Capítulo 29
Unidad
Elyria
– ¿ U n laberinto? –Zephyr volvió a ponerse de puntillas para echar otro vistazo a través de la capa de hielo.
–¿Podéis dejar de repetir lo mismo? –gruñó Thraigg–. Me vais a acabar volviendo loco con tanto eco.
–Entonces, el verdadero desafío está ahí dentro –afirmó Nox, con los negros cuernos centelleantes a la luz del sol–. Nos encontramos tan solo en la línea de salida.
–Y quién sabe lo que habrá ahí dentro... –añadió Cedric.
–Bueno, de algo podemos estar seguros –intervino Leona, irguiendo la espalda.
Elyria cruzó una mirada con Kit y contuvo un gemido.
–¿De qué?
–Siempre hay un premio en el centro de un laberinto.
–Ah, ¿siempre? –replicó Kit–. ¿Quién lo dice?
Leona entrecerró los ojos.
–Pues... –Se aclaró la garganta–. Todo el mundo lo sabe.
–¿Sabes lo estúpido que suena eso?
Belien se puso delante de Leona, como si quisiera protegerla del sarcasmo de Kit.
–Tú sí que eres estúpida. ¿Y si ahí dentro está la corona?
–Exacto. –Leona le hizo un gesto con la barbilla–. Por eso tenemos que entrar.
–Yo lo he intentado –dijo Elyria–. Me habéis visto.
–Está claro que no lo suficiente.
–¿Y qué tal si lo intentas tú, Blackwood? –la pinchó Kit.
–Encantada. –Leona dio un paso adelante y aferró el amuleto que llevaba al cuello, colgado de una cadena. Movió los labios en un hechizo silencioso, alzó una mano y señaló la pared de raíces como si pudiera amedrentarla para que se moviera.
No pasó nada.
–¡Belien! –gruñó la humana.
El hechicero se apresuró a colocarse a su lado e imitó sus movimientos.
No ocurrió nada.
Kit resopló.
Cyren soltó una carcajada.
–Impresionante, desde luego.
Leona soltó un bufido sin alterar su expresión gélida, pero Elyria notó que tenía las orejas coloradas.
Cedric fue el siguiente en intentarlo. Empezó a darle mandobles a la muralla vegetal como si antes no hubiera llegado a la conclusión de que las raíces eran demasiado gruesas como para cortarlas.
Jadeante, se rascó la nuca.
–Puede que esto lleve un rato.
Y continuó intentándolo.
Una y otra vez, batalló contra la muralla a golpes. Thraigg se unió a Cedric, pero cada vez que cortaban una enredadera, otra la sustituía al instante. Gael prendió fuego a toda la muralla y el incendio se apagó como si las raíces se tragaran las llamas. Ni siquiera se chamuscaron.
Zephyr intentó trepar en un momento dado. Se puso a escalar con agilidad a una velocidad impresionante, pero las raíces se movieron como serpientes, impidiendo que encontrara asideros, y Cyren terminó salvándola con una ráfaga de viento que impidió que se estrellara contra el suelo.
No importaba qué métodos emplearan, nada funcionaba. Era como si el laberinto se opusiera a ellos.
No. Como si los rechazara frontalmente.
Según se les fue agotando la paciencia, se avivaron las discusiones. El sol comenzó a descender en el cielo.
La voz de Nox se abrió paso entre las quejas. Se acercó a Elyria, que estaba sentada en la hierba.
–¿Por qué no usas tus sombras?
–¿Perdón?
–Todos hemos visto lo que puedes hacer. Eres una noctimante, y una muy poderosa.
Yo solo tengo control suficiente para fundirme entre las sombras y esconderme, pero manipularlas como lo hiciste cuando...
–Echó un breve vistazo a Belien–. Tus sombras son fuertes.
Puedes crear formas sólidas. ¿Por qué no las pruebas en la pared?
Elyria no supo qué responder. No le apetecía explicar que se había pasado todo el día anterior intentando averiguar cómo lo había conseguido. No quería admitir que no había encontrado respuesta.
Había sido capaz de separar su magia natural de la sombra, pero todos sus intentos de volver a crear un zarcillo sólido de negrura habían fracasado.
Por mucho que tirara de ella o le suplicara, era como si su oscuridad se hubiera dormido otra vez.
Apenas había logrado extraer una brizna de sombra.
No le hacía mucha gracia que Nox se enterara, pero todavía menos que lo supieran Belien y Leona.
No era buena idea que los humanos fueran conscientes de su debilidad.
Tal vez hubiera aceptado su oscuridad interior, pero allí, fuera de la ilusión de la prueba del Espíritu, no tenía ni idea de cómo controlarla.
Afortunadamente, no tuvo que inventarse una excusa porque Kit se acercó en ese mismo instante.
–¿Vas a volver a intentarlo, Elle? –preguntó en tono animado, aunque se notaba que estaba perdiendo la esperanza.
Hacía un rato, había intentado congelar las enredaderas para hacerlas más frágiles y que Thraigg pudiera romperlas, pero el martillo del enano rebotaba en ellas como si la muralla fuera de goma.
Nox miró a Elyria con interés, esperando su respuesta a la pregunta de Kit.
–Quizá, sí –murmuró, y detestó la vacilación de su voz mientras se incorporaba–. Pero no creo que yo sola sea lo bastante fuerte –añadió.
Era una evasiva, pero no necesariamente una mentira. Incluso aunque pudiera invocar su oscuridad, no creía que pudiera romper la muralla sin ayuda; había una magia antigua que le impedía manejar las raíces y la bloqueaba.
