Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Obsidiana

Elyria

– B ueno, al menos podemos estar relativamente seguros de que hemos llegado al final de la prueba –suspiró Kit, señalando la puerta al otro lado del lago en llamas.

El calor subía en vaharadas visibles, fundiéndose con el cielo oscuro que se cernía sobre ellos.

El suelo descendía en una pendiente hasta formar una ribera pedregosa que desaparecía en la ardiente superficie.

Sobre ella, las llamas saltaban y chisporroteaban, arremolinándose alrededor de lo que parecía un islote de piedra negra brillante que se alzaba más o menos en el centro.

–Genial. Así que hemos pasado por todo esto –gruñó Cyren, señalando el laberinto– solo para encontrar una puerta más en lugar del verdadero premio.

–Se secó las gotas de sudor que le corrían por las mejillas, se apartó los largos mechones de pelo azul cobalto del cuello y se los recogió en un moño en lo alto de la cabeza.

–Quizá la corona esté justo al otro lado –sugirió Kit.

–Tú siempre tan optimista –suspiró Elyria, entrecerrando los ojos para protegerlos del resplandor naranja del lago. A su lado, Gael miraba con la cabeza gacha las llamas que lamían la orilla.

El calor era agobiante, como un muro febril. Pero era lo único que se interponía entre ellos y la salida, y Elyria estaba deseando dejar atrás todo lo que había sucedido durante aquella prueba.

–¿Gael? –llamó, con la ingenua esperanza de que el fantas­­ma de la que había sido una ardiente fae pudiera ayudarlos.

Gael no respondió.

Cyren se inclinó para susurrarle al oído, implorando que ayudara, que reaccionara, que dijera o hiciera algo.

Ella se limitó a seguir mirando fijamente el fuego.

–Bueno, me temo que no podemos contar de momento con nuestra ignimante –declaró Elyria con tono ligero, intentando encubrir el amargor que le inundaba la boca–. ¿Alguien tiene alguna idea de cómo podemos llegar desde aquí hasta allí? –Señaló el suelo y después la puerta en la otra orilla.

–¿No puedes llevarnos fundiéndonos en las sombras? –le preguntó Cedric a Nox.

–Por desgracia, no –respondió, pero no parecía especialmente triste por ello–. Está demasiado lejos; no tengo suficiente poder.

Posó sus ojos carmesíes en Elyria al final de la frase y ella apartó la mirada.

Cedric dio un paso hacia la orilla.

–Entonces, primero deberíamos dirigirnos al islote central.

–Si está hecho de lo que creo, sería aún peor –replicó Nox.

Cedric frunció el entrecejo.

–¿Por qué?

Zephyr tomó aire atropelladamente.

–Es de ob... obsidiana.

–¿Y eso es importante porque...?

–Por los melones de Gaia, muchacho –murmuró Thraigg–. Tu formación mística anda flojilla, ¿no?

Elyria contuvo una carcajada; no podía haber dicho nada más certero. Ella había pensado lo mismo antes de entrar en el laberinto. Quienquiera que fuera el responsable de la formación mágica de Cedric, había sido bastante selectivo.

–La obsidiana arcania tiene propiedades poderosas –le explicó–. Es, en esencia, resistente al calor. Y muy maleable, si sabes cómo trabajarla.

Thraigg soltó un gruñido de acuerdo.

–Mi pueblo ha fabricado muchas espadas excelentes y piezas de armadura aún mejores con obsidiana.

–Pero también es conocida por tener reacciones bastante... temperamentales... ante la magia. Aunque, por suerte, su alcance es limitado –continuó Elyria.

–Ante la magia de las sombras, concretamente –añadió Nox.

Cedric desorbitó los ojos castaños.

–Entonces, llegar al islote fundiéndonos entre las sombras podría implicar...

Thraigg emitió un ruido gutural y extendió ambas manos hacia fuera en un gesto exagerado, imitando una explosión imaginaria. Movió los dedos en el aire mientras bajaba las palmas como si fueran escombros que se dispersaban.

–Exacto.

Cedric tragó saliva.

