se apoyó en los codos para incorporarse y se miró el cuerpo. Llevaba una túnica negra y unos pantalones holgados ceñidos a la cintura. Todos sus pesares desaparecieron momentáneamente al caer en la cuenta.

–¿Me has vestido tú?

Las mejillas de Zephyr se tornaron de un tono más oscuro de verde.

–No podíamos dejarte como estabas –tartamudeó.

Cedric oyó una risa ahogada y se volvió; Thraigg se acercaba tranquilamente.

–Ajá. Verás, aunque estuvieras medio muerto, una armadura carbonizada no era muy cómoda para dormir, muchacho. Lo poco que queda de ella está ahí. –El enano señaló con el pulgar las puertas de los dormitorios–. De ahí sacamos la ropa para ti.

–No te veo muy afectado –comentó Cedric, y Thraigg soltó una carcajada potente.

–¿Preferirías que estuviera retorciéndome las manos a tu lado, como esta? –Señaló a Zephyr.

–No te dejes engañar por la fanfarronería enana –replicó ella con una tímida sonrisa–. Estaba tan preocupado como todos los demás. –Señaló a Kit y Nox, que, sentados algo más allá, mostraban idénticas expresiones de preocupación.

Cedric apenas miró en su dirección. Solo buscaba a una persona.

La encontró enfrente, sentada en un banco largo.

Elyria, con las alas ocultas y expresión impasible, apoyaba la espalda en el muro de piedra mientras acariciaba con la yema del dedo el borde de una copa.

No miraba a Cedric: tenía los ojos entrecerrados, como si le pesaran los párpados.

Su cansancio no parecía solo físico, sino nacido de algo más profundo, y a Cedric le hizo un nudo en el estómago verlo.

Apartó la mirada de ella para observar a los demás adalides.

Kit esbozó una leve sonrisa que no llegó a iluminar sus ojos, mientras que Nox no alteró su expresión pensativa.

Thraigg, por su parte, se había acercado a una mesa cercana y daba buena cuenta de la fruta de una bandeja.

Cedric se sintió aliviado: fuera lo que fuera lo que les tuviera reservado el Crisol, matarlos de hambre no parecía formar parte del plan.

La sala estaba salpicaba de jarras y bandejas.

Si sumaba a Zephyr, que le ofrecía una jarra de agua y un panecillo, no había más adalides.

Nadie más.

Aunque lo intuyera, la pregunta se le escapó de los labios.

–¿Gael?

Zephyr negó con la cabeza.

Sintió una punzada en los ojos. El grupo se había reducido tanto...

Sabía que era absurdo lamentarse, e imaginó la voz de lord Church susurrando a su oído, insistiendo en que controlara sus emociones.

Aunque le había resultado imposible hacerlo desde el instante en que pisó el castillo de Lumin, lo cierto era que no tenía sentido torturarse.

Al fin y al cabo, era lo que tenía que pasar.

Solo una persona podía salir victoriosa al final.

Sintió una incómoda oleada de remordimiento.

No era solo vergüenza. Tampoco culpa. Se parecía más al duelo.

Y no solamente era por Cyren, por Gael y por todos los caídos, sino por sí mismo, por la persona que se suponía que debía ser, un hombre que había muerto en algún momento durante el Crisol: aquella persona que se preocupaba más por su misión que por aquellos que lo rodeaban.

Que no deseaba nada más que conseguir la corona para Havensreach, cumplir con su deber para con el rey y demostrar que lord Church había tenido razón al depositar su confianza en él.

Apenas reconocía a esa persona. Le costaba recordar la determinación que había sentido al atravesar el Portal del castillo de Lumin.

Quizá ese fuera el sentido de todo aquello.

En la segunda prueba, se había visto obligado a desprenderse de partes de sí mismo para revelar su verdad.

Tal vez cada una de las pruebas –cada encuentro cara a cara con la muerte– hubiera ido haciendo mella en él, erosionando a la persona que había sido al cruzar el umbral.

