Capítulo 28
La tercera prueba
Elyria
T odos se quedaron paralizados por un instante. No se oía nada más que el ruido de la tierra asentándose y las respiraciones entrecortadas. El aire parecía espeso; la magia y la tensión anegaban las fosas nasales de Elyria.
Le sorprendió que fuera Zephyr quien rompió el silencio.
–Por la Madre Tierra... ¿Y ahora qué hacemos? –musitó.
Kit contuvo una risilla.
–Teniendo en cuenta lo que acabamos de presenciar, no podrías haber escogido unas palabras más precisas. Condenados celestiales... ¿No tenían que mantenerse al margen de los asuntos mortales?
Thraigg empezó a reírse a carcajadas, como si fuera lo más gracioso que había oído en años, y Elyria puso los ojos en blanco.
–Dudo que haya sido una intervención de Gaia; es más probable que sea la magia del Crisol. En todo caso, poco importa quién fuera. Estamos atrapados aquí.
Se acercó a la muralla de raíces y espinas, pisando con precaución el suelo agrietado. Extendió una mano con cautela y buscó la magia que latía en toda la naturaleza, algún hilo que pudiera aferrar y emplear para crear una abertura.
Frunció el ceño. Podía sentirla, sabía que estaba allí. Pero era débil. Estaba bloqueada.
Oyó pasos tras ella y creyó reconocerlos.
–No estoy segura de poder hacer mucho para atravesar esto, Kitty Kat –admitió.
–¿Por qué no? –respondió una voz mucho más grave de lo que esperaba.
Se giró en redondo.
–Tú no eres Kit.
Cedric esbozó una media sonrisa.
–¿De qué me suena eso?
Elyria puso mala cara.
–Ya. Sí, bueno; estamos en paz.
El caballero frunció el ceño y abrió la boca para protestar, pero pareció pensárselo mejor. A Elyria le sorprendió lo mucho que le molestaba no enterarse de lo que iba a decir.
Carraspeó y señaló el muro.
–Las raíces son demasiado gruesas y están demasiado apretadas, como si se hubieran soldado unas con otras. Detecto algunos puntos débiles, pero no creo que pueda abrir un hueco lo bastante grande ni para que pase Zephyr.
Cedric sacó la daga de su cinturón y, por un instante, Elyria sintió una punzada de alarma. Pero el caballero solo la utilizó para pinchar las raíces y las enredaderas como si quisiera comprobar su grosor.
–Demasiado gruesas para cortarlas –sentenció–.
No podemos abrirlas por la fuerza, tú no puedes separarlas para hacer una entrada...
¿Y si excavamos por debajo? Según tengo entendido, la magia de un selvimante proporciona cierto domi nio sobre la tierra y la roca, ¿no? Podríamos hacer un túnel por debajo.
Elyria lo miró sin comprender.
–¿Quieres que... cave... un túnel? ¿Debajo de eso?
–Estoy segura de que Elle agradece que confíes tanto en sus habilidades, pero ten en cuenta que incluso la poderosa Revivida tiene sus limitaciones –comentó Kit con sorna, acercándose a la muralla.
Elyria le dedicó una mirada de agradecimiento.
Kit había aceptado con naturalidad la magia oscura que Elyria había mantenido oculta, después de haberse tomado un poco de tiempo para asimilarlo.
El día anterior, mientras estaba escondida en su habitación –bueno, escondida no; ella no se escondía de nadie–, Kit había sido un apoyo constante.
Le había llevado comida y había hablado con ella sobre cómo separar su nueva magia oscura de su magia natural familiar.
Había sido casi como en los viejos tiempos; como si no hubieran pasado décadas, como si no se encontraran en aquel lugar siniestro.
Por momentos, Elyria sentía que estaban de nuevo en la finca Ravenswing, que Evander entraría por la puerta en cualquier momento, le daría una palmada en el hombro a Kit y la estrecharía a ella entre sus brazos.
De no haber sabido que era imposible, habría jurado que sentía su presencia.
En ese momento, Cyren se acercó a ella volando con sus brillantes alas plateadas.
–Si no podemos pasar por debajo ni podemos atravesarlo, ¿por qué no vamos por encima? Podríamos sobrevolarlo y largarnos sin más –declaró, chasqueando los dedos.
–Creo que olvidas que no todos los presentes tienen alas, Cy –dijo Gael.
–No lo olvida, no –gruñó Belien con una mueca de desprecio.
Cyren le dedicó una sonrisa inocente.
–Podríamos llevarlos –dijo Kit con seriedad, como si realmente lo estuviera considerando–. Tendremos que hacer dos viajes, pero...
–Espera un segundo –la cortó Cedric con una mirada que solo podía describirse como de espanto–. No nos precipitemos.