–Entonces tendremos que encontrar otra forma de cruzar.

–Genial –bufó Elyria–. ¿Cómo no se le ha ocurrido eso a nadie?

–Cedric frunció el ceño con irritación y ella contuvo una sonrisa–.

A ver, ¿cómo propones que lo intentemos?

Seguimos sin poder volar. –Extendió las alas para enfatizar su argumento y de inmediato se maldijo a sí misma por su insensibili dad.

Por suerte, o quizá por desgracia, Gael no parecía pendiente de ella.

Elyria ocultó rápidamente sus alas y se volvió hacia Kit–. ¿Un puente de hielo, tal vez?

–Me parece a mí que el caballero no es el único que necesita un repaso de magia –dijo Kit.

–Ni siquiera de magia –refunfuñó Nox–. De física.

Elyria resistió el impulso de soltarle una obscenidad.

–Elementos opuestos, Ellie –continuó Kit–. Si lograra conjurar suficiente hielo para llegar hasta allí, cosa que es imposible, por cierto, se derretiría antes de llegar a la mitad del camino.

–Y, aunque pudiéramos llegar a la isla, ¿cómo vamos a hacerlo sin derretirnos nosotros? –añadió Nox, secándose la frente empapada de sudor como para subrayarlo.

–¿Y niebla? –preguntó Cedric–. Conjurar el agua necesaria en el aire para enfriarlo ligeramente, lo justo para cubrirnos mientras cruzamos.

Elyria se mordió el labio inferior.

–¿Para qué? ¿No se evaporaría también en segundos?

–No si Cyren dispersa parte del calor al mismo tiempo –dijo–. Podrías, ¿verdad?

El fae levantó la vista; continuaba susurrando súplicas al oído de Gael.

–¿Qué?

–¿Puedes usar tu magia de viento para mantener el aire en movimiento y dispersar un poco el calor mientras cruzamos?

–Yo... Sí, creo que sí. Pero tendría que ir con mucho cuidado de no avivar las llamas...

–Meneó la cabeza, sopesando sus opciones–.

Si consigo equilibrar la circulación del aire a nuestro alrededor y privar de oxígeno al fuego al mismo tiempo...

Sí, tal vez funcione. Podría bajar la temperatura unos cuantos grados si trabajamos juntos.

Zephyr se aclaró la garganta.

–Pero seguimos sin saber cómo cruzar un mar de llamas.

–Cierto. No todos podemos soportar el fuego sin quemarnos –murmuró Elyria, atreviéndose a echar un vistazo en dirección a Gael mientras los demás adalides seguían discutiendo posibles estrategias. La ignimante contemplaba fijamente el islote de piedra negra que reflejaba las llamas parpadeantes.

De pronto, Elyria tuvo una idea. Se concentró en el suelo, sumergió su conciencia y buscó entre gruesas capas de arena, roca y sedimentos hasta que encontró algo frío y afilado. Peligroso.

Abrió los ojos de golpe.

–Thraigg –dijo, interrumpiendo a Cedric a mitad de la frase, sin poder evitar una punzada de satisfacción al verle la cara–. ¿Puedes sentir lo que hay debajo del fuego, en el fondo de este lago?

El enano se arrodilló y apoyó las palmas en el suelo.

–Hummm –murmuró con los ojos cerrados, ladeando la cabeza a uno y otro lado como si intentara encontrar algún tipo de equilibrio mágico–. Ajá. Obsidiana –declaró, poniéndose de pie–. Capas enteras, diría yo. Igual que el islote.

Elyria asintió y volvió a morderse el labio. No era lo ideal, pero no tenían demasiadas opciones.

–De acuerdo. Puedo apañármelas.

A Kit se le salieron los ojos de las órbitas cuando comprendió lo que pretendía hacer.

–Ellie, ¿estás segura de que puedes...?

–Sí –replicó, cortándola.

–¿Puedes... qué? –preguntó Cedric, paseando la mirada de una a otra.

–¿Pero no será...?

–Quizá –la interrumpió de nuevo antes de que expresara sus temores–. Aun así, no veo otras opciones.

