Capítulo 27 #2
Cedric intentó aparentar serenidad a pesar del remolino de emociones que lo invadía, tan vertiginoso que se planteó si la segunda prueba le habría robado parte de cordura junto con la inocencia. Curiosidad, fascinación, compasión, alivio y... ¿celos?
Imposible.
–Tranquila, casi no has dicho nada –le dijo a Kit, esbozando una sonrisa forzada–. Pero gracias. Ha sido muy esclarecedor.
Kit subió la comisura de los labios.
–Vale, pero no le digas nada de lo que casi no he dicho, ¿de acuerdo?
Cedric se llevó el índice a la boca.
–Mis labios están sellados.
–Me cago en la Sima y en los cuatro infiernos –masculló Thraigg al echar un vistazo por la puerta abierta del dormitorio.
Zephyr frunció la nariz ante la grosería del enano, mientras ayudaba a Cedric a colocarse los brazales de la armadura.
El caballero suspiró.
–En serio, Thraigg. Nos acabamos de levantar. ¿Es necesario que emplees ese lenguaje?
–Acércate y echa un vistazo con tus propios ojos, Ric. Luego vas y me dices qué es necesario y qué no.
Ajustándose la vaina en la cintura, Cedric se acercó a Thraigg, con una reprimenda en la punta de la lengua. Se la tragó en cuanto miró por la puerta y vio lo que se abría ante sus ojos.
–Y ahora dime que no te lo advertí, joder. –Los ojos del enano chispeaban de diversión mientras Cedric contemplaba boquiabierto aquel paisaje. Hierba exuberante y plumosa. Robles tan altos como quince personas una encima de otra, rozando un cielo muy azul. Infinito.
Era impresionante.
–Imposible –susurró Cedric sin saber por qué.
Al fin y al cabo, ya había experimentado en sus propias carnes que dentro del Santuario no había reglas. Las salas se convertían en corredores estrechos con girar el pomo de la puerta, y la noche se convertía en día como si el universo lanzara un dado. No debería sorprenderle aquello, y, aun así...
Cruzó el umbral y pisó la blanda hierba.
Pasó los dedos por la pared de piedra que bordeaba la puerta, como si quisiera comprobar que realmente estaba allí.
Parecía el muro exterior de un edificio cualquiera –totalmente normal–, si no hubiera sabido que ese claro cubierto de hierba había sido un comedor doce horas antes.
–¿Crees que esto significa que ha comenzado la prueba de la Magia? –preguntó Zephyr a su espalda.
–¿Qué otra cosa podría ser? –La voz de Tenebris Nox se alzó sobre el sonido de sus pesadas botas que aplastaban la hierba.
Cedric se volvió y vio a Nox caminando junto a Gael Winters y Cyren Tenrider. Los dos fae volaban a ras del suelo, batiendo las alas brillantes como si quisieran estirarlas al máximo bajo la luz del sol.
Belien y Leona salieron por su puerta con cara de asombro, que fue sustituida por su típica expresión de desprecio en cuanto vieron a los demás adalides reunidos.
–¿Así, sin más? –preguntó Cyren–. ¿Sin que haya un anuncio grandilocuente?
¿Sin reglas ni nada? –Intentó copiar sin éxito la voz inimitable del Tribunal–: Adalides, la prueba de la Magia os espera.
¡Adelante! Pero primero, abrazaos y agarraos de las manos constantemente, ¡porque la unión hace la fuerza!
Una risa melodiosa resonó en el aire. Cedric se puso rígido.
–No está mal, Tenrider –dijo Elyria, acercándose junto a Kit. Llevaba una capa sobre una blusa de color crema, un chaleco de cuero liso y pantalones marrones, y caminaba con una ligereza que no tenía la última vez que Cedric la había visto. Ella ni siquiera lo miró.
Tarareando suavemente, la fae se agachó y acarició la hierba. Un delicado ramillete de flores blancas y moradas brotó del suelo. Arrancó unas cuantas y se las colocó en el brillante cabello malva, trenzándolas en una corona intrincada.
