Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Dentro del laberinto

Elyria

L os estrechos corredores del laberinto se cernían sobre Elyria y Kit como si quisieran sofocarlas.

El ambiente pesado y húmedo las cubría como una manta, y la luz que se filtraba a través de las ramas era tenue, apagada y plomiza. No había ni rastro del aire fresco ni del sol radiante que habían disfrutado antes de cruzar el umbral del laberinto. Era como si estuvieran en lugar diferente.

Elyria doblaba una esquina tras otra con Kit pisándole los talones, en busca de un destello de cabello azul cobalto o del brillo de unas alas plateadas; cualquier señal de Cyren. Cuanto más se adentraban en el laberinto, más cambiaba este.

Las paredes se desplazaban, las raíces se desenredaban y recomponían en una danza lenta y deliberada que alteraba su ruta de pronto. Más de una vez tuvieron que pararse en seco y cambiar de dirección al encontrarse de pronto en un callejón sin salida.

El suelo bajo sus pies se volvió irregular, y la tierra dio paso a un terreno pedregoso.

Elyria, con el báculo en la mano, no dejaba de escudriñar aquel entorno desconcertante.

Estaba alerta, concentrada y vigilante...

, pero no podía librarse de la sensación de impotencia que empezaba a pesar sobre sus hombros. Estaban irremediablemente perdidas.

–Esto no me gusta –murmuró Kit, siguiendo de cerca a Elyria.

–A mí tampoco. No te alejes de mí y estate alerta.

Redujeron el paso cuando el terreno comenzó a descender en una suave pendiente. Las gruesas paredes de vegetación se fueron desdibujando y pronto se vieron sustituidas por largos tramos de sólida piedra lisa.

Elyria era consciente de que seguían al aire libre; el cielo continuaba en algún lugar por encima de sus cabezas.

Pero empezaba a encontrar algo familiar en la estructura del laberinto.

Le recordaba a los sinuosos pasillos por los que había vagado hacía dos noches, cuando se había encontrado con Cedric a la luz de la luna.

Los pasadizos se ensancharon. El aire se volvió más fresco y se atenuó la luz que se filtraba desde arriba. Los muros se movían cada poco tiempo, desorientándolas aún más. Sería imposible encontrar a Cyren a oscuras.

Afortunadamente, no tuvieron que intentarlo.

A Elyria se le cortó la respiración. Como si fuera un sueño, los fríos muros de piedra del corredor comenzaron a brillar, reflejando un caleidoscopio de colores.

Ignoraba qué magia encerraba la roca con la que se había construido esa parte del laberinto, pero era impresionante. Incluso en la penumbra, un arcoíris danzaba en su superficie iridiscente.

Luminosa.

Sobrenatural.

Como si hubieran arrancado la aurora del cielo y la hubieran atrapado en la piedra.

Era increíblemente bello. Y, por algún motivo, muy inquietante.

Kit extendió una mano hacia la piedra y acarició la superficie, extasiada.

Un chirrido lejano de rocas desplazándose rompió el hechizo. Elyria apartó la vista de las hipnóticas paredes.

–Tenemos que seguir adelante.

Una chispa de tristeza cruzó el rostro de Kit, pero asintió.

El laberinto continuaba descendiendo en una cuesta que rápidamente se convirtió en una pendiente pronunciada, que hacía que los muros de piedra iridiscente parecieran mucho más altos. Las copas de los árboles se aligeraron hasta que la roca se cerró sobre sus cabezas en un techo alto y abovedado.

Un túnel.

Bien podrían haber estado en las profundidades de la tierra.

Las paredes opalescentes despedían suficiente brillo para iluminar lo que tenían delante.

El resplandor las guiaba: cada vez que se encontraban con una bifurcación, cuando un muro se desplazaba, cuando se desorientaban, la luz se intensificaba y las llamaba.

Unos gritos lejanos y un ruido de aceros entrechocando captó su atención.

Deprisa , pensó Elyria, cruzando una mirada con Kit. Los golpes resonaban en las paredes del túnel y el perfume denso de la magia le hacía cosquillas en la nariz. Siguiendo el sonido, doblaron una esquina y...

Elyria abrió mucho los ojos ante la escena de batalla que tenía delante. No solo se batían Cyren y Belien, que se desplazaban como cobras, lanzando un ataque venenoso tras otro; la refriega también enfrentaba a los adalides con el propio laberinto, que parecía haber cobrado vida a su alrededor.

Las paredes palpitaban de energía. La piedra lisa temblaba y retumbaba, vibrando como si le irritara la lucha, la flagrante exhibición de enemistad..., de falta de unidad.

Era como si el laberinto –la prueba en sí– estuviera deseando unirse a la batalla.

Se encontraban en un tramo amplio, vacío, sin salida. La sala cavernosa se cerraba en una cúpula, coronada por una abertura circular por la que se filtraba la luz de la luna.

