Capítulo 32
La culpabilidad del superviviente
Cedric
L a conciencia de Cedric estaba envuelta en la bruma.
Se sentía pesado. Intentó moverse, pero notaba los brazos y las piernas distantes, desconectados.
Se encontraba a la deriva, rodeado de imágenes fugaces: la fría sonrisa burlona en el rostro de Belien, destellos de rayos rojos, la voz aterrada de Elyria gritando su nombre, y luego... dolor.
Dolor y aquella nada tibia y brumosa.
Pero ya no sentía dolor. Todo estaba en paz. Era agradable; le hubiera gustado flotar en el vacío eternamente.
Le aguijoneó en la conciencia la intuición de que alguien se inclinaba sobre él. Notaba una presión, un calor familiar, la sensación de estar a punto de despertar de un sueño agradable.
La niebla se disipó. Sus párpados temblaron.
Y Cedric supo que había muerto.
Porque allí, inclinada sobre él, estaba la criatura más hermosa que había visto en su vida. Y, sin duda, no había nada semejante en el inhóspito lugar que había dejado atrás.
Su rostro irradiaba una belleza sobrenatural en cada detalle, desde la suave curva de su mandíbula hasta el resplandor de sus ojos como piedras preciosas. Su melena suelta de color lavanda caía en cascada sobre sus hombros y brillaba bajo la luz tenue.
Era una diosa que velaba por él mientras su alma se internaba en el más allá.
Abrió más los ojos, y el mundo empezó a perfilarse a su alrededor. Sintió un dolor punzante en el pecho que se extendía por sus venas como hierro fundido, y Cedric deseó poder regresar a aquella nada nebulosa.
Si estaba muerto, ¿por qué le dolía todo?
Un jadeo ahogado hizo que se fijara de nuevo en la figura etérea que flotaba sobre él, y la realidad le golpeó como un martillo.
No era una diosa.
Era una fae.
Elyria estaba tan cerca de él que casi se rozaban. Se mordía el labio inferior, y sus ojos verdes, cargados de preocupación, recorrían su rostro, su cuello y su pecho. Buscando. Rogando.
Quizá sí estuviera muerto, porque era la única forma de explicar que ella lo mirara de ese modo.
–¿Cedric? –Su nombre sonaba como una canción en sus labios, una melodía que disipó los restos de la bruma mental.
La mano de Elyria se posó en su brazo, en una caricia que le provocó chispazos en la piel.
Entonces se dio cuenta de que estaba desnudo de cintura para arriba, con el pecho, los hombros y la cabeza envueltos en vendas.
Con un gemido sordo, intentó incorporarse sobre los codos, pero cada vez que respiraba sentía un dolor agudo en las costillas.
–No te muevas –Elyria se incorporó, y el tono de su voz se volvió imperativo. Protector–. ¡Está despierto! –avisó, mirando por encima del hombro, y Cedric oyó unos pasos suaves antes de que el ceño fruncido de Zephyr apareciera ante sus ojos.
–Gracias a Gaia –dijo la silvana, agachándose inmediatamente a su lado para colocarle los vendajes.
–¿Cuánto...? –Tosió con fuerza; notaba la garganta seca–. ¿Cuánto tiempo...? –preguntó con voz ronca.
–Unas horas –respondió Elyria, con una emoción latente que contradecía la indiferencia de su voz.
–¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Bel...?
–Muerto. –Lo dijo en tono tranquilo, pero la palabra estaba cargada de tensión, y Cedric tuvo la impresión de que se estaba perdiendo algo importante.
Parpadeó, con la mente espesa, intentando reconstruir lo que había sucedido. Belien estaba muerto. También Leona, recordó. No la había visto caer, pero había tenido el dudoso honor de soportar el impacto brutal del dolor de Belien.
Elyria se levantó bruscamente, dejando un frío repentino en el punto donde había descansado su mano.
Cedric logró sentarse con dificultad, ignorando tanto las protestas de Zephyr como las de su propio cuerpo: el dolor agudo de las costillas y el latido en la nuca.
Siguió con la mirada los movimientos de Elyria, que se acercaba a una pequeña hoguera en torno a la que descansaban los demás adalides.
Vio la corpulenta figura de Thraigg, que limpiaba el metal de su martillo a la luz del fuego.
Lo miró a los ojos, y el enano le devolvió la mirada y le dedicó un asentimiento firme.
A su lado se encontraba Nox, de piernas cruzadas, con los ojos cerrados en actitud pensativa, acariciando distraídamente uno de sus cuernos oscuros y retorcidos.
Cyren y Kit cuchicheaban con las cabezas juntas, echando por turnos miradas furtivas a Gael, que estaba sentada frente al fuego, abrazándose las rodillas y mirando fijamente las llamas.
Seguían en la caverna. Cedric abrió mucho los ojos al darse cuenta de que el suelo volvía a estar intacto.
Quedaban restos de la batalla –montones de piedras rotas esparcidos por el suelo y manchas de sangre oscura–, pero no había ni rastro de la amplia grieta que había partido la caverna. ¿La habría cerrado Elyria?
La vio ladear la cabeza mientras se trenzaba el cabello sobre un hombro, dejando entrever su rostro. Hubiera jurado que le estaba observando, pero no era capaz de descifrar la emoción de su rostro. ¿Era... culpa, o algo más? Actuaba como si le hiciera daño mirarlo.