–Contadme qué pasó –pidió, incorporándose un poco.

Zephyr se quedó muy quieta.

–Bueno, después de que Cyren fuera... –se aclaró la garganta– capturado, Tenebris nos empujó a Thraigg y a mí a través de la puerta, así que no lo vi con mis propios ojos, pero Gael murió carbonizada al derrotar al wyrm. Eso fue justo después de que tú...

–Ya –musitó Cedric, recordando la explosión del poder de la obsidiana y las llamas rojas y naranjas–. Después de que yo cayera al lago.

–No tienes ni idea del alivio que sentimos cuando Elyria cruzó la puerta contigo –continuó la silvana con voz demasiado aguda, como si intentara ahuyentar la tristeza que flotaba en el aire.

–¿Elyria me trajo hasta aquí? –Se volvió hacia ella y la fae abrió de golpe los párpados, como si hubiera percibido su mirada. Sus brillantes ojos verdes se cruzaron con los de él por un instante y se evadieron de inmediato.

¿Por qué le evitaba? A esas alturas, Cedric ya no sentía confusión, como después del ataque de Belien, sino ira. ¿Esa era su nueva dinámica? ¿Él estaba a punto de morir, ella lo salvaba y luego actuaba como si no existiera? ¿Para qué se había molestado en salvarlo, entonces?

El miedo se retorcía en su interior como una serpiente enroscada que le clavara los colmillos. La sensación gélida de su pecho se volvió aún más fría.

Se obligó a sentarse del todo, ignorando la silenciosa protesta de Zephyr. Le daba vueltas la cabeza, pero apretó los dientes; la necesidad de respuestas era mucho más fuerte que el dolor de sus extremidades.

–Debería estar muerto –dijo.

Al principio nadie respondió, y el silencio se cernió sobre la habitación como un sudario.

–No debería haber sobrevivido a la prueba.

–¿Por qué dices eso? –La voz de Zephyr sonaba serena, pero Cedric creyó percibir un destello de algo más detrás de las palabras–. Por supuesto que sí.

El caballero apretó con fuerza una de las almohadas.

La suavidad del tejido contrastaba con la sensación áspera y desagradable que notaba pegada a la piel.

Era incapaz de explicar de dónde venía su furia, por qué estaba tan enfadado de pronto; pero estaba harto de sentirse inútil, de ser el eslabón más débil.

–Sabes que es verdad. ¡Ella sabe que es verdad!

–Señaló a Elyria, que dejó su copa, se levantó y comenzó a caminar hacia él–.

¿Cuántas veces debería haber muerto? El wyrm debería haberme matado.

El dragón debería haberme matado. ¡Mi propio recuerdo debería haberme matado!

–Se le quebró la voz–. Y, des­­de luego, ese maldito lago de fuego debería haberme matado.

Le dio un puñetazo a la almohada, sintiendo que se le de­sacompasaba la respiración mientras le invadía un torbellino de recuerdos: cómo se había hundido en el tormentoso lago de llamas, cómo el calor insoportable se había extendido por sus miembros, cómo se convertía en cenizas...

Y después..., nada. Nada de dolor. Nada de morir.

Se miró las palmas como si buscara respuestas en la piel intacta, carente de cicatrices.

–¿Qué es esto? –susurró.

Fue Elyria quien finalmente habló, con su voz melódica sorprendentemente suave.

–Cedric, no es nada...

–No –la interrumpió él–. No me digas que no es nada.

No me digas que estoy bien. No me digas que no hay nada vergonzoso en el hecho de que el supuesto gran adalid de Kingshelm ni siquiera habría superado la primera maldita prueba sin tu ayuda.

–De pronto, echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa hueca–.

Quizá esa sea la cuestión; fíjate con qué facilidad fueron cayendo mis compañeros humanos.

