Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 35
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Capítulo 35

Caliente, caliente

Elyria

E lyria cerró los ojos, alzó las manos y se concentró en el suelo bajo sus pies. Su conciencia descendió, atravesando el fuego y la lava hasta sentir la obsidiana que formaba el lecho del lago.

Se detuvo y respiró hondo.

–¿Qué? ¿Qué pasa? –La voz de Cedric sonaba lejana, pero cargada de preocupación.

No le respondió. Aquello no se parecía a la roca que manipulaba normalmente. Era como una muralla con miles de refuerzos de acero que le impedían pasar.

Asegurándose de mantener su sombra oculta, extendió su magia natural. Buscó. Tanteó. Intentó separar las bandas protectoras para llegar al hilo de magia que tenía que haber dentro, pero cada una era como una esquirla de hielo contra su poder: afilada, dentada, tan fría que quemaba.

Bajó las manos.

Abrió los ojos y murmuró:

–No sé si podré... Hay mucha resistencia. –Dio un paso hacia la orilla del lago y el lago le lanzó una oleada de calor como si quisiera provocarla.

–¿Igual que en el exterior del laberinto? –preguntó Kit.

–No, no exactamente. Es más como... No sé cómo describirlo. No es que esté enredado, sino que es más bien... ¿inaccesible? No encuentro la manera de entrar. Solo necesito... –­Elyria volvió a cerrar los ojos y lo intentó de nuevo.

Soltó un bufido de frustración. Entonces, notó una mano en su hombro. Una calidez muy distinta a la del aire ardiente la embargó y anidó en su pecho como si su cuerpo reconociera aquel contacto.

–Déjame ayudarte –murmuró Cedric, y su aliento le acarició el lóbulo de la oreja–. Solo dime qué tengo que hacer.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Le temblaron los dedos y su voz fue apenas un susurro cuando respondió:

–De acuerdo.

Elyria y Cedric respiraron hondo al unísono, y la calidez que la invadía se intensificó cuando él se colocó justo detrás de ella.

Sintió aquel tirón de su interior, que la empujó hacia atrás hasta que terminó apoyada contra su pecho.

El caballero le rodeó la cintura con la otra mano y Elyria hizo un esfuerzo por desechar el torbellino de pensamientos contradictorios que giraba en su cabeza.

Después , pensó. Cuando acabe esto .

–Sigue el rastro de mi magia –le pidió. No sabía qué podría hacer Cedric, pero Elyria tenía suficientes conocimientos sobre magia humana como saber que su maná debería, como mínimo, reconocer la magia de ella.

Cedric movió la mano que reposaba en el hombro de Elyria para alcanzar su talismán.

Movió los labios, pronunciando un hechizo en voz baja, y Elyria notó que su aliento le rozaba el cabello mientras extendía su propio poder y sentía el salvaje latido de su magia resonando en las venas.

Su conciencia descendió más y más a través de las llamas danzantes y, cuando llegó a la muralla de obsidiana reforzada con acero, Cedric estaba a su lado.

Notó cómo el caballero se tensaba a su espalda mientras doblaba las bandas sin dificultad, como si estas quisieran obedecer a su magia humana.

Elyria no entendía el motivo, pero aquel no era el momento de pensar en ello; no cuando podía, al fin, llegar al interior con los zarcillos de su propio poder.

Abrió los ojos de par en par cuando logró agarrar el hilo mágico, frío y resbaladizo, que palpitaba en el núcleo de la obsidiana, en el fondo del lago de fuego.

Al principio fue penoso. Elyria se concentró en tirar, no muy rápido ni muy fuerte, hasta que la tierra comenzó a desplazarse. Con un gruñido de esfuerzo, desprendió una larga losa y la sacó a la superficie. La piedra negra brilló como un cristal al atravesar las llamas.

–Lo estás logrando –dijo Thraigg con aprobación, y Elyria asintió, estremecida por el esfuerzo.

–Creo que bastaría con cuatro más –valoró Nox, con sus agudos ojos carmesíes fijos en la primera parte del puente.

–¿Solo? –masculló Elyria.

El sudor goteó por sus sienes mientras levantaba otra losa. Después otra. Y otra más.

Cedric le apretó la cintura con la mano, y Elyria hubiera jurado que sentía una oleada de su poder fluyendo directamente hacia ella.

No tenía sentido. Hasta donde ella sabía, la magia humana no funcionaba así.

Después , pensó.

Alzó la última losa gracias a las indicaciones de Thraigg, mientras Cedric mantenía abierto el escudo que protegía la obsidiana, y la encajó con las anteriores hasta formar un camino resplandeciente que flotaba sobre la lava.

–Bien hecho, Ellie –la felicitó Kit con voz suave.

Elyria no se desplomó en brazos de Cedric por pura fuerza de voluntad. Se enjugó el sudor de la frente, se enderezó y se separó de él, ignorando la repentina sensación de vacío, antes de girarse hacia Kit.

–Os toca –dijo, y Kit y Cyren intercambiaron una leve sonrisa.

–Ya pensaba que no lo dirías nunca –dijo Cyren, guiñándole el ojo como de costumbre. Lanzó una ojeada a Gael, y su sonrisa se borró de inmediato. Sin más, avanzó junto a Kit, con las alas plegadas y las manos en alto.