Elyria se mordió el labio inferior para contener la sonrisa que amenazaba con escapársele. ¿Acaso el gran adalid de Kingshelm tenía miedo a las alturas?
–Ni siquiera sabemos si el Crisol quiere que sorteemos este muro –continuó Cedric–. ¿Y si el objetivo de esta prueba no está fuera de la muralla, sino dentro?
–Por fin, algo de sentido común –masculló Belien, aunque su tono dejaba claro que no le gustaba darle la razón a Cedric–. Es una idiotez pensar que el desafío sea tan simple como superar un muro.
Cyren levantó una ceja.
–Si tú te sientes incapaz, será un placer llevarte en brazos, amigo mío. Siempre y cuando quede claro que no me hago responsable si se me resbalan los dedos accidentalmente.
Belien le respondió con un gesto obsceno, y Cyren se limitó a soltar una carcajada antes de inclinarse hacia Elyria.
–Estaría encantado de llevarte también a ti, preciosa –le susurró al oído.
Elyria resopló.
–Con este tipo de actitudes no vamos a llegar a ninguna parte –protestó, intentando mediar con tibieza.
Sinceramente, no le apetecía ni lo más mínimo soportar a aquel insufrible pelirrojo, pero tampoco quería que la voz del Tribunal retum bara en su cabeza y soltara un montón de tópicos sobre la necesidad de unidad. No quería más sorpresas.
Evidentemente, fue justo eso lo que recibió.
A la velocidad del rayo, el cielo se encendió en una llamarada de calor y luz.
Las copas de los árboles estallaron en llamas que se extendieron en una ola abrasadora.
Elyria notó que el calor le llegaba a la cara incluso desde el suelo, mientras las llamas se extendían hacia arriba, lamiendo el azul del cielo.
El incendio no se detuvo. Las llamas se afinaron en líneas que cruzaban el cielo y danzaban en el aire, y los hilos humeantes se extendieron desde las copas hasta el edificio donde se encontraban las puertas.
–¿Gael? –murmuró Cyren, vacilante.
La fae negó con una sacudida de su cabello rojo, tan resplandeciente como las llamas.
–No soy yo, pero déjame ver qué puedo... –Despegó antes de terminar la frase y sus alas naranjas brillaron contra el incendio mientras se acercaba a los árboles.
Cedric, al lado de Elyria, se llevó la mano al pecho en un ademán tenso cuando Gael extendió los dedos hacia los hilos de fuego.
Elyria notó el movimiento con el rabillo del ojo y torció un poco la cabeza para mirarlo sin que fuera evidente.
Se había esforzado mucho por ignorarlo, por no observarlo, por no pensar en él.
Quería que ambos olvidaran aquel desastroso encuentro a la luz de la luna.
Pero no podía ignorar la expresión arrobada de su rostro y la forma en que observaba a Gael mientras ella... Bueno, Elyria no estaba segura de lo que estaba haciendo la fae, pero suponía que estaría empleando su magia para algo.
Y Cedric parecía hipnotizado por ello.
–¿No se quemará? –preguntó sin dirigirse a nadie en particular.
–Es una ignimante –respondió ella, como si la palabra lo explicara todo.
Así debería haber sido, de hecho; el caballero, teniendo en cuenta que llevaba toda su vida entrenando para enfrentarse a una competición mortal contra sus enemigos, parecía sorprendentemente ignorante acerca de la magia arcania.
La inmunidad a las quemaduras era solo una de las muchas ventajas de dominar la magia del fuego.
Ojalá todos fuéramos tan afortunados , pensó Elyria, resistiendo el impulso de palparse los muslos.
Las llamas se extinguieron y, casi al instante, Gael soltó un grito. Comenzó a girar erráticamente en el aire con las alas desplegadas y Elyria se percató de que había perdido el control. Estaba cayendo en picado.
Cedric echó a correr para atrapar a la fae antes de que se estrellara, al tiempo que Cyren extendía una mano y lanzaba una suave ráfaga de viento que frenó su descenso. Gael aterrizó suavemente en los brazos de Cedric.
–¿Qué ha pasado? –exclamó Elyria con incredulidad, corriendo hacia ellos.
–Un truquito de magia muy ingenioso, pero bastante molesto –murmuró Gael, con una mezcla de asombro y amargura, mientras Cedric la dejaba en el suelo–. Volar va a ser imposible.
–¿En serio? –preguntó Cedric, y Elyria resistió la tentación de reírse ante el alivio de su voz.
–El fuego, en realidad, servía para fijar una especie de barrera –explicó Gael, señalando al cielo–. En cuanto las llamas se han apagado, la magia se ha activado y me ha impedido volar.