Era como si necesitara una llave.
De pronto, se detuvo a mitad del paso y sintió que la invadía una sensación de claridad.
«Recordad: la unidad es la llave».
La voz múltiple del Tribunal resonó en su cabeza y, de pronto, comprendió lo que tenían que hacer con tal nitidez que se sintió estúpida por no haber caído antes.
–Eso es –dijo con tono de asombro, acercándose a la muralla.
–¿El qué? –preguntó Kit.
–La unidad.
–No empieces con esa mierda otra vez –gruñó Belien, y Elyria lo hizo callar con una mirada furibunda.
–No creo que sea posible que cruce esa barrera yo sola. Ninguno de nosotros podrá. El Tribunal no deja de repetir desde el principio que debemos trabajar juntos. ¿Y eso para qué, si no fuera para asegurarse de que se nos ocurriría hacerlo cuando fuese necesario?
–¿A qué te refieres? –preguntó Gael.
–«La unidad es la llave»: eso es lo que ha dicho el Tribunal. Si queremos superar esta prueba, creo que es absolutamente necesario que trabajemos juntos. Y de verdad.
–¿Y cómo propones que lo hagamos? –El tono de barítono de Cedric resonó inesperadamente cerca de Elyria, que se estremeció.
La fae tragó saliva y observó los rostros de sus compañeros adalides. Todos mostraban una esperanza cautelosa..., salvo dos, que continuaban con idéntica cara de enfado.
–Esta es la prueba de la Magia –indicó con serenidad–. Necesito que todos me prestéis vuestro poder.
Se hizo el silencio entre los nueve, tan tenso que se podía cortar con un cuchillo.
Entonces, Leona soltó una carcajada sarcástica.
–Tú sueñas, pixie –bufó Belien–. Por encima de mi cadáver.
–Me sorprende vuestra reacción –comentó Gael, impasible.
–Ignóralos –replicó Kit–. Cuenta con mi magia, Ellie.
–Y con la mía –dijeron Cyren y Gael al unísono.
Thraigg gruñó:
–Mi respuesta es sí.
–Te entregaré todo lo que pueda aportar –añadió Zephyr con humildad.
–Yo también –se sumó Nox.
Entonces, como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los adalides se volvieron hacia el caballero en un único movimiento fluido.
Cedric crispó la mandíbula, como si la mera posibilidad de prestar su magia le provocara dolor físico.
Elyria intentó ponerse en su pellejo; a pesar de su alianza tácita con Zephyr y Thraigg y de la tregua a regañadientes que mantenía con ella, fusionar su magia estaba a otro nivel.
Lo exponía a una vulnerabilidad desconocida.
Sus ojos de un marrón dorado se encontraron con los de Elyria. Por favor , pensó ella. Confía en mí .
Pasaron varios segundos tensos hasta que el caballero asintió.
A Elyria se le disparó el corazón.
Leona aspiró con un siseo, como si le horrorizara que un humano estuviera dispuesto a aceptar.
–¿Sabes qué hacer? –preguntó Cedric.
Elyria asintió y, de pronto, la invadió el recuerdo de Evander: sus ojos de oro entrecerrados y una sonrisa irónica en su hermoso rostro mientras se rajaba la palma con decisión, tranquilizándola y asegurándole que eso era lo que hacían las almas gemelas.
Compartir su magia, le había dicho, demostraría que estaban hechos el uno para el otro.
Parpadeó para apartar la imagen.
–Tenemos que mezclar nuestra sangre –explicó, desenfundando la daga de su cadera.
Cedric desorbitó los ojos mientras ella se clavaba la punta en la palma izquierda.
–¿Magia de sangre?
La sangre empezó a brotar. Elyria extendió la mano.
–No del tipo que estás pensando; no es magia sanguinagi. No hay nada perverso en esto, créeme.
–¿Estás segura?
Elyria asintió.
–No es la primera vez que lo hago. –Cruzó una mirada con Kit y luego volvió a mirar al caballero–. Confía en mí.
Los siete adalides se colocaron frente a ella formando una media luna, con la pared de raíces y espinas a su espalda.
Kit tomó la daga, se pinchó la yema del dedo y dejó caer unas gotas en la palma de Elyria.
Nox lo hizo a continuación, y su sangre granate tiñó la mezcla de un tono más oscuro. Después, Zephyr y Thraigg; las gotas de sangre verde de la silvana quedaron engullidas por el reguero rojo brillante del enano.
Cyren y Gael añadieron unas gotas cada uno.
El último fue Cedric, que miró con recelo la palma sangrante de Elyria.
–Solo necesito una gota o dos –dijo ella–. No hace falta mucho.
–Pero... –Tragó saliva y echó un vistazo nervioso a su alrededor–. En realidad, no me necesitas, ¿verdad? La magia no está en nuestra sangre; los humanos la ejercemos a través de nuestros talismanes. No hay nada que fusionar.
–Hay magia en todo –replicó Nox.
–¿Y qué clase de unidad sería esta si no participas, caballero? –añadió Kit con una sonrisa, que se le borró al mirar a Leona y ver que retrocedía varios pasos–. Última oportunidad –ofreció la fae.
–Ni de broma –escupió Leona.
Cedric suspiró. Se cortó la punta del dedo y la sangre corrió por su nudillo hasta caer en la palma abierta de Elyria.
Como si la sangre de ella supiera que aquella era la contribución final, comenzó a arremolinarse en su palma y a brillar. Entonces, en un pestañeo, desapareció absorbida en su interior, sin dejar atrás ninguna huella del corte.