Cedric apretó los dientes para evitar que su boca hiciera algo estúpido, como abrirse.
–Quizá el Tribunal piense que a estas alturas ya deberíamos entender cómo funciona esto –comentó Gael.
Kit frunció el ceño.
–Pero, entonces..., ¿alguien sabe lo que tenemos que hacer?
Como si el Santuario hubiera estado esperando a que alguien hiciera esa pregunta, las puertas que tenían detrás se cerraron de golpe. El suelo comenzó a estremecerse y retumbar.
–¿Qué narices...? –La imprecación de Thraigg fue ahogada por un estruendo ensordecedor que procedía de las entrañas de la tierra.
–¿Elle? –chilló Kit con voz una octava más alta de lo normal.
–¡No soy yo! –respondió Elyria escudriñando la hierba de forma frenética, como si intentara localizar el origen del terremoto–. ¡Esto no es cosa mía!
Tan rápido como había comenzado, el estruendo cesó.
Ninguno de los presentes era tan ingenuo como para creer que aquello había terminado.
Gael y Cyren cuchicheaban con nerviosismo. Leona y Belien cruzaron una mirada de alarma, con las manos sobre sus talismanes. Thraigg giró el mango de su martillo entre las palmas, listo para atacar. Cedric sintió que Zephyr se acercaba a él por la espalda.
Los ojos verdes de Elyria se encontraron con los de él. Entreabrió los labios, como si fuera a decir algo...
Y el suelo reventó.
La tierra se abrió, la hierba desapareció en las grietas.
Los adalides se dispersaron.
Belien y Leona se llamaban a gritos mientras trataban de parapetarse en la fachada del edificio.
Nox, ágil como una sombra, retrocedió rápidamente varios metros.
En un instante, y para alivio de Cedric, Elyria estaba en el aire.
Sus alas se habían materializado a su espalda y brillaban al sol en púrpura y verde, como si fueran un pedazo de aurora.
Junto a ella flotaban Kit, Gael y Cyren, ondulando las alas con una elegancia etérea que estuvo a punto de hacerle olvidar a Cedric lo que estaba sucediendo.
Con un grito, Zephyr tiró de la armadura de Cedric, apartándolo justo cuando el suelo que pisaba empezó a desmoronarse bajo sus pies.
–¡Muévete, Thraigg! –gritó la silvana.
El enano seguía concentrado en posición de combate, con el martillo enarbolado, sin ver la zanja que se iba abriendo directamente hacia sus pies.
Cedric intentó alcanzarlo, pero jamás habría podido llegar antes que la fisura. No importó: en ese momento, una ráfaga de viento pasó silbando a su lado e impactó contra el pecho del enano. Thraigg salió disparado y se estrelló contra la pared con un gemido.
Cuando Cedric levantó la vista, vio a Cyren con las manos extendidas, volando muy cerca de él. Le dirigió al aeromante un gesto de gratitud con la cabeza.
Thraigg también murmuró un agradecimiento, primero al fae que lo había salvado y luego a Cedric, que ya lo ayudaba a ponerse en pie. Una cacofonía de crujidos y temblores ahogó las palabras del enano.
De las grietas de la tierra empezaron a brotar unas raíces que se retorcieron y serpentearon por el suelo, enredándose entre los árboles hasta entrelazar los troncos.
De las copas cayeron unas lianas espinosas que se anudaron con las raíces hasta crear un tapiz de pesadilla, que parecía concebido para mostrar el lado más oscuro de la naturaleza.
Finalmente, las plantas dejaron de crecer. Con un crujido tan fuerte como si la propia tierra gimiera de dolor, se frenaron, dejando tras de sí una muralla impenetrable cuya parte superior se perdía en las alturas.
Los adalides estaban rodeados. Atrapados.
–Ahí tienes la respuesta, Kit –dijo Elyria mientras aterrizaba frente a Cedric, ocultando sus alas con una explosión de magia que dejó un perfume de almendras amargas–. ¿No preguntabas qué teníamos que hacer? –Señaló los árboles–. Tenemos que averiguar cómo atravesar esto.