Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 31
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Capítulo 31

Nada que perder

Elyria

E lyria se retorció, tratando de engancharse a las paredes de la sima como fuera. Logró enganchar una bota en la tierra blanda de la pared y consiguió frenar la caída.

Con enorme esfuerzo, se aferró a las rocas que sobresalían aquí y allá y se impulsó hasta alcanzar el borde.

Se quedó colgada un instante, doblada por la cintura, con las piernas suspendidas sobre el abismo.

Tensó dolorosamente los tendones mientras luchaba por trepar, pero tenía las palmas sudorosas y el suelo estaba resbaladizo.

Vio a Kit agachada al otro lado de la grieta. Había terror en sus ojos desparejados mientras buscaba frenética una forma de cruzar, de llegar hasta ella.

Era inútil. Estaban demasiado lejos.

Y Elyria empezaba a deslizarse.

Batió las alas en vano; la magia continuaba impidiéndole volar hasta un lugar seguro. Recurrió a su magia natural y le ordenó a la tierra que se moviera, que se solidificara, que la impulsara hacia arriba.

Pero nada de eso funcionó. Seguía resbalando, y le sangraban los dedos mientras clavaba las uñas en el suelo rocoso.

Así sería como moriría, entonces: la Revivida, tragada por la oscuridad en sentido literal. Le entraron ganas de reír ante aquella muestra de justicia poética.

Echó la cabeza hacia atrás, a punto de maldecir a todos los celestiales por la existencia de aquella prueba y por el infernal Crisol entero, cuando divisó algo brillante por el rabillo del ojo.

Volvió las pupilas y lo vio: la empuñadura dorada de la daga de Leona, incrustada en la pared.

Estaba a un palmo a la derecha y dos palmos por encima de su cabeza.

Una chispa de esperanza prendió en su pecho mientras extendía la mano para agarrarla.

Entonces, la caverna entera se sacudió con estruendo y la esperanza se esfumó.

Justo cuando rozaba con las yemas de los dedos el pomo de la daga, el grito desgarrador de una mujer atravesó el espacio.

Elyria perdió el precario equilibrio que había conseguido y resbaló más todavía.

Con el corazón encogido, volvió a agarrarse al saliente.

–¡Kit! –gritó, devorada por el miedo. Ni siquiera podía girar la cabeza para ver cómo estaba su amiga.

–¡Estoy bien! –respondió Kit, y a Elyria la inundó una oleada de alivio tan abrumadora que casi se echó a llorar. Pero si el grito que había oído no era de Kit, entonces...

Leona volvió a gritar con voz estridente, un chillido de pánico que se fue desvaneciendo lentamente. Lo siguió un aulli­­do agónico de Belien, y entonces Elyria supo que Leona había caído.

Deseó poder sentir compasión.

Resonaron unos pasos, y sus vibraciones hicieron que temblara el saliente al que se agarraba. El cabello del color de la luna de Kit apareció en su campo de visión unos segundos más tarde. Su joven rostro era una máscara de terror mientras la agarraba por las muñecas.

–Aguanta, Ellie –gimió Kit con voz quebrada–. A la de tres, agárrate a mí. Te subiré.

Elyria asintió y apretó los dedos sudorosos contra el suelo con todas sus fuerzas.

–¡Uno..., dos..., tres!

Otro instante de ingravidez. Soltó el borde y se aferró a Kit, que tiró de ella, gruñendo.

Elyria hizo fuerza contra la grieta, apretando los dientes mientras el borde quebrado e irregular se le clavaba en el estómago.

Entonces, Cyren la agarró por la cintura, y entre Kit y él lograron sacarla del precipicio.

–Gracias –jadeó Elyria cuando se vio en terreno firme–. Casi no lo cuento...

–No hace falta que nos des las gracias. Pero, si insistes, seguro que se me ocurrirá alguna forma creativa de que me devuelvas el favor –repuso Cyren con una sonrisa, reemplazada de inmediato por una mueca de dolor.

–¿Estás herido? –preguntó Elyria, examinando al fae con alarma.

Él hizo un aspaviento para restarle importancia.

–Tranquila, guapísima –dijo, con un tono coqueto que hizo que Elyria lo fulminara con la mirada–. Sobreviviré.

Se volvió hacia el otro lado de la caverna, donde Belien estaba arrodillado, mirando fijamente el borde del abismo. Había algo vacío en su expresión, algo más agudo que la desolación y más oscuro que la incredulidad. A Elyria se le heló la sangre.

