Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 37
67%

Capítulo 37

Polvo al polvo

Elyria

E l aullido de Gael atravesó el caos. Fue un sonido visceral, animal, surgido desde lo más hondo de su ser, que hizo que a Elyria se le helara la sangre. El rugido triplicado del wyrm rasgó el aire, y la pasarela se bamboleó a sus pies mientras retorcía las cabezas y chasqueaba los dientes.

Cyren había muerto. Elyria no acababa de concebirlo. Retrocedió con un tropiezo, entumecida y desbordada. Pero no había tiempo para lamentarse: las tres cabezas del wyrm se cernían sobre ellos. Sus fulgurantes ojos parpadeaban con indecisión, como si no supieran qué adalid devorar primero.

Los otros se pusieron en movimiento: Nox retrocedió hacia una sombra; Gael cayó de rodillas en la orilla; Kit echó a correr hacia la pasarela, donde aún estaba Elyria.

Cedric, con el pecho agitado, aferraba la espada ensangrentada en una mano mientras tiraba de Elyria con la otra. Se adelantó para interponerse entre ella y el wyrm, con las rodillas flexionadas en posición defensiva, preparándose para el siguiente ataque.

El wyrm respondió apuntando sus tres cabezas directamente hacia él.

–¡No! –chilló Elyria sin pensar. Sus sombras salieron despedidas como látigos oscuros, aferraron una de las cabezas del wyrm y tiraron hacia atrás, arrastrando a toda la bestia con ella.

Los tentáculos de sombra se tensaron, y a Elyria la invadió una oleada de poder desenfrenado. Podía hacerlo. Podía detenerlo. Solo necesitaban unos segundos: el tiempo suficiente para que Nox llegara hasta ellos, para alcanzar la puerta.

Por un instante, funcionó.

El wyrm retrocedió, sacudiendo las cabezas hacia atrás mientras las sombras de Elyria se clavaban en sus escamas.

Pero entonces la bestia se zambulló en el agua, tirando de la correa de sombras hacia abajo, más y más... hasta que tocó la obsidiana del fondo.

La reacción fue inmediata: del suelo brotó una ráfaga de energía oscura, y la obsidiana amplificó las sombras hasta volverlas salvajes e incontrolables. Elyria apenas tuvo tiempo de tomar aire antes de que una explosión desgarrara el aire.

El wyrm chilló de dolor, irguiéndose y convulsionando como si le hubiera alcanzado un rayo. La sangre caliente salpicó a Elyria en el brazo, pero, antes de que pudiera determinar lo grave que era la herida de la criatura, la onda expansiva la derribó al suelo.

Y no fue la única afectada.

El horror atravesó cada uno de sus pensamientos, cada nervio, cada latido de su corazón al ver que el estallido de su poder había alcanzado también a Cedric.

El caballero salió despedido fuera de la pasarela de obsidiana y desapareció en el lago de fuego con una llamarada y un chapoteo estremecedor.

Elyria sintió que se le helaban las entrañas.

Un zumbido inundó su mente. El mundo a su alrededor parecía borroso.

Y todo perdió importancia mientras sentía que su propio corazón se precipitaba al fuego, fundido con el humano.

Elyria se quedó paralizada frente al punto en el que Cedric se había hundido entre las llamas. No era real. No podía ser real. No después de todo lo que habían pasado, después de lo que él acababa de hacer para ayudarlos a todos, para ayudarla a ella.

Después de haberlo recuperado...

La oscuridad empezó a crecer en su pecho. Las sombras lamieron su piel y se arremolinaron en sus manos, amenazando con descontrolarse, con extenderse por el suelo de obsidiana y provocar otra explosión de poder que lo destruiría todo, tanto al wyrm que se retorcía sobre el puente como a ella misma.

El tiempo pareció detenerse. El mundo se congeló.

–¡Ellie! –El grito de Kit devolvió a Elyria al presente, y sus sombras se disiparon. En la orilla, Nox aferraba a Kit, que se debatía y pataleaba–. ¡Suéltame! ¡No pienso abandonarla!

Elyria le dirigió un asentimiento lleno de pesar a Nox: una orden silenciosa. Kit siempre sería la prioridad. Nox la llevaría hasta la puerta y, con suerte, la acompañaría hasta el final junto a Thraigg y Zephyr.

Mientras lo pensaba, los dos se fundieron en la sombra, reaparecieron junto a la puerta y cruzaron mientras Kit forcejeaba y gritaba.

Elyria se había quedado sola.

No, sola no.

Un destello rojo atrajo su mirada: Gael continuaba arrodillada en la orilla. Nox no había podido sacarla de allí.

Elyria tragó saliva con dificultad. Le pesaban las piernas y los brazos por el agotamiento, y su corazón retumbaba como un tambor. Tal vez no fueran sus latidos, sino el ruido que hacía su alma al romperse en pedazos.

Gael estaba antinaturalmente inmóvil, contemplando el lago ardiente, el wyrm que continuaba retorciéndose de dolor y el punto donde había estado Cyren. Batía débilmente su única ala, y la expresión de su rostro...

A Elyria se le cayó el alma a los pies. Conocía esa mirada.