No lo entendía. Si alguien debía sentirse culpable, era él.
Traidor. Renegado.
No se lograba quitar de la cabeza la acusación de Belien.
Debería haber sentido algo parecido al alivio al enterarse de que el hechicero había desaparecido.
Había sido como un veneno desde el principio del Crisol; tanto Leona como él se habían dedicado a sembrar discordia y hostilidad incluso antes de que cruzaran el Portal.
Habían rechazado de plano cumplir con lo que el Crisol esperaba de sus adalides.
Una y otra vez, su conducta había sido una vergüenza para la reputación de la humanidad.
La idea de que uno de ellos pudiera reclamar la corona le había resultado humillante en el mejor de los casos, y aterradora en el peor.
Y ya pensaba así antes de que Belien, enloquecido por la sangre, hubiera intentado incinerarlo.
Pero lo único que sentía ahora era una especie de nudo en el corazón.
No podía quitarse sus reproches de la cabeza.
¿Era un traidor a su especie? ¿Ese sería su legado?
Era el último adalid humano que quedaba, y solo había llegado hasta allí porque lo habían ayudado.
Una y otra vez, lo había salvado un arcanio, dejando a un lado su orgullo y su beneficio personal para echarle una mano.
Cedric nunca se había sentido tan pequeño. A esas alturas, estaba convencido de que solo seguía vivo gracias a la actuación de los demás.
Se frotó el vendaje que cubría su torso, el punto donde lo había golpeado la magia de sangre de Belien.
¿Cómo era posible que siguiera vivo? Había sentido cómo el rayo atravesaba su armadura y le taladraba el pecho con un dolor punzante.
Estaba seguro de que, después de un ataque como ese, el único lugar donde debería haber despertado sería el más allá.
Zephyr continuaba afanándose por curarle, y Cedric hizo una mueca cuando le levantó el vendaje de la cabeza para aplicarle un ungüento maloliente.
Teniendo en cuenta los poderes de la silvana y la presencia de cuatro fae que contaban con un mínimo de magia curativa, Cedric era consciente de que sus heridas debían de ser muy graves para que aún sintiera tanto dolor.
Suspiró, reprendiéndose a sí mismo en silencio. Se había vuelto blando; se había acostumbrado muy rápido a la comodidad de la curación mágica. Arrugó la nariz y frunció los labios cuando Zephyr aplicó el desagradable ungüento en la herida del pecho. Sintió que se mareaba por el hedor.
De pronto, una risa melodiosa llegó a sus oídos. Como si le atrajera un imán, se volvió hacia su origen.
Creía que Elyria había ido a sentarse junto al fuego, al lado de los demás adalides, pero se estaba acercando otra vez, con un paquetito en las manos.
–Toma –dijo mientras se lo tendía, y arrugó la nariz–. Aunque quizá no tengas mucho apetito hasta que ese... aroma... se desvanezca –añadió, cruzando una mirada con Zephyr.
Cedric frunció las cejas, tomando el paquete. Lo desenvolvió y se encontró con cinco lonchas de beicon en el envoltorio de tela.
Levantó la cara para buscar la mirada de la fae y vio que ella se mordía el labio como si se sintiera cohibida. Cedric no entendía el motivo. ¿Tenía que ver con lo que acababa de pasar con Belien? ¿O con lo que casi había pasado entre ellos dos?
–Vaya, con lo poco que gusta compartir –comentó él con una sonrisa. Se metió un pedazo de beicon en la boca y saboreó el gusto salado e intenso que le inundaba la lengua.
Ella se encogió de hombros.
–Me sobraba del desayuno y me has pillado en un momento de generosidad. No te acostumbres.
–Claro, claro –respondió mientras ensanchaba la sonrisa.
–Bueno, si no lo quieres...
–No, no –se apresuró a decir–. Lo quiero.
El silencio se hizo denso y pesado.
Zephyr se puso de pie tras terminar de revisar los vendajes de Cedric y soltó un ruidito de satisfacción.
–Yo no habría escogido el beicon como primera opción para recuperar fuerzas, pero supongo que es buena señal que tengas apetito.
Elyria se apartó al instante.
–Vaya. Bueno, ya la habéis oído, caballero. Órdenes de la sanadora, así que lo siento mucho. –Se agachó, le arrebató el beicon de la mano a Cedric, mordió un pedazo con una sonrisa y se alejó tranquilamente.
–¿Y si tomas un poco de agua y unas galletas? –preguntó Zephyr, con una mirada cómplice en sus ojos verde bosque que Cedric ignoró.
–¿Tienes galletas? –repuso.
Ella se señaló una bolsa de su cinturón y sonrió.
–Oh, yo siempre voy bien surtida de cosas para matar el gusanillo.
Cedric sintió que una sonrisa acudía a sus labios, pero se le borró de inmediato al pensar en los demás.
Todos debían de estar hambrientos, sobre todo si habían estado esperando a que Cedric se despertara.
Notó una sensación de culpa húmeda que corría por su espina dorsal, y se le encogió el estómago.
Debió de reflejarse en su rostro, porque Zephyr se apresuró a tranquilizarlo:
–Todos los demás ya han comido.