El suelo estaba inmóvil y en la caverna reinaba un silencio inquietante, como si la muerte de Leona hubiera saciado al laberinto.

Con un gemido, Elyria se incorporó, comprobó el estado de sus extremidades y se palpó suavemente el abdomen.

El dolor se extendía por todo su cuerpo.

Notaba los músculos sensi bles y sobrecargados, pero no tenía nada roto ni desgarrado.

Se tocó la cara y comprobó, agradecida, que ya no le sangraba la nariz.

Agachó la cabeza en un gesto de alivio y agotamiento, sintiendo cómo se disipaba la adrenalina de su sistema. Durante unos instantes, los cuatro adalides se quedaron sentados en silencio. Elyria se sentía incapaz de moverse.

Sin embargo, unos chirridos metálicos y el familiar tirón en su interior hicieron que volviera la vista hacia la entrada de la caverna, justo en el instante en que aparecía un jadeante Cedric. Elyria lo contempló con una sorpresa teñida de alivio.

Zephyr se asomó al lado del caballero y sus grandes ojos verdes contemplaron el desastre: los montones de piedra hecha añicos, los adalides en el suelo, la grieta gigantesca...

Kit se volvió hacia los recién llegados.

–¿Cómo está Gael? –preguntó.

Zephyr asintió y se apartó, y la fae, muy pálida, dio un paso y salió de entre las sombras. Elyria enarcó las cejas al darse cuenta de que quien la sostenía era Tenebris Nox; creía que había desaparecido.

–Condenado laberinto –barbotó Thraigg, frenando en seco. Escudriñó la caverna destrozada con sus ojos azules antes de posarlos en Elyria, Kit y Cyren, y se aclaró la garganta con una tos seca–. Me alegro de ver que seguís vivos.

–No todos –dijo Kit con una tristeza genuina que enorgulleció a Elyria. Kit era tan bondadosa... Por despreciable que hubiera sido la actitud de Leona, no se alegraba de su muerte.

Por desgracia, su empatía no pareció importarle mucho a Belien, que comenzó a girar la cabeza de un grupo de adalides a otro –Elyria, Kit y Cyren, que seguían sentados al otro lado de la grieta, y Cedric, Zephyr, Thraigg, Gael y Nox, en la entrada de la caverna– como si acabara de caer en la cuenta de que no estaba solo.

Se puso en pie con un tropiezo. Su rostro era una máscara retorcida de angustia: tenía los ojos inyectados en sangre y respiraba entrecortadamente, de forma errática, como si estuviera luchando por contener un ataque de pánico.

Elyria sintió una punzada de compasión. Belien podía ser un imbécil rematado, pero había perdido tanto a su hermana como a Leona. Se había quedado sin aliados. Debía de sentirse muy solo. Elyria miró su talismán, que brillaba débilmente con el poco maná que le quedaba. Estaba solo, indefenso.

–Tú. –Su voz fue un gruñido ronco, lleno de veneno y deses­peración. Elyria se volvió hacia Belien, esperando que su odio estuviera dirigido contra Cyren, Kit o contra ella misma.

Pero no era así.

Belien extendió una mano temblorosa y señaló a Cedric. Su expresión cambió; se fue volviendo más oscura, más rencorosa, a medida que levantaba el brazo.

–Se suponía que tú ibas a salvarnos –masculló–. Vinimos a intentarlo; queríamos sacrificarnos por nuestro pueblo, pero se suponía que lo conseguirías tú, ¿verdad? El adalid de Kingshelm. El salvador de Havensreach. –Con una sonrisa burlona, dio varios pasos hacia Cedric–. Y mírate ahora.

Cedric avanzó a la par que Belien, alejándose de Zephyr, Gael, Thraigg y Nox.

–Nunca dije que fuera el salvador de nadie.

La risa de Belien sonó amarga. Hueca.

–Ahora estás con ellos. Desde el instante en que llegaste al castillo de Lumin, has insistido en unir fuerzas con los arcanios.

Has aprovechado cualquier oportunidad para colaborar con nuestros enemigos.

Has traicionado a los tuyos. Te has convertido en un renegado.

¿Y todo para qué? ¿Para que te roben la corona cuando llegues al final?

¿Para que sigan acaparando las tierras y el poder de Arcanis mientras cada día mueren más de los nuestros?

Cedric apretó la mandíbula.

–Eso no es cierto. El Tribunal dijo...

