Capítulo 32 #3
«Porque aquí todo es diferente», hubiera querido responder. «Porque siento que soy una persona distinta a la que era cuando crucé el Portal. Y creo que tú también».
Pero no lo dijo.
Lo que dijo fue:
–¿Qué pasó con la grieta del suelo?
Elyria se encogió de hombros, con un alivio visible ante el cambio de tema.
–La cerré. El laberinto no protestó. Y luego, acampamos aquí esperando a que te despertaras, bello durmiente.
Aunque le estuviera restando importancia a sus heridas, la emoción brillaba en sus ojos. Cedric sabía que había estado al borde de la muerte, pero no entendía por qué le preocupaba tanto a Elyria. No pudo resistir la tentación.
–¿Así que me encuentras bello? Interesante –dijo, alisándose la manga de su jubón y jugueteando con el puño.
Ella resopló, y Cedric no supo si era de irritación o un amago de risa.
–Creo que tú te consideras bello –concretó Elyria–. Y también creo que no eres ni la mitad de gracioso de lo que piensas.
–Nunca he dicho que fuera gracioso –replicó él, sonriente.
–¿No? ¿Qué fue lo que dijiste? Que muchos te consideraban una persona «absolutamente encantadora», ¿no?
La sonrisa de Cedric se ensanchó.
–Sí, eso fue exactamente lo que dije. Y estoy encantado de saber que te causé tanta impresión como para memorizar mis palabras.
Hubiera jurado que las mejillas de la fae se volvían más sonrosadas.
–Bueno, pues no lo estés –dijo ella simplemente.
–¿El qué?
–Que no estés tan encantado; no me causaste tanta impresión.
–A pesar de sus palabras, le temblaron un poco los labios, y Cedric sintió que lo invadía una complacencia tan densa como la miel caliente–.
Y no pongas esa cara de satisfacción –añadió, y el caballero se quedó mirándola fijamente–. ¿Ahora qué pasa?
–Nada. Es solo que a veces me da la sensación de que me lees los pensamientos. No puedes, ¿verdad? –Entrecerró los ojos con fingida suspicacia.
Ella resopló.
–No necesito ser mentalista para saber lo que estás pensando.
–¿No?
–Puede que los demás solo vean a un estoico caballero, pero para mí eres un libro abierto. Ni siquiera necesito el poder de Leona para saber lo que estás pensando.
Cedric se quedó sin aliento.
–¿Qué? ¿Leona?
–Sí. Cuando se lo conté a los demás, tú estabas disfrutando de tu siesta. –Elyria le dedicó una sonrisa torcida–. Resulta que nos estaba ocultando un secretito considerable; esa alimaña mentalista estuvo a punto de derretirnos el cerebro antes de que se abriera la tierra. No fue nada divertido.
Se quedó callada para que Cedric asimilara la información.
El caballero recordó las veces que le había dado la impresión de que Leona lo observaba con demasiada fijeza, las miradas elocuentes que cruzaba con Belien y la forma en que se había burlado de él tras la prueba del Espíritu, como si supiera lo que había sucedido.
Por supuesto... No solo era una hechicera avan zada, sino también una sabedora.
No era de extrañar que hubiera alcanzado tanta notoriedad; de hecho, Cedric casi la admiraba por haber logrado mantener en secreto sus habilidades telepáticas durante tanto tiempo. No debía de haber sido fácil.
Frunció el ceño. ¿Estaba sintiendo lástima por Leona después de muerta? Por supuesto que sí. Por abominable que fuera, seguía siendo humana. A fin de cuentas, perseguían el mismo objetivo. Estaban hechos de la misma pasta, tenían idéntica meta.
Y Cedric era el único que quedaba.
–Tú no eres como ellos –dijo Elyria en voz baja y, por segunda vez en apenas unos minutos, Cedric la miró con incredulidad.
–Deja de hacer eso –le exigió.
Ella arqueó una ceja.
–¿Hacer qué?
Cedric se mordió el interior de la mejilla.
–Mirarme como si pudieras ver a través de mí.
Al principio, Elyria no respondió. Se quedó mirando al infinito, pensativa, con el ceño fruncido.
Cedric apoyó la cabeza contra la pared y dejó que sus ojos vagaran por la cúpula elevada.
–Yo no veo a través de ti –repuso ella, con una voz tan suave y melodiosa que creyó haber imaginado su mirada inquisitiva–. Simplemente te veo.
Cedric volvió la cabeza hacia ella, con un torbellino de pensamientos agitados, y se encontró dos estanques como esmeraldas, salpicados de plata, que le sonreían. Abrió la boca, sin tener ni idea de qué responder, pero con la necesidad perentoria de decir algo.
Se libró de hacerlo cuando Thraigg se incorporó con un gruñido y se acercó pesadamente.
–Me alegro de verte de nuevo en pie, muchacho. ¿Te encuentras bien?
–Mejor. –Cedric hizo rotar los hombros para comprobar si le dolían–. Incluso me atrevería a decir que me siento bien.
Le invadió una sensación de vacío cuando Elyria se apartó de la pared, le hizo un gesto amistoso al enano y se sentó en el lugar que acababa de dejar libre junto al fuego.
–Me alegro de oírlo –dijo Thraigg, ajeno e indiferente a la repentina partida de Elyria–. ¿Crees que tardarás mucho en estar en forma para luchar? Me cuesta creer que este maldito laberinto vaya a quedarse tranquilo mucho tiempo.
Cedric detestó aquella confirmación de que seguían ahí por él. Se hizo una promesa a sí mismo: Nunca más.
–Claro –dijo, apretando la mandíbula–. Estaré listo cuando vosotros lo estéis.