Capítulo 33
Haciendo amigos
Elyria
R eacciona de una maldita vez, Lightbreaker.
Elyria estuvo a punto de darse una bofetada, desesperada por recuperar la sensatez. ¿Qué narices le pasaba?
Aún podía sentir el fantasma de su poder palpitando en su pecho, como si las cintas de sombra estuvieran estrujando su corazón. Llevaban allí desde que las había utilizado para arrojar a Belien Larkin a la muerte, y no sabía cómo conseguir que aflojaran su presa.
Elyria era una asesina. Había matado muchas veces, eso era un hecho. Y, a pesar de todos sus esfuerzos a lo largo de las décadas, no era nada nuevo para ella matar usando sombras.
Pero hacerlo con su propia sombra era distinto.
Desde luego, aquel hechicero rabioso se lo merecía. Había perdido la cordura tan rápido que era un milagro que no se hubiera llevado a más personas con él. Elyria no dudaba de que los demás hubieran tomado la misma decisión de haber estado en su lugar.
Aun así, había sucedido algo trascendental en los segundos posteriores a que Belien golpeara a Cedric.
Porque, cuando Elyria vio caer al caballero, su poder no se apoderó de ella. No fue una reacción instintiva, resultado de la conmoción o de la autodefensa. No la dominaba la desesperación ni la guiaban los caprichos de su oscuridad interior.
Tenía el control total.
Tomó una elección deliberada y consciente: herir, matar, proteger.
Su corazón latía desbocado mientras, con una mano, esgrimía su sombra como una cinta letal contra Belien.
En la otra mano aferraba algo más: aquel hilo dorado que nacía en algún lugar de su pecho y conducía directamente a ese caballero exasperante e imprudente que tanto la desconcertaba.
Un hilo que se había tensado cuando aquel rayo carmesí golpeó su corazón, estirándose hasta casi romperse.
Un hilo que Elyria se negaba a soltar.
No iba a dejarlo marchar. Después de lanzar a Belien a las profundidades del abismo y de sellar la grieta, se concentró y tiró de ese hilo.
Cedric no moriría ese día. Se aseguraría de ello.
Y así fue.
Zephyr había dicho que no entendía cómo había sobrevivido al golpe, cómo no había pasado instantáneamente al otro mundo, pero Elyria sabía el motivo.
Sabía que había algo extraño entre ellos: un vínculo que podía haberse creado durante la prueba del Espíritu, o que tal vez fuera cosa de un celestial que disfrutara tocándole las narices a Elyria.
A esas alturas, lo único de lo que estaba segura era de su existencia.
Aunque fuera incapaz de mirar a Cedric a los ojos.
¿Qué narices me pasa? , repitió su vocecilla interna en un estribillo inquietante y acusador que no cesaba de martillear su cerebro mientras se acercaba a la hoguera.
Apretó los puños.
«Yo no veo a través de ti. Simplemente te veo a ti».
Elyria gimió para sus adentros al recordar lo que le había dicho.
Ni siquiera sabía de dónde había salido aquello, y agradecía en el alma la oportuna intervención de Thraigg; en el improbable caso de que acabaran saliendo con vida del Crisol, le debía al enano la jarra de sidra más grande que ofreciera El Verraco Achicharrado.
Elyria cruzó una mirada con Kit y frunció el ceño al percatarse de la expresión altiva de su amiga.
Kit veía demasiado. Lo veía todo. Y esa certeza solo avivaba la culpa que empezaba a nacer en su pecho, y que crecería hasta ahogarla si seguía mirando a Gael.
La ignimante, acurrucada, se abrazaba las rodillas, sin apartar los ojos de las llamas danzantes de la hoguera.
Su única ala intacta batía desganada; lo que quedaba de la otra estaba vendado contra su espalda.
Aquella visión retorció las entrañas de Elyria.
Aunque no fuera técnicamente responsable de que su compañera hubiera perdido el ala, en parte sí era culpa suya.
Gael apenas era una sombra de la ardiente fae que había conocido en el castillo de Lumin.
Tras haber perdido a Paelin en la segunda prueba y verse despojada de su ala, Elyria temía qué podía estar bullendo bajo aquella melena de un rojo anaranjado.
–Me cuesta creer que este maldito laberinto vaya a quedarse tranquilo mucho tiempo –dijo entonces la voz áspera del enano a Cedric, y Elyria sintió un nudo en el estómago. ¿Se habría recuperado lo bastante el caballero como para seguir adelante?
Buscó los ojos de Zephyr, que se encontraba al otro lado de la hoguera. La silvana pareció leer la mente de Elyria y asintió con suavidad.
–En cuanto recuperó la conciencia empezaron a sanar el resto de sus heridas, más rápido de lo que esperaba. Yo creo que está listo para continuar. Además, no deberíamos quedarnos aquí ni un minuto más.
–No podría estar más de acuerdo –asintió Cyren sin el menor rastro de su humor característico. Dirigió una mirada cautelosa a Gael, con una preocupación idéntica a la que mostraban los ojos de Kit.