–Al infierno con el Tribunal. –Belien dio otro paso hacia Cedric. Se encontraban frente a frente; solo los separaba la grieta del suelo–. Toda esa palabrería sobre la unidad y la armonía no es más que una farsa. Continuarán haciendo lo que siempre han hecho: pisotearnos para trepar más alto.

Elyria contuvo el aliento. La tensión se podía cortar con un cuchillo, pero el laberinto había dejado muy claro lo que sucedía cuando se peleaban en su interior.

–Ya basta, Belien –dijo–. Déjalo estar. No tienes por qué acabar como ellos.

Fue lo peor que podía haberle dicho.

El humano se giró hacia ella, apretando su talismán en un puño.

–No permitiré que Belis haya perdido la vida por nada. Me niego a que Leona haya muerto en vano.

Levantó la mano, y Elyria sintió que el tiempo se ralentizaba. Belien empleó su magia para levantar un fragmento de roca y se cortó el antebrazo con el filo. La sangre corrió por su muñeca y goteó contra el suelo como una lluvia llegada del cuarto infierno.

Fue entonces cuando Elyria lo sintió.

Notó el poder que emanaba del hechicero en oleadas tangibles. Oyó cómo la magia crepitaba en el aire. Vio las venas escarlatas floreciendo bajo los ojos de Belien.

–Magia de sangre –musitó Kit con un hilo de voz, mientras todos observaban la atroz transformación con los ojos desorbitados.

La magia brotaba de Belien y rebotaba contra las paredes de piedra en ráfagas aleatorias, como si no pudiera contenerla.

Los adalides, desorientados, intentaban evitar los rayos escarlatas.

Zephyr gritó cuando uno pasó peligrosamente cerca de ella, y Nox la empujó hacia las sombras justo antes de que rebotara.

Elyria no le quitaba los ojos de encima a Belien. Atónita, vio que sus ojos de un gris azulado se transformaban en un rojo intenso y ardiente. Cuando sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra, Elyria lo supo: iba a matarla.

Se desplazó para cubrir a Kit, sintiendo un latigazo de dolor que recorría todos sus músculos. No había tiempo de hacer más: solo podía rezar para que su cuerpo protegiera a su amiga del golpe mágico, del último acto de venganza de un hombre que no tenía nada que perder.

Entonces, justo antes de liberar la ola de magia oscura que hervía a su alrededor, Belien se volvió en redondo... y apuntó con el brazo ensangrentado a otra persona.

Elyria sintió que se le caía el alma a los pies.

–¡Cedric! –chilló con voz desgarrada.

Pero era demasiado tarde; la oscura magia de Belian ya trazaba un arco en el aire. Un rayo rojo como la sangre golpeó a Cedric en el pecho.

El caballero salió disparado hacia atrás, y el estruendo metálico de la armadura contra la pared de roca resonó en la caverna. Cedric se deslizó, inerte, hasta quedar desmadejado el suelo.

Todo lo demás dejó de existir. Elyria se puso en pie de un salto; el dolor y el agotamiento eran un recuerdo lejano.

Corrió hacia Cedric y, al ver la mancha roja en la pared, se le hizo un nudo en el estómago.

El humano estaba muy pálido, con los ojos cerrados, pero fruncía el ceño y movía los labios.

El alivio y el pavor oprimieron el pecho de Elyria con idéntica fuerza.

Estaba herido –gravemente herido–, pero seguía vivo.

Oyó un gruñido inhumano a su espalda y se volvió.

Belien también seguía vivo. Encogido y jadeante, se desangraba en el suelo de la caverna mientras las venas escarlatas continuaban extendiéndose por su piel.

Fijó la mirada carmesí en el rostro dolorido de Cedric y percibió el ligero movimiento de sus facciones.

–No. –La voz de Elyria era de piedra y acero. Se puso en pie para interponerse entre ellos, y en sus ojos brilló una promesa mientras el suelo temblaba bajo sus pies.

En esa ocasión, no era el laberinto.

Era la Revivida.

No hubo dudas. No necesitó suplicar ni persuadir a su poder. Solo con pensarlo, las cintas de sombra salieron disparadas de sus manos y rodearon los brazos, la cintura y el cuello de Belien.

Otra cinta penetró en la fisura del suelo.

Y Belien ni siquiera tuvo tiempo de gritar sus últimas palabras antes de que lo soltara en el abismo y la tierra se lo tragara.