¿Llevaban tanto tiempo recorriendo el laberinto, o aquello era obra de la inquietante magia del Santuario? Elyria no pudo dedicar ni un segundo a planteárselo: un borrón azul y plateado pasó como un rayo por delante de ella.

Cyren se movía tan rápido que costaba seguirlo con la vista.

Llevaba una daga en la mano derecha; con la izquierda, conjuraba ráfagas de viento que lo impulsaban en todas las direcciones para esquivar los ataques de Belien.

Un estoque con la empuñadura decorada y punta afiladísima volaba por la sala.

Belien lo estaba manipulando desde lejos con su magia, manteniéndose lejos del alcance del aeromante.

Kit echó a correr mientras tejía patrones en el aire con las manos para invocar su magia.

Sin embargo, antes de que pudiera ayudar a Cyren, las paredes relucientes palpitaron y una onda expansiva sacudió la sala.

Kit tropezó y perdió su magia mientras luchaba por mantener el equilibrio.

Era como si el laberinto le hubiera impedido interferir.

¿Y dónde estaba Leona? Elyria escudriñó toda la estancia hasta que la encontró. Se encontraba apoyada en un muro, agarrándose un brazo. Tenía la manga empapada de sangre, observó Elyria con una siniestra satisfacción.

Sin embargo, no era suficiente para impedir que se reincorporara a la lucha. La mirada de Leona se afiló al ver a Kit. Al verlo, Elyria se adelantó al tiempo que lo hacía la hechicera humana y lanzó un golpe de báculo que hizo tropezar a Leona.

La humana recuperó a duras penas el equilibrio y se volvió furiosa hacia Elyria.

–¡Tú!

Elyria la saludó moviendo un par de dedos.

–Yo.

Con una mueca furiosa en el rostro y una daga en la mano, Leona se abalanzó contra ella.

Elyria clavó un extremo del báculo en el suelo y lo empleó para dar una voltereta, esquivando el ataque y aterrizando a la espalda de Leona. Alzó una pierna y le propinó una rápida patada en el trasero. La hechicera humana se golpeó contra un muro y gritó, sujetándose de nuevo el brazo herido.

El aire crepitaba con magia a su alrededor, y el suelo bajo sus pies retumbaba. Leona cambió la daga a la otra mano y soltó su talismán un segundo. Elyria vio que la gema parecía mortecina; Leona casi se había quedado sin maná. El combate estaba prácticamente decidido.

–Ya es suficiente, Leona –dijo, sintiendo cómo la magia chisporroteaba en las yemas de sus dedos–. Esto es absurdo. No tienes motivos para luchar contra nosotros.

–Eso es lo que tú dices –gruñó la humana–.

No entiendes nada, ¿verdad? Malditos arcanios egoístas; sois unos niños mimados.

¡No somos nosotros los que queremos luchar!

Tenéis toda la magia del mundo a vuestra disposición, siglos y siglos para aprender y madurar, para vivir y dejarnos vivir...

, pero vuestra prioridad es impedirnos acceder a algo que ni siquiera necesitáis.

Si conseguimos la corona, podremos cambiar las cosas y recuperar lo que debería ser nuestro.

Podríamos asegu rarnos de dejar de vivir bajo la sombra de los de tu especie, a merced de gente como tú.

–Le temblaba la voz; sus ojos parecían desquiciados–.

Así que no, Revivida. Tú no decides cuándo es suficiente.

Eso lo decido yo. –Se arrojó contra ella, lanzando un tajo con todas sus fuerzas.

Elyria retrocedió e hizo girar el báculo, y Leona gritó cuan­­do la madera impactó contra su brazo herido. Su chillido resonó en las paredes palpitantes del laberinto.

–Se te acaba el tiempo –indicó Elyria con tono tranquilo–. Estás herida y casi no te queda maná. Si continúas peleando, no saldrás de esta. Deja de luchar y colabora con nosotros. Quizá aún podamos salir con vida del Crisol.

Leona jadeaba con el brazo herido apretado contra el pecho, aferrando su talismán con los dedos ensangrentados. La daga que tenía antes en la mano flotaba amenazadoramente en el aire entre ellas.

–¿Y de qué sirve salir con vida del Crisol sin la corona en las manos? –Su voz era áspera; sus ojos, salvajes. Con un grito furioso y una explosión de maná, la daga salió volando.

Elyria la esquivó y la hoja se clavó profundamente en la piedra a su espalda. Dejó caer el báculo y apretó los puños, agarrando los zarcillos de sombra que bullían bajo su piel.

Los lanzó hacia Leona.

Pero no eran cintas afiladas como las que habían cortado el ala de Gael, sino suaves volutas de humo oscuro que se enroscaron en torno a los tobillos y el brazo bueno de Leona y la inmovilizaron.