Elyria desplegó las alas con el ceño fruncido, atisbando por el rabillo del ojo la expresión maravillada de Cedric. Aleteó, pero Gael estaba en lo cierto: en cuanto intentaba despegar, una fuerza invisible la empujaba para pegarla al suelo.
–Genial –gruñó, volviéndose hacia Cyren–. Creo que al Crisol no le ha hecho gracia tu plan, Cy.
Kit se rio entre dientes.
–Exacto. No debía de ser lo bastante «unitario»...
Cyren sacudió las alas con irritación antes de plegarlas.
–No habléis del Crisol como si fuera un ser vivo.
–¿Acaso no lo es? –musitó Elyria, escrutando el cielo con los ojos entrecerrados. Lo había dicho tan bajo que creyó que nadie la había oído, pero se dio cuenta de que Cedric la miraba con desconcierto.
Gael dio un paso adelante e inspeccionó la muralla de vegetación como si pudiera atisbar algo más allá.
–¿Y ahora qué hacemos?
Elyria volvió a examinar la maraña de raíces y espinas.
–¿Qué opciones tenemos? –Con un suspiro, desenfundó el báculo que llevaba a la espalda y lo dejó caer en la hierba antes de plegar las alas–. Dejadme que lo intente otra vez.
–¿Estás segura de que...? –Cedric se calló en seco al ver cómo le fulminaba con los ojos.
Elyria extendió las palmas frente a su rostro y abrió los dedos.
Cerró los ojos y dejó que su conciencia penetrara en la hierba, en el suelo, más y más abajo, hasta el corazón de la tierra.
Alcanzó la magia que sentía vibrando en lo más profundo de cada enredadera retorcida y cada raíz nudosa.
Era débil, como si estuviera cubierta por un velo, pero se encontraba allí.
La melodía de la vida se entretejía con la esencia de la naturaleza: un himno al crecimiento, al potencial.
Con una concentración minuciosa, se centró en los susurros que zumbaban dentro de cada raíz y enredadera, atrayéndolos hasta que pudo sentirlos, agarrarlos.
Entonces, tiró.
Era como arrastrar un ancla por un mar de alquitrán.
El sudor perlaba las arrugas de concentración de su frente mientras intentaba separar las raíces.
No querían ceder, se resistían a moverse.
Pero, finalmente, logró desenredar los zarcillos espinosos lo suficiente como para crear una abertura de apenas dos palmos de ancho.
–Kit –susurró de forma suplicante.
Su amiga apuntó con tres dedos a la abertura, y el agua brotó de su mano. Al entrar en contacto con las raíces, cristalizó, y la escarcha trepó por las enredaderas. En cuestión de segundos, la abertura quedó forrada por una gruesa capa de hielo.
Elyria soltó un suspiro tembloroso y retrocedió varios pasos. Se topó con una sólida columna como la piedra y se desplomó contra ella. Entonces, la columna le puso dos manos firmes sobre los hombros, y Elyria cayó en la cuenta de que no era ninguna columna.
Era un caballero.
–¿Estás bien? –preguntó Cedric.
Ella se enderezó y se giró, con las mejillas encendidas. Antes de que respondiera, Leona los interrumpió:
–¿Eso es todo? ¿Y de qué nos sirve esa ventanita?
–Una ventana es mejor que nada –replicó Zephyr, saltando ágilmente por encima de una grieta para acercarse–. Al menos, ahora podremos hacernos una idea de lo que nos espera cuando consigamos atravesar esto.
Leona soltó un bufido.
–No me digas. Venga, ilumínanos, sapito. –Le dedicó a Zephyr una sonrisa venenosa–. A ver, ¿qué nos espera en esta gran prueba?
Cedric se tensó, pero Zephyr se limitó a carraspear.
–Pues... A ver... –Se puso de puntillas para mirar a través de la lámina de hielo–. ¿Pasillos? No puede ser.
–Déjame ver. –Leona apartó a Zephyr de un empujón, pisándola, y la silvana soltó un grito de dolor.
Elyria apretó los puños, haciendo un esfuerzo titánico por no estrangular a aquella imbécil despreciable.
–No son pasillos –dijo Leona, con una seriedad repentina–. Pasadizos, tal vez. Estrechos. Sinuosos. Cambian... –Dio un salto hacia atrás, sobresaltada.
–¿Qué? ¿Qué pasa? –preguntó Belien, apartando a Cyren de un codazo para acercarse a Leona.
Los dos humanos cruzaron una mirada de comprensión.
–Son cambiantes –murmuró Leona.
–¿Cambiantes? –Nox apareció de repente a su lado. Se había desplazado sin el menor ruido, como una brisa. Echó un vistazo por la especie de ventanuco y exhaló un largo suspiro–. Es un laberinto.