Capítulo 26 #2
Elyria y Cedric se miraron durante un tenso momento.
–¿No puedes dormir? –musitó ella, rompiendo el silencio.
Cedric soltó una risa amarga.
–¿Después de todo lo que ha pasado? No estoy seguro de que pueda volver a dormir nunca más.
Elyria se sentó a su lado en el banco y enarcó las cejas.
–¿El gran sir Cedric Thorne, asustado por la idea de dormir un poco? ¿Adónde vamos a parar?
Él subió ligeramente la comisura del labio en un amago de sonrisa.
–Todo parece estar patas arriba aquí dentro, ¿verdad?
Elyria no supo qué responder. Se aclaró la garganta.
–¿Qué haces aquí?
Cedric se encogió de hombros.
–La verdad es que no lo sé. Necesitaba alejarme de los ronquidos de Thraigg. Y de los de Zephyr.
Elyria contuvo una risa.
–Lo del enano lo entiendo; tiene pinta de rivalizar con el fuelle de un herrero. ¿Pero Zephyr? ¿La dulce y menuda silvana?
–Es peor que Thraigg –susurró Cedric como si fuera un gran secreto, y, finalmente, la sonrisa le iluminó los ojos.
A Elyria se le escapó una risita, pero se sintió cohibida al ver cómo relampagueaba la mirada del caballero.
–¿Y cómo es que habéis acabado compartiendo habitación los tres? –preguntó ella, deseosa de pasar página–. Deberías haber podido elegir habitación.
–Pura casualidad, me temo. Ninguno de los dos se separó de mí después del numerito de antes.
–Se recostó con un suspiro y Elyria lo notó un poco más sereno que antes–.
Thraigg estaba borracho como una cuba, lo que no facilitó las cosas.
Zephyr, tan altruista como siempre, consideró que no era propio de un adalid dejar solo a un enano borracho y un poco sobón.
–Torció la cabeza con una mirada cómplice.
Elyria se tapó la boca con la mano para contener la carcajada.
–No tiene gracia –protestó él.
Ella bajó la mano.
–Venga ya, la tiene, la tieenee –dijo, alargando las palabras en una melodía cadenciosa.
Algo encajó en la mente de Cedric.
–Ah –dijo.
Elyria frunció el ceño.
–¿Qué pasa?
Él se rio entre dientes.
–Me daba la sensación de que había oído cantar a alguien antes. Y hace nada también... Eras tú, ¿verdad?
–¿Me has oído? –Elyria luchó contra el impulso de esconder la cara entre las manos.
–¿Por eso estás dando vueltas? ¿Kit se hartó de que no la dejaras dormir con tus canciones? –bromeó él.
–En primer lugar, Kit duerme como un tronco. Siempre ha sido capaz de quedarse frita sin que nada la moleste. Y, en segundo lugar, te informo de que mis canciones tienen bastante demanda. La gente iba a El Verraco Achicharrado solo para oírme cantar.
–¿El Verraco Achicharrado?
–Donde sirven la mejor sidra y la tercera mejor cerveza de todo Coralith. –Se recostó, estiró los brazos y entrelazó las manos en la nuca con una sonrisa–. Artie dice que...
Se interrumpió al ver que Cedric se quedaba repentinamente inmóvil, como si cada célula de su cuerpo se hubiera congelado. Estaba mirando hacia abajo.
Elyria siguió su mirada.
El caballero estaba observando fijamente el punto donde se le había subido el camisón, dejando al descubierto el mosaico de cicatrices de sus muslos.
El aire se volvió tan denso como el lodo. A Elyria le costaba respirar.
–¿Qué te ha pasado? –preguntó Cedric en voz baja, casi amenazante.
Ella sintió que se ruborizaba. El ungüento que le había dado Zephyr había aliviado el dolor, pero las marcas que le había dejado Raefe seguían siendo inconfundibles: un mapa retorcido de furiosas cicatrices en ambas piernas.
Se apresuró a bajarse el camisón, pero unos dedos suaves le rodearon la muñeca y se lo impidieron.
Levantó la cabeza y se encontró con unos ojos dorados que la miraban fijamente, que penetraban en su interior. Por unos instantes, a su corazón se le olvidó latir.
Cedric respiró hondo, mostrando una serenidad inquietante.
–¿Quién te ha hecho esto?
Ella se puso en pie de un salto, liberándose de su agarre.
–No es más que un rasguño –dijo, maldiciéndose por dentro cuando se le quebró la voz.
–Eso es cualquier cosa menos un rasguño.
Elyria no supo qué decir.
–Cuéntamelo –insistió él.
La fae inhaló profundamente, dilatando las fosas nasales.
–Tú no eres la única persona del mundo que imaginaba lo que le haría a la Revivida el día que finalmente la encontrara.
–Jugueteó con la tela del camisón blanco, que brillaba a la luz de la luna–.