–¿Va a ser capaz de...? –comenzó ella, dando cuerpo a la pregunta que seguramente se estaban haciendo todos los presentes. Una cosa eran las heridas físicas de Cedric, pero lo que afligía a Gael era de una naturaleza muy distinta. ¿Sería capaz de recomponerse? ¿De seguir adelante?
Cyren frunció el ceño.
–La vigilaré –musitó–. Pero todos sabemos que no podemos demorarnos.
Kit asintió, y Zephyr asintió con un murmullo. Nox no dijo nada: solo continuó observando al grupo con una leve sonrisa en los labios, como si disfrutara viendo el desarrollo de los acontecimientos.
Elyria no conseguía entender a la especie nocterrian.
No entendía por qué habían entrado dos en el Crisol, y mucho menos por qué Nox había decidido colaborar con el resto del grupo de forma tan natural.
Tal y como Kit le había advertido, Elyria había sentido sus ojos granates clavados en su espalda en más de una ocasión.
Y aún no había tenido oportunidad de preguntarle qué estaba haciendo en aquella celda de Coralith.
Por los cuatro infiernos, ¿de verdad había pasado poco más de una semana? Parecían años.
–Vamos, pongámonos en marcha –dijo Elyria, más para sí misma que para los demás.
La orden no encontró resistencia. Todos comenzaron a recoger sus escasas pertenencias: armas, restos de comida y los diversos frasquitos y latas que Zephyr había utilizado con Cedric.
La silvana se acercó para ayudar al caballero a ponerse la armadura, pero, cuando este vio los restos maltrechos de su coraza –el metal de la pechera chamuscado y ennegrecido alrededor del agujero donde había impactado la magia de Belien–, dio la pieza por irrecuperable.
Elyria detestó la angustia que sintió al contemplar la prueba tangible de lo letal que había sido el golpe.
Gael permaneció inmóvil junto al fuego hasta que Cyren se arrodilló a su lado y le puso la mano en el hombro. Solo entonces se volvió y le prestó atención. Se puso de pie y apagó el fuego con un gesto, sin decir una sola palabra.
Salieron todos juntos de la caverna y avanzaron por el único túnel que había, sin poder cambiar de dirección, guiados por los muros luminiscentes.
Elyria sabía que, lógicamente, debían de estar volviendo por donde habían llegado –no había otro camino–, pero aquel túnel no le resultaba nada familiar.
Hizo una mueca al pensar en lo mucho que debía de haber cambiado el laberinto mientras luchaban y descansaban en la caverna.
Se sentía extrañamente desamparada sin el peso familiar del báculo a la espalda, y se descubrió acariciando las empuñaduras de las dagas gemelas atadas a sus piernas en más de una ocasión, como si necesitara asegurarse de que no estaba desarmada.
Un pensamiento absurdo, admitió: quizá, de todos los presentes, ella era la que mayor poder mágico tenía.
Era una selvimante y una noctimante, ambas cosas a la vez.
Se preguntó cuántos habría como ella en toda Arcanis, no por arrogancia ni por ego, sino por simple curiosidad.
Había pasado tanto tiempo enterrando la mitad de sí misma que, una vez que había reconocido –incluso aceptado– esa parte de su ser, quería saber más sobre ella. Quería saberlo todo.
Apenas llevaban unos minutos caminando cuando Elyria sintió un estruendo familiar.
Le siguió el chirrido de las piedras al desplazarse y, a continuación, las paredes comenzaron a temblar.
Ante sus ojos, la roca se desplazó y el camino se bifurcó en dos túneles mellizos, igual de oscuros y vacíos.
No había nada que los diferenciara, salvo el hecho de que uno estaba a la izquierda y el otro a la derecha.
–Genial. Y ahora, ¿qué? –Kit enderezó los hombros mientras los examinaba.
–¿Alguien tiene especialmente desarrollado el sentido de la orientación? –preguntó Elyria.
–Zephyr sabía por dónde ir en la primera prueba –apuntó Cedric.
–Lo fuimos averiguando juntos –murmuró ella, agachando la cabeza como si no supiera cómo reaccionar ante el cumplido–. Además, creo que hay una persona que cuenta con las habilidades necesarias para enfrentarse a esto.
Miró a Thraigg, que dio un paso adelante con un gruñido. Se acarició la barbilla con aire pensativo, haciendo que cascabelearan las cuentas decorativas de su barba, apoyó una mano contra la piedra y, tras unos instantes, señaló el túnel de la derecha y dijo:
–Por aquí.
–¿Por qué? –preguntó Cyren, poniéndose delante de Gael como si esperase que saliera un monstruo escupiendo fuego del túnel que Thraigg había elegido.
–El pueblo enano tiene el don de sentir la piedra –explicó Zephyr alzando su aguda voz, como si fuera algo obvio–. ¿En serio? ¿Nadie lo sabía? –añadió al ver las miradas de desconcierto.
–No vamos pregonándolo por ahí –dijo Thraigg con un encogimiento de hombros.
Zephyr suspiró.