La hechicera soltó un grito de frustración y llamó a Belien, pidiendo ayuda, pero Elyria echó un vistazo y vio que el otro humano estaba más que ocupado: su espada bailaba en el aire mientras Cyren esquivaba y paraba los golpes con movimientos veloces y precisos.

Kit lanzaba barricadas de hielo desde un lateral para ralentizar a Belien y proteger a Cyren.

¡Da la cara y juega limpio, zorra con alas!

Elyria se quedó helada. Se volvió hacia Leona, que seguía inmovilizada, con los labios apretados. Hubiera jurado que la había oído hablar.

Entonces entendió lo que había pasado, y la impresión la dejó paralizada. Había oído realmente a Leona, del mismo modo en que había oído a Brandon Cormac en sus últimos momentos, en el castillo de Lumin.

Con una súbita claridad, recordó los instantes de comunicación tácita entre Leona y Belien. Las miradas silenciosas. La insufrible suficiencia que emanaba la hechicera.

Leona leía las mentes. Era una maldita sabedora.

Y la estaba atacando con lo que debían de ser las últimas gotas de su maná.

La mente de Elyria se llenó de estática.

Le nubló la vista, le invadió los oídos.

No podía pensar, no podía oír nada más que un ruido blanco ardiente.

Los gritos de un centenar de soldados moribundos, el silbido de las armas desgarrando la carne, el olor metálico de la sangre, el hedor de la muerte...

Sentía en carne propia cada vida que había arrebatado como Revivida, cada herida que había infligido, cada gemido de dolor y cada alarido de miedo.

No podía soportarlo. Algo tibio empezó a brotar de su nariz. Tropezó, a punto de perder el control de las sombras que encadenaban a Leona.

Pero, con un esfuerzo titánico, se sobrepuso.

Se concentró en las volutas de oscuridad e hizo que se ciñeran con más fuerza.

Leona soltó un gemido de dolor y el ruido que inundaba la mente de Elyria se disolvió hasta desvanecerse.

Aprovechando el momento, lanzó una oleada de magia natural contra el muro que fragmentó la piedra en cientos de esquirlas y las atrajo hacia la humana.

Leona tiró de sus ataduras de sombra y se agachó, encogiéndose para protegerse del aluvión inminente: una lluvia de piedras punzantes que podrían destrozarla hasta convertirla en pulpa.

Elyria detuvo los fragmentos y los mantuvo amenazadores a su alrededor.

–Para. De. Luchar. Contra. Nosotros –exigió entre dientes.

La respiración de Leona se volvió jadeante y desesperada. Por primera vez, Elyria vio algo más que furia en sus ojos avellana.

Vio miedo.

El tipo de miedo que empuja a hacer locuras.

Leona soltó un rugido desafiante y la estática ardiente volvió a invadir la mente de Elyria. El zumbido le inundó los oídos; era más fuerte, más agudo, más doloroso que antes. Perdió el control de las sombras que encadenaban a Leona, y los fragmentos de roca se desplomaron en el suelo.

Y no solo fue ella la afectada.

Oyó el grito de Kit, el aullido de Belien, el bramido de dolor de Cyren. Buscó a los adalides con la visión borrosa y descubrió que los tres se habían derrumbado y se agarraban la cabeza.

Elyria ya no era el único objetivo de Leona. Su magia mental había colmado la caverna, atacándolos a todos.

Cayó de rodillas, apretándose los oídos. La magia de Leona latía dentro de su cráneo, invadiendo las grietas y hendiduras de su mente como si intentara desgarrar su conciencia desde dentro.

Prefiero veros muertos antes de permitir que obtengáis la corona.

Kit soltó otro grito agudo que destilaba dolor, y la sangre de Elyria comenzó a hervir. Leona iba a matarlos a todos.

No podía permitirlo. Jamás lo consentiría.

Hurgó en lo más profundo de su interior, apenas consciente del hilo de sangre tibia que caía por su mentón. Buscó mentalmente un hilo de su oscuridad y lo tensó, dispuesta a arrojarlo.

Pero, antes de que pudiera hacerlo, un terremoto sacudió la caverna.

No había sido ella.

No creía haber sido ella.

Lo único que pudo hacer fue rodar a un lado cuando el suelo se abrió bajo sus pies. Igual que había sucedido fuera del laberinto, una grieta rajó la tierra, pero de su interior no brotaron raíces y enredaderas. Continuó creciendo, rasgándose, hasta crear un abismo profundo e insondable.

A Elyria se le escapó un gemido de desesperación al ver que su báculo caía al vacío, pero no tuvo tiempo de lamentarse por su pérdida.

La zanja la estaba persiguiendo, como si el laberinto quisiera castigar a los que habían perturbado su paz.

Rodó por el suelo una y otra vez, intentando huir, hasta que chocó con un muro. No podía escapar.

La grieta siguió avanzando.

Elyria jadeó cuando el suelo se desmoronó y sintió una fracción de segundo de ingravidez.

Después, cayó al vacío.