Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 36
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Capítulo 36

Rodarán cabezas

Cedric

E l magma del lago se revolvió y el rugido del wyrm estremeció a Cedric. No fue solo el sonido –profundo, gutural, primitivo–, sino su enorme potencia. Vibraba en sus huesos y resonaba contra en el suelo de obsidiana como un golpe físico.

Estúpido. Había sido tan estúpido... Había pensado de veras que, tras la pesadilla del laberinto, la prueba había terminado con el desafío de cruzar aquel condenado lago.

El alivio repentino de la oleada de frescor, la proximidad de la puerta...

Había pensado que eran señales de que estaban llegando al final.

Debería haberlo supuesto. Cuando el enorme cuerpo serpentino del wyrm de fuego emergió de las llamas, supo que el Crisol nunca regalaba nada. Ni la bajada de temperatura ni ese breve momento de esperanza habían sido gratis.

–Que Solaris nos ampare –murmuró Cyren, contemplando a la bestia.

Era colosal. Su cuerpo sinuoso podía rodear sin dificultad el islote entero.

Las escamas anaranjadas brillantes se oscu recían hasta alcanzar un púrpura intenso y mate según iba saliendo del lago, como si se estuvieran enfriando igual que el metal al rojo vivo, ennegreciéndose para formar una armadura oscura.

Unos cuernos dentados coronaban la monstruosa cabeza, y los ojos parecían brasas en su afilado rostro de reptil.

Cedric tragó saliva con dificultad y apretó la empuñadura de su espada.

Sentía el calor que emanaba del wyrm, y su proximidad le provocaba pavor y asombro a partes iguales.

La enorme bestia era tan horrible como hipnótica, y se sorprendió dando un paso involuntario hacia delante cuando torció la cabeza para escrutarlos.

–Todos a una –murmuró Elyria detrás de él, con voz tensa pero firme–. ¡Ahora!

Con un siseo, el wyrm se lanzó contra ellos a una velocidad sorprendente para su tamaño.

Los adalides ya estaban corriendo, dispersándose como hojas en mitad de un vendaval, mientras el monstruo barría el islote con una sacudida de la cola. Cedric rodó a un lado y logró esquivar el latigazo, que rompió la piedra vidriada causando una lluvia de esquirlas.

–¡Al ataque! –bramó Thraigg, blandiendo su martillo. Fue el primero en cargar contra los anillos del wyrm, y el golpe hizo que el suelo se agrietara por el impacto.

La bestia reculó, retorciéndose de dolor, pero aquello no la detuvo. Su aliento ardiente chisporroteaba en el aire, y Cedric notó una peste acre a azufre y roca quemada en las fosas nasales. Se puso en pie, con el corazón latiéndole con fuerza en los oídos.

–¡Atentos! –La voz de Elyria se elevó por encima del siseo del wyrm y el crepitar de las llamas.

La fae parecía un borrón violeta mientras esquivaba los golpes del wyrm y contraatacaba con la daga.

Sin embargo, se movía con mayor lentitud de lo normal: estaba agotada tras el esfuerzo de construir y cruzar el puente, y Cedric contuvo un grito ahogado cuando la cabeza del monstruo se acercó tanto a ella como para rasgar la piel de su brazo con uno de los cuernos.

Entonces, como si el wyrm hubiera trazado una línea recta con la mirada desde la feroz guerrera fae hasta Cedric, la bestia se lanzó contra él. Apenas logró levantar la espada a tiempo para ponerse fuera del alcance de sus fauces.

Los dientes de la criatura, del tamaño de espadas, brillaron a la luz ardiente. Un rugido de dolor retumbó en el aire, y las escamas incandescentes brillaron con intensidad. Un chorro de sangre oscura brotó de la herida que Cedric acababa de infligirle en el hocico.

–¡Dadle en la cara! –bramó Cyren, lanzándose a la refriega con el cabello ondeando a su espalda.

Atacaba constantemente los puntos débiles del wyrm y retrocedía, manteniéndose fuera del alcance del monstruo.

Solo consiguió hacerle heridas leves, pero lo distrajo y permitió que se pudieran acercar los demás adalides.

–¡Ahora! –grito Kit, que parecía haberse recuperado del agotamiento.

Alzó las manos en el aire, formando cristales de hielo, y arrojó uno con forma de lanza al costado del wyrm.

El proyectil se derritió antes de poder causarle mucho daño, pero la bestia retrocedió unos metros hasta el borde del islote.

Nox cargó hacia delante, blandiendo dos bastones mellizos.

Zephyr le clavó una daga en la punta de la cola, que latigueó violentamente antes de retroceder.

Thraigg no dejaba de descargar golpes de martillo, pero acertaba más a menudo en la obsidiana que en el wyrm, que se movía demasiado rápido.

Sin embargo, Cedric estaba impresionado por la forma en la que trabajaba en equipo el variopinto grupo.

Incluso Gael, que continuaba aturdida y luchaba por mantenerse en pie, levantó una mano y lanzó una débil llamarada a la bestia, aunque solo consiguiera irritarla.

El wyrm se retorció en el aire y se abalanzó de nuevo sobre Elyria, chasqueando las mandíbulas.

Cedric gritó para advertirla, pero ella fue demasiado lenta.

Intentó saltar a un lado, pero no con suficiente fuerza como para esquivarlo.

Los ojos de la fae brillaron de pánico, y Cedric, con el corazón desbocado, agarró su talismán sin pensar.

Concentró la magia que le quedaba y la lanzó contra la criatura; el ataque casi agotó su maná, pero frenó al wyrm a mitad de la acometida, lo justo para retrasarlo.

