Humo y cicatriz (Humo y cicatriz 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

Una pareja improbable

Cedric

A l salir el sol, todo rastro de los sinuosos corredores por los que había vagado Cedric desapareció.

Igual que Elyria.

La fae no salió de su habitación a la mañana siguiente.

No lo hizo cuando los demás adalides comenzaron a aparecer lentamente, con un aspecto todavía más agotado que cuando se acostaron la noche anterior.

Tampoco cuando Kit asomó la cabeza plateada por la puerta para ir a buscar el desayuno, ni cuando Thraigg se levantó dando tumbos y chocó con una de las mesas de la sala central del Santuario, haciendo volar platos de beicon y fruta con un estruendo ensordecedor.

El Tribunal les había dado dos días para recuperarse de la prueba del Espíritu y, al parecer, eso era lo que Elyria había decidido hacer. Sola.

–Buenos días –saludó una voz suave, y Cedric apartó la mirada de la fila de puertas al fondo de la sala.

Frente a él, Zephyr le tendía un plato con panecillos calientes.

–Gracias –dijo, tomando uno y mordiéndolo por cumplir.

Tragar el bocado fue un suplicio. No tenía demasiado apetito, especialmente después de lo que había sucedido la noche anterior. Se había portado como un imbécil y había hecho el ridículo.

Zephyr se dio por satisfecha y se alejó para repartir panecillos por la sala, esquivando con elegancia a Belien cuando estiró el brazo para tomar uno.

Kit sonrió a la sanadora silvana mientras se hacía con un par de panecillos y una jarra de la mesa. Acto seguido, se retiró a su habitación.

Cedric la siguió con la vista.

De nuevo a solas con sus pensamientos, no pudo evitar machacarse a sí mismo. Llevaba posponiéndolo desde la noche anterior.

¿Cómo se le había ocurrido hacer eso? ¿En qué estaba pensando?

No estaba pensando; esa era la única explicación. O, al menos, no estaba pensando con el cerebro.

Tenía ganas de darse un puñetazo a sí mismo, por estúpido.

Elyria le había tomado por sorpresa. No dejaba de rememorar lo que había revivido, la sensación de la hoja que le cortaba el labio, el miedo que lo había clavado en el sitio mientras miraba el cuerpo sin vida de su padre.

Y eso ni siquiera era lo peor.

Esos recuerdos le resultaban familiares; eran los mismos que lo acosaban en sueños de vez en cuando. Pero el resto...

Sus pesadillas no incluían a los intrusos registrando la casa en busca de algo ni a una cuarta figura que acechaba desde fuera.

Cedric no recordaba haber escuchado las últimas palabras de su madre, unas palabras que todavía no entendía.

Y tampoco se acordaba de haber presenciado cómo la destrozaba la magia oscura.

Solo sabía que había muerto; era como si su mente hubiera intentado protegerlo de la realidad.

¿Por eso había dado por supuesto que la Revivida era la responsable? De niño, Cedric había oído historias sobre sus mortíferas hazañas y sus poderes oscuros, que dieron la victoria a los arcanios en la guerra. Todos los niños conocían su leyenda.

Frunció el ceño. ¿Era posible que el odio que había alimentado durante la mayor parte de su vida, que lo había empujado hacia el Crisol, lo hubiera creado él mismo?

Lord Church nunca había dicho nada que le hiciera pensar que se equivocaba, aunque tampoco hablaban a menudo de lo que había sucedido antes de que lo acogiera como pupilo.

Si el lord sabía algo sobre los responsables del asesinato de sus padres, jamás dijo nada.

Había estado encantado de avivar su necesidad de venganza contra los arcanios. Contra la Revivida.

La temible Revivida... que, en realidad, era una mujer como cualquier otra. Una descarada e imprudente, con una reputación que la precedía.

Impulsiva. Deslenguada. Exasperante.

Hermosa.

Gimió para sus adentros. Se sentía ridículo.

Sabía lo decepcionado que estaría lord Church si supiera lo que estaba pensando su pupilo, pero no tenía sentido negarlo: Elyria era hermosa, y la noche anterior estaba más bella que nunca.

La forma en que la luz de la luna se reflejaba en su cabello color violeta, haciéndolo brillar como la plata...

Y la vulnerabilidad que había en sus ojos...

Había despertado algo en él.

Cedric cerró los párpados con fuerza, intentando desterrar tanto aquellos pensamientos como el recuerdo de esos ojos verdes como esmeraldas.

No era razonable seguir por ahí; darle vueltas a eso no lo acercaría a sus objetivos.

Se sentía agotado; de hecho, sentía demasiadas cosas.

Estaba agradecido a Elyria por haberle ayudado a superar la prueba del Espíritu, por haberlo sacado de allí. Eso era todo. No podía haber más.

Porque ella tenía razón: no estaban en el mismo bando. El Tribunal podía defender la unidad hasta quedarse sin voz, pero la conclusión era que solo un adalid saldría del Crisol con la corona en la mano.

Y ese tenía que ser Cedric.

Aunque creía que el día se le haría eterno, ya que no tenía nada que hacer salvo descansar y «curarse» –fuera lo que fuera eso para el Tribunal–, el tiempo se le pasó sorprendentemente rápido.