–¿Qué infiernos ibas a decir? –preguntó Cedric, alzando la voz y con tono más severo–. ¿No será... qué?

–Peligroso para ella –completó Nox en nombre de Elyria, dando un paso adelante. Se le marcaron unas arrugas en la frente de color índigo y, por un instante, Elyria creyó percibir una preocupación genuina.

Cedric se quedó congelado.

–¿Y por qué iba a ser más peligroso para ella que para los demás?

–No va a serlo –zanjó Elyria, fulminando con la mirada a Kit y a Nox para que cerraran la boca–. Estaré bien.

–Eso no lo sabes –protestó Kit, ignorando la orden muda como si fuera un insecto molesto. Se volvió hacia Cedric–. Ya te lo hemos dicho: la obsidiana tiene el potencial de interactuar con la magia. No hay forma de saber qué tipo de reacción tendrá cuando la manipule.

–¿Manipularla cómo? Por las estrellas, ¿es tan difícil decir­­me qué planeas hacer?

–Tú no te preocupes por los detalles, sir Angustias –dijo Elyria, girando la cabeza hasta que las vértebras de su cuello crujieron de una forma tan satisfactoria como desagradable–. Déjanos el trabajo duro a los demás; tú limítate a cruzar rapidito y sin despeinarte.

La expresión severa de Cedric vaciló un instante, pero no duró mucho.

–Decídmelo –suplicó.

Kit suspiró.

–Lo que quiere hacer es arrancar rocas del fondo del lago y llevarlas a la superficie para que podamos cruzar, usando su magia.

–Sí, pero mi magia de selvimante, no mis sombras –precisó Elyria–. Por lo tanto, agradezco vuestra preocupación, pero he de decir que es completamente infundada.

Los ojos desparejados de Kit se encontraron con los de Elyria.

–Sabes mejor que nadie que nunca es tan sencillo.

Nox dio un paso adelante y dijo lo que Kit no se atrevía a decir:

–¿Y si se te escapan las sombras? ¿Y si la obsidiana las detecta en tu interior, aunque no las estés usando? Hay demasiadas variables, demasiadas incógnitas.

–¡Y no hay más opciones! –exclamó Elyria, alzando las manos con impotencia.

–¿Por qué no intentamos fusionar nuestros poderes otra vez? –El suelo retumbó en el instante en que las palabras salieron de la boca de Cedric. Las llamas que lamían la orilla chisporrotearon, y Elyria hubiera jurado que el Santuario mostraba su desaprobación.

Cyren soltó una risilla cautelosa.

–Si nos preocupa cómo pueda reaccionar la obsidiana con sus sombras, ¿qué crees que pasará si potenciamos su poder con nuestra magia?

Kit echó un vistazo a Gael, que continuaba ausente e inexpresiva.

–Veo difícil conseguir que ella colabore, en todo caso, y mucho menos que pueda conjurar la magia necesaria para activar una fusión.

–Perfecto. Ahora que todos habéis dicho lo que teníais que decir, ¿os importa si me pongo manos a la obra? –gruñó Elyria, sin molestarse en disimular su enfado.

Se volvió hacia el lago de fuego con decisión. Ya habían perdido demasiado tiempo discutiendo.

–Puedo ayudarte.

Sintió la cercanía de Cedric antes de oírlo. Se volvió y se lo encontró justo al lado. Se fijó en la esmeralda de su amuleto, que latía débilmente.

–Es mejor que no participes. Guarda la magia humana que te queda para cuando la necesites de verdad.

Elyria enderezó los hombros e intentó ignorar tanto el calor opresivo del exterior como las dudas que reptaban por su interior. No pasaba nada. Todo iba bien. Podía hacerlo.

–Thraigg, dime los mejores puntos de los que tirar –le pidió al enano.

Él asintió y frunció las gruesas cejas mientras se arrodillaba para palpar de nuevo la tierra.

–Ajá. Justo por... –Golpeó el suelo con su palma callosa–. Aquí. –Se puso en pie y se sacudió la arena y la grava de las manos–. Más vale que empieces, muchacha.