¿Acaso tuvimos alguna oportunidad? ¿Acaso lo que decía el Tribunal sobre la unidad no era más que una mentira piadosa, algo que nos animara, que despertara nuestro deseo de alcanzar la victoria, que nos impulsara a llegar más lejos?

–Los humanos no son los únicos que han caído en el Crisol –replicó Elyria con tono acerado.

Los demás intercambiaron miradas, el ambiente se volvió tenso. Pasó un largo instante antes de que nadie se atreviera a hablar.

–No importa cómo sucediera, Cedric. Lo que importa es que has sobrevivido –dijo Kit finalmente–. No sirve de nada que nos planteemos el cómo y el porqué...

–Es evidente que no hay ninguna explicación racional –­gruñó Cedric, sintiendo que la cordura se le escapaba cuanto más discutía. ¿Cómo era posible que no lo vieran? Algo no cuadraba; él había sobrevivido cuando no debería haberlo hecho–. Debería estar muerto. Lo sentí.

–Bueno, pues no lo estás –le espetó Elyria–.

Y tienes toda la razón: has estado a punto de morir una vez más.

Pero, en esta ocasión, no te he salvado yo; parece que fuiste tú mismo.

Lunara sabrá cómo, pero no te quites el mérito.

–Cedric se puso en pie de un salto y abrió la boca para protestar, pero ella no había terminado–.

Pero si la situación se repite, si vuelves a correr peligro...

Y sí, tienes razón, pareces atraer a la muerte, eres como una maldita polilla que se lanza a una llama, así que yo diría que hay muchas posibilidades de que vuelva a ocurrir...

, tienes que saber que no dudaría en salvarte.

Lo haría una y otra y otra vez, ¡porque no quiero que mueras, Cedric!

Sus ojos ardían mientras se encaraba con él. Su nariz estaba tan solo a unos centímetros de la de él.

–Tú eres quien me metió en la cabeza la idea de que tal vez exista la posibilidad de que salgamos vivos de aquí –añadió entre dientes–.

A estas alturas, me importa un bledo quién consiga la maldita corona: lo que quiero es eso.

Quiero el «después» que me prometiste, y no estoy dispuesta a perder a nadie más por los absurdos juegos de los celestiales.

Cedric negó con la cabeza. Su pulso era ensordecedor; su respiración, entrecortada. El frío glacial de su pecho se estaba extendiendo de forma inquietante por sus venas. La sensación se parecía un poco al maná, pero sabía que era imposible: su talismán estaba agotado.

–Yo... –Se llevó una mano temblorosa al corazón, tratando de contener la sensación–. Me pasa algo raro.

–Respira, chico. Concéntrate en respirar. –La voz de Thraigg era baja, contenida, el tono amable que se usaría para calmar a un animal que se revolviera en su jaula. Se acercó y apartó a Zephyr con un ademán de su brazo macizo.

–Cedric... –El fuego plateado de los ojos de Elyria se había transformado en preocupación. Extendió una mano, y él retrocedió instintivamente.

–No –masculló con voz estrangulada–. Hay algo... que no va bien. –Su cabeza daba vueltas. Él no encajaba en aquel lugar, no estaba hecho para aquello. Lord Church se había equivocado. Todo Havensreach se había equivocado. Él no era capaz de ganar. No servía para eso.

El aire de la estancia pareció cargarse de pronto: demasia­­do caliente, demasiado frío, demasiado ligero, demasiado denso. Sus pupilas erráticas se encontraron con las de Elyria durante una fracción de segundo, y vio una emoción indescifrable en su rostro.

–Cedric, tienes que tranquilizarte –dijo ella–. Vas a...

Entonces, Cedric se dio cuenta de que lo que se estaba extendiendo lentamente desde su pecho hasta sus venas no era hielo.

Era fuego.

El ardor bullía justo bajo su piel, agudo e intenso.

La luz estalló en su pecho e inundó toda la estancia.

Y Cedric ardió.