Leona y Belien parecían haber aprendido a no molestar a los demás, así que los demás adalides entrenaron, charlaron y compartieron teorías de lo que podría depararles la tercera prueba.

Incluso Tenebris Nox parecía estar saliendo de su aislamiento e interactuaba más con el resto del grupo.

El peso que oprimía el pecho de Cedric se alivió un poco mientras contemplaba cómo Nox enseñaba a Thraigg y Zephyr algunos movimientos de combate nocterrian.

Los ojos del enano se abrieron como platos cuando la silvana giró como un trompo y le atacó con la daga.

La esquivó por los pelos, haciendo tintinear los adornos de su barba trenzada.

Cedric se rio entre dientes. Aunque tuvieran casi la misma altura, el enano debía de pesar al menos el doble que la silvana.

Su porte macizo y robusto y la delicada agilidad de ella los convertían en una pareja improbable, pero parecía que los acontecimientos de la prueba del Espíritu los habían unido.

Se le fueron los ojos por enésima vez a las puertas cerradas que había al fondo de la sala, pensando que él no estaba en posición de criticar a nadie.

Vio un destello de refilón y, al girar la cabeza, descubrió a Kit apoyada en la pared de su derecha, con una manzana en la mano. Sus alas desprendían destellos dorados a la luz del atardecer que se filtraba a través de las altas ventanas.

La fae le dio un mordisco a la manzana y miró a Cedric con un brillo juguetón en sus ojos desparejados.

–Está bien, ¿eh? –dijo con la boca llena.

Él enarcó las cejas.

–¿Qué?

–Me refiero a Elle... Elyria. Está bien.

Cedric se revolvió en su asiento.

–Yo no te había preguntado nada.

Kit se encogió de hombros y dio otro bocado, y él sospechó que estaba ocultando una sonrisita tras la fruta.

–¿Te puedo hacer una pregunta? –le dijo al cabo de un instante.

Kit enarcó una ceja.

–Pues no sé. Por poder...

Él se mordió el labio inferior.

–No estoy muy seguro de si es algo impertinente.

–Dispara, caballero.

–Tus alas...

–¿Qué les pasa?

–Bueno, Gael, Cyren y tú... Me he dado cuenta de que todos las lleváis... esto... al descubierto, no como...

–¿Elyria?

Se humedeció los labios antes de responder.

–Sí.

Kit sacó la lengua para atrapar un pedacito de manzana que se le había quedado en el labio. Parecía indecisa.

–No me corresponde a mí explicarte cuáles son sus razones, pero, hablando en general, las alas de los fae son sensibles y se dañan con facilidad.

–Suponen una desventaja en una pelea –comprendió Cedric.

Tenía sentido: Elyria se enfrentaba a la vida como si fuera a estallar una batalla en cualquier momento. Supuso que, para ella, a menudo era así.

Recordó las cicatrices de sus piernas y lo invadió una oleada de cólera.

Ella les había restado importancia, como si no fueran gran cosa, pero Cedric había visto el destello de pánico y dolor que ardía a fuego lento en sus ojos.

Pensar en lo que le había hecho aquel tal Raefe y en las cicatrices que le había dejado, tanto físicas como de otro tipo, lo enfurecía tanto que sentía una hoguera en el pecho.

No tenía motivos reales para estar indignado. No tenía derecho alguno a estarlo. Y, sin embargo, lo estaba. Cualquier castigo que Elyria le hubiera impuesto al hombre que la había marcado sería insuficiente.

Kit asintió. Si intuía qué rumbo oscuro habían tomado los pensamientos de Cedric, no lo demostró.

–Sí, algunos mantienen ocultas las alas por esa razón.

Pero, al igual que supongo que los humanos tendrán diferentes gustos y preferencias...

–Miró a Cedric de arriba abajo con diversión–.

En fin, cada fae es un mundo. Para la mayoría, no vale la pena agotar su magia para mantener sus alas ocultas constantemente. Al menos, yo pienso así.

Hubo un centelleo dorado cuando abrió las alas antes de plegarlas cuidadosamente.

–Entiendo –asintió Cedric.

–Pero para otros fae... –Kit miró a su alrededor como si quisiera asegurarse de que nadie la escuchaba–.

Cuando los fae se implican romántica, íntimamente...

Si la relación es profun­da y significativa, las alas pueden cobrar un nuevo sentido.

Y después de haber experimentado el roce de tu alma gemela en las alas, puede ser...

difícil aceptar la idea de que alguien más las toque.

–Se le ensombreció el rostro–. Aunque ya no estés con esa persona porque se haya...

–Se aclaró la garganta–. Bueno, la cosa es que Elle es especialmente protectora con sus alas.

Cedric sintió un nudo en el pecho. Una chispa de compasión, sí, pero también algo más.

–Entonces, ¿vosotras dos no...?

–¡Por los cuatro infiernos, claro que no! –Kit fingió una arcada y él no pudo evitar reírse–. Es como si fuera mi hermana. Fue mi hermano el que... –Se interrumpió–. No importa. Estoy hablando demasiado.