–¡Gael, tienes que moverte! –gritó, corriendo por la pasarela hacia la fae.

De pronto, el wyrm pareció recuperarse, alzó las cabezas y tomó impulso para volver a atacar. Elyria abrió mucho los ojos al ver la sangre humeante que brotaba de una herida atroz: eso lo había provocado la explosión de su poder.

Gael, mientras tanto, no reaccionaba ni respondía a los gritos de Elyria. Estaba sumida en su dolor.

Sumida en su locura.

Un rugido desafiante rasgó los cielos, ahogando las advertencias de Elyria. Las tres cabezas sisearon y se lanzaron en picado sobre Gael.

Pero ella fue más rápida.

Fue tan repentino, tan inesperado, que Elyria tardó un instante en comprender lo que estaba sucediendo. En una décima de segundo, Gael pasó de estar paralizada, perdida en sus pensamientos, a saltar al lago de fuego hacia el wyrm, con el rostro retorcido en una mueca de rabia.

–¡Gael, no! –gritó, pero no sirvió de nada.

El poder de Gael se encendió con una fuerza aterradora, y las llamas lamieron sus brazos mientras atacaba a la bestia con una furia salvaje. Sus movimientos eran frenéticos, como si su cuerpo no fuera más que el conducto del poder incontrolado que ardía en su interior.

El wyrm gruñó y cercó a Gael con las tres cabezas, pero ella no se inmutó.

Las esquivó a una velocidad increíble mientras las llamas manaban sin descanso de sus manos, lanzando bolas de fuego que rebotaban contra las escamas de la bestia sin hacerle ningún daño.

A Elyria se le encogió el corazón. Claro que no le afectaban: era un wyrm de fuego, y Gael una ignimante.

Sin embargo, eso no la detuvo. La fae parecía una tormenta de furia y brasas que no cesaba de lanzar oleadas de poder contra el wyrm, un ángel de una sola ala salido directamente del cuarto infierno.

Milagrosamente, su estrategia empezó a funcionar.

El wyrm reculó, siseando de dolor cuando la magia alcanzó la carne expuesta de la herida que Elyria había abierto en sus escamas. No fue suficiente; su cuerpo serpentino se elevó del lago por encima de Gael como si se dispusiera a aplastarla.

Y, aun así, ella no se rindió.

Dio un salto, envuelta en llamas, y se lanzó sobre su enemigo. Elyria vio con un asombro aterrado cómo la ignimante se aferraba al monstruoso cuello y hundía las manos en la herida abierta.

Los ojos de Gael se encontraron con los de Elyria por un instante.

Y entonces, la fae se convirtió en una llama viviente: cada centímetro de su cuerpo, desde su larga melena hasta la punta de su única ala, estalló en un incendio pavoroso que penetró en la carne del wyrm, colándose por la herida hasta prender sus órganos y su sangre.

El hedor a carne carbonizada inundó el aire.

Elyria jamás había oído un sonido parecido al que emitió la bestia por triplicado mientras su colosal cuerpo se convulsionaba hasta caer yerto, consumido desde dentro.

Gael no gritó. No emitió ningún sonido mientras su rostro se contraía por la rabia, el dolor y el sufrimiento.

Se quedó completamente callada mientras su única ala se carbonizaba y su piel se volvía negra, se agrietaba y se abría.

Siguió empujando el fuego más hondo, y sus llamas ardieron con mayor brillo.

Con un último rugido, el wyrm cayó. Y el corazón de Elyria se hizo añicos cuando Gael se derrum­­bó sobre él. Las llamas aún chisporroteaban contra su cuerpo cuando la fae y la enorme bestia quedaron reducidas a cenizas.

Elyria estaba paralizada. Jadeaba de forma entrecortada, intentado asimilar lo que acababa de ver. Pensó que tal vez debería gritar, llorar, rebelarse contra la injusticia de todo aquello, pero no lo hizo. Era incapaz. Estaba entumecida. Vacía. Sola.

Todo había terminado.

Gael había muerto.

Cyren también.

Cedric...

Se desplomó de rodillas, hundida por el peso de la pérdida.

No podía pronunciarlo en voz alta.

Ni siquiera podía pensarlo.

Era demasiado.

Y entonces vio un movimiento por el rabillo del ojo. Una figura que salía arrastrándose de entre las llamas.

Se le paró el corazón.

No podía ser.

Se le cortó la respiración cuando Cedric emergió del fuego, con el cuerpo humeante y la armadura ennegrecida.

Era ilógico. Imposible. Inconcebible.

Pero era él.

Estaba vivo.

Cedric se arrastró hasta la orilla. Su ropa destrozada humea­­ba, despidiendo calor. Se incorporó lentamente, poniéndose pri mero de rodillas y después de pie. Su rostro estaba congelado de incredulidad.

Se tambaleó hacia delante y levantó la cabeza. Sus ojos ardían con algo distinto al fuego cuando miró fijamente a Elyria.

Ella se acercó a la orilla con pasos sorprendentemente firmes.

Él abrió la boca, respiró temblorosamente como si fuera a hablar.

Ella extendió una mano.

Y él se derrumbó en sus brazos.