Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 35 #2
65%

Capítulo 35 #2

Asintió y se obligó a acelerar el paso, por más que le pesaran las piernas.

Cruzaron juntos el puente improvisado hasta el islote, pasando de una laja de obsidiana a otra.

Al llegar, Elyria se dobló y apoyó las manos en las rodillas, jadeante.

Kit y Cyren estaban casi igual: el fae se había derrumbado sobre la piedra negra vidriosa, pero continuaba levantando las manos con esfuerzo para mantener su magia arremolinada alrededor del grupo.

–No podemos... –jadeó Elyria–. No podemos detenernos... Tenemos que... –Parpadeó, mirando primero a los adalides, después a la puerta de la otra orilla y de nuevo a sus compañeros.

Había algo que antes no habían podido apreciar: el islote no se encontraba justo en el centro del lago.

Era como si se hubiera acortado la distancia mientras avanzaban, y ahora la otra orilla y la puerta se encontraban mucho más cerca de lo que había creído.

Justo entonces descubrió que había un puente: una franja de obsidiana que iba desde la isla a la otra orilla.

Era más estrecha que la que había levantado ella, pero similar.

Y, lo más importante, parecía igual de transitable.

Una semilla de esperanza germinó en su pecho, y creció cuando se percató de otro detalle.

Se enderezó de golpe.

–¿No hace...? –comenzó Elyria, y se interrumpió ante la posibilidad muy real de que estuviera alucinando–. ¿No hace más fresco?

El aire continuaba siendo denso y pesado, pero había una diferencia notable de temperatura. Elyria miró a Kit y Cyren con cautela.

Kit se mordió el labio, insegura, y se atrevió a bajar las manos. Las gotas de agua suspendidas en el aire descendieron con ellas.

El calor no regresó.

–¿Habrá alguna barrera? –reflexionó Cedric, acercándose al punto donde el islote se unía con el puente que había creado Elyria. Miró fijamente las llamas, alzó una palma como si saludara al aire y palpó la nada–. Aquí hay algo. Algún tipo de magia.

–Sea lo que sea, es bienvenido –resopló Cyren, bajando las manos de golpe y dejándose caer sobre los talones.

Zephyr llevó a Gael hacia un saliente de obsidiana elevado y la ayudó a sentarse.

–Supongo que no sería justo que el Crisol nos dejara morir achicharrados a todos –murmuró.

–Claro, porque aquí la justicia es de vital importancia –gruñó Cedric secamente.

Elyria se le quedó mirando.

–¿Qué pasa? –preguntó él, incómodo.

La fae esbozó una sonrisa torcida.

–Yo diría que eso ha estado muy cerca de criticar la infalible voluntad de los celestiales, caballero. Cuidado; podrías estarte volviendo un sacrílego.

Cedric puso mala cara y Elyria soltó una risita débil. Estaba tan agotada que habría podido acurrucarse en la obsidiana brillante y quedarse dormida al instante. De no ser por...

Como si la puerta la hubiera llamado solo por haber pensado en ella, Elyria se volvió en redondo hacia el arco resplandeciente. Lo único que se interponía era otro puente de piedra. Estaban muy cerca, a punto de alcanzar algo importante que –tenía la certeza– se encontraba tras el umbral.

–Ya casi hemos llegado –repitió, con una oleada de esperanza–. Sin duda, la última parte de la prueba era cruzar esto. Ahora solo tenemos que...

La interrumpió un ruido grave y profundo que reverberó en la obsidiana bajo sus pies. Elyria se puso tensa y todos se quedaron helados, mirándose entre ellos y echando vistazos que iban del suelo al lago de lava burbujeante.

–Cuatro infiernos, ¿qué ha sido eso? –susurró Cyren con voz ronca, llevando la mano a la empuñadura de su arma.

El corazón de Elyria retumbó en sus oídos mientras el estruendo se hacía cada vez más fuerte.

El suelo tembló, y las llamas del lago se avivaron como respuesta.

Sonó un crujido, y la obsidiana se fracturó cerca de Elyria.

Un hilo de vapor sibilante salió despedido por la grieta mientras Kit, Thraigg, Nox y Cyren cerraban filas alrededor de Zephyr y Gael.

–Preparaos –advirtió Cedric, girándose para cubrirle la espalda a Elyria. Ya había desenvainado la espada.

Ella empuñó una daga con los dedos temblorosos y escudriñó el horizonte en busca de algún indicio de la nueva crueldad que el Crisol les tuviera reservada.

No ocurrió nada.

Los adalides intercambiaron miradas cautelosas.

–¿Eso era una especie de advertencia? –preguntó Kit, dubitativa.

–Podría ser. Tal vez esta prueba se haya prolongado demasiado y el Crisol simplemente nos esté apurando –asintió Zephyr, nada convencida.

Cyren resopló.

–Qué poco emocionante. –Sonrío a Elyria, envainando la espada con un gesto teatral–. Y yo que pensaba que nos esperaba algún final espectacular...

Elyria puso los ojos en blanco.

–¿Cruzar un lago en llamas no te parece lo bastante espectacular?

Él le guiñó un ojo, ensanchando la sonrisa.

–Tendré que encontrar emociones en otra parte. ¿Tú, por casualidad, no querrías...?

Un rugido ensordecedor rasgó el aire.

Las llamas que los rodeaban se alzaron en una muralla de fuego que lamía los bordes del islote de obsidiana, estrellándose con la barrera invisible que la protegía.

Y entonces, el lago cobró vida.

El fuego líquido se arremolinó cuando una figura colosal surgió de sus profundidades: una criatura serpentina gigantesca con escamas brillantes de un naranja intenso, como el del hierro recién sacado de la fragua.

Bajo unas cejas coronadas por cuernos, unos resplandecientes ojos rojos los miraron fijamente.

A Elyria se le cortó la respiración.

–Un wyrm de fuego.