Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

–¿Se han hartado con tus galletas? –preguntó, escéptico.

La silvana se rio entre dientes y señaló con la barbilla a Elyria y Kit, que hablaban junto al fuego.

–Si cuentas con una selvimante y una aquamante entre tu grupo, no es difícil encontrar comida.

Elyria le echó un vistazo por encima del hombro, como si hubiera notado la mirada de Cedric. Esbozó una sonrisa irónica mientras le ofrecía un saludo burlón con dos dedos y se metía otro trozo de beicon en la boca.

–Tú céntrate en recuperarte –continuó Zephyr– para que podamos ponernos en marcha. Creo que todos están deseando llegar al final de esta prueba.

La inquietud pesó más todavía en su estómago mientras mordisqueaba una galleta. La prueba ni siquiera había terminado. Todavía seguían en ella, en medio de aquel laberinto. Entonces, ¿por qué continuaban todos allí? ¿Por qué se habían quedado, por qué se habían retrasado?

Sabía la respuesta, pero no la entendía. Habían estado esperando a que Cedric despertara: él era la razón.

Todos le tenían que esperar siempre a él.

«Se suponía que tú ibas a salvarnos».

Las palabras de Belien eran como una maldición siniestra en su mente.

Apretó el puño, y algo que no era solo culpa –algo más ardiente y salvaje– se agitó en su pecho.

Se atrevió a mirar de nuevo a Elyria. Si él era quien debía salvarlos, ¿por qué terminaba siempre siendo salvado?

¿Por qué Elyria seguía molestándose en ayudarlo?

«Traidor. Renegado».

No lo merecía.

Elyria debería haber dejado que el dragón lo redujera a cenizas en la primera prueba. Debería haber permitido que el fuego de sus recuerdos lo consumiera en la segunda.

Cedric sacudió la cabeza, y la ira, la confusión y la lástima por sí mismo se revolvieron en su mente como los dados dentro de un cubilete.

No tenía sentido pensar así. Era patético.

Aquello aún no había terminado. No podía perder de vista el motivo por el que estaba allí.

Y, por más que el Crisol insistiera en que trabajaran juntos, tenía la certeza absoluta de que solo una persona saldría victoriosa al final.

Solo uno de ellos se llevaría la corona, solo un bando obtendría el poder.

Y él era la única oportunidad que le quedaba a su pueblo.

Había que reconocer que, por muy repugnantes que resultaran los bálsamos y cataplasmas de Zephyr, funcionaban a la perfección.

El dolor de la nuca de Cedric y el escozor en su pecho habían disminuido considerablemente cuando la silvana terminó de ponerlo al corriente de todo lo que había sucedido después del ataque de Belien.

Zephyr describió con detalle el interés en los rostros de Elyria y Cyren cuando la enigmática figura de Tenebris Nox demostró su habilidad para fundirse con las sombras, que per mitió que Gael, Thraigg y el propio Cedric los alcanzaran.

Le contó que Kit le había exigido a Nox que explicara por qué había abandonado al grupo fuera del laberinto, y había aceptado con renuencia su respuesta: se había escondido en las sombras, había seguido a Leona y Belien a través del laberinto y había regresado cuando estalló la pelea en la caverna.

«Así que te dedicas a espiar», había dicho Kit.

La silvana sonrió al relatarle a Cedric su respuesta: «Me dedico a observar», había replicado Nox.

La sonrisa de la silvana se desvaneció cuando Cedric le pidió detalles sobre lo que le había sucedido exactamente a Belien.

–Quizá sea mejor que eso lo responda... –Giró la cabeza hacia Elyria, que estaba apoyada contra la pared del fondo, con una pierna doblada y los ojos distantes.

–De acuerdo. –Cedric se puso de pie, sorprendido de lo bien que se encontraba.

El jubón que llevaba bajo la coraza estaba cuidadosamente doblado a su lado.

Lo recogió, se lo puso y anotó mentalmente que debía pedirle a Zephyr los ingredientes de su misteriosa cura mágica cuando acabara todo aquello.

Estirando el cuello a un lado y al otro, terminó de abrocharse el jubón y se acercó a Elyria.

Ella no lo miró cuando se acercó.

No lo miró cuando él se apoyó en el muro a su lado.

No lo miró cuando las voces alrededor de la hoguera se apagaron un instante antes de hacerse más fuertes, como si los demás adalides se hubieran dado cuenta de que su atención los incomodaba.

Finalmente, Cedric no pudo aguantar más.

–Gracias –dijo, buscando en el rostro de Elyria algún tipo de reacción. Cualquiera–. Gracias por ayudarme, por salvarme... otra vez.

Ella volvió la cabeza y lo miró apenas un segundo.

–Quien te ha curado ha sido Zephyr –repuso con un aspaviento, como si ahuyentara su gratitud.

–Pero ella no fue quien me vengó.

Elyria dejó la mano inmóvil a mitad del gesto. Pasaron varios segundos de silencio antes de que la bajara.

–No lo hice por ti –replicó–. Ya lo viste: Belien se había vuelto loco. La magia de sangre... Estaba corrompido. ¿Qué se suponía que debía hacer?

–¿Qué hiciste, exactamente?

–Pregúntales a ellos –dijo, señalando con la cabeza la hoguera en torno a la que los adalides fingían con descaro que no los estaban escuchando.

–Zephyr me dijo que te preguntara a ti.

Elyria se pellizcó el puente de la nariz con el pulgar y el índice.

–Ya veo.

–¿Entonces...?

–Pues lo detuve.

–Lo mataste –dijo él. Era una afirmación, no un juicio.

–Sí.

Hubo un momento de silencio.

–¿Y cómo te sientes? –preguntó él.

Ella se volvió tan rápido hacia él que Cedric casi perdió el equilibrio.

–¿Cómo crees que me siento? –siseó.

–Si lo supiera, ¿para qué iba a preguntártelo? –repuso él en tono neutro. Aquella conversación no estaba desarrollándose como esperaba.

Ella exhaló un suspiro tembloroso.

–He matado a mucha gente. Muchísima. ¿Por qué esto debería ser diferente?

A Cedric se le encogió el corazón al percibir la vulnerabilidad en su voz. Era como si aquello no fuera una pregunta retórica, como si realmente hubiera sido distinto y no entendiera por qué.