Pero, a diferencia de ti, este no estaba dispuesto a atender a razones.
Era más bien de los que actúan primero y preguntan... nunca.
Cedric se había quedado tan quieto que Elyria pensó que había dejado de respirar. Carraspeó, incómoda.
–La verdad es que no pensé... Me curé de inmediato las quemaduras sin darme cuenta de que...
–¿Quemaduras? –Cedric se levantó tan rápido que Elyria dio un paso atrás, sorprendida–. ¿Eso son quemaduras? Pero son tan...
–¿Precisas? Sí, Raefe tiene un dominio sobre el fuego digno de verse. Lo hubiera apreciado mucho más si no lo hubiera usado para convertir mis pantalones en confeti.
–No hagas eso –exigió con la voz sombría.
Ella tragó saliva.
–¿El qué?
–Tomártelo a chiste. Bromear con lo que te hizo ese tal... Raefe –masculló, escupiendo el nombre como si fuera una maldición.
No, algo más que una maldición: una promesa.
Su tono despertó algo en lo más profundo de Elyria, pero no supo qué responder. Se estremeció cuando la mirada de Cedric recorrió su cuerpo, deteniéndose lentamente en sus piernas antes de posarse en su antebrazo.
Apretó los dientes.
–Yo también te hice una quemadura.
–¿Qué?
–Tu brazo. En mi prueba. Te quemaste.
–Eso no fue culpa tuya. –Extendió el brazo y lo agitó–. Y agradezco tu preocupación, sir Angustias, pero no hace falta. Fue fácil de curar, ¿no lo ves? No queda ni una cicatriz.
Él desplazó el cuerpo un poco, como si quisiera acercarse a ella. Pero no lo hizo.
Elyria sintió una punzada de decepción que no acabó de entender.
Se hizo un silencio pesado.
Finalmente, Cedric habló:
–Espero que le hicieras pagar por eso.
–No lo suficiente –murmuró ella.
–Cuando salgamos de aquí, cambiaremos eso.
Esas palabras fueron como un jarro de agua fría, y Elyria giró bruscamente la cabeza. No se había permitido pensar en el después. Había atravesado el Portal sabiendo perfectamente que era casi imposible que regresara. Lo único que la preocupaba era ayudar a Kit a llegar tan lejos como pudiera.
Sin embargo, Cedric había hablado como si estuviera garantizado un «después».
La idea la reconfortó. La aterrorizó también.
–¿Cuando salgamos? –repitió Elyria, y Cedric sonrió de medio lado.
–Después de que yo consiga la corona.
La chispa de esperanza se apagó cuando Elyria recordó dónde estaban, qué hacía él allí. Qué hacía ella.
–Claro, la corona. Porque todo gira en torno a la corona.
–No, no me refería...
–Debería irme –murmuró Elyria.
–¿Por qué?
Ella soltó una carcajada seca.
–¿Cómo que por qué? Estamos en bandos opuestos, sir Thorne.
–Por un segundo, le pareció que Cedric hacía una mueca al oír cómo le llamaba de esa manera, formal y distante, pero lo ignoró–.
Te has entrenado para esto toda tu vida, ¿recuerdas?
Nada más lejos de mi intención que impedirte cumplir con tu deber.
–Vaciló de pronto y se mordió el labio inferior–.
Salvo que... es lo que voy a hacer: impedírtelo.
Porque Kit está decidida a obtener la corona para traerle la paz a su hermano, y prefiero pudrirme en el cuarto infierno antes que permitir que alguien se interponga en su camino.
Se dio la vuelta para marcharse.
–Por favor. –En un parpadeo, Cedric había acortado la distancia entre ellos. La agarró del brazo y le buscó la mirada–. No te vayas todavía.
De repente, su proximidad se volvió abrumadora. El corazón de Elyria latía con fuerza, a un ritmo salvaje y errático. Tenía que alejarse, poner distancia entre ellos.
Pero no se movió.
Él tampoco.
En cambio, ambos se inclinaron como si una fuerza invisible los obligara a acercarse. Elyria posó la mirada en su boca, deteniéndose en la cicatriz que le atravesaba el lado derecho del labio superior.
El tirón que Elyria notaba en el pecho comenzó a palpitar.
Se le cortó el aliento cuando entreabrió los labios. El mundo entero se redujo a ambos, a la insoportable cercanía de Cedric, al calor que despedía su cuerpo contra el de ella.
–No huyas de mí –susurró él. Elyria notaba la piel caliente bajo su contacto.
No huyas de ti misma. No tienes por qué esconderte , recordó entonces las palabras de Evander, que resonaron en su cabeza como una campanada de alarma.
El hechizo se quebró y Elyria se apartó de golpe, con la piel tan erizada como si la hubieran rociado con hielo líquido.
–Esto ha sido un error.
Sin decir una palabra más, se marchó a la carrera, dejando a Cedric solo a la luz de la luna.