–Uf –exhaló Kit con una mueca en cuanto pisó el puente improvisado; en apenas unos pasos, la temperatura debía de haber subido diez grados.

–¿A la de tres? –preguntó Cyren.

Kit puso los ojos en blanco; ya estaba haciendo girar gotitas de hielo en aire.

–Hazlo ya, Cy.

Cyren comenzó a lanzar el hechizo, sin despegarse de ella, y el viento hizo que se le soltaran largos mechones de cabello del moño.

La ráfaga llegó hasta Elyria, que disfrutó del aire que le azotaba el cabello.

Aunque hubiera deseado que estuviera más frío, era un bálsamo sentir algo de movimiento en medio de aquel horno.

El viento de Cyren extendió las gotitas de humedad que Kit había suspendido en el aire hasta convertirlas en una bru­­ma refrescante que se extendió por el puente en un túnel neblinoso.

–Es hora de irnos –dijo Kit, en tono tenso pero controlado. Cyren y ella empezaron a caminar al mismo ritmo.

–No hace falta que me lo repitas –sentenció Thraigg, poniéndose en pie con un movimiento sorprendentemente ágil.

–¿Gael? –preguntó Zephyr con un hilo de voz. Como era de esperar, la ignimante no respondió; continuó mirando fijamente las llamas. Zephyr cruzó una mirada con Nox, y los dos la agarraron de los brazos para impulsar a la fae hacia delante.

–¿Lista? –preguntó Cedric, de pie al borde del puente, extendiendo la mano con una expresión expectante en su cincelado rostro. Elyria no le había visto adelantarse, pero se percató de que ella era la única que quedaba en la orilla.

Ignoró la mano que le ofrecía y pasó a su lado con una ceja enarcada.

–Por supuesto. Nací lista –replicó, y apretó los labios cuando vio su sonrisa.

El calor seguía siendo sofocante, como si estuviera en una sauna, pero era soportable.

Elyria miró hacia abajo, sorprendida de la estabilidad del puente.

Creía que sería más precario, que se parecería a una balsa que flotara en el mar de lava, pero era tan sólido como un camino de tierra firme.

Las llamas lamían los bordes de las losas de obsidiana, pero nada más: no las invadían.

–No está mal –murmuró para sí con una chispa de orgullo, aunque en ese mismo momento una ola de calor atravesó el túnel de niebla que habían creado Kit y Cyren.

–Nada mal –asintió Cedric.

Elyria levantó la vista y no supo identificar la expresión del rostro del caballero. No era incomodidad ni dolor, a pesar del aire ardiente. De hecho, parecía inmune al calor, y le dio la impresión de que el rubor de sus mejillas no tenía nada que ver con la temperatura.

–¡Deprisa! –gritó Kit desde delante, esforzándose por mantener su magia mientras avanzaba–. Sigue así, Cy. Ya casi estamos.

–Hago lo que puedo, mujer –murmuró Cyren entre dientes, y sus palabras llegaron hasta Elyria entre el débil silbido de sus ráfagas de viento.

Zephyr se estremeció mientras Nox y ella intentaban que Gael acelerara el paso.

La silvana estaba muy pálida y sus ojos, normalmente brillantes, se veían apagados, como si estuviera a punto de rendirse al agotamiento.

A pesar de ello, miraba constantemente hacia atrás para asegurarse de que Cedric y Elyria no se retrasaban.

Estaban a punto de alcanzar el islote negro del centro.

–¡Ya queda poco! ¡No os paréis! –gritó Elyria, no muy segura de a quién intentaba animar.

Redujo el paso sin querer mientras lo decía.

Sí, casi habían llegado a la isla, pero eso significaba que estaban a mitad de camino.

El cansancio hacía que le palpitaran incluso los huesos.

Había agotado su magia al levantar las losas del puente, y aún tendría que hacerlo otra vez para salvar el segundo tramo.

Como si fuera una señal, notó una vaharada de aire caliente en la espalda.

Contempló la fina niebla que los rodeaba; Kit y Cyren no lograrían mantenerla durante mucho tiempo.

En ese momento, se le enganchó la bota en una muesca de la losa de obsidiana y tropezó, consciente de que tampoco ella resistiría demasiado.

No pudo evitar pensar una idea desalentadora: ¿en ese sitio habría terminado el viaje de Evander a través del Crisol? ¿Tan cerca y tan lejos? Sentía que el final estaba cerca. Sí. Muy cerca.

La puerta de la otra orilla palpitaba con una luz suave, llamándola. Tuvo entonces la certeza de que allí había algo importante, y que el propio Crisol le invitaba a contemplarlo.

Notó una mano en la parte baja de la espalda; Cedric la estaba sujetando. Elyria hizo una mueca cuando la tela de su camisa, empapada en sudor, se le pegó a la piel.

–Sigue adelante. Lo conseguiremos –dijo él con determinación férrea, sin asomo de duda, y de nuevo Elyria volvió a notar un impulso de energía, como un leve zumbido. Era como si el poder del humano fluyera hasta su interior.