Elyria se había salvado por los pelos. Sus ojos desorbitados se encontraron con los de Cedric, que jadeaba con violencia. Un segundo más tarde y habría muerto. Solo un segundo y...

El wyrm lanzó un chillido ensordecedor y se volvió hacia su atacante más reciente; pero antes de que llevara a cabo su monstruosa venganza, Zephyr se situó al lado de Cedric, con una determinación ardiente en su rostro normalmente tímido.

Con gesto decidido, le lanzó un frasco al wyrm que estalló contra sus escamas, dejando escapar una nube plateada.

El wyrm reculó, siseando. Se sacudía de forma errática y parecía confuso, como si se hubiera quedado ciego.

Cedric vio que aquella era su oportunidad.

Y no la desperdició.

Arremetió contra la criatura, descargando estocadas profundas. Elyria se acercó, resollando, y su magia natural alzó fragmentos de obsidiana que se lanzaron contra el wyrm como una lluvia de diminutas dagas y se clavaron en los puntos más blandos, entre las escamas y bajo ellas.

El wyrm se retorcía, incapaz de concentrarse. Sacudió su gigantesca cola, se deslizó hacia el lago de fuego y comenzó a sumergir la parte posterior en la lava, mientras su cabeza se sacudía contra la obsidiana del islote.

–¡Ahora, Cedric!

Él ya había enarbolado la espada cuando el grito de Elyria resonó en sus oídos. La bajó con todas sus fuerzas e impactó contra el grueso cuello del wyrm una, dos, tres veces. La sangre oscura salpicó la cara de Cedric cuando finalmente la piel se rajó.

La cabeza del wyrm se separó del cuerpo con un ruido repugnante.

Durante un momento, solo se escuchó un silencio atónito.

El cuerpo del wyrm se desplomó, y del cuello rebanado se elevó una nube de vapor.

Después, el cuerpo enroscado, todavía convulso, se hundió en el lago hasta desaparecer, como si las llamas lo reclamaran.

Cedric le dio una patada a la cabeza y la lanzó rodando tras él.

Los adalides respiraban con dificultad, intentando asimilar lo que acababan de lograr. Habían vencido a un wyrm de fuego. Habían ganado. Realmente habían ganado.

–Por Gaia –farfulló Thraigg, apoyándose pesadamente en su martillo.

Cedric se limpió el sudor y la sangre de la frente y miró a Elyria, que estaba doblada sobre sí misma y se agarraba las costillas. Parecía exhausta, pero estaba viva.

Se le encogió dolorosamente el pecho al percatarse de lo cerca que había estado de morir.

–Lo hemos conseguido –susurró Zephyr con los ojos muy abiertos–. Está muerto.

–Y sin sudar –bromeó Cyren–. Yo podría haber seguido todo el día. –Cruzó una mirada de alivio con Kit, pero, tras la descarga de adrenalina, ambos estaban pálidos y todavía más agotados que antes.

Elyria le dedicó una sonrisa cansada.

–Mejor no tientes a la suerte.

Tardaron varios minutos en recuperar el aliento y la compostura, pero finalmente se pusieron en marcha hacia el estrecho puente de obsidiana que conectaba la isla con la orilla...

y con la puerta. Uno a uno, atravesaron el lago de fuego, pisan­­do con precaución, ya que la pasarela de obsidiana parecía balancearse bajo sus pies.

Nox fue el primero en llegar a la orilla opuesta, seguido por Thraigg y una Zephyr que parecía enormemente aliviada mientras tiraba de Gael.

En cuanto Kit pisó la arena rocosa, todo su cuerpo se relajó de forma evidente. Hundió los hombros y se volvió para dirigir una mirada de agotamiento a Cyren, Elyria y Cedric, que aún estaban en la pasarela.

–Bueno, no digamos que no ha sido emocionante.

Cyren soltó una carcajada que sonó triunfante y agotada a la vez.

–Retiro lo que he dicho antes; he tenido suficientes emociones para el resto de mi vida. –Esbozó una sonrisa y se apartó el pelo empapado de sudor de la cara–. Parece que al final vamos a salir de aquí de una pieza –añadió, señalando la puerta.

Antes de que Cedric o Elyria pudieran responder, el suelo volvió a retumbar bajo sus pies con tanta violencia que tropezaron. Cedric agarró a Elyria del brazo antes de que cayera a las llamas, mientras el mismo sonido profundo y estremecedor de antes rasgaba el aire.

Era igual, pero diferente. Más fuerte. Demasiado fuerte. Casi como...

–No puede ser. –Kit se giró hacia el lago, con los ojos abiertos de par en par por el terror.

Cedric se volvió justo cuando el wyrm salía disparado del magma: igual que antes, pero diferente. Porque donde antes solo había una cabeza, habían aparecido tres, que lanzaban dentelladas y rugían con furia.

–¡Corred todos! –gritó Elyria–. ¡Nox, sácalos de aquí! ¡Llévalos a la puerta!

Nox no vaciló: ya no estaba en contacto con la obsidiana que restringía su poder, sino de pie sobre la grava.

Con un breve asentimiento de cabeza, agarró a los dos adalides más cercanos, Thraigg y Zephyr, y se fundió en una sombra.

Aparecieron junto a la puerta y, sin ninguna ceremonia, empujó al enano y a la silvana a través del arco brillante.

No hubo tiempo de hacer más antes de que las tres cabezas del wyrm se abalanzaran sobre Cedric, Elyria y Cyren.

–¡Rápido, id...! –Las palabras de Cedric murieron en sus labios cuando una de las cabezas del wyrm cerró las fauces alrededor de Cyren.

El grito del fae se cortó en seco cuando, con un crujido repugnante, el monstruo acabó con él.