Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

–Bueno... Entonces, ¿quieres ilustrar tú a los demás o lo hago yo?

–Thraigg soltó una carcajada y le hizo un gesto, animándola a continuar–.

Pueden... La verdad es que se explica por sí solo, ¿no?

Pueden sentir la piedra. Percibirla. Oírla.

No es muy diferente de la magia de un selvimante.

–Miró a Elyria con una expresión extraña–.

La piedra le habla, en cierto modo, y así puede sentir dónde cambia, dónde termina y adónde conduce.

–Sentir la piedra, dominar las sombras, afectar la mente... –Cyren suspiró profundamente mientras el grupo se adentraba en el túnel de la derecha–. ¿Alguien más quiere revelar su poder secreto al resto?

–Ojalá tuviera alguno –masculló Kit con un resoplido.

–No me guardaba ningún secreto –Thraigg soltó un gruñido de diversión–. No es culpa mía que seáis tan incultos respecto a mi pueblo que no podáis ni distinguir botas de barbas.

–Tu pueblo –comenzó Cyren, intentando imitar el acento bronco de Thraigg de forma tan espantosa que Elyria tuvo que contener un ataque de risa– sí guarda secretos.

Por eso vuestra habilidad como herreros ha sido imbatible durante milenios.

¿Por qué crees que todo el mundo quiere acero forjado por enanos?

Thraigg sonrió y le dio una palmada al fae.

–Eso, muchacho, es una táctica comercial.

Siguieron caminando. Los muros cambiaban cada cierto tiempo, y Thraigg siempre se detenía, sintiendo hacia dónde debían ir.

Elyria no podía evitar mirar a Gael por el rabillo del ojo.

La ignimante, que parecía un fantasma de expresión vacía, caminaba arrastrando los pies detrás de Cyren.

Solo de verla se le encogía el corazón, y Elyria terminó quedándose atrás a propósito para poner distancia con Gael, la viva encarnación de su culpa.

No había querido herir a Gael.

Lo que quería era herir a Belien.

Se sentía culpable de ambas cosas, por motivos distintos.

Y no sabía muy bien qué decía eso sobre ella.

Pasó una mano por las paredes luminiscentes mientras caminaba a varios pasos de los demás adalides.

–La sientes, ¿verdad? –dijo la voz de Tenebris Nox, saliendo de entre las sombras y sobresaltándola.

–No hagas eso –gruñó con el ceño fruncido, y Nox alzó las manos en señal de disculpa.

–Lo lamento. Es una costumbre.

–¿Qué es lo que dices que siento? –preguntó ella.

–La magia atrapada en las paredes del laberinto.

–¿Atrapada?

–Atrapada o colocada ahí, llámalo como prefieras. Sea como sea, hay razones de peso para pensar que no siempre estuvo en este lugar.

–¿Cuáles?

–Las sombras hablan –dijo Nox–. Acabarás notándolo.

–No hagas eso tampoco.

–¿El qué?

–Tener una fijación con mi... –Se señaló a sí misma con un gesto amplio–. Con esto.

–¿Una fijación?

Elyria fulminó a Nox con la mirada.

–«¿Por qué no usas tus sombras, Elyria?». «Eres una noctimante, Elyria». «Tus sombras son muy poderosas. ¿Por qué no las pruebas en la pared, Elyria?».

Nox se rio entre dientes.

–Tienes razón. Pero yo no lo llamaría fijación. Simplemente... me parece interesante.

–¿El qué?

–Que tengas tanto poder a tu alcance y, sin embargo, seas tan reacia a emplearlo.

–¿Que no lo empleo? Infiernos, ya viste lo que hice.

–Sí. ¿Pero acaso no fue con reticencia?

Elyria crispó los dedos y apretó la mandíbula.

–¿Y qué?

–Y nada. Yo solo observo. Me interesa. Supe que eras especial desde que te metieron en esa celda en Coralith.

–¿Y qué hacías tú en esa cárcel? –repuso Elyria, deseosa de cambiar de tema.

Nox la ignoró.

–En ese momento no podía precisar exactamente qué era, pero sentí que tenías algo. Ahora lo sé: era tu sombra, hablan­­do con la mía.

Elyria no supo qué responder.

–Ni me acuerdo de la última vez que conocí a un noctimante que no fuera nocterrian –continuó Nox con un suspiro, y Elyria vio un destello de colmillos blancos que delataba que estaba pensando en algo divertido–. Haberte encontrado aquí parece cosa de Noctis en persona.

–¿Aquí?

–Tan lejos de Nocterrum.

–Entonces, ¿hay muchos fae noctimantes en tu tierra natal?

–No –respondió Nox–. No los hay.

Cualquier atisbo de la diversión anterior se había desvanecido de su mirada, de manera tan abrupta que Elyria sintió deseos de apartar la vista.

–Ya, bueno. –Carraspeó–. Supongo que ahora me dirás que debería empezar a dirigir plegarias a Noctis, Centinela de las Sombras, teniendo en cuenta mi nueva afinidad mágica.

Nox resopló.

–No podría importarme menos a quién reces. Aunque tus poderes no son precisamente nuevos, ¿verdad?

–¿Te lo han dicho tus sombras?

Se encogió de hombros.

–Enséñamelas –le pidió Elyria.

No era una orden, no exactamente, pero tampoco una pregunta. Si Tenebris Nox tenía la intención de continuar atosigándola con sus sombras, le parecía justo exigir una demostración del poder nocterrian.

Nox levantó una mano y extrajo oscuridad de la pared con una sonrisa torcida.

A diferencia de los tentáculos brumosos o las cintas afiladas en que se materializaban las sombras de Elyria, las de Nox parecían más bien...

difusas. No estaban totalmente separadas de la sombra primigenia: simplemente, había una zona donde no llegaba la luz.

Pero ese espacio crecía, se dilataba y se extendía.

Era como una invitación a ver lo que había dentro y, al mismo tiempo, una advertencia de que había que mantenerse lo más lejos posible.

–Fascinante –murmuró Elyria, alzando una mano hacia la niebla sombría que se acercaba sigilosamente.

Entonces, tan rápido como había surgido, la sombra se replegó sobre sí mis­­ma.

A Elyria apenas le dio tiempo a parpadear antes de que la sombra de Nox desapareciera o, al menos, regresara a su estado original: un espacio vacío.

–Tú sí que eres fascinante –respondió Tenebris.