Capítulo 29 #3
El golpe que había recibido Elyria fue como un puñetazo en el estómago.
Jadeó mientras se ponía en pie con dificultad y echó a correr tras los hechiceros, lanzando una mirada incrédula a Cedric al pasar a su lado.
El caballero estaba paralizado, con la indecisión estampada en el rostro.
Thraigg y Zephyr lo miraban con inquietud, como si esperasen que les dijera qué hacer.
No se veía a Nox por ninguna parte. ¿Se habría adentrado ya en el laberinto sin que nadie se diera cuenta?
Miserable nocterrian... , pensó.
Una llamarada pasó volando por encima de la cabeza de Elyria y alcanzó el borde de la capa de Leona justo cuando cruzaba el umbral. Gael soltó un grito de victoria cuando Leona chilló y detuvo su carrera para apagar las llamas que le lamían los pies.
Sin pensarlo, Elyria extendió una mano, y de ellas surgieron unos zarcillos oscuros que formaron una cinta de sombra con los bordes afilados como cuchillas.
El estupor de ver cómo aparecían sus sombras pasó a un segundo plano y, sin pararse a reflexionar, las lanzó contra Leona.
Tenía que frustrar sus planes. La detendría, la ataría y ya lidiarían después con ella.
Pero Elyria se había olvidado momentáneamente de Belien. El humano se interpuso y, con una explosión de maná, desvió la afilada cinta, lanzándola por encima de Elyria.
No. No, no, no, no...
Antes incluso de que surcara los cielos el chillido de sorpresa y dolor de Gael, Elyria supo lo que había pasado. Lo supo antes de oír el ruido que hizo al caer al suelo, antes de ver la sangre que salpicaba la hierba o el ala cortada que yacía en un ángulo grotesco cerca de allí.
Notó cómo le subía la bilis por la garganta.
–¡Monstruos! –El rugido de Cyren fue un grito de guerra.
Echó a correr tras Belien y Leona y se internó en el laberinto sin que nadie tuviera tiempo de detenerlo. Con un destello de sus alas plateadas, desapareció tras los humanos y los tres desaparecieron, engullidos por el sinuoso laberinto.
Elyria corrió hacia Gael, con el corazón desbocado. La ignimante jadeaba. Le apartó un mechón de pelo rojo de la frente. Estaba muy pálida.
–Lo siento. Lo siento muchísimo –murmuró Elyria, presa del pánico.
Zephyr y Kit trabajaban tan rápido para intentar detener la hemorragia que Elyria no veía más que un borrón.
–Aguanta, Winters –ordenó Kit, mientras envolvía con hilos de magia curativa lo que quedaba del ala derecha de Gael.
–Te vas a poner bien, te lo prometo –dijo Zephyr, pasando las manos brillantes por el cuerpo de Gael para sanar cualquier lesión que hubiera en su interior.
Elyria sentía cómo la culpa ardía bajo su piel. El hielo reptaba por sus entrañas. Oyó unos pasos pesados y un roce del metal y supo quién estaba detrás de ella sin necesidad de volverse.
–¡Todo esto es culpa tuya! –gritó, girándose hacia Cedric.
Él retrocedió.
–¿Mía? Eso es...
No le dejó hablar. Fue dando pasos hacia delante sin dejar de acusarlo.
–¡Te quedaste ahí parado! –Paso adelante–. ¡Dejaste que se escaparan! –Otro paso–. ¿En qué pensabas? –Un paso más.
–Yo no hice...
–Exacto, nada. Te quedaste ahí plantado como un maldito cobarde mientras tus hermanos humanos –silabeó, como si le lanzara una daga envenenada– intentaban hacer trampas para conseguir la corona.
El rostro de Cedric se ensombreció.
–¿Y crees que merecen morir por haber hecho trampas? –murmuró a media voz.
Por un instante, Elyria sintió que su ira se enfriaba. Cedric no se estaba refiriendo tan solo a Leona y Belien.
–No –sentenció con convicción–. Pero sí lo merecen por lo que le acaban de hacer a Gael. Por lo que le podrían estar haciendo a Cyren ahora mismo.
Gael tosió débilmente.
–Alguien... Alguien...
Elyria regresó a su lado de inmediato.
–Chist –dijo–. No hagas esfuerzos. Concéntrate en curarte.
–Alguien tiene que ir a ayudarlo –suplicó Gael–. Ayuda a Cy, por favor.
Elyria miró los ojos de color verde bosque de Zephyr.
–¿Puede moverse?
La silvana negó con la cabeza mientras sacaba un frasco tras otro de su cinturón.
–Todavía no.
–Entonces, tendremos que separarnos –declaró Elyria, poniéndose de pie. Recogió su báculo, clavó la punta en el suelo y apoyó todo su peso contra él, como si estuviera a punto de desplomarse–. Yo iré tras ellos.
Kit se incorporó.
–Iremos juntas –dijo, y su ofrecimiento hizo que a Elyria se le encogiera el corazón. Sin embargo, Kit solo dio dos pasos antes de detenerse y echar un vistazo nervioso a Gael y Zephyr–. ¿Y si necesitaran...?
–Yo me quedaré. –La voz profunda de Thraigg sonó extrañamente solemne.
Elyria le dedicó al enano un gesto de agradecimiento.
–No os pongáis en marcha hasta que se haya recuperado lo suficiente. Encontraremos a Cyren... y nos encargaremos de Leona y Belien. Nos reuniremos con vosotros al otro lado.
–Yo también voy –dijo Cedric, con una voz cargada de emoción que hizo que a Elyria se le encogiera el pecho.
No podía lidiar con eso en ese momento, no quería hacerlo.
Sabía que no estaba siendo justa; estaba haciéndole pagar la culpa desgarradora que sentía por el papel que había desempeñado ella misma en la mutilación de Gael.
No le importaba.
–No –sentenció. Le pareció que Cedric se había estremecido por su gélido tono: bien–. Quédate aquí con Gael. Es lo menos que puedes hacer.
Y, tras echar una última mirada al ala destrozada que yacía en la hierba, echó a correr hacia el laberinto.